Acorralado por las deudas

Si pides dinero prestado, un día, vienen a cobrarte. No vienen los mismos. Vendrán otros. Y te ayudarán. Más bien, te «ayudarán». Ya sabes. Siempre hay una manera para resolver cualquier conflicto, más allá de cómo tengamos que ponernos de acuerdo. Pasa el tiempo. Y el cerco se estrecha. Las fuerzas del mal están a la vuelta de la esquina. El mundo te acecha. No quedan más rincones para esconderte. Expuesto ante la esclavitud que viene a pertenecerte. Y en sus manos, caes en el hueco del olvido.

Los esclavos en las galeras tenía sus sueños y su realidad no parecía corresponder con los caminos para establecer otra situación más allá de la subsistencia. La vida a diferentes niveles del estrato en el que fuiste depositado al nacer. La surrealidad de las catacumbas están diseñadas para la subsistencia de sus moradores, y también, de paso, para asustar con el porvenir desbocado de aquellos que caen en desgracia hacia lo más profundo del precipicio, más allá de la superfecie contra la que se estrellaron, en los submundos bajo tierra que rehuyen la luz del sol, el aire puro, y la convivencia con los impolutos.

Las cicatrices de la marginalidad aparece en la epidermis con la doble función de marcar al desgraciado frente a su propia insolvencia, y como mecanismo de alerta para el resto de los mortales, que de entrada deben temer por sus vidas al estar presentes ante una de estas marcas de satanás. El miedo a caer queda simbolizado en el pavor de llevar una de esas marcas imborrables frente al resto de los seres del «bien». La fragilidad dermatológica de nuestra capa protectora nos delata y nos pone frente al riesgo más tenaz que encuentre el porvenir más a la mano para clavar la flecha de cupido. El amor puede ser muy cabrón.

Desasosiego. Qué más da si voy volando y acelerándome cada vez más hacia mi destino con la gravedad que me propulsa a ese último encuentro con la tierra. Gaia y yo nos abocamos nuevamente a fusionarnos en un solo gesto. El impacto final del meteorito que nos borra como humanidad de la faz del multiverso particular que solíamos habitar. Tiempo después, en otro lugar, el espacio se concentró para encontrar en el DNA desperdigado de los restos de la humanidad como conjura desde el polvo estelar de este nuevo big bang, estableciendo una emergencia cámbrica en la reunión de las especies moleculares ensimismadas en una amalgama particular de interacciones post-mortem. Algo de vida, o de información, quedó ahí, latiendo en medio de la fusión nuclear más brillante que el sol habría percibido en su corta vida.

Todavía recordaba el sol aquél otro meteorito que le privó de seguir dorando las pieles de los dinosaurios que tanto placer obtenían aquellas tardes de verano. Los ciclos de la mecánica estelar que condicona nuestra vida, esas 24 horas, esos 365 días y tantito, que ni siquiera percibimos, salvo cada cuatro años. O las 13 lunas. Lo mismo da. Los giros sobre los que nos movemos como Gaia, como quien domina el arte del hula hoop. Los condicionantes de nuestra coexistencia con la luna, en ese juego romántico entre dos amantes que no se tocan. ¿No sería más fácil que la luna se precipitara un día sobre la tierra en un arrebato de amor fatal?

Seguro, pero ese es otro cuento.

Un día dejas de pagar. Lo que debes supera lo ingresas. El trabajo se esfumó hace mucho tiempo. No había más salida que para adelante. No hubo más caminos que seguir. Yo seguí el mío, y me fui encontrando de nuevo con la vida. Pero era Oz. Y no tenía sentido alguno con lo que debía de ser. Percibí la realidad desde las afueras. Como quien se pierde por completo del chiste que ha hecho reír a una multitud entregada. No pude sucumbir en paz ni destapar la farsa. No sólo no tuve las fuerzas, sino que el espíritu me corrigió. No lo hagas; no ahora. Espera. No es el momento justo. Nunca lo es. Salvo cuando estás ahí. Metes la punta del botín, rozas la pelota, cambias la trayectoría del meteorito, y desencadenas las circunstancias del futuro… gol.

ALLS

No hay plazo que no se cumpla… adios Messi

Messi es el jugador que más temporadas ha jugado con el primer equipo del FC Barcelona y sin duda alguna el jugador más icónico del club en toda su historia. Se va por la puerta de atrás, sin que nadie le pueda reprochar nada. Excepto, claro, los socios. Y la directiva. Y el cule emprenyat. Y todos los que suben al tren del mame.

Eso último no se entiende. No se preocupe. Usted no está aquí para entender la manera de hablar de los distintos pueblos de América, sino para hablar de futbolarte, cuyo máximo exponente, sin duda alguna, es Lionel Messi. Messi se va por la puerta, de atrás, como Kubala, Guardiola, Cryuff. La última vez que Cryuff acudió al club fue para regresar un reconocimiento que le había dado el club, como Rosa María Sarda con su creu de Sant Jordi. La vida en el entorno de esta ciudad está condimentada con todo lo que aquí somos, para bien y para mal, y eso no siempre nos deja en muy buen lugar. A Messi, en cambio, no hay manera de oscurecer su historia idílica de futbolarte. A no ser que se empeñen algunos.

¿Quién manda en el futbol cuando el socio es el «dueño»? El club que es más que un club está en las manos de quién puede regir sus decisiones operativas, y a ese selecto club se accede a partir de una proceso aparentemente democrático: unas elecciones. Los clubes se rigen por sus propias reglas, así que aquí no se ha engañado a nadie. Solo que los clubs de futbol, en su mayoría, ya no son sus aficionados, salvo el Barça y el Real Madrid. Ya ni el Atletic de Bilbao. Las empresas del futbol, y en la cima, dos empresas que dicen ser de sus socios. Hasta que la pandemia, y ahora Messi, cambiaron con la dinámica de poder.

Messi vino a revolucionar el futbol tanto como Guardiola o Cryuff, en otra faceta, en otro momento, dentro de la historia de este club. El futbol lo hacen los jugadores en la cancha. Y Messi tiene las puertas abiertas de este club porque él es más que el club. Él es más que el futbol. Él es futbolarte.

Curiosa coincidencia. El año que el barco del Barça se va a pique perdemos a dos íconos del club: el fotógrafo mexicano que encumbró a Messi en una icónica foto de un día cualquiera de Messi por el Camp Nou: Santiago Garcés.

¿Qué será de ellos la próxima temporada?

