Hola, mi nombre el Golman, y soy un futbolartista.
Soc el nou d'un poble nou: NEW Barcino, capital de de Ticataluña.
Vaig crear el Tico Commons fa uns minuts. I també vaig reanomenar el meu barri: NEWCAR.
Nunca más volvió. Un día, sin más, se esfumó. No se supo más de él. Así como vino, se fue. No supe reconocer de qué manera se había convertido en la persona que dominó la superviviencia en el límite del caos. Se trató de un hemisferio posterior a lo que aquí abajo nos deja rascar la subsistencia. Las rutas que me conectan con ese pasado están de alguna manera delineadas por una Vía Augusta engalanada por los sepulcros de pueblo llano que quedó en el camino desde entonces. Podría volver a él en cualquier momento, y él venir a mi, sin que esto disturbe a los muertos que yacen plácidamente en sus tumbas. Todos los caminos llevan a él. Él. Qué ser.
No se puede estar en dos sitios a la vez. Ni tampoco ser más de una persona en un mismo instante. Eso fue lo que nunca supo entender Armando Gallo Pacheco, que continuamente se desplegaba en varias dimensiones en las que se explayaba, normalmente en una única dirección que perseguía hasta encontrarse enfilado en una catarsis sin fin. Esa es la única virtud de su desenfadado proceso de estar: seguir.
No es trivial seguir un camino. Ni tampoco seguirse a uno mismo. Especialmente cuando se sabe que por el camino se van dejando cuerpos que no siguen, inhertes estatuas que prefieren congelarse en el tiempo que no está sujeto a la potencia de la ola que finalmente se condensa en un segundo de compresión en el que el tiempo rebota, y culmina la pieza.
El performance tiene una consecusión temporal presente. Se afirma mientras se despliega en un único acto. En su día supo que eso era lo que hacía, pero que no importaba desvelar a nadie más lo que él entendía como un todo. Y en ese discurso se perdió, una vez más, sin saber si había contado lo correcto, o escondido lo cabal. Y detrás de una cortina de humo, se fue perdiendo en sí mismo, sin ser capaz de lidiar con la estructura de lo brotaba sobre la superficie de lo aparentemente real. La vida siguió su curso, y él, su obra. Y nunca había de acabar, salvo que el tiempo y el espacio conjuraran por encontrarle una temporalidad propia en la que quedara reflejado su ser. No tenía claro qué forma tendría, ya que al final de cuentas, la única manera de existir sería a partir de la circunvalación espacial dentro de la red neuronal del otro, conectada a un circuito circular que reconecta al ser con su circunstancialidad dual, uno, y todo: ALLS.
Él sabía que la perpetuidad con la que comulgaba no podía pervivir para siempre. Al menos no en este espacio-tiempo. La arquitectura de su discurso le llevaba a recorrer todos los estados de la naturaleza que había habitado en algún momento de su entelequia. De haber existido su recorrido neuronal estaba ahí. Aquí. Ahí y aquí. Mente y ser. Esas dualidades desplegadas a partir de los espejos que se crean al pensar. Una chispa electrica diminuta que alumbra un hilo de nuestra conectividad neuronal que no había sido utilizado en el pasado para nada. Ese hilo, leído, reconecta ese instante. Ese momento permite que el ser, o la red neuronal, se califique a sí misma, a partir de una etiqueta. Esa etiqueta, de alguna manera, es el significante de ese preciso momento, al menos para quién la define.
No olvidemos lo que somos. No olvidemos por qué estamos aquí. El camino no está escrito en ningún libro. Ni siquiera en los de texto. Las reglas con las que convivimos mutan más que nunca, dejándonos sin la estabilidad que nos brindaba la pulcra sociedad basada en la moral religiosa. Ni tampoco las leyes que nos enmarcan en un contrato social que nos permite a ser todos iguales ante la Ley, ama y dueña de todo. La ley y los suyos, como el rey y su corte. Las cortes. El pueblo en las cortes. El parlamento. Y el pueblo, con su rey puesto, el presidente, que emanan de sí mismo. La política, tan vilipendiada, es a su vez, la única salida. Pero no así su forma. En ese sentido todo es maleable. No obstante algunas estructuras de nuestro modelo actual son inelásticas. Ante la presión de rotación o traslación, quiebran. Y con ellas, las columnas vertebrales de nuestro mundo se tambalean como el imperio romano, y sus ciudades.
Al loro, que no estamos tan mal. Siempre puede volver aquél e intentar de nuevo aquello que un día vivimos. Y eso, tentación y/o desgracia, es nuestra espada de damocles.
Armando Gallo se dio cuenta de todas estas cosas, y por eso, estuvo presente, levantó la voz, escribió 999 caminos, y se fue como el viento que se llevó a Tara. No fue el fuego, sino el viento. El modelo del sur, desvirtuado una vez más, por el pecado nunca redimido de su esclavo pasado. La trampa estaba ahí, en ese agujero negro que yacía delante de él. No era un precipicio, sino un simple agujero negro. Y estaba ahí delante: as su pies. Así que tomó la decisión más dificil de su vida: caminar. Y se fue.
Algunos piensan que ahí sigue. En una paradoja del tiempo y el espacio. Quizás en un gusano temporal que lo conectará de vuelta en otro momento de la historia. Quizás la historia terminó cuando él se fue. No se sabe. Pero algo permanece. Su leyenda. Su presencia. Su ilusión. Quizás tan sólo queda un culto superpuesto sobre lo que él explicó que ya nadie tiene en cuenta, al tener encima una metaestructura posterior que lo ha acaparado todo, sin dejar espacio para el movimiento, justo al contrario de lo que en su día promulgó con su voz.
Hemos perdido un personaje, pero a cambio, ha nacido un mito. Quizás detrás de todo lo que permanece intacto es el ritual con el cual Armando Gallo Pacheco encontró la vía para afirmarse a sí mismo. Quizás ese sea el único camino tangible. Lo inasible está más cerca de lo que pensamos. Un salto al vacío y reconectamos nuestro ser con la presencia continua de un palpitar eterno.
Han pasado minutos del nuevo día; seis, a penas. Y ya siento que todo cambió. Quizás es una situación muy personal. No cabe hablar de un cambio global, y mucho menos, de una emergencia colectiva. Menos todavía si no he sido capaz de publicar mi post del primer día. ¿Por qué sigo en la sombra? Porque sigo en la sombra. Lo se, no lo discuto, pero no lo entiendo. O peor, me rebasa, sin que pueda responder a dicha contradicción. Mi acción y mi voluntad parecen estar alineadas al movimiento, pero algo me ata, todavía, a la inmovilidad del no-ser.
¿Ser o no ser? La pregunta es válida. Inclusive si no eres hijo de rey. Inclusive si tu padre conspiró para matar a su hermano. Inclusive sin te sientes en medio de una pantomima tan grande que ya has sido juzgado, una y casi mil veces, por el pueblo que debe apoyarte en tu ascenso a los cielos. Cielos que por otra parte, están limpios, o nublados, en este mismo instante, descargando con furia la poca agua que caerá este mes de septiembre.
