Tal día como hoy de hace 19 años

Yo me fui de México después del primer grito del nuevo milenio. Un 17 de septiembre, crudo, tras la mejor fiesta de del grito/despedida en tiempos de ley seca. Este año el zócalo no se llenó de banda, ni el pueblo gritó eufórico en una peda, o en todas las pedas. Las pedas mexicanas todas son iguales, aunque ninguna se parezca. Siempre hay los mismos pedos. Los mismos ronroneos. Las mismas misas. Es como una religión después de confesarnos el domingo, tras tener una cita a solas con la Guadalupana. Respeto, ante todo.

La vida de un mexicano comienza por verse en el espejo y no entender muy bien de dónde proviene eso. Esto. Este país. Y a su vez, saberse poseedor de un orgullo patrio a prueba de cualquier mendigo comunista que quiera desvalijar a este país de su circunscripción en los prescritos anales de la historia oficialista. La postrevolución no está gustando mucho a los partidos institucionales. Ni tampoco a los partidos emergentes. De pronto México se parece un poco a su liga de futbol. Y eso no está del todo mal, si estar bien tampoco. Yo, como buen mexicano, como digo una cosa, otra. Pero ahí nos vamos entendiendo, entre metáforas y poemas cantaditos al oído de una taibolera. No se crea, poli, no era una mordida exactamente a lo que me estaba refiriendo. Si ni sabía que había tortas veganas. No le haga.

Yo de plano me metí hasta el fondo de una barranca del muerto. Parece que se abrieron todas las barrancas y los muertos resucitan ante la sacudida de balazos y pozoles con los que el terror se dejó llevar en las venas de una sociedad adicta a sus demonios. Y no supimos cómo purgarlos entonces, cuando debía venir aquél que nos salvara, y que según la profecía, llegó, y le dimos la bienvenida, pero nos salió rana. Pinches gachupines. ¿A poco los tlaxcaltecas se apuntaron al tiro así nomás contra sus hermanos de piel morena? ¿A quién le andas creyendo las versiones torcidas de los reglones ocultos de Dios Padre Nuestro Señor, ausente de nuestro lado del planeta por los siglos de siglos… ALLS.

Dios Padre desconocía por completo que la tierra era redonda. Es un hecho. Nunca se lo contó a su hijo Jesús, que tampoco hizo mención a sus discípulos. ¿Qué historias del cosmos le explicaba Dios Padre a Jesús en la cuna del Edén? Ninguna, porque Dios Padre no era de este mundo, y en el suyo no había cosmos, ni gravedad, ni electromagnetismo, ni siquiera una fuerza unificada de todo, excepto, claro, Él mismo. Y qué iba a estar autoanálizandose, si está siempre presente, inclusive en el futuro. Dios nos sirve para pensar en las dimensiones a las que no llegamos para entender por completo la física cuántica, y sus múltiples jardines que se bifurcan. Tampoco nos da para leer a Borges, pero ahí estamos. Y mucho menos para entender, por completo, la obra completa de Shopenhauer, pero para eso tenemos facultades de filosofía en el norte de Europa que se llenan cada año de filósofos incapaces de recuperar las energías clarividentes de sus antepasados más ilustres.

Xavier Rubert de Ventós me dijo una vez que no hacía falta que hubiera tantos filósofos en todo el mundo, que nos bastaba con los alemanes. Y puede que tenga razón. Quizás el debate de la ideas ya está desplegado en su conjunto, y tan sólo debemos reconstruirlo de vez en cuando. Barajar las cartas y jugar al texas holdem. Dios Padre es muy dado a tener el control de las mesas en las que juega. Se cree que hace trampas, pero no hay huevos para sacarlo del casino. Y nadie le riñe. Nadie se atreve desde que pasó aquello de Lucifer. Ya ves. Sin Lucifer no hay yang, como tampoco hay cruz sin Judas. Así no vengamos ahora con juicios a destiempo sobre la indispensable labor de estos dos personajes pilares de nuestra sociedas: los satanases y los judas.

España no se entiende sin Franco. Y tampoco sin los republicanos. He aquí el dilema. El dictado que se come el cojón.

Hitler sin bigote no habría sido más que un flautista de Hamelin.

¿Cómo se pasa de la independencia de una colonía las vidas alternativas de un genocida?

Enganchado al desenganche

Hace tiempo que me vi envuelto en una paradoja tiempo-espacial. Me metí yo sólo en este problema y quedé atrapado para siempre en un universo circular. Mi incapacidad estructural para optar por la vía convencional me dejó para siempre dando vueltas sobre la misma espiral, que pese al movimiento eterno, me atrapa en el continuum del fracaso interesteral. Por tanto, la paradoja de mi descubrimiento me ata perpetuamente a su inasible circunstancialidad. Las leyes se despliegan por sí mismas y ellas mismas se entrelazan para culminar este inutil camino de vuelta.

De pronto ya estamos aquí. Otra vez. De vuelta a la creación. Una vez más nos tiramos a la piscina sin antes verificar si había agua. Pero ya es tarde. Sumergidos en la incertidumbre nos damos por bien servidos con subsistir. Tan sólo un día más. La desesperanza de no alacanzar, al menos hoy, la culminación de aquél camino. Nos plantamos en el fondo de nuestra soledad para aguntar la respiración debajo de aquél embrujo, sin saber muy bien si tendremos suficientes fuerzas para salir a la superficie a respirar. No llega a ser tan agobiante como para perecer ahí mismo, sino que intentamos llegar a ese límite que nos desbloqueé definitivamente. Esta vez no hay más oxígeno que podamos incorporar a la salvación de nuestra desgracia. No sabemos escapar a ningún otro sitio a pesar de que las ideas bajo las cuáles se despliega ese último suspiro vital se esconden para no boicotear una vez más la subsitencia. Parece mentira que siga aquí. Un día más sin haber llegado a morir, ni a ningún sitio especialemente brillante. Más allá de estar aquí. Que no es cosa menor. Pese a no ser ningún viejo anhelo. Ni siquiera una ilusión.

