La generación perdida

Cuando Guardiola y su equipo culminaron el cuarto año de aquél glorioso sextete la afición y la sociedad tocó un techo de cristal sublime e inolvidable. Los años de júbilo se habían ido superponiendo en un proyecto que tuvo todas las virtudes de una generación, la visión de un líder, la ejecución de un equipo, la idea de un maestro recontextualizada, el empuje de un club que se desparramaba en el mercado como algo más que un club de futbol.

Ayer el Barça perdió el partido de cuartos de final más singular de toda su historia, ante un rival que mantenía todo el empuje y criterio del último gran impulso regenerador de su historia, en la que el modelo futbolístico y competitivo se afianzó en la mentalidad de los jugadores, en el sistema del club, y en un porvenir futuro que no ha dejado de perder pistonada. El Bayern Munich. El marcador del partido no es lo de menos; quizás lo de más: 2-8.

El futbol es un espejismo social en el que en medio de la pandemia nos vemos forzados a entender nuestros viejos dioses como meros figurantes de una historia que se desconfiguró para el resto de nuestros días. Un estadio vacío en Portugal, en su hermosa capital, Lisboa, con dos equipos, once contra once, en el que al final habían de ganar los alemanes. No siempre, pero esta vez, no cabía duda. El equipo del FC Barcelona ha sido un espejismo durante ya varios años. Y se sostienen las mismas estructuras de pasiones removidas por los medios que viven de ensalzar el monotema día tras día, con la religiosidad con la que se va a misa, cada día. Lo que pasa en los entrenamientos, las tertulias de media noche, los piques con los eternos rivales, el machismo que persiste en las entrañas de la sociedad y de cada uno de los que degustan el futbol como un tema central de nuestros días. Me incluyo, evidentemente.

El heteropatriarcado es así.

El futbol, sin más, es como el niño mimado, primogénito, del heteropatriarcado. Representa todo el porvernir y toda la desgracia del orden social constituido en el que nos reflejamos cada día en el espejo. Lo que vemos nos gusta y nos da grima. Nos provoca ser lo que somos. Nos alienta a sentir emociones continuas a pesar de estar conectados a otra realidad, de facto, que nos impide volver a ser lo que un día fuimos. El futbol no escapa a la pandemia, ni a la crisis estructural de nuestro pueblo, casa, ciudad, cuarto, cuerpo o mente. Todo está condicionado por el juego, y el juego nos domina, sin que nos hayamos dado cuenta, a seguir sintiendo la vida como un proceso automatizado sin impulsos verdaderos.

Tocamos fondo. Pero no ayer. Ni siquiera hoy, cuando la sociedad vista desde el velo de un club que pretende ser un ejemplo de valores, de proyección mundial, de historia, de presente y de futuro, aquello que engloba más de lo que podemos imaginar como nuestro, pero dispuesto en un telón de acero tras el cual, como siempre, yace un enemigo iracundo al que aprendemos a odiar por las misas y la doctrina a la que hemos jurado nuestra lealtad emocional. El futbol, o quizás el Barça, sea tan sólo una última farsa detrá de una sociedad de cartón-piedra, que pese a posar inmaculada frente a la vitrina de lo que deberíamos ser ante un mundo que nos ve, continuamente, cada día, y que en cambio, hace tiempo que dejó de ser aquello que pretendía ser. Algo más que un juego. Algo más que un club. Algo más que una marca. Algo más que un ejército simbólico de jóvenes, y no tan jóvenes, millonarios con más o menos gracia para devolver una pared, o para construir un imperio empresarial camino al cielo.

El futbol es así. Un ciclo que se retroalimenta de sí mismo. La historia que se repite. Enzo. Roger me lo acaba de confirmar: «mi padre me contó mil veces cómo fue la salida de Kubala del club, tras una estrepitosa derrota que marcaba el final de un ciclo, y mal, por esa puerta de atrás que no podemos evitar recuperar, una y otra vez, como parte de nuestra identidad mezquina y sórdida». Quizás no me lo dijo así, pero la idea es esa, salpimentada con la noción actual de que las cosas habían de ser así. Porque en este club las cosas se han ido haciendo peor, de manera que el deterioro se veía acentuando mientras seguíamos la marcha hacia el abismo, cuestaabajo, cada vez más precipitadamente.

Pero alguien, un sólo hombre, era capaz de mantener la fachada de que todo seguía en su sitio. Porque el futbol a veces no necesita mucho más que un gran nombre para dar forma a un proyecto. Messi. Messi ha sido más grande que un club, que un país, e inclusive que la historia misma. Ya sea del futbol, o de la general. Aquella que tan bien conocemos, y de la cuál somos parte, ciclo tras ciclo, como un año escolar que empieza de aquí a dos días sin novedades. Un año más. Somos pienzo para cerdos en la mecánica constructiva de un imaginario de autómatas espermatozoideos. Una vez eyaculados estamos listos para el siguiente ride. De lo que sea. Ponémelo en vena. Yo hace tiempo que compré el billete todo incluido. Y dejé de pensar. Porque el anuncio me lo indicaba: acá lo tendrás todo. ¿Y ahora qué?