Septiembre es un mes triplemente patrio. Es muy extraño. Mis tres patrias celebran su día en septiembre. Costa Rica, el 15 de septiembre. Ese mismo día, a la media noche, entre el 15 y el 16 se consagra el grito de la independencia de México. Hidalgo, contigo empezó todo. Un cura, quién se iba a decir a Rouco Varela, empezaría la revuelta que valdría para una independencia de gran parte de las colonias en la Nueva España. Las Américas, según la visión peninsular de lo que representa el colonialismo de un pueblo de blancos hablantes de español. Nada de gallego, euskera o catalán. En la colonía lo que se exportó fue la lengua y la cruz. Y con eso valió. Y de vuelta, como nos recuerda VOX, se trajo la patata y se dio de comer a Europa, muerta de hambre, todavía flipando con la edad media, la peste y el oscurantismo que se vendría después, cuando la gran institución española por autonomasia llegara a su cuota más alta de poder celestial: la sagrada Inquisición Española.
Poco se le hace fiesta a las tradiciones abortadas en el pasado. Como si un día se abolieran los toros y nadie más nunca se acordara de aquellos días de fiesta en las Ventas, chulapos por dorquier, o por la Maestranza, con señoritos andaluces engalanando la corrida de una manada que no peca, nunca, de falta de bravura. Quizás los españoles requieran otro tipo de alegorías para poder ensalzar sus egos marchitos por la escasez sexual de su condición de alfa. El hueco del que sale un español besando a la muerte mientras escucha la cabra dictar su próxima faena, como un verso de trap que se cuela en el extrarrio de un pensamiento sincero de la última masculinidad que quedó libre de tirar aquella piedra. Lo cierto es que Jesús se presentó entonces, ante el pobre chaval, sobrecogido por las dudas, las mismas que tentaron a su hombre en el desierto, y como hermano, le tomó de la mano y juntos desatoraron una contractura interior que finalmente se relajó con el soplo divino de un milagro. La sexualidad española necesita un poco más de homoherotismo para dejar al macho alfa depilado ante el espejo, seguro de sí mismo, de su grandeza como bestia, para el deleite de sus colegas, que ya no tienen miedo, ni apremio, de mostrar libres en público sus erecciones.
—Pero… ¿esto qué es?
—¿Sabes lo que te quiero decir?
—Más claro, azucar.
—¿Comor?
—Lo que has oido. No te hagas el mustio. Que bien que habías esperado este momento, tonturrón.
No todos los días se puede escapar de un ciclo persecutorio, pero hoy sí. Tras diez años de rascar el fondo de los desfiladeros de la agonía, finalmente me topo con el momento justo para volver a respirar por encima de la superficie… aahhhhh…
El día es azul, como todo primero de septiembre en este país. Recuerdo muy bien el primer uno de septiembre que presencié en este país, por allá del 2002. El día anterior era cláramente un día de agosto, con un calor infernal, que me recibió con la familiaridad de quién regresa a casa, con ligeros cambios de las personas que habitan el espacio que hasta hacía 6 meses había sido mi hogar, y que ahora compartía, mirando el Tibidabo, con un francés con el que se podía compartir un instante de paz. Aquél día conocí a Olivier. Me abrió la puerta y me hizo de anfitrión de una ciudad que ya era mía, pero como él, traería nuevas dosis de aventuras. Sin duda alguna, aquél día también marcaba el inicio de otro ciclo, no se si persecutorio, pero en todo caso, de uno de los ciclos más importantes que afrontaría en mi vida.
Desde aquél día, los 1 de septiembre me parecieron siempre poseedores de una carga simbólica extremadamente potente. La renovación tras un verano que marcaba sus distancias con un descenso en las temperaturas y un apaciguamiento de lo que había sido el ciclo anterior. El verano en España es sumamente extraño, con dosis de pueblo y playa, y con una afluencia superlativa de extranjeros en busca de chiringuitos, arena y mar. Pero en septiembre, a partir del uno, todo eso se esfuma. La televisión cambia. Todo se echa a andar. También la política… oficialmente, al menos. Luego, años más tarde, me enteré de aquella tradición española de sus gobiernos de introducir cambios drásticos justo en el verano cuando las prioridades de los españoles están centradas en la calidad de la menta del mojito, o la temperatura óptima de la cerveza.
De ese 2002 a este 2020 parece que todo ha cambiado. Parece tan sólo el juego de las sillas, en el que el dos y el cero han conseguido una vez más encontrar su sitio, en la silla de al lado. Se trata de ciclos que se unen este 1º de septiembre a partir de esta historia de (re)vuelta a nacer. Los números no cambian. Podríamos estar, entonces, al menos en lo que a mi ciclo vital se refiere, a un cambio tan drástico e importante como el que en aquél entonoces afronté.
Aquél día, recuerdo tener la sensación de estar empezando la vida en un sitio diferente. Una ciudad que conocía, ya que había aterrizado un año atrás, en el 2001, también en septiembre, aunque aquella vez unos días antes de la Mercè. El ciclo había empezado. Entonces me pareció que la novedad de los septiembres en Barcelona tenía un cierto ritmo que me conquistó por completo. El clima, la vibra, el dinamismo del trabajo. Todo parecía venir de una dinámica certera, que no tenía manera de imaginar que fuera distinta un mes antes, más aun viniendo de un lugar como Ciudad de México que tiene un ciclo continuo en movimiento. Aquél primer encuentro con lo desconocido despejó todo el ciclo de iniciación que todo nouvingut que llega a Barcelona necesita para hacerse con la ciudad. Barcelona tiene una dimensión urbana que te cambia por completo, una vez que comienzas a deslizarte por una de sus fracturas, topando con las laderas de las pendientes que conducen a las cuevas sagradas en dónde se reflejan en sus paredes las sombras sagradas de la realidad, o quizás, como mínimo, el nacimiento inmaculado de la surrealidad.
Hoy vuelvo a ser quién fui. Esa construcción de uno mismo que se encuentra en un ciclo lleno de luz, como antiguamente, en algún momento dado, como si escuchara al entrenador describir una metáfora oportuna para saltar a la cancha y disfrutar. Uno no llega a Cryuff el primer día que pisa Barcelona. Hay un largo camino por recorrer para entender la dimensión que puede provocar la irrupción de un extranjero insolente en la normalidad estandar de esta ciudad.
Barcelona es la capital de urbanidad anterior. A partir de ahora todo se precipita a una urbanidad compuesta de multiversos coexistentes es espirales que se revuelven consigo misma en un baile armónico de divergencias. El caos que delimita todas estas itinerantes posiciones en el tiempo y el espacio definen la manera de ser de una capital libre de todos los estados. Como mínimo mentales. El lugar amerita tener un sitio, al menos en la ficción, y si acaso, en el movimiento emergente de una sociedad que se encuentra constreñida por las contradicciones de sus propias afiliaciones. Los pilares de esta tierra se hunden en el lodo de un fin de ciclo persecutorio. No hay por qué temer.
Este ciclo, de momento, nos ha abierto el camino a un nuevo horizonte. El camino que nos lleva a otra nueva dimensión. Este salto que otras culturas no han sabido realizar al mismo tiempo, todas juntas, en un momento dado. El momento ha llegado. Podríamos estar frente a él. En este preciso instante. Y entonces, el devenir de la historia se concentraría en un gesto, o más bien ritual, de conclusión, y a su vez, de apertura, al reproducir en voz alta una palabra… ALLS.
Hoy volveremos a la montaña. Ahí vivimos. En las cuestas del Carmelo. Pero más arriba siempre hay algo. Algo más sagrado. Algo más puro. Algo más silvestre. Es ahí a dónde volveremos hoy, con el paso firme de quién asciende sin temor a los límites accesibles. La cima de uno mismo. El pico de la montaña.
