No le hagas tanto a la mamada

A veces pienso que mi situación no está tan al límite como me parece. Que podría estar mucho peor. Que soy muy desagradecido. Que la vida me está poniendo pruebas para que pueda verdaderamente salir de este aparente atolladero, y que soy yo quien se revuelca en su/mi pesar para seguir aquí. Jodido. Bueno, «jodido».

No soy capaz de asumir mi propia insuficiencia. Si pienso que soy yo, entonces me estoy tirando a un drama que quizás sea así. Y quizás, puede ser, soy yo haciéndole a la mamada. Y yo mismo soy mi propio verdugo. A la que me muevo, la persecusión de la tranquilidad y de la ansiedad me recuerda, alternándose, que no tiene nada que ver. Que bien podría ser justo lo contrario de lo que en estos momentos considero una certeza. Y en ese péndulo, no hay quién sobreviva a la locura.

Es parte del problema. Yo soy el problema. Listo. La solución está en mí. Listo. Tú, y sólo tú, puedes. Órale, pinche huevón. Ya estuvo bien. Man up.

Todo apunta a que es eso. Soy yo al final. Al final sí que tengo responsabilidad sobre esta desazón que me ha llevado por el camino equivocado, una y otra vez, y que me ha conseguido despeñar por el enfiladero de las desgracias. Las desgracias aparentes, claro está. Debería sufrir un poco más para poder considerar mi «dolor» como dolor. Eso que los olvidados sufren en su día a día. ¿No podría ser un olvidado?

Ahí está parte del problema. Quizás la estoy armando de pedo. Pero lo cierto es que no estoy en la cima. Y no me permito llegar a ese nivel. Pero tampoco me es permitido estar considerado como los que vagabundean por los oscuros relingos en los que los desgraciados aran la tierra con las uñas descalzas de sus pies. No soy ese tipo de olvidado. soy consciente. Pero me derrumbé del sistema hace tiempo, y por más que intento, no consigo volver. Y me queda lejos. No tengo distancia suficiente con la realidad para asumirla como tal. O quizás, en medio de esta anormalidad ya no tengo salida, ni excusa, para reconvertirme una vez más.

Ni ave fenix. No hay renacimiento en este calvario. Voy directo a la muerte sin la noción necesaria del perdón, de la fe, ni del pecado particular por el que cargo esta cruz. No tengo valor de preguntar de quién es, ni quién me puso en este lugar, en este injusto juicio en el que no hay absolución. Mi desgracia, por más que quiera, no encuentra ni audiencia, ni perdón, ni tan sólo juicio justo, ni mínima consolación. En cambio, no llega al diario, ni a la portada de una página web de sucesos locales del barrio en el que vivo. Las apariencias me desdibujan en el modelo obtuso que nos representa. Así, borrosos, en las esquinas de las escenas principales. La vida sigue su curso, mientra en los márgenes, los hermanos de Marty desaparecen sin siquiera formar parte de una paradoja espacio-temporal.

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