La polarización social de la masa social de este país, club, ciudad, capital, comarca, o lo que sea que querramos ser, que sin duda alguna alberga al menos esta constatación: hay al menos dos manera contrapuestas de mirar el mismo hecho. Y ambas se odian a muerte. Los némesis cara a cara, una vez más, haciéndose las víctimas de esta última situación, a la que no pueden asistir mas que indignados por el mal mayor al que han sido expuestos. La piel es cada vez más fina, y las parroquias preparan, una vez más, la última contienda para desmantelar la trama del enemigo. Aquí se trata de odiar a alguien, con todas nuestras fuerzas. Porque los némesis existen. Damos fe. Somos parte de la liturgia de la sociedad del odio. Y hoy es un buen día para recordarlo. Los que odian a Messi, pese a ser de otros clubes, hoy también se regocijan con el dolor de los que sufren por la partida del ídolo más sublime que ha tenido el futbol mundial. Los dolidos han perdido algo que les ha dejado vacíos. Ya no sabrán a dónde pertenecen. Su fuente de seguridas se difumina si Messi no está con ellos. ¿Se irán con él? ¿A dónde? A donde vaya.

Crecer es irse. Cuando uno se va crece. Eso es algo que no se puede igualar a ningún otro aprendizaje. En nuestro barrio está todo lo que somos cuando crecemos. Nuestra ciudad nos enseña cómo ser de grandes en medio de un sitio en el que podemos pasar desapercibidos. La vida es más grande que el grupo de mi escuela. La generación a la que pertenzco. El club de toda mi vida. El club de mi padre. El país en el que nací. Todo eso es parte de una certeza primera, que no nos define del todo. Lo que nos define finalmente es aquello que somos cuando nos vamos. Y si nos vamos a tiempo, quizás también tengamos tiempo de mutar la piel, y convertirnos en otro ser. Y ese nuevo yo será alguién que comparta las raíces de quién un día fui, y a su vez, asumirá el único riesgo que corremos al irnos: dejar de estar ahí. Salir del cascaron.

No hay que tener miedo, Lio. Justo ahora acabás de romper el cascarón. Messi se va de casa finalmente para hacerse mayor. No duden que allá fuera conseguirá algo más alto de lo que hemos vivido aquí. Porque cuando te vas, crecés. Y Messi se va porque ya no puede más con tanta _________. Ponga usted el adjetivo. No me gustaría parecer un malparit nouvingut que no tiene aprecio por las costumbres locales. No es mi caso. A mí ya me echaron de este club por la puerta de atrás. Como tantas otras veces. Esta sociedad, como este club, está lleno de subnormales, quizás en las mismas proporciones con la que los subnormales se distribuyen por cualquier subconjunto. No quiero decir que seamos más papistas que el Papa, pero aquí el que no es Cruyffista puede ir a tomar por culo.

Me altero. Quizás es la rabia. O quizás me estoy riendo para mis adentros. Aparento ser un cule emprenyat més. Més que un culé emprenyat. Algo más que algo más que un club. Eso es lo que considero que tiene que ser este Barça para que esa frase vacía tenga un sentido renovado. Sino ya no existe nada. Olvídense de todo. Y no es una burla que viene de fuera. Ni el desencanto de un falso socio. Ni siquiera la ira de un infiltrado. No se trata de ninguna conspiración que valga la pena creer. Sino tan sólo lo que me sale de los mismísimos cojones decir un día como hoy. Porque la libertad de expresión en un club es poder decir esto en un día histórico en el que todos están pegados a la telenovela una vez más. El futbol es esto también. La novela de cada final de temporada. Y aquí todos opinando. Todos queriendo tener la razón. Pues a tomar por culo, oiga.

Siempre me ha parecido un gesto fantástico de los españoles es uso de ese oiga como intejección. Le escucho. Es un enfado español. En este caso, aplica para un enfado español de un culé barcelonés, castellanoparlante. Ah, no. No nos metamos con estas… que ya sabemos cómo acaba. ¿Era Messi independentista? Quizás eso fue lo que falló. No se lo tendrá en cuenta Guardiola. Nunca se sabrá. Si lo habría querido ser, ¿se habría resentido su carrera? ¿Habría ganado adeptos la república? ¿Tendría más apoyos internacionales? Nunca se sabrá, y por ahí, Messi se quita de un muerto que no tiene que ver con él. Como resolver el dilema sin solución en el que se encuentra este club a punto de irse a la mierda.

Oiga, usted lo que quiere es que se cumpla su visión apocalíptica de la sociedad en la que estamos. Usted lo que quiere es que todos nos vayamos a la mierda. Y de ahí, sobre las cenizas, algo distinto florecerá. ¿Qué acaso no sería ese escenario algo más humano a lo que podríamos aspirar? Quizás sea un último velo. Y Messi, reconstituido en mesías, el encargado de librarnos de ese manto.

Y luego ¿qué? Esta ciudad requerirá otra liturgia. Una más completa. Una más grande. Algo que nos permita aspirar a ser un poco más de lo que hemos sido. Algo aspiracional que mire hacia el futuro y nos de la tranquilidad de que estamos construyendo el mundo despúes de Messi. Algo en lo que podamos agarrarnos para seguir. Algo que nos permita salir de esta pequeña construcción de «depresión» que sentimos que nos aprieta por todos lados. Utilicemos esta fantasía de que el futbol significa algo más en nuestras vidas para conseguir estructurar la respuesta colectiva que necesitamos asumir en un nivel superior. Aprovechemos las circunstanacias de lo que la vida nos provee en este periplo sinsentido para asignar una especie de suerte estelar que nos ha venido a explicar precisamente esta lección de consecuencias emergentes incalculadas. Oh, Messi, has sido tú, que crees que no te he visto. Messi, de manera dramática, a través de un burofax que completa la alegoría de la servilleta, a penas para que Estrella Damn pueda hacer su próximo anuncio, para dar la llegada a un futbolartista revelación: GOLman, el nou d’un poble nou.

El rey ha muerto; viva el rey.

«Sale, con el número 10 Messi, entra con el número 9: Golman.»

En el precipicio todo se ve más ligero

No se sabe si ya se ha perdido toda esperanza, o si no tener nada más que perder nos vuelve más amantes a ese último riesgo. Nomás queda saltar; y el recorrido hasta el final. Súbito. No será mucho más. Tan sólo la caída. Una última caída. La final.

Pero ahí en el límite todo tiene otro matiz. Quizás ya no estamos como para recibir lecciones de nada ni de nadie. Quizás el tiempo se acabó y nos acabamos congelando en una versión de nosotros mismos del pasado. Y ni eso nos satisface. O más bien, nos aligera. O quizás tan sólo a mi. Quién soy yo para hablar de nadie más. Mi situación es tan particular que nadie más podría sentirse como yo. O eso pensamos.

No sabemos si nuestra conjura maléfica nos tiene atrapados en una especie de trampa circular. Lo cierto es que no podemos salir. Y los demás no están aquí. Aquí estoy yo sólo. Y no tengo más que asir. No hay camino para volver. Ni tan sólo una salida. No hay puertas. Sólo barranco. El barranco del muerto. O la quietud. El inmovilismo. Petrificado mientras el tiempo sigue su curso. Pero no para nosotros. No para mí. Aquí el tiempo se detuvo y me congeló. Me dejó petrificado ante la incapacidad de movimiento. Salvo ese último paso posible.