El parque natural. La expresión de un espacio público que pertenece al porvenir. No a nosotros, que tenemos acceso a él. Sino a cualquiera. Hoy y mañana. Con la responsabilidad de quién cuida de lo que es de aquí, de la tierra viva que yace sobre nuestros pasos; esa frágil relación simbiótica que damos con cada paso. Caminar cuesta arriba toma una cierta determinación. Un día, quizás ya no nos den las piernas. Pero mientras tanto debemos saber cómo tirarnos al monte. Al pie de la revolución. Una vez más, ante una lucha social que parece no tener fin.
La ciudad, el mar y la montaña. Parece que este valle coexiste toda la creación. Aquí, reunidas todas, nos embarcamos a una propuesta de futuro que ya no incluye todo lo que pretendíamos ser. Hemos de cambiar, nos dicen. Pero ahora, sin miedos, nos lo decimos a nosotras mismas: tengo que cambiar. Y este cambio reside la madurez de un pueblo que se define, una vez más, a partir del porvenir. No hace falta nada más, porque quizás todo lo que anhelamos lo tengas aquí, o bien, en la ciudad, o bien en el mar, o bien en la montaña. Espacios simbólicos y mutables, así como eternos e infinitos. Por más que queramos no podemos reducir su valor, ni tampoco exagerar su dinastía.
Somos un espíritu libre y completo a falta de una última excursión. No queda más que asumir este nuevo día de la manera en la que Sísifo encara su digna rutina, sabedores de que él éxito nos lo encontraremos en el camino. Si alguna vez llegamos a la cima y vemos el porvenir a la cara recordarle que estamos pendientes de, un día más, asumir el porvenir de la consciencia colectiva de un pueblo nuevo pleno.
El nuevo fichaje del club trae bajo el brazo una propuesta social para la comunidad, así como una propuesta de país, más allá de las fronteras de nuestros estados
Propuesta para el club
Unió Atletica d’Horta
Golman, el nuevo fichaje del club, es un chico recién llegado al barrio, vecino del Carmelo, que aporta al club una historia de superación personal, y una voluntad de futuro contruida a partir de una idea ganadora: mejorar la percepción colectiva de nuestra comunidad a partir del futbolarte. Su fichaje representa una revolución en club con vistas en las celebraciones del centenario del mismo, ya que no se trata de un jugador tradicional del mercado, sino un futbolartista que aporta mucho más de lo que puede hacer en el terreno de juego.
Golman tiene los rasgos ancestrales de un futbolartista venido de la antípodas de nuestro barrio, del otro lado del mundo, como una cabeza olmeca que se asoma a nuestra realidad para transformarla a partir de lo que nosotros mismos podemos aportar a un nuevo pacto social.
La acción artística de Golman se plasma en las ilustraciones con las que el futbolartista ha definido su obra, que consiste en la acción performativa de un hombre-gol, tanto dentro de la cancha, el territorio sobre el cual Golman se encuentra más inspirado, con la solvencia de un nueve puro, con la portaría siempre en la cabeza (olmeca, en este caso) a la hora de rematar a gol, o bien, como un ancla del central, con la vista periférica para poner la pared, en su justa medida, al compañero que viene por detrás.
Golman
Hombregol. Balónpie. Football. Este juego siempre ha consistido en la unión de dos cosas yutapuestas. GOLman, es una más.
La decisión del club
El proyecto Golman viene empaquetado en un hombre-gol multinivel. Por un lado, Golman, servidor, es un nueve puro ( y a la vez versatil), con olfato de gol, buena posición de campo, creador de espacios, generoso en el momento de tomar la decisión más favorable para el objetivo colectivo: el gol. El gol está continuamente en la cabeza de Golman, y también, de manera consciente, y metafórica, en el nombre del jugador (y personaje). El fichaje de Golman es un proyecto de futbolarte, propuesto por el propio futbolartista, un servidor, Olman Elizondo Cordero, vecino de Horta, concretamente del Carmelo, a dónde nos mudamos a vivir a un piso en propiedad hace un año. Por lo tanto, somos nuevos en el barrio. Y como tal, Golman, es el nou del poble.
Això també és part important d’aquest projecte/fitxatge: el sentiment de pertenyer a un barri d’una persona nouvinguda. Jo, Golman sóc un nouvingut que ve de l’altra banda del planeta, d’un mon nou. El nou mon. La nova Espanya. Tot plegat, amb l’alegoria de aquell que ve a la gran ciutat capital d’aquest pais, i que vol formar part d’un projecte de futur, el personatge de Golman está preparat per asumir la seva visió dind d’un historic club de futbol que hi ha al seu barri: el historic Unió Atletica d’Horta.
Per tant, la meva intenció és realitzar un projecte en el que humilment em presento com a un fitxatge esportiu, pero molt més que aixó, com un fitxatge de cara al centenari del club, al 2022, coincidint amb un objectiu personal que vull acompanyar amb el somni de jugar els meus últims dos anys de futbol a més alt nivell assolible. Es a dir, Golman vol tornar a jugar el maravellos joc de futbol perque no ha deixat d’estar preparat per sortir al camp i guanyar partits, amb la seva contribució d’esforç màxim, companyerisme amb l’equip, compromís amb el club i amb la masa social d’un club esportiu del barri on visc. O si es vol, del barri veí, el Carmel, on visc, a la muntanya, i d’on baixo caminant a una capitalitat de poble que trobo amb un sentiment d’acollida molt propi de qui se sent part d’aquesta vila: Horta.
Golman es defineix com un futbolartista. Perdoneu si em refereixo a mi mateix en tercera persona, pero cal tenir en compte que el meu objectiu és esdevenir aquest personatge que us estic describint, per tal de formar part activa de l’historia de futur d’aquest club. I ho vull fer de veritat, com un projecte performatiu de lo que anomeno futbolart, es a dir: la fusió de dos coses que en principi no lliguen en un mateix espai, en una mateixa persona, GOLman. Golman doncs és el creador d’un nou concepte: futbolart. I això fa que el concepte d’aquest esportista sigui també artistic, tant per cóm veu i juga a dins del camp, sino també per la vesant artística que representa el seu projecte creatiu: la seva obra.
Qué vol dir aixó? L’obra de Golman pot estar en un gest al mig del camp, pero sincerament, ón té (tinc) més histories que visualitzar és a prop de l’àrea, o dins, per tal d’assolir l’objectiu últim: el gol. Pero no de qualsevol manera, sino amb un criteri no només pragmàtic, sino també artistic. Aixó no vol dir un futbol ximpler, o un futbol d’aparador, ni molt menys, sino és la capacitat de fer la jugada més adient, amb un element estetic que acompanya el sentit més important del joc: avançar la jugada de cara a obrir la defensa per trobarnos amb d’una oportunitat devant el porter. I aquí, en l’ú a ú, humilment, sóc letal. Ho dic amb tota la honestidat amb la que sempre he tingut per jugar aquest esport, sabent, que no és fa el gol el 100% de les oportunitats que té un killer, perque lo més important, és intantar guanyara aquest petit duel, i si no cau, tranquils, que estic preparat mentalment per aprofitar la seguent oportunitat. Aixó, tan senzill, i tant complexe, és la mentalitat que només els sóm nou’s tenim. I això és lo que vull oferir a aquest club, a nivell futbolistic.