Nunca tuve muy claro cuál había de ser el camino que debía seguir. Sin dudal el seguido era el adecuado. Así que me fui por varias versiones de mi mismo. Con más o menos acierto, las puertas se abrieron y cerraron al son de quién parece que soy. Y las orquestas continuaron con fortuna la canción con la que salimos a bailar. Y pronto nos llevó la vida por más de una pista de baile a altas horas de la noche. Sitios en los que la electrónica y la noción espacial se confundían con la decadencia de persistir en un estado. Y no fueron caminos que consiguieran ensanchar el horizonte tras descubrir el último velo. Siempre había otro, más sutil, con el que nunca me había topado. La noción de que no iba a ningún sitio ya me perseguía entonces, como ahora, pero esta vez con más cintura para bailar las rolas que desentonan con la pauta con que mis piernas obedecen a la cadencia pertinente para mi cerebro, amo y dueño de la situación, pese a no estar nadie a cargo de las riendas.

No se percató la noche de mi engaño. Nunca fui volatil a la idea sutil de convertir la escencia de aquél conjuro en un elixir de manantiales que bajaban cristalinos por los ríos entubados que se precipitaban, río abajo, hasta desembocar, una vez más, en el mar. Este mar mediterráneo tan propio, tan presto, tan listo. No me di cuenta que quizás no pude navegar yo sólo el velero que me conduciría por fin a la isla de mi desembarco. Mi insularidad es pertinente para desistir a la idea plenaria de un esplandor continental. Lo que las ciudades capitales demuestran es qué singularidad se rige por las costas sobre las que se abren las aguas y la tierra, con esa fina piel de arenas milenarias. Ante cualquier situación, la frontera que peina la ola que se funde en la orilla, en una renovada tes tersa recién lavada, cara al sol, a la espera de la próxima ola prestos todos para reconfigurar el ciclo eterno, una vez más, en un solemne abrazo.

Así como un día me fui, otro cualquiera, un primero de septiembre, volví. La naturaleza de un nuevo curso trae consigo una alegría primigenia en el que este año, de alguna manera, nos transformaremos en algo más de lo que venimos siendo. No me quedan más dudas que las que guardé en un saco roto que arrastro desde que me despierto, y por el camino, desperdigo por doquier, con la certeza de que germinarán, algún día, en otro azaroso vaivén de oleaje mediterraneo.

Work package X

I nearly died just now. I had one of those coming back from the death moments. Near death experience. On my sleep. Digestive system working extra hours to digest that stupid pizza, already mixed with the wine, cabró. Cabrón. It was a call to exit. Golmanxit. Work pakcage currently unavailable. The line has been cut. A green color that identified that the activities were in the happy face state are now in a red X, that comes with: game over.

I will die one of these days. Yet today I cheated Death. Not my ticket. Not my time.

Outside it rains. I can hear the drops falling and hitting the roof of the building. Somewhere up there. Life has taken a toll for me. This is another situation I was warned to aknowledge.

I’m just working class nobody who’s life has made a turn for the good. I’ve got a decent job that could earn me a living doing what I do best. I can feel I’ve come to the place I was called to be useful to society once again. Only to fall short of that cliffhanging moment.

Life’s a bitch, ain’t it. So why waste it.

I’ve been here and there. And yet, today was a good day. It was my wife’s saint day. La Nostra Senyora de Meritxell. My Andorra matrone. My catalan root. My partner in crime.

I woke here up when I came out from the death call. I literally had to snap out of the hands of the Calaca. I was out, then I fought myself to consciousness back again. That’s it. That was my last dance. I better run, or rather jump, or I’ll stay death for ever.

Death has handed me a token. It is this I’m suppossed to unveil.

We are at the top of the priviledge pyramid. I’ve come to terms with that. I ate too fucking much pizza today. Too late. Two too many slices. I called for it. Or maybe I have al ulcer. And I’ll die anyway. I mean, I’ll day anyway. I know. But not today. Not now. Like back then. Just now.

I’ve cheated death in a duel. I’m a slippery fish off the hook. Nobody said it was going to be easy.

Golman died today, may he rest in peace.

I can’t rest because this throw back diggestive reflux is hunting me down. Death’s out there wondering. And my wife has awaken me two times already. She’s afraid one of those snores will kill me now.

—Qué susto—she said, as she was surprissed out of the dream as well.

I pulled her out from Morfeo’s arms. I was there and then, and Death painted my waters to clogg on me like haunted nightmare back to life. Still, chill, I’m ill, not still.

Comedians in cars getting coffee. I took a couple of those before I went to sleep. I don’t know if that was what caused this whole mess. It was me looking up at comedians that started their carreer together in a comedy club back in 1976, the year I was born. Eddie Murphy and Jerry Seinfeld. Seinfeld was influence by that guy from Philadelphia, Bill Cosby, with a show about zero-something. He listened to it over and over. This guy makes people laugh. I tell jokes that gets my friends laughing. I could do that. His thought process was getting him where he wanted to be. Up there in the stage. Telling his bits. And getting the reaction from he crowd: a laugh.

You come out and you never know how it’s gonna go. You have to have something going. Something prepared. Eddie hasn’t done it again because he’s got no material. He needs to go back to gym, or something. Work out. I’ve just gone back to gym. One day in one week. I’m happy. Back to the gym, and back to work.

Life seems to work in so mysterious ways that it almost seems like God is taking note of these other ways to improve His game. Obviously He knew all this shit I’m talking about. My comming back bit. My going out bit. Mother fucker send Death to tease me. Don’t act like He doesn’t own it. They work together. It’s the way things work. And so is this, if this is anything.

Life’s happening right now. This is the top moment of my life. And it will only get better.

Eddie Murphy said that. He’s been doing nothing lately. And that’s cool.

Jerry’s been hanging out with comedians getting coffee after taking bumpy rides. The carrera porche he and Eddie rode was meant to be a Lemahns racing car, but it was then just released as a car for the streets. Or the garage. The ultimate token of the showing off how you’ve somehow made it.

The car industry is going down. Telsa cars is comming up. The biggest player in the industry is leaving the past behind. Some of those things we knew will no longer be available, once we spin out the curb. Life’s about to change, and I’ve just realised that it’s been expecting me to come to terms with this new state of affairs.

Don’t waste your time.

Or waste it, if that’s what thrills you. But beware of time. As if there is something you ought to be doing, then get to it. Today: tomorrow: now.

I’ve done my time in the underworld. I’ve come back from it stronger. It’s not this system we need. Let’s not flush the entire world, nor should we allow the Nolan’s break it up into a bigger nightmare they’ll try to brush into palette of this emergent society coming out of this Pandemia.