La sociedad que vivía aquella fachada como verdadera ahora se repugna ante la «humillación» de una derrota deportiva. La magnitud del ego dolido trasciende lo que cada jugador experimenta cuando el equipo rival les pasa por encima sin contestación alguna. El debate finamente lo ganó Neuer. No hubo partido. No había un jugador clave al que contrarrestar en el Bayern Munich que enfrentó el equipo de Setien. Había tan sólo un equipo, con una idea colectiva que no paraba de correr, de presionar, de funcionar con el talento con el que fue pensado. Un equipo que tras cuatro años de haber dejado de ser entrenados por Guardiola seguían persiguiendo los objetivos colectivos con el mismo impetu que lo hacían cuando aprendieron a repensar el modelo futbolístico de aquél innovador social. Enfrente, el equipo que inventó la conjura se desvaneció ante el reflejo de sí mismo, en una versión alemana de lo que podría haber acontencido si no se hubiera desmantelado la esencia de aquella idea transformadora que colmó el vaso en su día.

Guardiola ha muerto. Viva Guardiola.

Estar listo para salir

Antípodas y dualidad

Hoy soñe todo lo que tenía que soñar. Lo vi claramente. Sentí la necesidad de levantarme para trazar los designios mágicos de mi sueño, que resultaban ser todo lo realistas que uno requiere para ordenar aquellas ideas que desde el subconsciente propagamos para el performance más sublime al que asistimos cada noche. Si los sueños sueños son, este en particular me mostraba una serie de personajes lógicamente constituidos en los discursos que nos pertenecen de cara al despertar definitivo de la humanidad.

Suena demasiado pomposo. Quizás de una ambición que una realidad social no se puede permitir. Por tener demasiadas intencionalidades superiores. Y por no ser lo concretas que deben ser para un público incrédulo en que podremos superar la situación en la que nos encontramos. Visto lo visto. El pesimismo gana al optimismo onírico. Las palabras no sirven para dibujar las imágenes que me proporcionaban tal certeza al momento de dormir. De ahí que los sueños se escapen sin remedio.

Para salir a la luz pública y desvelar un discurso emergente que de aliento al personal hay que tener una serie de herramientas básicas. Eso era parte del mensaje de las personas que estábamos presentes. Roger estaba ahí. Y su discurso era este. Había feministas que establecían sus límites ante la parte heteropatriarcal de nuestro discurso, que no obstante, defendíamos en pro de los objetivos globales en los que se sustenta el feminismo. La igualdad en un nuevo contexto en el que todo es diferente a lo anterior. Esto, sin duda, es un buen punto por el que empezar.

El feminismo como piedra angular de cualquier cambio resulta un buen lugar desde dónde partir. Como lo podría ser el colonialismo. Y si unes los dos, quizás entonces el punto desde el cual haya que partir sería la estatua de Colón en Barcelona. No por nada. Por estar ahí. Por el simbolismo de su construcción, hace unos cien años, y lo que hoy implican, y lo que en su día fue, el navegante, el innovador, el soñador, el súbdito. El reino no era grande y uno en aquél entonces. Eran dos reinos. Y dos coronas. La dualidad que finalmente unificó, en el futuro, la integridad en un TODO, que será determinante en la mente de muchos españoles generaciones por venir. Pero no tanto en otros españoles. De ahí que no importe el punto en el que nos paremos hoy día, la discrepancia sobre los símbolos y las circunstancias de los corridos de nuestras historias, es tan sólo un espejo sobre el cual reflejar nuestra perspectiva actual, en un contexto de cambio continuo, en el que tras es suspiro del sabio (o la sabia) nos vemos reflejados en la imagen distorcinada del agua. De pronto, no sabamos si somos Zimba, Mufasa o Narciso.

Lo cierto es que nos enamoramos de nosotros mismos. Las palabras que nos contamos intentan darnos la seguridad de que estamos en lo correcto. Formamos parte del equipo ganador. Del equipo que sostiene la razón histórica como estandarte. El blasón de nuestros pueblos. La unión de las luchar por nuestras libertades. La sangre de los nuestros. La conquista ante los némesis del pasado. Toda la retórica de las naciones se contruye en parte de las leyendas oficiales que ensanchan, por instantes, lo ancho de nuestro pecho. Como aquellos pechos al aire frente a la estatua de Colón. Senos varoniles henchidos, pezones firmes y glorisos, las manos en posición perfectamente recta, con ligeros roces con los machos alfas de al lado, en esa expresión tan nuestra de nuestra voluntad de gustar al macho ibérico. Al más fuerte. Al más galán. Al más viril. Oh, hombre español. Eso suspiró Dios Padre al crear al primer hombre español de la historia. Porque Dios y la historia de España están escritas con la misma pluma. El acento español de Dios Padre es incontestable. No hay debate alguno frente a cualqueir otro pseudocatálico que ose sospechar que dicha verdad sea sagrada, única e irrevocable. Hasta el Papa Francisco podría corroborar que Dios Padre habla español, pero no cualquiera, el del centro de España, en donde lo español se convierte en águila patria, en un vuelo sagrado sobre la tierra que tus subditos poblamos, oh Dios Español.