La decisión del mister
És evident que la meva incorporació ha de tenir la aprobació de l’entrenador. Si el club considera que la meva aportació és positiva pel futur de club, i els seus objectius, la decisió ha de ser participada pel mister, que tinc entés que será en Victor Valdés. Com a culer, tinc no només tot el respecte i admiració pel VV, sino que també sóc testimoni d’aquells anys al Camp Nou on només uns quants de nosaltres feim religiosament aquell crid de reconeixement que tan mereixia, i tant poc rebia, en Victor Valdés. Estaria orgullós i dispossat a posar tot el meu esforç per contribuir a la idea futbolística i la disciplina que l’entrenador vulgui per l’equip, i també, a ajudar en lo que considero és lo més important en un club esportiu: la convivencia de l’equip amb una mentalitat col·lectiva que acompanya les actituts als entrenaments i als partits, que va fent pujant les energies de l’equip cap a munt per estar en posició de lliutar pels objectius en el moment final de la temporada. El meu exemple, en cada entrenament, i en la millora del meu estat fisic i col·lectiu vull que estigui en el centre de la pressa d’aquesta decisió tant especial.
La decisión de la afición
S’entenc que la meva incorporació pugui generar debats com els que cada any es genera de cara a muntar una plantilla nova. Una posició tant important, com ara el 9, ha de poder demostrar a la afició que aquest equip pot generar oportunitats de gol, i que les pot acabar ficant dintre. Si bé els equips es construexin des de la defensa, la aposta per tenir prou munició a la part de dalt és prou important. En aquest cas, la meva proposta és prou curosa per no vendre la pell de l’os abans de matar-ho. I també, pero no pasar-me de voltes creant unes expectatives que després no s’aconseguexin. Golman és un revulsiu ofensiu, disenyat per entrar als partits a reforçar la delantera quant sigui necesari. Es a dir, no prometo (al menys d’entrada) jugar els 90 minuts al màxim nivell, perque no tinc (ara mateix) el fons fisic per complir aquest objectiu, pero sí puc oferir jugar 30-45 minuts d’un partit per apostar a la capacitat de generar perill adal que puc arrivar amb la participació proactiva d’un nou que pot jugar bé d’esquenes a la porteria, buscant (i creant) espais, i amb una efectivitat de cara al gol que anirá creixent amb el procés d’adaptació que tot nou requereix dins d’un vestuari. El gol per un nou és com la bensina, i tots sabem que va ratxes. Pero no m’obsesiona el gol, si per exemple, tinc un company amb millors posibilitats per fer el gol pel nostre equip.
La afició vol gunyar. Pero lo que més vol la afició és venir al camp a viure futbol. Per tant, cóm es juga, a banda dels resultats, és important. I en aquest sentit, la meva participació en el joc vol estar al servei de l’equip, primer, per assolir els nostres objectius esportius, que es resumeixen en guanyar aquest partit, i segon, amb l’afició, que ve cada dilluns a les 12 a recolçar l’equip del seu barri. Jo, val la pena dir-ho, era part d’aquesta afició, dels que veien el futbol des de derrera de la portaria, a prop del bar. Els meus gols en aquesta banda, anirant dirigits als meus amics que hi serán aqueta zona, i si m’acompanya la sort, el gols que faci a l’altra banda els dedicaré a la tribuna. Vull reitarar la meva voluntat central en participar d’un col·lectiu del barri per tal de fer barri, i amb uns objectius ambiciosos per poder aportar entre totes i tots, els resultats que pujin a l’afició de l’Unió Atletica d’Horta al nivell col·lectivament més alt de cara al centenari del club.
Per tant, la decisió d’aportar per una visió de futur que en aquests temps tant complicats ens permetin somiar en gran, dins de la nostra realitat social, i amb totes les eines per mantenir-nos units, com a club, pero també com a societat, amb un xic de renovació i d’il·lusió pel que estic disposat a treballar. Si més no, el fitxatge de Golman només tindria sentit si efectivament Golman representa al nou d’un poble nou.
La decisión del barrio
Si bien tanto el Carmelo como Horta forman parte del mismo distrito, también podríamos decir que somos vecinos. Y esto se puede mirar desde dos perspectivas: la vencindad de un mismo barrio, o bien, la vecindad entre dos barrios. Sea como sea, el elemento espacial que une al Carmelo, y su monte sagrado, con la bajada a Horta, a su plaza de pueblo, la plaça d’Eivissa, como metáfora de lo que representamos, como isla, dentro de la urbanidad de Barcelona. Mi perspectiva, por lo tanto, es de un chico de extrarradio; también de cara a formar parte, como un local, del equipo de la capital (así sea del distrito). Todos podemos entender las connotaciones que existen entre los distintos barrios, y los elementos de pertenencia que pueden existir, en particular, dentro de cada uno de ellos, como un sentimiento distintivo del otro. Por tanto, esta manera de pertenecer a un club, a un barrio, o a un equipo, también viene determinada por proveniencia del Golman, del Carmelo, y a su vez, sin complejos, de Horta.
Uno es de donde quiere ser. Y también de aquellos sitios en donde quiere estar. Y yo quiero estar aquí. Mi familia, mi mujer, Mertixell, y mi hija, Vera, nos hemos mudado aquí hace un año cuando nos compramos un piso para vivir aquí el resto de nuestra vida. Y por tanto, hemos venido aquí a hacer comunidad. Y mi intención, como futbolartista, es poder aportar el máximo en lo que creo que más puedo aporta a la comunidad. Esto implica, desde una perspectiva de cohesión social, a ser parte de un colectivo que se reune los domingos para ver/jugar futbol, y que durante la semana entrena. Esa comunión que existe entre las personas que van a ver el futbol, la afición, y los jugadores. El sentimiento de club. Y también, dentro de esta comunidad, el sentimiento de barrio.
Y siento también la responsabilidad de hacerlo desde una visión desacomplejada de lo que un nouvingut puede asumir en el contexto actual que estamos viviendo. Es decir, con la voluntad de poder asumir la versión más comprometida del ser humano que habita dentro de mi, y con ello, pretendo ser, tan sólo, uno más. Ni más, ni menos. Y en este camino, pretendo explicar esta historia como una narrativa personal en la que me embarco para perseguir un sueño que tengo desde pequeño: jugar futbol en un estadio con afición. Qué mejor que el club de mi nuevo barrio. Qué mejor que la afición local con la que recupero aquél viejo sueño de pequeño, y con quiénes construimos un sueño renovado, que cocrearemos el año de nuestro centeneario.
Un último apunte de este nuevo Pijoaparte. Este año, como tributo al gran Juan Marsé, narraré las andaduras de Golman de estas próximas dos temporadas para igualar el descaro que Manolo tenía al entrar sin invitación a un jardín de la casa de Sant Gervasio camino al Tibidabo. Pertenecer al Carmelo me exige formar parte de su historia, y también, participar de la transformación que nos ha tocado vivir, sea la que sea, y convertirme en un actor de la sociedad que afirmamos con cada uno de nuestros actos. En ese sentido, asumo pijoapartezcamente que además de la influencia de Manolo quiero asumirme como un heredero de las glorias y andaduras de un Juan Marsé. Es decir, expongo y decreto, que por mi pluma se escribirán las andaduras de un futbolartista que está dispuesto a representar el papel de su vida a través de la ficción, o de la crónica, o de la escritura, como se le quiera ver, ofreciendo con todas las limitaciones que acarrea un nouvingut latinoamericano, la mejor versión de los corridos y las andanzas que tengan como escenario nuestra sagrada montaña, sus laderas y sus valles. Mi convicción, como mi obra y proyecto, son pues vuestras, estimado público. Seréis vosotros los que tendréis la última palabra. Mi impulso en el campo será la ilusión de vuestro apoyo o la crítica de vuestra música de viento, entendiendo siempre que no debemos insultarnos bajo ninguna circunstancia. Entiendo el futbol como algo más que un juego, quizás lo único en lo que creemos religiosamente para asistir cada domingo a un rito compartido. La dimensión de un espectáculo que reside en el pueblo, y que de alguna manera, nos arrastra.