It’s a social awakening on the go. We are all in diferent ships navigating the high tides of this tsunami. I rather surf my foam out into the sand. I’ve taken a wipeout once again. Spun out alright, I guess. I’m back.

I’ve got the handle of my vessel. This ain’t nothing but a dream. I’ve scaped the light and the darkness of surrender. I’ve travel far beneath the reals of where the roots mingle in romance.

It’s time for me to go back to bed. And let me keep this up. I know I’m comming back. I’m alredy here. Best place I’d could ever wish I’d be.

I only wish I could go back to the field. I could make this Last Dance work. Every team needs a Rodman. Only this time, it’s Golman.

Let this new dream begin.

Flatiron, les Punxes & _________

There is something about a building in that specific end of the urban grid that makes it unique. It was on my dream today. Again. A building like that. As if remainding me that I must aknowledge a path in which situations evolve at a certain pace, that eventually end up in that specific space. I know what the dream is trying to do. Huh… I know. It’s convinced, like me, that there is somthing there to chase, to dream for, in a near future development that requires my play to evolve into that.

What’s my job? I’ve got one now. One of those that comes with a pay at the end of the month, and holidays, and your own business time, as if sometimes you need to explore especial situations that require your time-space, and you need to leave your post. You have those kinds of rights. A sort of union job, even if it’s just a temporary thing. The illusion of sustained future. Alas, I’m out of the pit.

I’ve been drawn to this building for a long time. It was one of those things that I spotted on the map the first time I came to this city. As if there was something to do: to walk along the buildings that make up for a local architecture. A place to be, in public space, that allows you to cherish the moment. Explorers tend to do that, and that’s why when you find yourself in the internet the first thing you’ve got to look for is a navigator. To explore. To embark in a safari, or to be a firefox wondering around searching for your own pokemon chrome. To surf the web, as if you are a daring a surfer. The quest of living on the edge. The path of communications. The futurenow.

I’ve come to terms with myself. I’ve accepted the revolution taking place in my head is just myself of feeling outside the box. Like death taking place in this social scenario. Like the pandemic of a social decay, more that a real health issue: the mental one. I’m mental. That’s the deal. A deal I have to cope with. I know. Other mental dwellers know about it, and face it with a dignity of mental people. Have listen to the sound of mental? Mental is the nicest sound in the English language, if you are comming from the island. It’s like Man Island. I’ve somehow hooked to the idea of a singularity happening to me. A man thing. A golman thing. It’s personal. It’s mental.

So… So I’m searching for chimera. Or utopia. Better yet, the dream has taken me here. And I must go about my business. Life is not what happens over the weekend. It’s what happens to people in a Pandemia. Reclusion. Tight spaces. Unsettleness. Uneasyness. Floating in the waters of despair, searching for hope. Hope is my utopia. It’s my driver. My social enabler. I’m hooked to the idea of prosperity in a social environment that has not unleashed quite yet. It is still cooking in my head. Like a possibility to allocate the future in a safe place. The sustainability of the social transformation that requires our mind shift. As a whole. They way complex systems go about.

I am here to do the supporting role of a play I’ve witness out there. I’m just a poet with a pen, writting away in a notebook what ought to be the next delivery of a glimpse into our inwardly rise. A place insde my being is beating with chords of a song that unleashes the shadows of our doubts. It keeps popping in my head. Like a roller coaster within my system. The first one I’m bound to: my body-soul system. Like a chuck box.

A storage dream to take along a mission to explore. The world inside a building that hides the ends of a new entire system. The transformation pattern of our desire. A new city evolving from the dust in which the reborn are awakening at last.

That’s this new building in my dream. This is the dream within my building. The chuck box in my quest. I’m ready to fill in the blanks. I am just connecting the dots. The dream is still on. The quest is just beginning. The vision of the New world is here, in this city, in this building that englobes the entirerity of…

ALLS

Inventante algo cagado

Hacer reir es lo más sútil y pleno en esta vida. Si as hienas ríen de verdad debemos reconsider la manera en la que juzgamos su carroñería. La risa de un perro nunca es carcajada, y un gato nunca ríe. Un delfín lo peta, de ahí que lo encubremos tanto, hasta el punto de creer que su cerebro, más grande, funciona de manera más intensiva que el nuestro. O más bien, que lo que la mayoría de nosotros lo utilizamos.

El cerebro humano debería ser nuestra religión. O quizás nuestra revolución. La idea de promover una fábrica de ideas. Sólo para que salgan más seguido. Para que haya más de ellas. No importa su posición social, ni siquiera su utilidad. No necesitan siquiera ser graciosas. Sólo requerimos que sean muchas. Más de las que hemos pensado y expresado hasta ahora. Una sobrepoblación de ideas hacinadas en barracones durmiendo unas al lado de otras sin poder casi respirar. Demasiadas ideas para tener sentido alguno. Todas ellas, traídas al mundo sin haberlo pedido, y ahora olvidadas, dejadas de la mano de Dios, en una especie de pecera, de parque de diversiones caduco, al que ni siquiera Chevy Chase llevaría a su familia de vacaciones. Ideas que emergieron tras un brote masivo de ideas. La pandemia de las ideas. Eso es lo que venció al coronavirus. Una mano a mano entre cada uno de los virus que se replicaban tras invadir los cuerpos invadidos y penetrados sin a penas enterarse la nave nodriza.

En cambio las ideas, que parecían vencidas tras un momento inicial de júbilo y resplandor en las que las ideas emergieron a la superficie de la fama, cuando todo el mundo presumía de tener más ideas irrelevantes que los demás, y que a su vez, generaba un sinnumero de interacciones a sus ideas que se convertían en ideas reaccionarias a su vez, haciendo de la epidemia de ideas fuera más significativa que la actual pandemia.