El único sitio habitable en tales circunstancias en la propia mente. Ahí estamos sujetos a nuestro propio tiempo-espacio y podemos vaciarnos en todas las direcciones. Las conexiones neuronales por las cuáles habitamos el estado de ánimo que nos conecta con nosotros mismos, a pesar del mundo, a pesar de los demás, en una representación parcial que decidimos guardar para nosotros. La autorepresentación de los caminos que se entrelazan entre todas las historias posibles en las que hemos enmarcado nuestro destino. Sin más censura que la propia, que no es poca cosa.

La espada de Damocles tiene sobre nosotros, como si ser rey fuera tan fácil. Mirad al hemérito. O al supercalificado monarca que le sucedió. La historia se puede ensañar con una familia, o bien, visto al reves: la familia se puede ensañar con una historia. Ida y vuelta son verdaderas. Y nosotros testigos de la dualidad a la que se presentan algunos seres humanos dispuestos a culminar la obra por la que dicen estar aquí presentes: __________.

No me miren a mí. No tengo obra que ofrecer. Quizás tan sólo una parodia. O quizás tan sólo un espejo. O un libro. O un juego. Siempre hemos sido más dados al juego. Y ahí, entonces, puede ser que nos libremos de todas las quimeras. Últimamente todas acechan a la vez. Hitler está a la vuelta de la esquina. Y tiene muchas caras. Y no sabemos cuál es cuál. Ni quién es quién. Ni qué es verdad. Todo está patas parriba, y el pueblo unido yace vencido.

El sistema me orilló aquí. Y ya no tengo otro sitio. Mi mente me supo proteger de lo demás. Pero luego el mundo continuó con su perorata. Y su régimen. O su sistema imperfecto. Pero yo me bajé del tren. Y me fui a vivir sólo. A la montaña. Y ahí tejí una red. Mi oficio de araña me llevó de vuelta al trabajo. Y a la espera. Y a tejer. A crear con mis propios recursos. A crear una nueva casa. Una guarida en la que esperar a que pase el tiempo. Un espacio desde el cuál analizar las circunstancias de mi desgracia, de mi descalabro, y de mi vuelta.

La red creció. Y yo también. Me volví más fuerte en medio de la nada, remando sin corriente. Amasando los segundos de cada instante. Me alejé y me perdí. Pero en ese exilio me encontré. Me costó. Busqué en los rincones más produndos y me revolqué en los sitios más hediondos de mi lado oculto. Y lo vi todo. Y me sentí bien entre las migas. Rapté con los demás. Todos éramos iguales. No me dio vértigo la insignificancia. Dejé de ser. Y con ello, volví al juego. Por la puerta de atrás. Recuperé la forma. Entrené mi instinto. Revisé mis armas, las afilé y puse mi uniforme. Estaba listo para salir. Esta vez sí. Y no habría más que una única plegaria. Ser. Estar. To be, as I had already been in Not-to-be.

Di la media vuelta y el mundo seguí ahí. No era de extrañar. Tan sólo me había ido yo. Todos los demás seguían ahí. En lo mismo. Y mi camino divergió. Me derretí en las esquinas hasta convertirme en frontera. Palidecí ante el sol y su última vuelta, y me congelé con la luna acariciándome la oreja. Dejé que el viento persiguier mi angustia y me dormí tranquilo en la superficie del mar. No tuve más sitio que el que pisé en cada instante, y de ahí no me bajé ni un día. Un suspiro me acompaño discreto hasta el camino de vuelta en medio de la vereda que conduce hasta la cima del monte sagrado. Desde ahí, en medio de todo, campo y ciudad, levanté la vista y crucé el mar hasta llegar a mi destino, mi tierra, mi nido. Navegué sin pausa mientras dibujaba el contorno de las olas que llevaban mi nombre hacia el olvido. No perdí la vista el porvenir, ni tampoco el sufrimiento ajeno que se cruzaba en pateras que se dirigían al sitio del cuál yo huía. La relatividad también se aprecia en el mismo planeta compartido, según cómo pongamos la mirada en aquella cosa sobre la cuál decidimos enfocar. Quedamos fijados en la elección cuantica de nuestro destino. Esta vez sumamos lo suficiente para convertirnos en parábola. Quizás una semilla de mostaza no sea suficiente.

La generación perdida

Cuando Guardiola y su equipo culminaron el cuarto año de aquél glorioso sextete la afición y la sociedad tocó un techo de cristal sublime e inolvidable. Los años de júbilo se habían ido superponiendo en un proyecto que tuvo todas las virtudes de una generación, la visión de un líder, la ejecución de un equipo, la idea de un maestro recontextualizada, el empuje de un club que se desparramaba en el mercado como algo más que un club de futbol.

Ayer el Barça perdió el partido de cuartos de final más singular de toda su historia, ante un rival que mantenía todo el empuje y criterio del último gran impulso regenerador de su historia, en la que el modelo futbolístico y competitivo se afianzó en la mentalidad de los jugadores, en el sistema del club, y en un porvenir futuro que no ha dejado de perder pistonada. El Bayern Munich. El marcador del partido no es lo de menos; quizás lo de más: 2-8.

El futbol es un espejismo social en el que en medio de la pandemia nos vemos forzados a entender nuestros viejos dioses como meros figurantes de una historia que se desconfiguró para el resto de nuestros días. Un estadio vacío en Portugal, en su hermosa capital, Lisboa, con dos equipos, once contra once, en el que al final habían de ganar los alemanes. No siempre, pero esta vez, no cabía duda. El equipo del FC Barcelona ha sido un espejismo durante ya varios años. Y se sostienen las mismas estructuras de pasiones removidas por los medios que viven de ensalzar el monotema día tras día, con la religiosidad con la que se va a misa, cada día. Lo que pasa en los entrenamientos, las tertulias de media noche, los piques con los eternos rivales, el machismo que persiste en las entrañas de la sociedad y de cada uno de los que degustan el futbol como un tema central de nuestros días. Me incluyo, evidentemente.

El heteropatriarcado es así.

El futbol, sin más, es como el niño mimado, primogénito, del heteropatriarcado. Representa todo el porvernir y toda la desgracia del orden social constituido en el que nos reflejamos cada día en el espejo. Lo que vemos nos gusta y nos da grima. Nos provoca ser lo que somos. Nos alienta a sentir emociones continuas a pesar de estar conectados a otra realidad, de facto, que nos impide volver a ser lo que un día fuimos. El futbol no escapa a la pandemia, ni a la crisis estructural de nuestro pueblo, casa, ciudad, cuarto, cuerpo o mente. Todo está condicionado por el juego, y el juego nos domina, sin que nos hayamos dado cuenta, a seguir sintiendo la vida como un proceso automatizado sin impulsos verdaderos.