No prometo ser el lider de nada. No quiero ser ejemplo tampoco. Quiero ser uno más, competir, escribir y publicar libros. Quiero crear narrativas que desborden nuestros límites. Y para ello me creado una, desde hace mucho tiempo, que estoy listo para interpretar. Y no hay límite que nos frene. No a mí. Ni a los míos. De ahí que quiera, eso sí, aportar un criterio, una visión, y un proyecto para la comunidad, de manera que podamos esforzarnos afectivamente a ser una sociedad que cree en una convivencia más armónica, de cara a un futuro en el que nuestras voces no sólo sean escuchadas, sino también que sean el canto de un himno compartido.
La decisión de los patrocinadores
El Horta cuenta con una serie de patrocinadores que forman parte del tejido social de nuestra comunidad. El barrio está representado en todas esas marcas de comercios locales que apoyan a una de las instituciones más importantes del barrio. Por ello, a través de Golman, podemos confeccionar una serie de historias guionizadas en las que de cara a la inmersión de Golman al club, y por ende, al barrio, me involucro con cada uno de los patrocinadores para crear una serie de capítulos audiovisuales que tengan como hilo conductor la temática del local, de Golman interactuando con los usuarios o los propietarios del local, como parte de una crónica de nuestro club que se desarrollaría como una historia novelada de la comunidad de cara al centario. Es decir, Golman, como futbolartista, también se presenta como un director de cine y guionista, para trabajar junto con la comunidad en la creación de una historia que iremos construyendo juntos, con la participación de actores del barrio, vecinos, y algunas apariciones de invitados de cierto renombre a formar parte del capítulo de nuestra docuserie.
Por tanto, como proyecto futbolartístico, de esta manera ligamos el club de futbol a la comunidad. Y el hilo conductor, además del barrio, el centenario y la apuesta de un club local por un fichaje fuera de la norma: un futbolartista, el nou d’un poble nou, Golman.
Asímismo, una vez consolidado el fichaje, podemos establecer un plan para traer nuevos patrocinadores a los que se les enseñará el proyecto y que pueden ayudar a su producción, y a los planes del club.
También tiro penales
Número
El número del Golman es el 9, al ser un nou. Pero no preteno quitarle el 9 a quién lleve ahora mismo el número, sino que preferiría jugar con el número 99. Las razones ya se verán…
Messi es el jugador que más temporadas ha jugado con el primer equipo del FC Barcelona y sin duda alguna el jugador más icónico del club en toda su historia. Se va por la puerta de atrás, sin que nadie le pueda reprochar nada. Excepto, claro, los socios. Y la directiva. Y el cule emprenyat. Y todos los que suben al tren del mame.
Eso último no se entiende. No se preocupe. Usted no está aquí para entender la manera de hablar de los distintos pueblos de América, sino para hablar de futbolarte, cuyo máximo exponente, sin duda alguna, es Lionel Messi. Messi se va por la puerta, de atrás, como Kubala, Guardiola, Cryuff. La última vez que Cryuff acudió al club fue para regresar un reconocimiento que le había dado el club, como Rosa María Sarda con su creu de Sant Jordi. La vida en el entorno de esta ciudad está condimentada con todo lo que aquí somos, para bien y para mal, y eso no siempre nos deja en muy buen lugar. A Messi, en cambio, no hay manera de oscurecer su historia idílica de futbolarte. A no ser que se empeñen algunos.
¿Quién manda en el futbol cuando el socio es el «dueño»? El club que es más que un club está en las manos de quién puede regir sus decisiones operativas, y a ese selecto club se accede a partir de una proceso aparentemente democrático: unas elecciones. Los clubes se rigen por sus propias reglas, así que aquí no se ha engañado a nadie. Solo que los clubs de futbol, en su mayoría, ya no son sus aficionados, salvo el Barça y el Real Madrid. Ya ni el Atletic de Bilbao. Las empresas del futbol, y en la cima, dos empresas que dicen ser de sus socios. Hasta que la pandemia, y ahora Messi, cambiaron con la dinámica de poder.
Messi vino a revolucionar el futbol tanto como Guardiola o Cryuff, en otra faceta, en otro momento, dentro de la historia de este club. El futbol lo hacen los jugadores en la cancha. Y Messi tiene las puertas abiertas de este club porque él es más que el club. Él es más que el futbol. Él es futbolarte.
Curiosa coincidencia. El año que el barco del Barça se va a pique perdemos a dos íconos del club: el fotógrafo mexicano que encumbró a Messi en una icónica foto de un día cualquiera de Messi por el Camp Nou: Santiago Garcés.
¿Qué será de ellos la próxima temporada?
La polarización social de la masa social de este país, club, ciudad, capital, comarca, o lo que sea que querramos ser, que sin duda alguna alberga al menos esta constatación: hay al menos dos manera contrapuestas de mirar el mismo hecho. Y ambas se odian a muerte. Los némesis cara a cara, una vez más, haciéndose las víctimas de esta última situación, a la que no pueden asistir mas que indignados por el mal mayor al que han sido expuestos. La piel es cada vez más fina, y las parroquias preparan, una vez más, la última contienda para desmantelar la trama del enemigo. Aquí se trata de odiar a alguien, con todas nuestras fuerzas. Porque los némesis existen. Damos fe. Somos parte de la liturgia de la sociedad del odio. Y hoy es un buen día para recordarlo. Los que odian a Messi, pese a ser de otros clubes, hoy también se regocijan con el dolor de los que sufren por la partida del ídolo más sublime que ha tenido el futbol mundial. Los dolidos han perdido algo que les ha dejado vacíos. Ya no sabrán a dónde pertenecen. Su fuente de seguridas se difumina si Messi no está con ellos. ¿Se irán con él? ¿A dónde? A donde vaya.
Crecer es irse. Cuando uno se va crece. Eso es algo que no se puede igualar a ningún otro aprendizaje. En nuestro barrio está todo lo que somos cuando crecemos. Nuestra ciudad nos enseña cómo ser de grandes en medio de un sitio en el que podemos pasar desapercibidos. La vida es más grande que el grupo de mi escuela. La generación a la que pertenzco. El club de toda mi vida. El club de mi padre. El país en el que nací. Todo eso es parte de una certeza primera, que no nos define del todo. Lo que nos define finalmente es aquello que somos cuando nos vamos. Y si nos vamos a tiempo, quizás también tengamos tiempo de mutar la piel, y convertirnos en otro ser. Y ese nuevo yo será alguién que comparta las raíces de quién un día fui, y a su vez, asumirá el único riesgo que corremos al irnos: dejar de estar ahí. Salir del cascaron.