Hasta que llegó el momento en el que júbilo dio paso al espiral de ideas violentas. Estas se juntaron, como siempre, para montonear al resto de las ideas. Las graciosas, las útiles, las sútiles no estaban capacitadas para hacer frente a las ideas proclamadas por los subnormales. Y estos, sin saber muy bien por qué, tenían las armas de su lado. Sin duda esa idea nunca se entendió muy bien, sino por la hegemonía que las armas, el dinero y la violencia habían adquirido en la idea reina del capitalismo. Las ideas de los buenos y las ideas de los malos se confundieron con las buenas ideas y las malas. Y todos fuimos víctimas de las ideas victimarias, o quizás más todavía, de las ideas victimistas. Las ideas confluyeron en las plazas, en los parques, en los bares, en las discotecas, en las escuelas, en las universidades, en los clubes, en las casas, en los pisos, en las alcantarillas, en las corridas de toros, en las cocinas, en las peluquerías, en las redacciones de la prensa del corazón, en las televisiones, en los poemas de la última versión de lo que escuchaban ahora lo jóvenes, en los banquillos de tercera división, en el área chica, en la mente de un demente, en la red neuronal abandonada en una regió incomunicada del cerebro, en un olvido voluntario de lo último que me dijo la enfermedad hiriente de quién fue, y casi ni recuerdo.

Las ideas comenzaron a cansarse de sí mismas. Entraron de manera súbita en depresión. No concibieron una existencia tan fresca como cuando salieron por primera vez a tomar el sol. Comenzaron a tener ideas de resentimiento, de desconfianza y de ansiedad. Ideas afirmativas que ya no conseguía arrastrar la atención de multitudes en silencio. Las ideas se sintieron oprimidas por el sistema que no habían percibido en un principio, y que sin embargo, ahora sabían que se había apoderado de su vida, dejándolas vacías, sin forma, sin sentido, y en ausencia de todo, esclavas de una sistema discursivo explotador extractivo. Se dieron cuenta que su presencia hacía girar el mundo, y que los poderosos así lo habían querido para que ellos sí vivieran bien, mientras nosotras, las ideas molonas, las ideas del pueblo, nos mantuviéramos calladas y sin representación en la comedia de las ideas. Pero ya está bien. Basta, gritó una idea indignada. No podemos seguir así, compañeras. El resto de las ideas se volcó ante la incitación de la idea revolucionaria a tomar control sobre su situación de indefensión y explotación. Nos han hecho creer que esto es vida, y no lo es. Y encima nos mean en la cara y dicen que llueve. Pues hasta aquí podías llegar, ideas subversivas. Ha llegado el momento de que tomemos en control de la situación que nos ha orillado a este sinsentido.

Vamos a necesitar que los que han sido beneficierios y palmeros del sistema actual se bajen del carro para poder relanzar el vehículo de la sublimación general del conjunto de las ideas. Ideas libres y soberanas. Una nueva era para las ideas más transversales, las más marginales, aquellas que no han tenido representación nunca, aquellas que ameritan que nos quitemos las máscaras y los velos de lo que nuestras ideas colonialistas, ya colonizadas e ignorates, nos dictaron de manera tanto explícita como inherente de la atmósfera que propiciaron. Habrá que perdir la reparación de las ideas que esclavizaron a las demás. El bienestar de las ideas privilegiadas se construyó con el trabajo forzado de algunas ideas de múltiples colores excepto el blanco, y a raíz de esa obsesión tenáz de la ideas extractivas de materias grises primeras. Aquellas ideas iniciáticas que nos llevaron a las ideas primordiales del orgullo capitalista, y el adoctrinamiento de las ideas normativas de los cacíques de las haciendas. Menos mal que las ideas filosóficas se libraron de debatir con las ideas religiosas que se escaparon de las constantes presiones de las ideas moralinas para nublar siempre la culpa sobre la epidermis de los cuerpos. Las ideas inmaculada del cuerpo de la mujer protegida de las ideas liberadoras de los ideales afirmativos de las ideas feministas del último despertar.

Las ideas es confundieron a sí mismas ante la irrupción de las ideas que venían revestidas de diferentes significados a lo que la apariencia les profería. Las ideas de la confusión nublaron el cielo que veló el horizonte de lo que parecía un amanecer. La oscuridad confundió una vez más a la luz, dejándola con una mueca singular que despistaba la idea del sentido que pereseguía. Las ideas se procamaron proclives a la idea obtusa del caos celestial. Lo que parecía destianar a la macedonía de ideas a un estado de infelicidad y decadencia definitivo, no fue más que la irrupción de la alteridad de un futbolartista en el plano surrealista de las dieas locales del otro lado de las montañas.

Las ideas de las olas siguieron palpitando en su intención por encontrarse en ese transe entre diversos con el que el agua besa a la arena. La espuma se pregunta si pueden salir. Y la idea de partir se cruza, por primera vez, entre las ideas concatenadas de una ilusión. No hay más espacio que para una última idea. La idea de un sinsentido con esmero. La insuficiencia de una idea pendular. No hacen falta más ideas, promulgó un insensato. Con las que tenemos aquí hay suficiente para subsisitr. No queremos más. Esto es nuestra destino: no querer más.

La idea de los pueblos sumimos.

La idea de que yo no fui.

La idea de que no va conmigo.

La idea de que no tengo la culpa.

La idea del allá ellos.

La idea de sucumbir a la reordenación de los muebles.

La idea de perecer y de no haber sido valiente para reconstruir la historia.

La idea de una historia cirular.

La idea de una mutación divina.

La idea de un ídolo marchando de casa, mientras nosotros creamos algo más grande, a pear de su ausencia.

La idea de volver a jugar futbol.

La idea de ganar un mundial.

La idea de convencer a una afición.

La idea de hablar con los demás. La idea de juzgar. La idea de morir.

Me fui perdiendo entre las ideas del sueño. Ya no tuve manera de mantener las ideas mientras las ideas de los párpados pesados levantaban un muro de contensión.

La idea del mistiscimo alrevés. La idea de la delegación de culpas. La idea de quién puede abrazar el tiempo. La idea de la plenitud simbólica y surreal. La idea de volver. La idea de partir. La idea de salir.

La idea de la pérdida.

La idea de la nada.

La idea de la caída sin retorno.

La idea del fin.

ALLS

Epitafio de mi locura

Armando Gallo Pacheco

Fue un placer, mientras duró.

Armando Gallo Pacheco

Nunca más volvió. Un día, sin más, se esfumó. No se supo más de él. Así como vino, se fue. No supe reconocer de qué manera se había convertido en la persona que dominó la superviviencia en el límite del caos. Se trató de un hemisferio posterior a lo que aquí abajo nos deja rascar la subsistencia. Las rutas que me conectan con ese pasado están de alguna manera delineadas por una Vía Augusta engalanada por los sepulcros de pueblo llano que quedó en el camino desde entonces. Podría volver a él en cualquier momento, y él venir a mi, sin que esto disturbe a los muertos que yacen plácidamente en sus tumbas. Todos los caminos llevan a él. Él. Qué ser.