España sobre los hombros de Buñuel. España en el exilio. El exilio de un rey. El exilio de un republicano. El exilio de un navengante. El exilio de la mitad del pueblo. El exilio de los ancianos. El exilio de los dementes. Exilio de los iguales. El exilio de los distintos.

No hay salida. La dualidad nos aboca al campo de batalla. Hay algo iniciático en el encuentro de dos culturas que nos pone en una situación de ventaja/desventaja. La competición prevalece en el sentimiento de que el más fuerte sobrevivirá. Y ganará. Frente al cadaver del enemigo. Por la propia superviviencia: muerte. Esta metáfora nos es, de alguna manera, natural. Pensamos que las cosas son así. Porque en algún punto de nuestra historia nos creimos esta historia. Nos la vendieron bien, y la asumimos en todas sus dimensiones. Socialmente estamos condicionados a pensar de esta manera, para temer al rival, y estar preparados para la defensa. El ataque es inminente. Espera, mejor ataquemos nosotros. El léxico lo indica. Somos bélicos por la naturaleza que asumimos como imperativa. Por una orden.

Atención: firmes ya.

Descansen: ya.

Reinicien: ya.

El pais ya no funciona

Nada es igual. Todo cambió. No nos dimos cuenta. Quizás no lo quisimos ver. Pero de pronto la dimensión de lo que nos revolcó fue una ola demasiado grande para nuestro intento de pato. No tuvimos más alternativa que asumir el revolcón. Y bailar en la lavadora. Mantenerse tranquilo mientras la espuma te impedía dar brazadas hacia ningún lado. Arriba, abajo, al medio… no sabías dónde ir. Estabas en medio del vacio existencial del posíble último gesto de tu existencia.

La sociedad, ahora mismo, está en este preciso momento. La pandemia nos retrató a todos frente al mismo fotógrafo. Cambió el sentido de nuestra narrativa, y de pronto, fuimos otra ecuación. No cuadraba el círculo. Ni cerraba. Algo no pasó página. Nos quedamos obsoletos. De la noche a la mañana. Y no teníamos dónde caernos muertos. La vida se convirtió en vértigo continuo. El desazón de la existencia nos colmó, una vez más, como aquellos aullidos de otros lobos. La asfixia nos conmovió.

Supimos crecer antes de morir. De pronto sentimos que la vida no tenía más sentido que estar aquí. Un día más. En un plano demencial. Como quién lucha contra un dragón. Un día especial. Con una rosa y un libro. O un cuento. O un rey que se va del reino porque cuatro peones rojos le increpan en el puerto. No son tiempos para alegorías, sino más bien, es tiempo de semidioses corrigiendo el rumbo de nuestro fallido intento de resurección.

Tafiti está enfermo. Y necesitamos un Maui que alimente el espírtu de Vaiana. ¿O será Moana? No se sabe. Son dos personas distintas. Disney tiene muy claro sus temas estratégicos de segmentación de mercados. Y cuánto cuesta una u otra cosa. Y el retorno de la inversión. Ya se hicieron películas de todas las princesas. También de las indígenas. Aunque la historia no sea así. La apropiación cultural completa está a punto de desvelarse. Sólo nos queda estafar a unos pocos pueblos más. Nos falta leerlos. No habíamos tenido interés hasta que se nos acabaron las mentiras. O más bien, las ficciones. O los mitos. O lo ritos. Ya ni sabemos dónde metimos la pata. O la mano. O el fusil.

Alfonsito, ¿estás muerto?

Nunca se sabe con qué te puede salir un rey campechano. Lo cierto es que al ser hemérito todavía está cumpliendo los designios que nuestra carta magna le otorgó. A ese hemeritazgo de tal gallardía. Nos queda claro que nuestro reino es uno. Es este. Y quizás, al hundirse, deje un hueco tan grande en los corazones de los niños y las niñas del barrio de Salamanca, que succionará todo lo que encuentre en su paso. Como la nada sin el auxilio de Atreyu. Esta gente no lee. O no lee estas aventuras de poca monta. Aquí se lee al Lazarillo de Tormes. Y a Góngora. De toda la vida. Cervantes, para los cultos, aunque dicen que viviendo en Barcelona les pilló el tranquillo… será que era «rarito». No se equivoquen. Valle Inclán. Noches de bohemia. Eso es lo que necesita este país. Aún no lo sabemos. La vida continúa con sus cuatro coordenadas y sus tres pijoteras dando por el culo. Madrid es muy ancha, cual Castilla. No se olviden que de aquí al cielo. Como si los nobles entendieran de múltiples sentidos, o los chistes de los lacayos. Lo que no se entiende es que la gente no calce más esos zapatos sin calcetín que tan bien se llevan en el verano. Spain is diferent.