No hay que tener miedo, Lio. Justo ahora acabás de romper el cascarón. Messi se va de casa finalmente para hacerse mayor. No duden que allá fuera conseguirá algo más alto de lo que hemos vivido aquí. Porque cuando te vas, crecés. Y Messi se va porque ya no puede más con tanta _________. Ponga usted el adjetivo. No me gustaría parecer un malparit nouvingut que no tiene aprecio por las costumbres locales. No es mi caso. A mí ya me echaron de este club por la puerta de atrás. Como tantas otras veces. Esta sociedad, como este club, está lleno de subnormales, quizás en las mismas proporciones con la que los subnormales se distribuyen por cualquier subconjunto. No quiero decir que seamos más papistas que el Papa, pero aquí el que no es Cruyffista puede ir a tomar por culo.
Me altero. Quizás es la rabia. O quizás me estoy riendo para mis adentros. Aparento ser un cule emprenyat més. Més que un culé emprenyat. Algo más que algo más que un club. Eso es lo que considero que tiene que ser este Barça para que esa frase vacía tenga un sentido renovado. Sino ya no existe nada. Olvídense de todo. Y no es una burla que viene de fuera. Ni el desencanto de un falso socio. Ni siquiera la ira de un infiltrado. No se trata de ninguna conspiración que valga la pena creer. Sino tan sólo lo que me sale de los mismísimos cojones decir un día como hoy. Porque la libertad de expresión en un club es poder decir esto en un día histórico en el que todos están pegados a la telenovela una vez más. El futbol es esto también. La novela de cada final de temporada. Y aquí todos opinando. Todos queriendo tener la razón. Pues a tomar por culo, oiga.
Siempre me ha parecido un gesto fantástico de los españoles es uso de ese oiga como intejección. Le escucho. Es un enfado español. En este caso, aplica para un enfado español de un culé barcelonés, castellanoparlante. Ah, no. No nos metamos con estas… que ya sabemos cómo acaba. ¿Era Messi independentista? Quizás eso fue lo que falló. No se lo tendrá en cuenta Guardiola. Nunca se sabrá. Si lo habría querido ser, ¿se habría resentido su carrera? ¿Habría ganado adeptos la república? ¿Tendría más apoyos internacionales? Nunca se sabrá, y por ahí, Messi se quita de un muerto que no tiene que ver con él. Como resolver el dilema sin solución en el que se encuentra este club a punto de irse a la mierda.
Oiga, usted lo que quiere es que se cumpla su visión apocalíptica de la sociedad en la que estamos. Usted lo que quiere es que todos nos vayamos a la mierda. Y de ahí, sobre las cenizas, algo distinto florecerá. ¿Qué acaso no sería ese escenario algo más humano a lo que podríamos aspirar? Quizás sea un último velo. Y Messi, reconstituido en mesías, el encargado de librarnos de ese manto.
Y luego ¿qué? Esta ciudad requerirá otra liturgia. Una más completa. Una más grande. Algo que nos permita aspirar a ser un poco más de lo que hemos sido. Algo aspiracional que mire hacia el futuro y nos de la tranquilidad de que estamos construyendo el mundo despúes de Messi. Algo en lo que podamos agarrarnos para seguir. Algo que nos permita salir de esta pequeña construcción de «depresión» que sentimos que nos aprieta por todos lados. Utilicemos esta fantasía de que el futbol significa algo más en nuestras vidas para conseguir estructurar la respuesta colectiva que necesitamos asumir en un nivel superior. Aprovechemos las circunstanacias de lo que la vida nos provee en este periplo sinsentido para asignar una especie de suerte estelar que nos ha venido a explicar precisamente esta lección de consecuencias emergentes incalculadas. Oh, Messi, has sido tú, que crees que no te he visto. Messi, de manera dramática, a través de un burofax que completa la alegoría de la servilleta, a penas para que Estrella Damn pueda hacer su próximo anuncio, para dar la llegada a un futbolartista revelación: GOLman, el nou d’un poble nou.
El rey ha muerto; viva el rey.
«Sale, con el número 10 Messi, entra con el número 9: Golman.»
No se sabe si ya se ha perdido toda esperanza, o si no tener nada más que perder nos vuelve más amantes a ese último riesgo. Nomás queda saltar; y el recorrido hasta el final. Súbito. No será mucho más. Tan sólo la caída. Una última caída. La final.
Pero ahí en el límite todo tiene otro matiz. Quizás ya no estamos como para recibir lecciones de nada ni de nadie. Quizás el tiempo se acabó y nos acabamos congelando en una versión de nosotros mismos del pasado. Y ni eso nos satisface. O más bien, nos aligera. O quizás tan sólo a mi. Quién soy yo para hablar de nadie más. Mi situación es tan particular que nadie más podría sentirse como yo. O eso pensamos.
No sabemos si nuestra conjura maléfica nos tiene atrapados en una especie de trampa circular. Lo cierto es que no podemos salir. Y los demás no están aquí. Aquí estoy yo sólo. Y no tengo más que asir. No hay camino para volver. Ni tan sólo una salida. No hay puertas. Sólo barranco. El barranco del muerto. O la quietud. El inmovilismo. Petrificado mientras el tiempo sigue su curso. Pero no para nosotros. No para mí. Aquí el tiempo se detuvo y me congeló. Me dejó petrificado ante la incapacidad de movimiento. Salvo ese último paso posible.
El único sitio habitable en tales circunstancias en la propia mente. Ahí estamos sujetos a nuestro propio tiempo-espacio y podemos vaciarnos en todas las direcciones. Las conexiones neuronales por las cuáles habitamos el estado de ánimo que nos conecta con nosotros mismos, a pesar del mundo, a pesar de los demás, en una representación parcial que decidimos guardar para nosotros. La autorepresentación de los caminos que se entrelazan entre todas las historias posibles en las que hemos enmarcado nuestro destino. Sin más censura que la propia, que no es poca cosa.
La espada de Damocles tiene sobre nosotros, como si ser rey fuera tan fácil. Mirad al hemérito. O al supercalificado monarca que le sucedió. La historia se puede ensañar con una familia, o bien, visto al reves: la familia se puede ensañar con una historia. Ida y vuelta son verdaderas. Y nosotros testigos de la dualidad a la que se presentan algunos seres humanos dispuestos a culminar la obra por la que dicen estar aquí presentes: __________.
No me miren a mí. No tengo obra que ofrecer. Quizás tan sólo una parodia. O quizás tan sólo un espejo. O un libro. O un juego. Siempre hemos sido más dados al juego. Y ahí, entonces, puede ser que nos libremos de todas las quimeras. Últimamente todas acechan a la vez. Hitler está a la vuelta de la esquina. Y tiene muchas caras. Y no sabemos cuál es cuál. Ni quién es quién. Ni qué es verdad. Todo está patas parriba, y el pueblo unido yace vencido.
El sistema me orilló aquí. Y ya no tengo otro sitio. Mi mente me supo proteger de lo demás. Pero luego el mundo continuó con su perorata. Y su régimen. O su sistema imperfecto. Pero yo me bajé del tren. Y me fui a vivir sólo. A la montaña. Y ahí tejí una red. Mi oficio de araña me llevó de vuelta al trabajo. Y a la espera. Y a tejer. A crear con mis propios recursos. A crear una nueva casa. Una guarida en la que esperar a que pase el tiempo. Un espacio desde el cuál analizar las circunstancias de mi desgracia, de mi descalabro, y de mi vuelta.
