Bio

Hola, soy este.

En un mundo globalizado somos lo que somos. Esta imagen no me deja nada bien. De entrada me estoy tomando un selfie, lo cual ya me deja en mal lugar. Pero no contento con esto, tiro de lugar común y meto reflejo de mi cuerpo escondido tras esta fina estampa. Llevo una mochila que tampoco me favorece, al parecer una chepa de dromedario. A lo más que podría pretender ser en estos momentos es, a lo mucho, Cuauhtemoc Blanco. Me conformo.

Golman. Mucho gusto.

Así me llamo. Mi nombre explica quien soy: hombre gol.

No es mucho, pero es lo que tengo. Mi etiqueta es una cruz que va conmigo como futbolartista. Es correcto: el futbolarte existe. Al menos a partir de ahora. Es mi bandera. Es el eje de mi carrera como tal. Y de aquí se desprende todo.

El futbol y arte, de entrada, son dos universos independientes el uno del otro. Puede ser. No me importa la realidad. Lo que yo pretendo es fusionarlos en mi persona como una misma propuesta indivisible. En estos tiempos nos vemos obligados a tomar partido entre dos bandos muy distintos. Y muchas veces conseguimos crear una especie de certeza: no queremos nada con eso(s) otro(s) que están muy lejos de mi postura. Los odio.

Y nos convertimos en odio. Sospechamos. Nos creemos la intriga. Aquellos son el elemento maligno que me marca. Mi cruzada es contra ellos. Ya reconocemos nuestro enemigo.

Elija una causa y mire las posturas más radicales. Una frente a la otra. No mezclan. No hay punto en común. No hay solución. Conjunto vacio.

Yo no creo que debamos sucumbir a esta confrontación. Pero no tenemos las herramientas para no formar parte de este maniqueismo. Por lo tanto me ubico en el polo opuesto. Es decir, lo abrazo.

El bien y el mal. Sin puntos medios. ¿Quién soy yo? En donde me ubico. En el bien. Obvio. En el mal. Obvio.

El problema subjetivo original está en pensar que uno es lo que piensa que es. Que su postura es la del bien. El mal es el otro. Y no vemos cómo fundirnos. O más alla. No vemos cómo convertirnos en su esclavo. El del otro. El maligno nos domina. El que está encarnado por el cabrón más desalmado. Aquí en la tierra. El diablo humano.

El bien y mal nos simplifica el esquema. Pero todos apuestan por ser el bien. Salvo los mexicanos. Ellos saben que las dos cosas son complementos de una visión complementaria entre luces y sombras. Y nuestra oscuridad, como la noche, es tan planetaria como el día. Si salimos del planeta lo veremos más claro.

Me subo a mi traje espacial. Agur.