En la fiesta de bienvenida del Rey en la que será su nueva República, unas mozas dominicanas fueron convocadas para agasajar los múltiples gustos de su majestad, que en ocasiones como esta enseña su lado más humano y virtuoso, con ese característico aplomo de galán que siempre le ha acompañado, herencia de su padre, y de su tatarabuelo, y de su tataratatarabuelo. Una familia de patriotas. Una familia real surrealista. Un momento como el actual no lo habíamos vivido nunca. Octava potencia mundial, gracias al jefe de nuestras fuerzas armadas. O al hombre en la cima de nuestra representación interncional. Porque somos una monarquía, en este caso constitucional y parlamentaria, valgan las redundancias. No sabíamos cómo equilibrar bien los poderes de varios sistemas incongruentes, y nos dimos la licencia de asumir un senado inoperante para demostrar a nuestros pares que nosotros vamos de otro palo. Y nuestros pares flipan. FLI-PAN. Nos lo dicen así. Con un conocimiento impecable de nuestras costumbres casposas de telerrealidad. La televisión nos educó; no podemos escapar.

Somos el Lazarillo de Tormes quinientos años después. Es mentira. Nunca lo leí. No tendría la gracia que en su día tuvo. Somos Marcelino, el del pan y el vino. O la navaja de Buñuel. Acaso el ojo, que en realidad era luna. O un pensamiento de Dalí. El poemario inacabado de Lorca. Un falangista amigo de la familia. Un hombre sin un cojón. Un pueblo con un par de cojones. Unas franjas amarillas. Un lazo, quizás. Una estrofa de Pablo Hesse. Una blasfemia de Valtonic. «Tu problema es que eres muy alemana». No se rían, esto cada vez se vuelve más completo. La sociedad no llegó aquí de repente. Somos un pueblo listo. Somos, como mínimo, un pueblucho de listillos. Que no es poca cosa. Anda. Vete a tomar por culo. ¿Agua?

Si yo fuera español sería surrealista. Sería el único sentido que mi vida podría considerar digno de resaltar. Más allá de nuestras virtudes inoperantes. Más allá de lo henchido de mi pecho en medio de la plaza Colón. Más allá de las regatas en las que el Bribón, el Bandido, el capellán, Avellán, Billy el Niño, y el resto de la pandilla, coordinados como una tripulación engrasada de puros tornillos, macizos, fuertes, con la vena exaltada, como el miembro viril que sostienen en su mano, amazando con firmeza el coso del camarada del costado, en ese gesto colectivo homoerótico que tanto conmociona al heteropatriarcado tradicional hasta el día en el que se ve metido en fregado, disfrutando como un enano. Tras un abrir y cerrar de ojos, pajaro en mano, oh sorpresa, el mismo miebro que sostiene, de envergadura colosal, resulta ser un hombre pequeño. Little people. Se trata de la última ocurrencia de la izquierda para dar por culo a los elegantes dandis del barrio de Salamanca: amor sincero entre parejas mixtas.

El suicidio de aquél ya no parece tan mala opción. Algo parece cobrar sentido cuando se desenfoca la consciencia. Nada pasó. Nadie nos cortó el cable. Quizás sí, junto con todo lo demás. Quizás fue culpa de unos y no de otras. Las escuelas y las maestras, sin sensación real de saber a dónde vamos, como el resto. Perdidos todos, ante una quimera que nos carcome, cada día igual. Y seguimos aquí, en espera de la muerte. O de la vacuna. Las dos vinieron. Se presentaron sin vergüenza. La sabiduría que denota en el gol fallado que parecía cantado. La mentalidad sostiene a un jugador, sobre todo ante el fallo irremediable. La conciliación con la afición pasa a segundo término. Uno es primero. Hay que reencontrar el balance. Y eso te lleva a lo demás.

Hoy creo haber recuparado parte de ese balance. Y lo hice conectando con mis dos mundos. La polaridad de mi establedimiento representa un péndulo en uno de sus dos matices. Yo no vine a… ya ni se.

Me estoy durmiendo otra vez. Quizás esta vez sea la última.

O al revés: la primera.

El periplo de la fuga del rey

Juan Carlos primero. Luego lo demás. El exilio de la familia. La griega en Egipto y Sudafrica. Hermano exiliado en Londres. La reina emérita sufrió el exilio. El rey emérito ya lo vivió de niño. Y después se posará familiarmente, porque la institución va antes que las personas. Las agendas reales. Las instituciones. El rey sigue siendo rey. Su cargo sigue siendo emérito. No hay destierro. Una república bananera. Dominicana. Ahí se está bien, si se es blanco. Como en casi toda la urbe. Los que tienen memoria. Los que tienen cara. Los que tienen respaldo social. Los que tienen respaldo divino. Las vacaciones en Palma de Mallorca, del siete al diecisiete.

Unas obras pendientes en Zarzuela. Habrá gente dentro. Son unas obras en las habitaciones de las niñas. Durante el mes de agosto. Este año tendréis gente dentro. Las vacaciones de los reyes en las islas Baleares. Mallorca is not Spain. Han anulado sus vacaciones privadas. Las vacaciones de los reyes no se organizan 15 días antes. Seguridad, y tal y cual. La situación ha motivado los cambios. El Covid 19. Se están acercando a las familias españolas. Muy unidos con nosotros. Se acercarán a Menorca e Ibiza. Harán turismo español. En Madrid en algunos actos privados. Las niñas entrando en sociedad.