Tocamos fondo. Pero no ayer. Ni siquiera hoy, cuando la sociedad vista desde el velo de un club que pretende ser un ejemplo de valores, de proyección mundial, de historia, de presente y de futuro, aquello que engloba más de lo que podemos imaginar como nuestro, pero dispuesto en un telón de acero tras el cual, como siempre, yace un enemigo iracundo al que aprendemos a odiar por las misas y la doctrina a la que hemos jurado nuestra lealtad emocional. El futbol, o quizás el Barça, sea tan sólo una última farsa detrá de una sociedad de cartón-piedra, que pese a posar inmaculada frente a la vitrina de lo que deberíamos ser ante un mundo que nos ve, continuamente, cada día, y que en cambio, hace tiempo que dejó de ser aquello que pretendía ser. Algo más que un juego. Algo más que un club. Algo más que una marca. Algo más que un ejército simbólico de jóvenes, y no tan jóvenes, millonarios con más o menos gracia para devolver una pared, o para construir un imperio empresarial camino al cielo.

El futbol es así. Un ciclo que se retroalimenta de sí mismo. La historia que se repite. Enzo. Roger me lo acaba de confirmar: «mi padre me contó mil veces cómo fue la salida de Kubala del club, tras una estrepitosa derrota que marcaba el final de un ciclo, y mal, por esa puerta de atrás que no podemos evitar recuperar, una y otra vez, como parte de nuestra identidad mezquina y sórdida». Quizás no me lo dijo así, pero la idea es esa, salpimentada con la noción actual de que las cosas habían de ser así. Porque en este club las cosas se han ido haciendo peor, de manera que el deterioro se veía acentuando mientras seguíamos la marcha hacia el abismo, cuestaabajo, cada vez más precipitadamente.

Pero alguien, un sólo hombre, era capaz de mantener la fachada de que todo seguía en su sitio. Porque el futbol a veces no necesita mucho más que un gran nombre para dar forma a un proyecto. Messi. Messi ha sido más grande que un club, que un país, e inclusive que la historia misma. Ya sea del futbol, o de la general. Aquella que tan bien conocemos, y de la cuál somos parte, ciclo tras ciclo, como un año escolar que empieza de aquí a dos días sin novedades. Un año más. Somos pienzo para cerdos en la mecánica constructiva de un imaginario de autómatas espermatozoideos. Una vez eyaculados estamos listos para el siguiente ride. De lo que sea. Ponémelo en vena. Yo hace tiempo que compré el billete todo incluido. Y dejé de pensar. Porque el anuncio me lo indicaba: acá lo tendrás todo. ¿Y ahora qué?

La sociedad que vivía aquella fachada como verdadera ahora se repugna ante la «humillación» de una derrota deportiva. La magnitud del ego dolido trasciende lo que cada jugador experimenta cuando el equipo rival les pasa por encima sin contestación alguna. El debate finamente lo ganó Neuer. No hubo partido. No había un jugador clave al que contrarrestar en el Bayern Munich que enfrentó el equipo de Setien. Había tan sólo un equipo, con una idea colectiva que no paraba de correr, de presionar, de funcionar con el talento con el que fue pensado. Un equipo que tras cuatro años de haber dejado de ser entrenados por Guardiola seguían persiguiendo los objetivos colectivos con el mismo impetu que lo hacían cuando aprendieron a repensar el modelo futbolístico de aquél innovador social. Enfrente, el equipo que inventó la conjura se desvaneció ante el reflejo de sí mismo, en una versión alemana de lo que podría haber acontencido si no se hubiera desmantelado la esencia de aquella idea transformadora que colmó el vaso en su día.

Guardiola ha muerto. Viva Guardiola.

Orden y caos

Podría parecer una contradicción. Quizás lo sea. Pero mi vida muy a menudo está condicionada por impulsos disonantes que se anulan entre sí. Y no pasa nada. Es parte de la vida. A pesar que nos resulte tan poco intuitivo. Lo simple y lo complejo se hermanan en la la teoría de la complejidad. El pequeño aleteo de la mariposa y el tsunami al otro lado del planeta. Esa condición de sistema interconectado a la que finalmente tenemos acceso y que más o menos sabemos interpretar como parte de nuestra experiencia global. La humanidad está en la punta de nuestra lengua, o quizás en las yemas de los dedos. Y ni una, ni otra, debemos exponer al contacto con el otro, menos en estos momentos en los que nos hemos acostrumbrado a coexistir con un nuevo virus, en medio de una pandemia.

No es cosa menor. Somos la primera generación que vive una pandemia al mismo tiempo. La angustia de la muerte finalmente se convertido en una pulsión compartida ahora mismo por todo el planeta. Se revela la estupidez humana ante la situación que vivimos. Y los miedos aparecen de nuevo, a veces con algo de razón, sobre la situación futura del sometimiento que experimentaremos como individuos en medio de una colectividad. Pero se confunden los argumentos falaces con los científicos. Se confunden a propósito. Ya lo sabemos. Y nos llegan distorciones por todos los frentes. No querría abandonar de buenas a primeras la nomenclatura militar que tan bien sienta en la población para saberse sometida a una cultura bélica dominante. ¿No es acaso ese el heteropatriarcado?

Quizás sean más cosas. Pero me huelen todas a lo mismo. Y el problema radica en pensar que el elemento de seguridad gana al de la libertad. Pero ahora se mezclado un orden más: la salud pública. La salud es un elemento que nos involucra a todos y que tiene que ver con cómo nos comportamos, con como vivimos, con cómo nos alimentamos y con cómo coexistimos dentro de un ecosistema. Uno global, energéticamente cargado por un balance sutil, y otro local, en el que intercambiamos nuestro día a día con las personas que vemos en el espacio público.

Pero hay un componente universal que nos conecta a un nuevo paradigma: la interconexión con el resto de la humanidad. ¿En qué nivel? Eso depende. De muchas cosas. De la capacidad que tengamos de expresarnos, de comunicar nuestros mensajes y de formar parte de la comunidad. Y a su vez, del entretenimiento compartido. De los juegos que jugamos. De las historias que leemos… y que nos contamos. Los libros que editamos. Las canciones que nos identifican como seres imperfectos y frágiles. Las narrativas que nos redefinen. La política en la que participamos.