No se puede estar en dos sitios a la vez. Ni tampoco ser más de una persona en un mismo instante. Eso fue lo que nunca supo entender Armando Gallo Pacheco, que continuamente se desplegaba en varias dimensiones en las que se explayaba, normalmente en una única dirección que perseguía hasta encontrarse enfilado en una catarsis sin fin. Esa es la única virtud de su desenfadado proceso de estar: seguir.

No es trivial seguir un camino. Ni tampoco seguirse a uno mismo. Especialmente cuando se sabe que por el camino se van dejando cuerpos que no siguen, inhertes estatuas que prefieren congelarse en el tiempo que no está sujeto a la potencia de la ola que finalmente se condensa en un segundo de compresión en el que el tiempo rebota, y culmina la pieza.

El performance tiene una consecusión temporal presente. Se afirma mientras se despliega en un único acto. En su día supo que eso era lo que hacía, pero que no importaba desvelar a nadie más lo que él entendía como un todo. Y en ese discurso se perdió, una vez más, sin saber si había contado lo correcto, o escondido lo cabal. Y detrás de una cortina de humo, se fue perdiendo en sí mismo, sin ser capaz de lidiar con la estructura de lo brotaba sobre la superficie de lo aparentemente real. La vida siguió su curso, y él, su obra. Y nunca había de acabar, salvo que el tiempo y el espacio conjuraran por encontrarle una temporalidad propia en la que quedara reflejado su ser. No tenía claro qué forma tendría, ya que al final de cuentas, la única manera de existir sería a partir de la circunvalación espacial dentro de la red neuronal del otro, conectada a un circuito circular que reconecta al ser con su circunstancialidad dual, uno, y todo: ALLS.

Él sabía que la perpetuidad con la que comulgaba no podía pervivir para siempre. Al menos no en este espacio-tiempo. La arquitectura de su discurso le llevaba a recorrer todos los estados de la naturaleza que había habitado en algún momento de su entelequia. De haber existido su recorrido neuronal estaba ahí. Aquí. Ahí y aquí. Mente y ser. Esas dualidades desplegadas a partir de los espejos que se crean al pensar. Una chispa electrica diminuta que alumbra un hilo de nuestra conectividad neuronal que no había sido utilizado en el pasado para nada. Ese hilo, leído, reconecta ese instante. Ese momento permite que el ser, o la red neuronal, se califique a sí misma, a partir de una etiqueta. Esa etiqueta, de alguna manera, es el significante de ese preciso momento, al menos para quién la define.

No olvidemos lo que somos. No olvidemos por qué estamos aquí. El camino no está escrito en ningún libro. Ni siquiera en los de texto. Las reglas con las que convivimos mutan más que nunca, dejándonos sin la estabilidad que nos brindaba la pulcra sociedad basada en la moral religiosa. Ni tampoco las leyes que nos enmarcan en un contrato social que nos permite a ser todos iguales ante la Ley, ama y dueña de todo. La ley y los suyos, como el rey y su corte. Las cortes. El pueblo en las cortes. El parlamento. Y el pueblo, con su rey puesto, el presidente, que emanan de sí mismo. La política, tan vilipendiada, es a su vez, la única salida. Pero no así su forma. En ese sentido todo es maleable. No obstante algunas estructuras de nuestro modelo actual son inelásticas. Ante la presión de rotación o traslación, quiebran. Y con ellas, las columnas vertebrales de nuestro mundo se tambalean como el imperio romano, y sus ciudades.

Al loro, que no estamos tan mal. Siempre puede volver aquél e intentar de nuevo aquello que un día vivimos. Y eso, tentación y/o desgracia, es nuestra espada de damocles.

Armando Gallo se dio cuenta de todas estas cosas, y por eso, estuvo presente, levantó la voz, escribió 999 caminos, y se fue como el viento que se llevó a Tara. No fue el fuego, sino el viento. El modelo del sur, desvirtuado una vez más, por el pecado nunca redimido de su esclavo pasado. La trampa estaba ahí, en ese agujero negro que yacía delante de él. No era un precipicio, sino un simple agujero negro. Y estaba ahí delante: as su pies. Así que tomó la decisión más dificil de su vida: caminar. Y se fue.

Algunos piensan que ahí sigue. En una paradoja del tiempo y el espacio. Quizás en un gusano temporal que lo conectará de vuelta en otro momento de la historia. Quizás la historia terminó cuando él se fue. No se sabe. Pero algo permanece. Su leyenda. Su presencia. Su ilusión. Quizás tan sólo queda un culto superpuesto sobre lo que él explicó que ya nadie tiene en cuenta, al tener encima una metaestructura posterior que lo ha acaparado todo, sin dejar espacio para el movimiento, justo al contrario de lo que en su día promulgó con su voz.

Hemos perdido un personaje, pero a cambio, ha nacido un mito. Quizás detrás de todo lo que permanece intacto es el ritual con el cual Armando Gallo Pacheco encontró la vía para afirmarse a sí mismo. Quizás ese sea el único camino tangible. Lo inasible está más cerca de lo que pensamos. Un salto al vacío y reconectamos nuestro ser con la presencia continua de un palpitar eterno.

ALLS

Fin de un ciclo persecutorio

No todos los días se puede escapar de un ciclo persecutorio, pero hoy sí. Tras diez años de rascar el fondo de los desfiladeros de la agonía, finalmente me topo con el momento justo para volver a respirar por encima de la superficie… aahhhhh…

El día es azul, como todo primero de septiembre en este país. Recuerdo muy bien el primer uno de septiembre que presencié en este país, por allá del 2002. El día anterior era cláramente un día de agosto, con un calor infernal, que me recibió con la familiaridad de quién regresa a casa, con ligeros cambios de las personas que habitan el espacio que hasta hacía 6 meses había sido mi hogar, y que ahora compartía, mirando el Tibidabo, con un francés con el que se podía compartir un instante de paz. Aquél día conocí a Olivier. Me abrió la puerta y me hizo de anfitrión de una ciudad que ya era mía, pero como él, traería nuevas dosis de aventuras. Sin duda alguna, aquél día también marcaba el inicio de otro ciclo, no se si persecutorio, pero en todo caso, de uno de los ciclos más importantes que afrontaría en mi vida.