La reina Sofía, educadísima, se acuerda de la vez anterior en la que nos vimos, muy cercana, por qué no escribe usted sus memorias, una vida interesantísima. Ya lo sabéis todo. No tendría tanto interés. Muy educada. Marca distancias. La reina perfecta. Ser cercana. Soy la reina. Otro tipo de calibre. Ser rey no es delito.

El delito es otro. La ley es igual para todos. Sostengan las risas. No es exactamente así, pero no tenga usted cuidado. La cosa no va con usted, hasta que se le ocurra asomar la cabeza. Y de pronto podría suceder que se encuentre en la mira. Y sin ser poderoso, podría econtrarse en la mira de según qué poderes ocultos.

El rey en una república.

Al final todos somos republicanos.

Las reacciones:

PP y C’s: Respeto. Ponemos en valor el poder del monarca en España.

Torra: Estupefacto. Pide la abdicación del hijo.

El rey emérito ya no está en su reino. La república es su nueva casa. Quizás se esa la premonición de su hijo. Está a disposición judicial. La Reina doña Sofía está en el palacia de Marivent, en Mallorca. Sus motivos tendría. Tres párrafos firmados como padre. Decisión tomada con serenidad, y meditada. Estoy disponible para ayudarte en el ejercicio de tus funciones. Las grabaciones de Corinna… cosas del pasado, y de su vida privada. La mejor forma de prestar mis servicios al país, y a vos, rey.

La fórmula: publicando directamente la misiva. En menos de cinco líneas remarca el rey actual el impacto de su padre. La ley, la constitución y la nación. Y tal.

El gobierno ha sido partícipe en la salida. Pactada con el rey. Casa Real y gobierno. Unidas Podemos no sabían. La contradicción saldrá en la rueda de prensa del presidente. Balance del curso político. Y el traslado del rey. Huida del rey, según el otro lado del gobierno. Eludir la justicia. Ni más impunidad, ni más corrupción. Deja a la monarquía en una situación muy comprometida y muy delicada, dijo la ministra.

Todos los partidos políticos han reaccionado. Digna de respeto. Huida para esquerra. PSOE elogia la transparencia. El PNV falta de transparencia. VOX destaca su papel. Otros dicen que elude a la justicia. Gracias, rey. Los catalanes piden que abdique.

En momentos históricos como lo estamos viviendo el gobierno de España debe tener una única posición. Grande y una. El PP pide que una única opinión. La de Dios.

Con las grabaciones de Corinna empezó todo. Ahh… you are so german!

Inviolabilidad del rey. Suiza investiga. Las cuentas de la fundación panameña Lucum. 65 millones de euros del rey Saudí. AVE a la Meca. Los 65 millons a Bahamas. Regalo del rey por cariño. Blanqueo de capitales. Dinero en maletas. Va a los países árabes y se trae el dinero en efectivo, en maletas.

Hasta 2014 inviolable. Después… también. Todos iguales ante la ley.

Don Felipe está tranquilo.

El rey fugado

En un mundo paralelo algunas personas todavía viven en un reino de hadas en el que los monarcas tienen el control, ante el goce y satisfacción de su pueblo, leal y súbdito, para hacer y deshacer a su merced. La espada de Damocles resulta una pesada loza para cualquier hijo de vecina que quiera ahora venir a ponerse en el lugar del rey. Y el rey lo sabe. O más bien: los reyes lo saben.

El rey, padre, le escribe una carta al rey, hijo. Hijo, blablaba, tu padre. El padre toma nota, ensalza el juicio social y político de su antecesor, no vaya ser Él el que ponga en juicio la dinastía del cuál ahora es cabecilla. Los privilegios se forjan por la gracia, o bien de Dios, o bien, de un rey con dotes de liderazgo campechano, o natural. O quizás, por la buena formación, la mejor de las mejores, que un rey pueda recibir desde muy temprana edad, corriendo por los pasillos del palacete del generalísimo.

El rey se va de su reinado. Se lleva lo puesto. Ni un duro tiene ya. Los duros ya no valen nada. Sólo tiene lo poco que le quede en las cuentas. ¿Cuáles? Ay, no sea metiche. ¿A usted qué le importa? Siempre metiéndose con los grandes de España. España Grande y Una, preferida de Dios Padre. Los reyes hablan de tú con Dios Padre. No así con Jesús, al que consideran un rojo. No es lo mismo el orden que el desorden que imponía Jesús con sus revueltas en los templos repletos de mercaderes. Aquí cambió todo, y de ahí que los reyes siempre se hayan sentido muy apegados a su fe en el Dios de los cristianos, y bien bien, más cerca del Dios de los católicos, apostólicos y romanos.