Todo ello es parte de un sistema que sigue su curso. Venimos de una herencia feudal, en la que los reyes existí… ¿existen?… y de herencias coloniales que dibujan un juego desnivelado que no acaba de reflejar el contexto completo de un expolio profundo que nos pone en uno u otro lado de la balanza, aunque de manera artificiosa. No somos nosotros los responsables por las corrientes universales de pensamiento, ni por las costumbres de las sociedades de nuestros tatarabuelos. O sí. Quizás esa historia familiar sea el único vínculo que nos permita identificarnos en medio de una sociedad viciada que ha pecado más de una vez en nombre de los principios que decía defender, muchas veces, en el sentido opuesto a lo que sus valores pretendían generar. Pero todo ello forma parte de cómo nos explicamos en un contexto histórico temporal, para el cual hemos de fijar una línea en el tiempo hacia atrás, y situarnos en ese espacio temporal para asistir a nuestro juicio histórico particular, y contraponerlo contra el que habíamos establecido en el pasado a partir de las historias que nos fueron narradas. La historia según cómo nos la contaron.

¿Qué sabemos hoy de lo que nos enseñaron en la escuela? ¿Cómo se ha alterado esa realidad comparada con la versión actualizada de los hechos que ahora nos son reeditados? ¿Cómo ha entendido la sociedad las herramientas de dominación empleadas por los poderes sociales que rigen su destino? ¿Cómo florecen a pesar de dichos poderes brotes de pura belleza? ¿Cómo subsiste la insolencia en medio del adoctrinamiento de las pulsiones históricas contrapuestas?

Parece que el sentido de la disputa es nuestro estado más natural. El presente se rige por quién, o qué, representa las antípodas de mi más reciente versión de mi mismo. Y voy encontrandome más a gusto en ciertos círculos que reafirman que mis temores son los más sensatos, mientras los otros, calumnias. Esto serviría para intentar desacreditar la verdad, tanto como la más vil de las mentiras. Con lo cual se podría convertir en un argumento vacio. Una vez más las buenas intenciones podrían ahogar la capacidad de resolver a partir de la manipulación de las herramientas prácticas para desvelar lo que hay de verdad en cada sentencia.

Nos han intentado provocar el malestar espiritual continuamente. No estamos bien pese a tenerlo todo. Y cuando no es así, cuando la precariedad nos ha inundado por fin con su cara más determinate y cruel, entonces ahí encima tenemos una excusa perfecta para afirmar la conspiración en nuestra contra. La vida es así. Ni siquiera podemos sufrir en tranquilidad. Debemos desmerecer nuestra desventura, con el ejercicio simplón de compararnos con alguien más jodido que nosotros en estos momentos. Y entonces, por comparación, nos vemos abocados a un orden de relavitizaciones sociales que nos ordenan de mayor a menor en un mundo en el que pretendemos estar lejos de la desventura. Mientras más lejos, mejor. No va con nosotros. Algo habremos hecho bien. La bienaventura nos sonrie. Amnesia. Burbuja. Aquí, finalmente, estoy seguro.

No le hagas tanto a la mamada

A veces pienso que mi situación no está tan al límite como me parece. Que podría estar mucho peor. Que soy muy desagradecido. Que la vida me está poniendo pruebas para que pueda verdaderamente salir de este aparente atolladero, y que soy yo quien se revuelca en su/mi pesar para seguir aquí. Jodido. Bueno, «jodido».

No soy capaz de asumir mi propia insuficiencia. Si pienso que soy yo, entonces me estoy tirando a un drama que quizás sea así. Y quizás, puede ser, soy yo haciéndole a la mamada. Y yo mismo soy mi propio verdugo. A la que me muevo, la persecusión de la tranquilidad y de la ansiedad me recuerda, alternándose, que no tiene nada que ver. Que bien podría ser justo lo contrario de lo que en estos momentos considero una certeza. Y en ese péndulo, no hay quién sobreviva a la locura.

Es parte del problema. Yo soy el problema. Listo. La solución está en mí. Listo. Tú, y sólo tú, puedes. Órale, pinche huevón. Ya estuvo bien. Man up.

Todo apunta a que es eso. Soy yo al final. Al final sí que tengo responsabilidad sobre esta desazón que me ha llevado por el camino equivocado, una y otra vez, y que me ha conseguido despeñar por el enfiladero de las desgracias. Las desgracias aparentes, claro está. Debería sufrir un poco más para poder considerar mi «dolor» como dolor. Eso que los olvidados sufren en su día a día. ¿No podría ser un olvidado?

Ahí está parte del problema. Quizás la estoy armando de pedo. Pero lo cierto es que no estoy en la cima. Y no me permito llegar a ese nivel. Pero tampoco me es permitido estar considerado como los que vagabundean por los oscuros relingos en los que los desgraciados aran la tierra con las uñas descalzas de sus pies. No soy ese tipo de olvidado. soy consciente. Pero me derrumbé del sistema hace tiempo, y por más que intento, no consigo volver. Y me queda lejos. No tengo distancia suficiente con la realidad para asumirla como tal. O quizás, en medio de esta anormalidad ya no tengo salida, ni excusa, para reconvertirme una vez más.

Ni ave fenix. No hay renacimiento en este calvario. Voy directo a la muerte sin la noción necesaria del perdón, de la fe, ni del pecado particular por el que cargo esta cruz. No tengo valor de preguntar de quién es, ni quién me puso en este lugar, en este injusto juicio en el que no hay absolución. Mi desgracia, por más que quiera, no encuentra ni audiencia, ni perdón, ni tan sólo juicio justo, ni mínima consolación. En cambio, no llega al diario, ni a la portada de una página web de sucesos locales del barrio en el que vivo. Las apariencias me desdibujan en el modelo obtuso que nos representa. Así, borrosos, en las esquinas de las escenas principales. La vida sigue su curso, mientra en los márgenes, los hermanos de Marty desaparecen sin siquiera formar parte de una paradoja espacio-temporal.

La espada de Damocles me oprime

Ya no tengo salida. La espada se acerca a mi piel mientras ya no tengo más espacio para recular. El éxito de mi fracaso está consumado. Mi historia me arrincona en la huida hacia el final. No hay más. Un último respiro. Un suspiro.

De alguna manera los griegos de la antigüedad tenían el referente presente de lo que les arrinconaba a ellos a salir de un pozo oscuro en el que sus vidas habían escalado en espiral decadente. No es un tema nuevo. La humanidad se topa consigo misma en la inmesidad del abandono que cada individuo perpetua con su angustia. Y ¿cómo salir de sí mismo? ¿A dónde huir? ¿Cómo escapar?

Mi única salida para evitar que la espada me acabe decapitando es tener fe en esa alternativa, por poco probable que resulte, que despeja todas las tormentas. El alivio de los mares tranquilos en los que navego hacia la isla en la que finalmente encontraré mi destino. Alguien se ocupará de amenazar mi porvenir, inclusive en ese último trayecto. Satanás está ahí para asumirse antagonista de nuestra biografía, como un par de Dios Padre, que tiene el poder inmaculado de asistir como contrapeso al desafío del héroe que debe librar la batalla más épica de su existencia. Ese es el destino de nuestro periplo.