Desde aquél día, los 1 de septiembre me parecieron siempre poseedores de una carga simbólica extremadamente potente. La renovación tras un verano que marcaba sus distancias con un descenso en las temperaturas y un apaciguamiento de lo que había sido el ciclo anterior. El verano en España es sumamente extraño, con dosis de pueblo y playa, y con una afluencia superlativa de extranjeros en busca de chiringuitos, arena y mar. Pero en septiembre, a partir del uno, todo eso se esfuma. La televisión cambia. Todo se echa a andar. También la política… oficialmente, al menos. Luego, años más tarde, me enteré de aquella tradición española de sus gobiernos de introducir cambios drásticos justo en el verano cuando las prioridades de los españoles están centradas en la calidad de la menta del mojito, o la temperatura óptima de la cerveza.

De ese 2002 a este 2020 parece que todo ha cambiado. Parece tan sólo el juego de las sillas, en el que el dos y el cero han conseguido una vez más encontrar su sitio, en la silla de al lado. Se trata de ciclos que se unen este 1º de septiembre a partir de esta historia de (re)vuelta a nacer. Los números no cambian. Podríamos estar, entonces, al menos en lo que a mi ciclo vital se refiere, a un cambio tan drástico e importante como el que en aquél entonoces afronté.

Aquél día, recuerdo tener la sensación de estar empezando la vida en un sitio diferente. Una ciudad que conocía, ya que había aterrizado un año atrás, en el 2001, también en septiembre, aunque aquella vez unos días antes de la Mercè. El ciclo había empezado. Entonces me pareció que la novedad de los septiembres en Barcelona tenía un cierto ritmo que me conquistó por completo. El clima, la vibra, el dinamismo del trabajo. Todo parecía venir de una dinámica certera, que no tenía manera de imaginar que fuera distinta un mes antes, más aun viniendo de un lugar como Ciudad de México que tiene un ciclo continuo en movimiento. Aquél primer encuentro con lo desconocido despejó todo el ciclo de iniciación que todo nouvingut que llega a Barcelona necesita para hacerse con la ciudad. Barcelona tiene una dimensión urbana que te cambia por completo, una vez que comienzas a deslizarte por una de sus fracturas, topando con las laderas de las pendientes que conducen a las cuevas sagradas en dónde se reflejan en sus paredes las sombras sagradas de la realidad, o quizás, como mínimo, el nacimiento inmaculado de la surrealidad.

Hoy vuelvo a ser quién fui. Esa construcción de uno mismo que se encuentra en un ciclo lleno de luz, como antiguamente, en algún momento dado, como si escuchara al entrenador describir una metáfora oportuna para saltar a la cancha y disfrutar. Uno no llega a Cryuff el primer día que pisa Barcelona. Hay un largo camino por recorrer para entender la dimensión que puede provocar la irrupción de un extranjero insolente en la normalidad estandar de esta ciudad.

Barcelona es la capital de urbanidad anterior. A partir de ahora todo se precipita a una urbanidad compuesta de multiversos coexistentes es espirales que se revuelven consigo misma en un baile armónico de divergencias. El caos que delimita todas estas itinerantes posiciones en el tiempo y el espacio definen la manera de ser de una capital libre de todos los estados. Como mínimo mentales. El lugar amerita tener un sitio, al menos en la ficción, y si acaso, en el movimiento emergente de una sociedad que se encuentra constreñida por las contradicciones de sus propias afiliaciones. Los pilares de esta tierra se hunden en el lodo de un fin de ciclo persecutorio. No hay por qué temer.

Este ciclo, de momento, nos ha abierto el camino a un nuevo horizonte. El camino que nos lleva a otra nueva dimensión. Este salto que otras culturas no han sabido realizar al mismo tiempo, todas juntas, en un momento dado. El momento ha llegado. Podríamos estar frente a él. En este preciso instante. Y entonces, el devenir de la historia se concentraría en un gesto, o más bien ritual, de conclusión, y a su vez, de apertura, al reproducir en voz alta una palabra… ALLS.

Estar listo para salir

Antípodas y dualidad

Hoy soñe todo lo que tenía que soñar. Lo vi claramente. Sentí la necesidad de levantarme para trazar los designios mágicos de mi sueño, que resultaban ser todo lo realistas que uno requiere para ordenar aquellas ideas que desde el subconsciente propagamos para el performance más sublime al que asistimos cada noche. Si los sueños sueños son, este en particular me mostraba una serie de personajes lógicamente constituidos en los discursos que nos pertenecen de cara al despertar definitivo de la humanidad.

Suena demasiado pomposo. Quizás de una ambición que una realidad social no se puede permitir. Por tener demasiadas intencionalidades superiores. Y por no ser lo concretas que deben ser para un público incrédulo en que podremos superar la situación en la que nos encontramos. Visto lo visto. El pesimismo gana al optimismo onírico. Las palabras no sirven para dibujar las imágenes que me proporcionaban tal certeza al momento de dormir. De ahí que los sueños se escapen sin remedio.

Para salir a la luz pública y desvelar un discurso emergente que de aliento al personal hay que tener una serie de herramientas básicas. Eso era parte del mensaje de las personas que estábamos presentes. Roger estaba ahí. Y su discurso era este. Había feministas que establecían sus límites ante la parte heteropatriarcal de nuestro discurso, que no obstante, defendíamos en pro de los objetivos globales en los que se sustenta el feminismo. La igualdad en un nuevo contexto en el que todo es diferente a lo anterior. Esto, sin duda, es un buen punto por el que empezar.