La red creció. Y yo también. Me volví más fuerte en medio de la nada, remando sin corriente. Amasando los segundos de cada instante. Me alejé y me perdí. Pero en ese exilio me encontré. Me costó. Busqué en los rincones más produndos y me revolqué en los sitios más hediondos de mi lado oculto. Y lo vi todo. Y me sentí bien entre las migas. Rapté con los demás. Todos éramos iguales. No me dio vértigo la insignificancia. Dejé de ser. Y con ello, volví al juego. Por la puerta de atrás. Recuperé la forma. Entrené mi instinto. Revisé mis armas, las afilé y puse mi uniforme. Estaba listo para salir. Esta vez sí. Y no habría más que una única plegaria. Ser. Estar. To be, as I had already been in Not-to-be.
Di la media vuelta y el mundo seguí ahí. No era de extrañar. Tan sólo me había ido yo. Todos los demás seguían ahí. En lo mismo. Y mi camino divergió. Me derretí en las esquinas hasta convertirme en frontera. Palidecí ante el sol y su última vuelta, y me congelé con la luna acariciándome la oreja. Dejé que el viento persiguier mi angustia y me dormí tranquilo en la superficie del mar. No tuve más sitio que el que pisé en cada instante, y de ahí no me bajé ni un día. Un suspiro me acompaño discreto hasta el camino de vuelta en medio de la vereda que conduce hasta la cima del monte sagrado. Desde ahí, en medio de todo, campo y ciudad, levanté la vista y crucé el mar hasta llegar a mi destino, mi tierra, mi nido. Navegué sin pausa mientras dibujaba el contorno de las olas que llevaban mi nombre hacia el olvido. No perdí la vista el porvenir, ni tampoco el sufrimiento ajeno que se cruzaba en pateras que se dirigían al sitio del cuál yo huía. La relatividad también se aprecia en el mismo planeta compartido, según cómo pongamos la mirada en aquella cosa sobre la cuál decidimos enfocar. Quedamos fijados en la elección cuantica de nuestro destino. Esta vez sumamos lo suficiente para convertirnos en parábola. Quizás una semilla de mostaza no sea suficiente.
No es el mismo estado de ánimo. Ni la misma situación. Menorca representa todo: al fin y al cabo es una isla, y todo el mundo sabe lo que abarca el simbolismo de uno mismo, y por tanto, de una isla. El mar nos espera. La fuga sólo tiene una vía, si descontamos el camino de Ícaro. Pero aún así, lo que vinimos a hacer a una isla sólo lo sabemos quienes en ella nos convertimos en algo más. Aquello que devenimos es nuestro «yo» illenc.
No todas las islas son iguales. De hecho todas son distintas. Y cada una representa lo mismo. La unidad y la multiplicidad coexisten en la isla. No se trata de una metáfora de reality desgastada, por más que vivamos en una situación hipersaturada de realidad de cartón-piedra. Lo vanal es lo más, y lo demás, existenicial, no existe. Por tanto, hemos relegado los ritos más significativos a una escala elitista que construimos a partir de la cultura. Y no dejamos permear a todo el mundo. Unos pocos son los bendecidos. Y eso también queda registrado en discurso que elegimos proyectar de nuestra transformación isleña. Se trata de una inmersión sublimada por los mismos cielos, las mismas aguas, los mismos soles que en la antigüedad saciaban a los habitantes de los bosques y las urbes mediterráneas. Algo eterno subsiste en el verano que se desvela en las calas de la isla.
El baño. Bañarse, como si debiéramos bautizarnos una vez, al menos, para ser dignos de estar en la presencia de este Dios que nos ilumina con su luz. ¿Acaso, sol, no te suspiré mi último halago desde la posición de plegaria flotante? La nubes acompasaron la ilusión de estar sumergido en las aguas en las que me transformaba, otra vez, en ese último baño. La nube estaba ahí, en eterna deformación, hasta que en un momento dado se esfumó. Y mi yo anterior, con ella.
No cabe duda de que vuelvo a elegir esta vida. La contemplación de una oración que persiste pese a los intentos de banalizarlo todo. Los sentidos desde el interior de las aguas en las que mis oidos se han fundido con la experiencia subacuática, mientras los ojos mantienen su visión periférica dual azul cielo. La frontera nos lo da todo, y ahí, sobre el muro, construimos un instante de conexión incuestionable y permanente, pese a su obstinada reinvención acto seguido.
No preciso volar si puedo disolverme en los estados de mi «yo» illenc. Nomás que aquí se escribe una mutación singular sin fin ni solemnidad que valga de representación. No es lo mismo estar aquí que en otro sitio. Cualqueira que quiera ser esto, sólo puedo conseguirlo en este estado mental. Y en esta isla se aprecia dicha gracia, más que en ninguna otra. No hay duda. Y pese a ser esta la puerta correcta, todas las puertas de las otras islas conducen, a su manera, al eterno retorno que las islas prometen. Esa circularidad define la costa de la isla, como también isla es, el continente, si se tiene la suficiente paciencia para recorrer todo el perímetro de sus playas.
El agua se mece intermitente con la obsesión del latir de un corazón paciente. Escucha el latido, al ladito, dónde estás, que no te siento. Me distraigo con cosas superfluas que me aislan de mi mismo, hasta que vengo aquí y me reencuentro, en otro «yo». Vuelta a empezar. Una vez, más, y no falla. No hay más recurso que volver.
Ya no me quedan más islas para escribir desde este día. Sólo tengo un rato más antes de partir. El puerto de Mao me espera para recorrerlo, una vez más, de principio a fin. Y su manto protector, embriagado por la habanera de despedida que se perdió la noche anterior en cala Corb, desde un Cau que ruge con nostalgia de lo que aquí un día se reconfiguró, como el aliento pestilente de un poeta, o la trompeta mesiánica de un desgraciado familiar, como quien intenta suplantar con alegría la alegoría militar que nos despide entre Sant Felip y la Gola.
Una vez más arrastramos nuestra sombra por el mediterráneo, de vuelta a la capital. La urbanidad de un puerto que nos llama con los cantos de la Sirena Caballé encaramada en lo alto de una montaña desde donde se distribuyen las ondas expansivas de un campo magnético posterior que se regenera simultaneamente a nuestro devenir colectivo resultante. Otra vez la misma historia.
El futbolarte no se para. Ni siquiera con la pandemia. Hoy mismo realicé mi enémiso entrenamiento de verano para preparar la próxima temporada. En la parte física nadé hasta la boya, y en otro set de ejercicios, me sumergí en agua al menos dos metros de profundidad, al menos nueve veces. El futbolarte es así. No se sabe cómo, pero se está componiendo una pieza de autor con cada gesto. El día es mi lienzo. La noche mi sueño.
Cala Morell. Una vez más intentamos ir a la playa de la Vall, y una vez más estaba petada. Esta vez ni siquiera entramos por el camino de la muerte, sino que directamente nos fuimos a buscar al resto de la comitiva de Ciudadella que había tirado para Cala Morell. Las terrazas. O las plataformas. El primer día que fracasamos en entrar a la Vall intentamos ir a cala Morell, sin saber muy bien en qué sitio estacionar, y si valía la pena bajar. Yo nunca había estado, y Meri recordaba que la playa era muy pequeña. Dimos una vuelta por la urbanización, intentamos llegar lo más abajo posible, y no fuimos capaces de visualizarnos en ese contexto, así que redirigimos nuestro camino para la Cala Galdana, que debe ser la playa más bonita de la isla, si no hubiera sido hostilmente urbanizada por tres o cuatro hoteles de gran turismo, que el mismo Fraga dio lo permisos, y tiempo después, recriminó al responsable de haberlo hecho. Muchas veces no somos conscientes de nuestras decisiones pasadas, ni siquiera si en el futuro seremos capaces de reconocer las intenciones que tuvimos para comportarmos de la manera que no hicimos.