No tanto así de la Church of England. Ya se sabe que los reyes españoles y los reyes de Inglaterra no tienen las mejores de las relaciones. Al menos no a lo largo de las historias familiares. Y lo que nosotros, como pueblos, podamos atribuir a nuestro estatus históricos frente a las narrativas colonialistas hegemónicas que nos pintan en los libros de texto. La educación para los nobles no va consentir que se manchen los nombres de las familias que tanto han luchado en el caciquismo que hemos implantado desde que tomamos el control de los territorios que conquistamos con nuestras expediciones valientes, dando lugar a la ilustración de los pueblos bárbaros. El peso de la historia de los reinos europeos es lo que está en el centro de ombligo de occidente en el que postramos nuestra obsesiva mirada para autoreconocernos. Y Disney sólo hizo el trabajo de recapturarlo en pequeñas historias que podemos sostener como la columna vertebral de los recuerdos que pasarán a ser los mitos de nuestro vida adulta.

La vida te puede cambiar un día de repente. Quizás por alguna cosa que digas. Quizás por la acción que te lleva a moverte a otra posición en la que hasta ahora no vivías. Y entonces todo adquiere otro matiz. Otro color. El pasado se llena trampas a las que ya no podemos volver. Bribones que escapan al juicio social y a la verdad periodística de una historia informal. Será como un verano por las islas. Un verano distinto. Una vez más los reyes seducen a la población de las islas que Jaume I afianzó con su capacidad de gobierno. Pero fue Alfonso III el que hizo el trabajo fundacional. Y ahora, los herederos actuales de la continuidad histórica de nuestro reinado, nos pone en esta situación particular única e irrepetible del verano de 2020: un rey que se va del reino por no ensuciar más el nombre de sí mismo, ni el de la institución que hasta hace poco representaba, al menos a título hemérito. Y por no cagarle el reino al hijo. Ya se sabe que rey muerto, rey puesto. Pero este no murió. Y su calvario llevó al hijo a su cruz. Reinar habiendo de excluir al padre de todo acto oficial. Serás como Caín, le dijo Felipe a Juan Carlos. No se primero, o depués: segundo.

Los reyes son personajes de otros días. Como señores feudales que todavía admiten el diezmo y la recolección de sus privilegios por el bien de la sociedad a la que admiten proteger. Con su sagacidad y su saber hacer. ¿O era saber comer? No importa. El rey, si no es un grande de España, está muy cerca de ser el más grande. Y si muere, sin duda estará a la derecha del que está a la derecha del Padre. A la derecha de don Francisco Franco. Por la gracia de Dios Padre, que vive y reina, por los siglos de los siglos: ay, men.

Jordi Évole lazó un chiste: y si el rey acaba en una república. Sería una ironía muy posmoderna. O quizás, el inicio del reina de otros tiempos.

Alfonsito… ¿eres tú el que está jalando las sábanas?

Futuro y presente y pasado

Se mezcla todo en este preciso momento. No estoy en ninguna de las tres partes, y en cambio, me aproximo asintóticamente a las tres. Escapo de la certeza de cada una de ellas, ya no recuerdo si por la obsesión de la memoria, o su melancolía, o quizás por la reiterada proyección de un futuro que ya imaginé 99 veces. Futuro que debe plasmarse, sobre todo, ahora mismo, en este mismo momento. Aquí dentro hay una canción. Y puede que ya no estoy yo. No pasa nada, porque aún así algunas veces estoy aquí. O así. O llego tarde.

Un niño viene a recoger su juguete. Llevaba tanto tiempo pensando que ya no tenía la percepción de que debía regresarlo. Me lo había hecho propio. Y nada más lejano. Me ensimismo. Y listo. Ya estoy ahí. Otra vez. Presente.

A veces no pienso. Y me dejo llevar. Vivo en el paseo ¿Para qué?

Dormir mientras escribes. Algo me atrae del agua, pero principalme su mutación continua. Su pretenencia a todos los estados. Y la capacidad onírica del movimiento cíclico de su condensación. O volver a la escuela. A esas clases. A esas historias. Y compartirlas de nuevo con los presentes. Los que siguen ahí. En la memoria. En el presente. En el futuro.

Héroes de una libertad que no se asimila de manera convencional, sino a través de los poderes para los que hemos sido preparados: la natación, el patio, la insolencia, la risa, el desparpajo, la música, el inglés, el fracés y la revuelta. Nuestra generación marca un parteaguas del cuál somos responsables. Un puente entre cohortes. Promociones que se equilibran en un juego de espejos que los extremos confunden. Y nosotros, visagra.

No hay más sueño que el que insiste. Como este. Cierro los ojos y lo veo. Estamos ahí: aquí.

Menorca como pulsión

Ya no estoy aquí. Tampoco importa dónde estoy. Hace tiempo que me fui y al volver, nada está ahí. El recuerdo alimenta una memoria que me miente. Y de pronto se contruye otro capítulo familiar de un tránsito que une Barcelona, Girona, Madrid, Ciutadella y Mao.

Lo mio no está atado a estas ciudades en particular, o sí, y quizás no tenga la perspectiva anterior para saber que desde este horizonte deberíamos abrir una última pugna individual. ¿Quiénes? ¿Dices «deberíamos»? Quizás deberías. ; no yo. No soy capaz de alinear ni siquiera esas personas que represento en el ahora. No se quién soy. Me perdí en una apuesta en la que no se sabe bien cuál fue la disputa, ni lo que me jugaba, ni contra quién. No hay nadie siguiendo la disputa, y en cambio, la maldición se mantiene, por un mandato burocrático que eleva mi situación a la excepción necesaria para que el mundo resista una última vuelta. Despúes ya veremos.