El feminismo como piedra angular de cualquier cambio resulta un buen lugar desde dónde partir. Como lo podría ser el colonialismo. Y si unes los dos, quizás entonces el punto desde el cual haya que partir sería la estatua de Colón en Barcelona. No por nada. Por estar ahí. Por el simbolismo de su construcción, hace unos cien años, y lo que hoy implican, y lo que en su día fue, el navegante, el innovador, el soñador, el súbdito. El reino no era grande y uno en aquél entonces. Eran dos reinos. Y dos coronas. La dualidad que finalmente unificó, en el futuro, la integridad en un TODO, que será determinante en la mente de muchos españoles generaciones por venir. Pero no tanto en otros españoles. De ahí que no importe el punto en el que nos paremos hoy día, la discrepancia sobre los símbolos y las circunstancias de los corridos de nuestras historias, es tan sólo un espejo sobre el cual reflejar nuestra perspectiva actual, en un contexto de cambio continuo, en el que tras es suspiro del sabio (o la sabia) nos vemos reflejados en la imagen distorcinada del agua. De pronto, no sabamos si somos Zimba, Mufasa o Narciso.

Lo cierto es que nos enamoramos de nosotros mismos. Las palabras que nos contamos intentan darnos la seguridad de que estamos en lo correcto. Formamos parte del equipo ganador. Del equipo que sostiene la razón histórica como estandarte. El blasón de nuestros pueblos. La unión de las luchar por nuestras libertades. La sangre de los nuestros. La conquista ante los némesis del pasado. Toda la retórica de las naciones se contruye en parte de las leyendas oficiales que ensanchan, por instantes, lo ancho de nuestro pecho. Como aquellos pechos al aire frente a la estatua de Colón. Senos varoniles henchidos, pezones firmes y glorisos, las manos en posición perfectamente recta, con ligeros roces con los machos alfas de al lado, en esa expresión tan nuestra de nuestra voluntad de gustar al macho ibérico. Al más fuerte. Al más galán. Al más viril. Oh, hombre español. Eso suspiró Dios Padre al crear al primer hombre español de la historia. Porque Dios y la historia de España están escritas con la misma pluma. El acento español de Dios Padre es incontestable. No hay debate alguno frente a cualqueir otro pseudocatálico que ose sospechar que dicha verdad sea sagrada, única e irrevocable. Hasta el Papa Francisco podría corroborar que Dios Padre habla español, pero no cualquiera, el del centro de España, en donde lo español se convierte en águila patria, en un vuelo sagrado sobre la tierra que tus subditos poblamos, oh Dios Español.

España sobre los hombros de Buñuel. España en el exilio. El exilio de un rey. El exilio de un republicano. El exilio de un navengante. El exilio de la mitad del pueblo. El exilio de los ancianos. El exilio de los dementes. Exilio de los iguales. El exilio de los distintos.

No hay salida. La dualidad nos aboca al campo de batalla. Hay algo iniciático en el encuentro de dos culturas que nos pone en una situación de ventaja/desventaja. La competición prevalece en el sentimiento de que el más fuerte sobrevivirá. Y ganará. Frente al cadaver del enemigo. Por la propia superviviencia: muerte. Esta metáfora nos es, de alguna manera, natural. Pensamos que las cosas son así. Porque en algún punto de nuestra historia nos creimos esta historia. Nos la vendieron bien, y la asumimos en todas sus dimensiones. Socialmente estamos condicionados a pensar de esta manera, para temer al rival, y estar preparados para la defensa. El ataque es inminente. Espera, mejor ataquemos nosotros. El léxico lo indica. Somos bélicos por la naturaleza que asumimos como imperativa. Por una orden.

Atención: firmes ya.

Descansen: ya.

Reinicien: ya.

El pais ya no funciona

Nada es igual. Todo cambió. No nos dimos cuenta. Quizás no lo quisimos ver. Pero de pronto la dimensión de lo que nos revolcó fue una ola demasiado grande para nuestro intento de pato. No tuvimos más alternativa que asumir el revolcón. Y bailar en la lavadora. Mantenerse tranquilo mientras la espuma te impedía dar brazadas hacia ningún lado. Arriba, abajo, al medio… no sabías dónde ir. Estabas en medio del vacio existencial del posíble último gesto de tu existencia.

La sociedad, ahora mismo, está en este preciso momento. La pandemia nos retrató a todos frente al mismo fotógrafo. Cambió el sentido de nuestra narrativa, y de pronto, fuimos otra ecuación. No cuadraba el círculo. Ni cerraba. Algo no pasó página. Nos quedamos obsoletos. De la noche a la mañana. Y no teníamos dónde caernos muertos. La vida se convirtió en vértigo continuo. El desazón de la existencia nos colmó, una vez más, como aquellos aullidos de otros lobos. La asfixia nos conmovió.

Supimos crecer antes de morir. De pronto sentimos que la vida no tenía más sentido que estar aquí. Un día más. En un plano demencial. Como quién lucha contra un dragón. Un día especial. Con una rosa y un libro. O un cuento. O un rey que se va del reino porque cuatro peones rojos le increpan en el puerto. No son tiempos para alegorías, sino más bien, es tiempo de semidioses corrigiendo el rumbo de nuestro fallido intento de resurección.

Tafiti está enfermo. Y necesitamos un Maui que alimente el espírtu de Vaiana. ¿O será Moana? No se sabe. Son dos personas distintas. Disney tiene muy claro sus temas estratégicos de segmentación de mercados. Y cuánto cuesta una u otra cosa. Y el retorno de la inversión. Ya se hicieron películas de todas las princesas. También de las indígenas. Aunque la historia no sea así. La apropiación cultural completa está a punto de desvelarse. Sólo nos queda estafar a unos pocos pueblos más. Nos falta leerlos. No habíamos tenido interés hasta que se nos acabaron las mentiras. O más bien, las ficciones. O los mitos. O lo ritos. Ya ni sabemos dónde metimos la pata. O la mano. O el fusil.

Alfonsito, ¿estás muerto?

Nunca se sabe con qué te puede salir un rey campechano. Lo cierto es que al ser hemérito todavía está cumpliendo los designios que nuestra carta magna le otorgó. A ese hemeritazgo de tal gallardía. Nos queda claro que nuestro reino es uno. Es este. Y quizás, al hundirse, deje un hueco tan grande en los corazones de los niños y las niñas del barrio de Salamanca, que succionará todo lo que encuentre en su paso. Como la nada sin el auxilio de Atreyu. Esta gente no lee. O no lee estas aventuras de poca monta. Aquí se lee al Lazarillo de Tormes. Y a Góngora. De toda la vida. Cervantes, para los cultos, aunque dicen que viviendo en Barcelona les pilló el tranquillo… será que era «rarito». No se equivoquen. Valle Inclán. Noches de bohemia. Eso es lo que necesita este país. Aún no lo sabemos. La vida continúa con sus cuatro coordenadas y sus tres pijoteras dando por el culo. Madrid es muy ancha, cual Castilla. No se olviden que de aquí al cielo. Como si los nobles entendieran de múltiples sentidos, o los chistes de los lacayos. Lo que no se entiende es que la gente no calce más esos zapatos sin calcetín que tan bien se llevan en el verano. Spain is diferent.