La espada de Damocles me amenaza y cada vez más le pierdo el miedo. Si me vas a matar, hazlo de una vez. Hijo de la gran puta. ¿Quién te crees que eres? No puedes conmigo. Ni podrás apagar el espíritu de mi destino. La batalla se libra en la oscuridad del duelo continuo de nuestra psique.


La paciencia sigue obsesionada con su tránsito lento y pausado, a pesar de las palpitaciones extremas que intentan desacreditar su tenacidad.

La perseverancia tercamente se aferra a esa idea en la que nadie cree. Sin duda el fracaso no es una opción, pese a encontranos de cara en cada esquina que doblamos.

La resistencia ha seguido sumida en un estado fuera de sí por mantener viva la pulsión de la pasión con la que se arremete una cima sin temor. Las piernas cansadas ya no saben si aguantarán el próximo reto, pero se aferran a no claudicar.

La prudencia sostiene el mundo sobre sus hombros. Y no saltamos ante la injusticia que escupe en nuestra cara un aliento fétido de recores, envidias y desidias. Quizás no sea el momento.

La concentración se inhibe para dar paso a la locura, que se planta en todas las esquinas que nada tienen que ver con el objetivo central de nuestra esencia. Pero a ratos vuelve, como quién sabe que tan sólo aquí se abonará esta tierra en la que sembramos hace tiempo nuestro porvenir. No olvidemos… ¿qué objetivo? ¿Qué sentido tiene? Anda, vuelve, aterriza una vez más. Enfoca tu espíritu con la pulsión última de crear un espacio dual en el que encontraré lo que intuí un día que sería el puerto al que llegar.

Los pensamientos reflexivos me nublan la consciencia con la ilusión de alcanzar el objeto exacto que buscaba en una metáfora impecable que no deja lugar a esa única esencia desnuda y poderosa que ilumina todo en este punto. Es un espacio al que se accede con la llave de quién cosecha con el tiempo a su favor aquellas preguntas que algún día debía desvelarse ante un yo futuro que no estaba ya alerta de tal periferia. Escribir sin duda ayuda a que esas derivas encuentren su sitio, en este mismo instante, pero más allá, en otros multiversos, y en otros espacios temporales que ni tan sólo nos planteamos controlar. Pero vuelve, y se revuelven con otras que a penas han visto la luz del día, y se confunden, y se funden, con renovados espíritus que se explican, por sorpresa, en el otro. La revelación de nosotros mismos en un acto reflejo que nos aproxima a otra unidad fuera de nosotros. Y todo, de pronto, se asienta en un sentido emergente.

La capacidad de análisis se reciente. De pronto no tenemos más maneras de explicar lo que tenemos enfrente. La vida. La estrategia. Nos vaciamos hace años. Y ya no queda nada. Nada tiene sentido. No hay más vueltas. No hay visión alguna. Ni misión. Ni tan sólo valores. No hay mapa. Ni análisis interno. Menos externo. Todo se perdió cuando volvimos al sitio del que pensamos que nunca debimos haber partido. Pero ya no era lo mismo. Ni había nadie ahí. La vida cambió y nosotros nos quedamos anclados en un pasado que ya a nadie interesa. Nos comió el mandado un ser inferior que no supimos espantar. Záquese. Se nos coló la sanguijuela. Nos arruinó la fiesta un colado. Yo un día pensé que sabía cómo hacer esto. De manera pragmática. Lejos de cualquier floritura futil. Pura síntesis de un proceso contrastado que estudié durante años para extraer la resina del licor más útil de cualquier gesta. Pero un día decidí no hacerlo más. Caí en el fondo del abismo. Y de ahí no me moví. No arrastré mi sombra, ni maldije mi fortuna. Abracé el infierno que las plantas de mis pies lamían. Dejé el otro mundo muy lejos, y desde abajo reconstruí mi vuelta. Mi capacidad de análisis se convirtió en un camino alejado de la luz, en la armonía en la que tan sólo yo podría concebir para volver a aportar otra perspectiva colectiva de la última emergencia necesaria de nuestro sistema complejo social. Me perdí en mi mismo. Me absorbí debajo la piel succionado por los latidos inertes de mi organos vitales. Me convertí en todo lo contrario de lo que habría definido construir, por la simple idea de asistir a lo contrario de lo que habría de ser. Al ser lo que tenía justo aquí para construir con ello algo con sustancia. Me enfermé en la reiteración de las mismas historias que me habían llevado hasta aquí, convecido obstinadamente que no tenía otra alternativa. Me convertí en un camino que se cerró todas las salidas, y me condujo al tunes del cuál todavía hoy no he conseguido salir. Porque un parto dura nueve años. No se deja atrás un paradigma contrastado con un bufido de lobo feroz. Es alrevés. Las historias que conducirán a otros paradigmas serán las que consigan afianzar literariamente la posibilidad de trascender a toda la mierda acumulada que dejamos que se enquistara en el proceso evolutivo de nuestra sociedad, mientras abrimos los canales de comunicación, y las transmisiones de radio, y el entretenimiento de masas, y le tuvimos miedo a las mismas pollardadas que nos inocularon en el esquema educativo en el que decidimos creer y crecer. No fue una elección. Ni tan sólo una democracia. Fue un simulacro perfecto. Y nos llevó a todos un proceso largo hasta llegar a darnos cuenta el sitio en el que nos encontramos con Big Brother. Y resulta que al final, las ideas que contruyen quienes somos están fermentadas con las falacias necesarias para que nos demos cuenta de su existencia, tan sólo para confirmar que preferimos estas a las que los otros, aquellos, nuestros némesis, adhieren sin pensar ni un segundo a los pilares sagrados de su liturgia: su lucha.