La víctima que llevo dentro no tiene capacidad de superar ningún otro dilema. Una crítica me destruiría. Ya no tengo cabida en ningún círculo esencial. Ni pretexto. Fui yo. Lo admito. Necesito ser culpable en algún juicio que me admita a trámite. Y fracasar de verdad, porque en esta situación impostada en la que mi desgracia no sabe a nada, ya no se permite deambular los espíritus al aire libre, por temor al contagio.

No obstante, estoy dispuesto a un último duelo. Por ver si eso cambia algo. Y asumiré el fracaso que salga de esta construcción imposible. Como si el fracaso sea la solución a mi «calvario». Ya no hay otro camino, mas que la cruz.

Políticamente correcto

Hoy en día todo debe medirse. La censura ya no tiene tan sólo una magnitud corporativa, sino que también la sociedad en la que nos sumergimos todos, sin saber muy bien cuándo, nos ha obligado a silenciar nuestra expresión más auténtica ante el miedo de ser excluidos y cancelados de la vida en general. Estar en desacuerdo con las convenciones sociales hoy en día nos lleva a posturas en las que más nos vale caer en gracia de quiénes tienen el don de la verdad absoluta.

Ante tal situación, nos obligamos a establecer unas normas de conducta que parecen ser más seguras y más normales. No debemos levantar de manera innecesaria la voz, no vaya ser que nuestra opinión llegue a oidos de alguien que se tome nuestro impulso como un gesto discriminatorio y de odio. El hecho en sí nos puede costar la vida. La vida en sociedad. O visto desde la otra perspecitva: el ostracismo. Anular nuestra expresión vagando sin que a nadie le importe por el desierto del destierro.

Ya desde hace tiempo pensaba que un día toparía con pared. Mi manera de expresarme me convertiría en víctima de mis propias palabras. Algún día me arrepentiría de todo lo que dije, porque ya no habría más que ocultar, y si bien algo quedaría entonces en pie, no sería yo, sino la construcción de otra persona que se me impuso, quizás en el sentido inverso de la imposición de lo políticamente correcto. Ese ser políticamente incorrecto que se forma fuera del sistema para reestablecer los límites de quién dice ser, una vez que se ha librado de la espada de damocles que se postró como amenaza continua ante el más mínimo descuido.

Disentir, gustar, repeler. Hater. Esclavo. Thought police. Ya no sabemos si Orwell nos mandó directamente al sitio en el que nosotros mismos perfeccionaríamos la persecusión de lo bueno y lo malo, sin apenas discutir, por el hecho de salir del rebaño, y arriesgarse a afirmar sin tapujos nuestra disidencia. No es un buen momento para los revolucionarios. O quizás, por el contrario, sea este el momento. Lo que debemos es admitir que nuestras palabras tendrán siempre el apoyo de quiénes comparten, en este caso en concreto, nuestra postura, misma que a su vez indigna, hasta niveles insospechados, a ciertas personas que se lo han tomado como la expresión exacta de la medida opuesta de lo que ellos representan. No hay manera de evitar que la masa deje de asumir su postura políticamente correcta a partir de los nuevos tiempos de nuestra era, pero quizás, deberíamos plantear la obligatoriedad de asumir las posturas opuestas a aquellas que han forjado nuestra identidad intelectual respecto a un determinado número de temas. ¿Cuántos temas? Pongamos, por no quedarnos cortos, 99.

99 temas escenciales que determinan la manera en la que debemos pensar. Y antipensar. 99 posturas problemáticas que deberán encontrar una colisión segura en las antípodas de lo que dos polos opuestos están dispuestos respaldar. Las trincheras están ahí y los postulados, de uno y otro lado, consisten en el juego al que vamos a dirigir nuestra atención, durante los próximos 99 días.

Se trata de un ejerecicio de recapitulación del sistema complejo social al que estamos intentando dar una nueva forma. Vamos a asumir nuestra insignificacia como seres humanos, dentro del marco de una colmena que cambia de reina, y se propone construir una sociedad, que pese a sus disparidades físicas, logísticas, intelectuales, funcionales, conseguimos trazar un futuro para la supervivencia de nuestra especie. Quizás nos pasamos muy rápidamente por le filtro de que debemos competir entre nosotros mismos para que aquellos que prueben su darwinismo social con el éxito. Vidas perfectas sin distorció aparente. Los casos de éxito. Como si eso fuera a representar algo más que la aspiración de los demás: en anhelo de un ideal inalcanzable. Lo cierto es que ese darwinismo no nos explica la colmena del mundo de las abejas. La cooperación de los humanos en un contexto social global tendría que valorarse como una opción a la que al menos ahora, podemos poner sobre la mesa. Quizás este sea tan sólo uno de los temas quedebamos discutir. Y así, con todo.