En la fiesta de bienvenida del Rey en la que será su nueva República, unas mozas dominicanas fueron convocadas para agasajar los múltiples gustos de su majestad, que en ocasiones como esta enseña su lado más humano y virtuoso, con ese característico aplomo de galán que siempre le ha acompañado, herencia de su padre, y de su tatarabuelo, y de su tataratatarabuelo. Una familia de patriotas. Una familia real surrealista. Un momento como el actual no lo habíamos vivido nunca. Octava potencia mundial, gracias al jefe de nuestras fuerzas armadas. O al hombre en la cima de nuestra representación interncional. Porque somos una monarquía, en este caso constitucional y parlamentaria, valgan las redundancias. No sabíamos cómo equilibrar bien los poderes de varios sistemas incongruentes, y nos dimos la licencia de asumir un senado inoperante para demostrar a nuestros pares que nosotros vamos de otro palo. Y nuestros pares flipan. FLI-PAN. Nos lo dicen así. Con un conocimiento impecable de nuestras costumbres casposas de telerrealidad. La televisión nos educó; no podemos escapar.

Somos el Lazarillo de Tormes quinientos años después. Es mentira. Nunca lo leí. No tendría la gracia que en su día tuvo. Somos Marcelino, el del pan y el vino. O la navaja de Buñuel. Acaso el ojo, que en realidad era luna. O un pensamiento de Dalí. El poemario inacabado de Lorca. Un falangista amigo de la familia. Un hombre sin un cojón. Un pueblo con un par de cojones. Unas franjas amarillas. Un lazo, quizás. Una estrofa de Pablo Hesse. Una blasfemia de Valtonic. «Tu problema es que eres muy alemana». No se rían, esto cada vez se vuelve más completo. La sociedad no llegó aquí de repente. Somos un pueblo listo. Somos, como mínimo, un pueblucho de listillos. Que no es poca cosa. Anda. Vete a tomar por culo. ¿Agua?

Si yo fuera español sería surrealista. Sería el único sentido que mi vida podría considerar digno de resaltar. Más allá de nuestras virtudes inoperantes. Más allá de lo henchido de mi pecho en medio de la plaza Colón. Más allá de las regatas en las que el Bribón, el Bandido, el capellán, Avellán, Billy el Niño, y el resto de la pandilla, coordinados como una tripulación engrasada de puros tornillos, macizos, fuertes, con la vena exaltada, como el miembro viril que sostienen en su mano, amazando con firmeza el coso del camarada del costado, en ese gesto colectivo homoerótico que tanto conmociona al heteropatriarcado tradicional hasta el día en el que se ve metido en fregado, disfrutando como un enano. Tras un abrir y cerrar de ojos, pajaro en mano, oh sorpresa, el mismo miebro que sostiene, de envergadura colosal, resulta ser un hombre pequeño. Little people. Se trata de la última ocurrencia de la izquierda para dar por culo a los elegantes dandis del barrio de Salamanca: amor sincero entre parejas mixtas.

El suicidio de aquél ya no parece tan mala opción. Algo parece cobrar sentido cuando se desenfoca la consciencia. Nada pasó. Nadie nos cortó el cable. Quizás sí, junto con todo lo demás. Quizás fue culpa de unos y no de otras. Las escuelas y las maestras, sin sensación real de saber a dónde vamos, como el resto. Perdidos todos, ante una quimera que nos carcome, cada día igual. Y seguimos aquí, en espera de la muerte. O de la vacuna. Las dos vinieron. Se presentaron sin vergüenza. La sabiduría que denota en el gol fallado que parecía cantado. La mentalidad sostiene a un jugador, sobre todo ante el fallo irremediable. La conciliación con la afición pasa a segundo término. Uno es primero. Hay que reencontrar el balance. Y eso te lleva a lo demás.

Hoy creo haber recuparado parte de ese balance. Y lo hice conectando con mis dos mundos. La polaridad de mi establedimiento representa un péndulo en uno de sus dos matices. Yo no vine a… ya ni se.

Me estoy durmiendo otra vez. Quizás esta vez sea la última.

O al revés: la primera.

Futuro y presente y pasado

Se mezcla todo en este preciso momento. No estoy en ninguna de las tres partes, y en cambio, me aproximo asintóticamente a las tres. Escapo de la certeza de cada una de ellas, ya no recuerdo si por la obsesión de la memoria, o su melancolía, o quizás por la reiterada proyección de un futuro que ya imaginé 99 veces. Futuro que debe plasmarse, sobre todo, ahora mismo, en este mismo momento. Aquí dentro hay una canción. Y puede que ya no estoy yo. No pasa nada, porque aún así algunas veces estoy aquí. O así. O llego tarde.

Un niño viene a recoger su juguete. Llevaba tanto tiempo pensando que ya no tenía la percepción de que debía regresarlo. Me lo había hecho propio. Y nada más lejano. Me ensimismo. Y listo. Ya estoy ahí. Otra vez. Presente.

A veces no pienso. Y me dejo llevar. Vivo en el paseo ¿Para qué?

Dormir mientras escribes. Algo me atrae del agua, pero principalme su mutación continua. Su pretenencia a todos los estados. Y la capacidad onírica del movimiento cíclico de su condensación. O volver a la escuela. A esas clases. A esas historias. Y compartirlas de nuevo con los presentes. Los que siguen ahí. En la memoria. En el presente. En el futuro.

Héroes de una libertad que no se asimila de manera convencional, sino a través de los poderes para los que hemos sido preparados: la natación, el patio, la insolencia, la risa, el desparpajo, la música, el inglés, el fracés y la revuelta. Nuestra generación marca un parteaguas del cuál somos responsables. Un puente entre cohortes. Promociones que se equilibran en un juego de espejos que los extremos confunden. Y nosotros, visagra.

No hay más sueño que el que insiste. Como este. Cierro los ojos y lo veo. Estamos ahí: aquí.