El sentido práctico, no se cuando, lo perdí. El surrealismo español me pareció el único proceso creativo que valía la pena rescatar de las cenizas en las que se quemaba toda la añeja tradición de una de las naciones más ancestrales y demenciales de la historia de los reinos de los cielos. Nunca antes una fogata de Sant Joan había llegado a acumular tanta mierda para quemar en una misma noche. La gente se dio cuenta de que valía la pensa que lo abandonáramos todo en este acto final de gratitud. Por la relación que el Altísimo guarda, aún hoy, con el dictador Francisco Franco, sentado a la derecha del padre, habiendo arrinconado a Jesús a su lugar: a la izquierda. El orden sacramental acaba de contruirse con un último grande de España que subió al cielo por la gracia de Dios, en un hospital que llevaba su nombre, y cuyos nobles profesionales de la salud, tuvieron a bien dejar que la providencia invadiera, una vez más, de la mano del Espíritu Santo que tan bien se siente en su capital en la tierra, Madrid, para culminar el acto más alto de la fe católica, apostólica y romana: que un español señalado por Dios Padre acuidiera a su presencia en la asunción del espíritu, y cuerpo, del caudillo. Fue días después. Ya en el valle, uniendo para siempre, la grandeza de España con la comunión del Caudillo con Dios Padre, a su derecha, por los siglos de los siglos…

La objetividad me fue erosionada con tan elocuentes velos por doquier. Fui víctima de la alteración de la consciencia por vías voluntarias, forzosas y perentorias. Me obligué a comulgar con las antípodas de mis posturas. Sentí la necesidad de transitar al otro lado de la luz. Y llegué a fundirme en el infierno con lo que quedaba de Satanás, que tuvo paciencia conmigo. Y despúes, de la mano de Jesús, conspiré por construir una alternativa a la que un hijo usurpador había venido a construir con falsos testimonios que nublaron la consciencia de mi padre, quien, en medio de la demencia que sufría, suplantó el sitio que tenía mi hermanillo en las cortes que adornaban la eternidad de los cielos. Dios Padre había adoptado a un hijo facha, aunque a él no le gustaba asignarnos etiquetas los unos a los otros, a pesar de que el nuevo se atrevió de llamar a Jesús… rojo. Y ahí no le pareció tan granve a Dios Padre. Como si la eternidad no fuera suficiente, ahora debemos aguntar al hijo usurpador facha, y a un Dios Padre que le ha comprado toda la basura de mentiras con las que papá finalmente ha perdido el curso de lo que significa realmente la comedia humana. Jesús y yo lo hablamos muchas veces: Él no lo entiende: no es humano. Nosotros sí. Conocemos a los Franciscos Francos de nuestros tiempos. Los hemos visto mil veces en los lugares más cotidianos de nuestra surrealidad española. Nos los metieron hasta en la sopa y ahora lo hemos visto claro. Nuestra simple presencia les ofuzca. Nos quieren en la cuneta. Los rojos se borraron de la faz de la tierra, porque a sus ojos, Franco los desterró. Somos lo Caines que una vez más Dios Padre ha asumido que no merecemos ser parte de su rebaño. Hasta aquí llegamos, Papá. No hace falta que lo volvamos a debatir en la cena de navidad. Ya sabemos que le has tocado su cojón sagrado a tu nuevo hijo predilecto. Nosotros ya no tenemos nada más que hacer aquí. Por eso volvemos a la Tierra. Allá a dónde tú no has vuelto. Fuimos nosotros, Papá. Te lo recuerdo. Y es nuestra humanidad, esa mitad, la que tú nunca podrás palpar. Tú no eres como Zeus. Con Él me entiendo mejor. Tú no puedes alcanzar las contradicciones de nuestra construcción social, por más que tu omnipresencia te lleve a dictarle los textos a los escritores de derechas que aún quedan en el sector editorial español. Oh, Papá… ya no me importa que nos hayas abandonado. Al final, no te tengo ningún tipo de resentimiento. Pura gratitud. Y eterno retorno. Porque un día te darás cuenta que él hijo predilecto al que ahora atiendes con tesón, no es más que aquél becerro de oro, convertido en toro Osborne, con un par de cojones. O quizás, por un destino sagrado de su providencia, con uno sólo, por la fijación inmaculada que su piedad le llevó a cargar con esa cruz para levantar el reino de tu santificada y endiosada unidad del reino de los cielos: España. Si un día me extrañas, me encontrarás con el resto de las divinidades fusionadas en la risa eterna con la idea que nos alienó: que eras tú el único.

La disciplina se desmuestra en los entrenamientos. Se juega como se entrena—dice un tribunero. Ni puta idea. A esta gente no se les puede permitir seguir mandando como si de ellos fuera el coto de caza. Su cinismo es inmortal. Y no tiene fronteras. Me ofrezco como ofrenda a los dioses de la pirámide. Si con esto salimos del atolladero, me doy por bien servido. Prometo someterme a un escrutinio del desempeño de mi obra. Y mis resultados hablarán por mi. Usaré el mismo racero con el que medimos a los demás, y servirá, para que nosotros mismos nos demos cuenta de qué manera somos parte de la reconstrucción de un mundo nuevo: un mundo NEW. New Barcino.


Mi psique se desdobló. No tuve manera de detenerla. Tomó las riendas y se desbocó. No la culpo. Todo lo contrario. A partir de hoy, estamos más unidas. Es más, estamos más unidas con Cristo… para siempre.

Se escuchan las risas del resto de los Dioses. De todos los tiempos. De todas las latitudes. De todas las culturas. De todas las presentes…

ALLS

El freno de mano

De pronto todo se paró. Y nos quedamos inmóviles pensando que quizás esto podría alterar aquello que nuestro planeta sufría. Como si la pausa por un virus que nos mataba nos iba a dar la posibilidad de luchar conjuntamente contra las lacras que marginan nuestras posibilidades por un mundo más igualitario y justo. Quizás desde la desigualdad nos vemos destinados a perpetuar las diferencias que nos marcan al nacer. O no. Siempre podemos caer un poco más. Y revertir, para mal, el privilegio que nos fue dado. El despedicio de los talentos.

¿Qué habría pasado si Jesús no hubiera hecho caso a su llamado? Un Jesús indolente, todo poderoso, por su mitad sagrada, asumiendose al 99% como humano. Y en esa decisión, deja de lado la responsabilidad que le fue otorgada por la voluntad omnipresente de Dios Padre de reconstituir su reino. Jesús, como hasta entonces, sigue con sus parábolas mentales, y en cambio, no las externaliza. Todavía no es momento. Barrabás sigue en la cárcel. Poncio Pilato tiene cede el poder al siguiente regente romano, y la vida en Judea sigue judía y sin mutar. No hay católicos a los que perseguir. ¿Qué es un católico? Los pescadores Pedro, Judas, blablabla,… siguen con su vida de pecadores. Sus redes siguen trayendo sardinas para las fiestas de San Juan. ¿Quién es Juan? Pablo, sin que Jesús haya mencionado ninguno de los hechos de los apóstoles, comienza a hablar con Dios Padre, directamente, y Dios Padre le cuenta la insubordinación de su hijo, que no ha hecho nada. La impaciencia de Dios Padre es tal que le ofrece el trabajito a Pablo. Y este, actúa en consecuencia. Pablo se convierte, por así decirlo, en el siguiente profeta, pero está vez, es reconocido por San Juan Bautista, que le valida ante las multitudes, para empezar a crear el reino de Dios en la tierra. Se activa el plan B.