Fuimos a ver a Carlos Cros a Es Claustre. Santi nos dijo que un amigo suyo era colega de Carlos, y que vendría desde Ciudadella. Una peña de Ciudadella cruzando la isla para asistir a un templo de la cultura de la isla. Los dos polos se tocan muy de vez en cuando. Los nobles actúan de manera singular cuando se trata de mezclarse con el pueblo en su salsa. Y en Es Claustre el pueblo de la capital está en su mercado. En su día aquí se congregaban religiosos en actividades en las que se ponían a disposición de Dios para actuar sobre las comunidades que representaban como intermediarios de algo más sagrado que el pueblo requería entender y asimilar como el alimento espiritual que marcaban los tiempos aquellos. El uso pues del espacio sigue siendo el mismo, sólo que ahora también el pueblo asiste a la congregación popular de un espectáculo musical. Un cantautor, guitarra en mano, intentando arengar a un público dividido entre los que centran su atención en el espectáculo, y aquellos que comprometido parcialmente su presencia a los alimentos y la mesa desde donde sus voces compiten con las del hombre orquesta.
Carlos Cros lo dio todo. Llegamos tarde al toquín, pero nos dejaron entrar. Nos buscaron muy amablemente un sitio, con su sana distancia, para poder desvelar nuestros rostros a la noche. La mesas de jóvenes comensales tenían la condecendencia de aplaudir, de vez en cuando, acabadas las canciones. A mi me ganó Carlos con esta canción: me aburro.
También nos deleitó con fuertes relatos de pasión que deja su piel en la tinta con la que escribió un canción, y en cada razgado de la guitarra, y cada verso interpretado frente al micrófono, con en el caso de Pretendes.
Mi cuñado Roger llega a su casa. Le digo que hemos ido a Es Claustre. ¿Quién tocó?—me pgreuntó. Carlos Cros—le contesto—otro barcelonés que vive en Maó con su pareja, que es de aquí. Las ratas de ciudad no encuentran las mismas claves de una capital como Barcelona. Mao, otra capital, como refugio a la pandemia. Y también, como registro desde otra geografía: la isla.
I am a rock, I am an island. Un guiño a Paul Simon, que debió haberle reconocido el gesto a Carlos en su tributo a Gracia: Graceland.
Barcelona y Mao. Barcelona y Menorca. Algo hay entre estos dos puertos que nos lleva más allá de lo habitual. Lo normal sería que la música nos conectara con lo alegórico de un artista. Con la sensación de comprender el momento íntimo que genera una emoción.
Al salir d’Es Claustre fuimos a tomar una cerveza. El futbol salió a la conversación. Y Santi sacó a Golman. Les expliqué que estoy listo para saltar a la cancha. Soy un futbolartista, les dije. Esgrimí mis razones. Mi apuesta. Y mis probabilidades de éxito. Quizás deba tomarme más en serio. Nunca lo he hecho. Quizás es el momento de subri al escenario. Carlos Cros me ha mostrado cómo hacerlo. Y en última instancia si nos convertimos en el Jack de Shinning, que mejor que tener una máquina de escribir para trasladar las emociones primarias de un artista conceptual.
Estoy confinado en una isla. He dado toda la vuelta y no puedo salir. Alrededor un mar azul marino la acosa, mimando sus playas con suaves masajes y vientos cambiantes que poco alteran mi insignificacia en esta isla. Estoy solo y no puedo dejar de moverme mientras el tiempo pasa como si no fuera conmigo la cosa. Es todo más lento. Lo relativizo esto también. Quizás sea yo, pensando en otras cosas. No puedo centrarme, ni siquiera cuando paso por el centro de la isla, en donde todo debería estar en equilibrio. Acaso las cuatro ciudades del interior me explican la centralidad y sus divergencias, según el camino que opte. No hay fiestas. No hay turistas extranjeros. Tan sólo los de aquí, que no tienen trabajo. Excepto este mes. Han venido todos los que no han podido viajar en todo el año. Y nosotros. Los confinados en sus barcos. Y sus familias. El bienestar se desborda por la casa de verano. Se toman las precausiones de los años que se dedican a volver a la isla. Al lado apropiado de la isla, claro está.
No todo es permanente en la isla. Si acaso tan sólo la dualidad se confirma en todo acto social. Quizás los dos polos de la mente de este islote que supera cualquier otra alegoría mediterranea más allá de esta rosa de los vientos. Los vientos aquí soplan de otra manera. Es una orden de magnitud: playas, valles, montañas. Dos ciudades. Cuatro centros insulares en medio de la isla. Unos seis pueblos periféricos, al lado del mar, y unas 30 urbanizaciones. No hay más. La isla es lo que es, por su pasado, su presente, y su futuro, los tres reunidos y representados en la plaza de Villacarlos, como un suspiro ante la orden caduca de un general que ya no tiene ejercito.
Si acaso barbarosa como estandarte. Quizás un parque en el que se refugiaron en el centro de la capital, cuando hicieron ver que eran la flota oficial. Los piratas consiguen alegrarse la vida con las astucias de quién no tiene nada más que perder. El oficio de aguar la vida libre de los señores de la guerra. La vieja horda de líderes heteropatriarcales. Lo que en su día ha sido el eje fundamental de todo el progreso de la historia heteropatriarcal que nos contaron de pequeños. ¿Cómo dista dicha versión de la que ahora podemos contarnos a nosotros mismos, pueblo libre? Quizás el feminismo de nuestros machos alfa nos lleve a la incongruencia última que teníamos por resolver. ¿Y entonces? ¿Qué más?
Algo más habrá. De momento ya no habrá tanto simio subnormal. Pero no será porque hayamos regresado a una versión más pulcra y gris de nosotros mismos en donde el humor ha sido reprimido por la causa justa. No seamos puritanos y pecadores a la vez. Eso nunca ha sido bien visto por ningún pastor. Lo que el centro de Europa quiere es que el sur no disfrute del sol. Y que seamos todos anglicanos, como mínimo. Al menos éticamente trabajadores sin criterio. Máquinas funcionantes sin necesidad de articular más argumentos que los requeridos por el puesto de trabajo, en beneficio de la empresa. No es momento para revoluciones utópicas para los hombres blancos en la cima del imperio.
En este Imperi lo que único que vale es un llonguet de sobrassada, formatge i mel.
Hoy amenecí en Mao, crucé la isla a Ciutadella, me probé unos zapatos que me regaló mi mujer, comí un llonguet en el Bar Imperi, y volví a la capital, como aquél que vuelve al puerte de dónde zarpan los barcos con la gloria del pirata Barbarosa, sabedor de que tras la estancia en esta isla, al irte, te vas con más de lo que eras al llegar.
Seré invencible cuando calce mis botines de Menorca. Pero lo seré más, si consigo volver a enfundarme en unos botines de futbolarte.