Pablo no recluta a los mismos discipulos. De hecho los que estaban a ser llamados por Jesús no tienen el más mínimo interés en las palabras de Pablo. Las escrituras se escribirán sobre otro montaje. Otras parábolas distintas son dictadas por la gracia divina a las redes neuronales de Pablo, que esta vez decide escribirlas él mismo, en unas cartas que envía a otros pueblos. En sus charlas con la muchedumbre saca sus manuscritos y les interpela directamente. Son discursos políticos y fundacionales. Nace la iglesia de Pablo.

La vagancia de Jesús le pasa factura. La revolución que debía provocar, de pronto, está en curso, pero no gracias a él. Su depresión es mayúscula. Su padre, José, no tiene manera de ayudarlo. Y María… pobre. Segura de que le habían anunciado otra cosa, no acaba de ver claro qué será de la vida de su único Hijo. Jesús escribe libretas en las que interpreta los sueños, o más bien pesadillas, que sufre cada noche. Durante cuarenta noches es masacrado por el demonio para pincharlo por su incapacidad para hacerle frente. Lucifer ha ganado la batalla, y tan es así, que ahora se retira a lidiar la batalla que verdaderamente importa: en frente de San Pablo. El apoyo de Dios Padre a Pablo acabó de doblegar la confianza de Jesús en sí mismo.

Una noche en el monte más cercano de se casa, triste y sólo, el viejo Jesús suspiró por última vez: ¿por qué me has abandonado?

My first story

I’ve written many stories over the years. But I have been keeping them from you. I’ve been hiding behind my mind, just to come up with an excuse not to show up. I’m back here, and I see the world passing by. I feel alone, and somehow, safe. But alert: I also feel quite the opposite. A fraud. A misguided soul. A hasbeen who’s neverbeen. I’ve been just out here selling a sad story for myself that nobody believes. Not even me. That’s why I’m doomed. My worthless effort to confront my fears lay me down gently into the realms of nothing. I’ve acomplished nothing, yet I feel I deserve to have a place. Somewhere. Somehow. I just can’t handle how this could turn out to be a good story. So I keep thinking. So I keep trying. So I keep writing.

Nonetheless, I figure out I have a way out. Just one shot. This one shot is the story that’s going to safe my life. And this one story is the only one that I could tell. The true story I’ve been trying to be honest to. Because nothing else is anymore. And thus I fail in everything else as well. As it soons becomes a fraud. My fraud. Just like I see it. Like a see the fraud around me. And how it evolves and hunts you down. How it’s going to boomerang behind my back once I feel the releif of having thrown that stone at the right deamon. Pum!

I’m knocked down. My life is fear. I can sense it in my spirit-lost. I used to have it. Now I don’t. I told you already. I am not here for help. I am not here for therapy. I’m just here struggling, like the rest. And my story has been seldom told. So why again? Why me? Oh, lord, send me a sign…

Despair. Don’t show it. They’ll know. You are not supposed to be like this. This is dangerous to the system. They will soon come after me. And they’ll take me down. Like any other outlier that sits in the path of the system-dwelling smocks. Dull-faced hero’s of our time. Or jailmasters, or slavetraders. Murderers working for killers. Explotaition of the human kind working within the networks of our current LIFE. The underground connections to the dark forces within. The mafia culture. The moral doublethink that allows guns and drugs to be both the devil and the glory. And yet, we find the excuse to let it all sit in the same sort of frame. Our circus. And we, the agora, exploit the fact that we are not the evil one(s). Or so we think. But some fingers point at your direction. It’s not me. Like that’s a proof of anything. It’s people like you who brought us here. It’s entirely my fault. Now I know. Forgive me. Fellas, I’m the last sin. And I take pride on it; one last time.

I’ve only got one story. I’ve told it a million times. Or that’s what I figure. That’s what I’ve told myself. I have no proof. Just texts, documents, drawings, schemes. Babling. Over and over, the same story I’ve always told. It’s just it I need. Just this one tale. At point I will release the pain. The struggle will finally come to the end. And we shall still believe what surreality stands for in a leap outside yourself. It’s just that quest I’ve lead. And somehow, it’s still my cross. A holy one indeed. I must carry it on. Alas, here we are at last: ALLS.

El estallido mundial

Hoy Jose Luis Cebrian se despacha con una editorial de talla internacional en su particular periódico: El País. Y nos pinta un análisis de la política internacional y nuestro esquema global de alianzas. El mundo en manos de Donald tiene sus consecuencias mundiales. Ya lo sabíamos. Donald es así. No sabíamos cuándo, pero la escalada de la violencia se proyectaría con un Commander in Chief de la talla de Trump.

Pero Trump no lo es todo. Arabia Saudita. Israel. Turquía. Rusia. Iran. China. UE. La política de seguridad guarda ciertas claves que se exponen de tanto en tanto sobre un tablero de ajedrez. Y se manejan tanques blindados para lanzar un globo sonda. Y estamos alertados. Peligro inminente. La guerra mundial cada vez más cerca. El cerco se proyecta una vez más sobre los ejercitos en su enésima misión salvadora para resguardar la paz: guerra.

Los valores de las democracias occidentales. Creo que ese es nuestro lugar aparente. Todos los otros que vienen de otras latitudes y culturas todavía deben poner sobre la mesa un modelo de convivencia más justo y próspero que el nuestro en particular. Y nos quedamos tan anchos. Lo nuestro funciona. Mírese usted. No hay espejo que le chuleé. No se aflija: todos somos feos por dentro. Al menos la parte oscura, que no negra. Black is beautiful.

I’m black. I decided to be one when I learned from history the struggle they went through. From the time I figured ot they are still being spelled from their territory, their land, their home place, because they law there is an army of gunmen. Men. Brutally slaving kids to be part of the gang. Killing. Be killed: the alternative. And we, the white men, have dealt guns and traded with coltan to produce microchips to have mobile phones to chat with the world. Connectivity is a gift we have when we close our eyes to feel the pain the lost souls suffer when they are being exploited by the bad guys who do the dirty job as the minerals are channel up the funnel to satisfy what we are now. Brainless tumors.

We just keep on. And that’s enough. We consume. We believe the markets when the people who knew economics explained the intensive 99 minute course on the current state of a «science».

Economics have gone out the door and taken the highway to highlands.

Time to balance my investments. Defence markets will raise optimism in funds. Investors get ready. The money flow from the president’s pocket. Rusia knows. France knows. Germany knows. Saudi Arabia knows. Qatar knows. Turkey know. Money is going to storm into the defence budgets as the traditional allies loose control of the European governments. The modern left and the righteous right. Left out of the picture. Newcommers. Extremists. Separatist. People are trying to break in. Warning signs all over the place. We lost the power. We are not going to let you take down our holy cow.

Is that a threat, sir?

Answer my question.

Do you want to be as straight forward with me as I am being, respectfully, with you?

I could escalate a conversation to the edge of time. Time to act. Move there.

No time to waste. Then, what?

Are you in or out?