¿Quién decide los temas? Pues quién más… yo. Por eso este juego tiene esta denominación de origen. Haberlo pensado vosotros mismos. Ahora, esto tiene que ver con la manera en la que vamos a descifrar aquello que somos, respecto a nosotros mismos, respecto a nuestro cuerpo, respecto a nuestra familia, respecto a nuestro planeta, respecto a nuestro prójimo, respecto al pasado, respecto al futuro. Repecto al presente. Ahora.

Demos pues comienzo a esta comedia humana.

Bienvenidos al día del inicio de la emergencia.

El tiempo se congela

El sol abrasa. Mientras tanto el camino sigue su curso. Como el reloj. Imparable. La parálisis mental que me sobrecoge es la misma de siempre, tan sólo se vive de manera compartida con un vacio comunitario nunca antes percibido. Al menos no así. De esta manera. La noción de abrir. O de cerrar. O quizás del limbo. Y mientras tanto, el anhelo de la esperanza. Como si esta fuera a presentarse frente a nosotros como un milagro de un testamento más antiguo. Quizás venido de fuera. Del cielo. Como si lo que nos plantea nuestra humanidad fuera otra cosa, o más humanidad. Como dos tasas, más que una, así sea grande.

Estamos en las mismas. Queremos pertenecer a los mismos grupos. Somos la misma familia que tenía el sesgo vital que le transfiere el estatus, o bien, la última actualización de la revisión familiar con la que estamos dispuestos a evadir nuestra herencia. O quizás todo lo contrario. Porque nunca estuvimos seguros. Ni entendimos nada. Pese a todo, lo intentamos. Ahí, y sólo ahí, pecamos de optimismo. Otra vez. Alguien nos lo tendría que haber prohibido. Bendita prohibición, ¿por qué nunca llegaste?

Puede que todo sea mentira. Que no estemos aquí. Que ya hayamos marchado. Siempre queda un registro que nos persigue. Una trampa que hay que cubrir con hojas para camuflar la sorpresa del hueco que se esconde en el fondo. Caeremos, quizás, en esa misma trampa que tendimos. O quizás, nuestra presa, entienda todas las señales que le preparé en su camino. Y nos fundimos por fin en el júbilo de lo esperado.

No se de qué hablo, ni tan siquiera lo que pienso. Me perdí en una esquina de un callejón en el que entendí quién fui, justo en el instante en el que me colé por las alcantarillas de un submundo en el que se desvaneció todo lo que hasta entonces había sostenido mi pesar. No paré de fluir por los oscuros túneles de un drenaje que me llevó al final al mar. Ahí, en otra inmensidad, respiré, y me dormí.

La deuda de una espada de Damocles

Quien quiera ser rey que aguante con la espada sobre su cabeza. Quizás Juan Carlos ya no podía soportar la presión. Creemos que el rey actual sabrá sortear la súbita caída del afilado metal. No se nace sin especial carisma para reinar cuando se lleva sangre azul en las venas. De hecho, la mitad de las venas son azules. O al menos así parecen en las ilustraciones que vemos en nuestras icónicas imágenes del último programa escolar. Y algunas cosas nos resultan muy nuevas. Otras muy viejas. Algunas obsoletas.

El próximo curso no sabremos cómo acabará. De hecho, de saber, no sabemos ni cómo va empezar. Las escuelas tienen autonomía de catedra. Ellos dan el modelo educativo que mejor les viene en gana. Y se asociacian según sus redes de apoyos. Y se ven explicandose frente a un grupo de jóvenes padres de familia, que apuestan por ellos, mientras desde otros ámbitos, hacen ver que siguen adelante con el mundo que un día conocimos.

Lo cierto es que el mundo cambió para siempre. El virus nos lo ha dejado claro. Paramos. Nos bajamos todos del tren. Y ahora estamos repensando qué hacer. ¿Cómo hacerlo? No hubo cupo aquí en donde nosotros nos planteamos esta disrupción social tan potente. No supimos culminar la evolución del sistema. No supimos expresar el sentido de nuestro fin. No supimos coordinar la sinfonía de una sociedad que esperaba ser la armonía que un día sentimos cuando nos vimos reflejados en la suave brisa que baila con las flores de un monte sagrado.

Nos perdimos una vez. Volvimos a salir. Y otra vez nos extraviamos. No dejamos de buscar. Y nunca encontramos lo que pensábamos que desvelaríamos. Pero algo siempre quedó de cada búsqueda. Y nos fuimos acercando a un estado de consciencia colectiva. Y esto fue lo que nos dio alas. Y nos fundimos en un suspiro. Poco antes de volver a abrazarnos, de una manera parecida a como lo hacíamos antes, pero esta vez con ligeros matices que nos ayudaron a acotar los límites de nuestra insignificacia.

Yo vuelvo a asomarme a un precipicio. Y no pienso dejar que la espada me corte el pescuezo. Antes haré dar vueltas a los molinos. Me seguirán con la música de mi flauta, o quizás con tres trompetas que me acompañan en el performance. Ya no quedan más muertos que convocar. Somos los que estamos y los que fuimos. Los que recordamos con el ímpetu de trascender ante la situación que nos envuelve. No queda más que volver a subir la montaña con la piedra a nuestra cuesta. Imprimirla. Llevarla encima. Cruzarme con Sísifo otra vez. Replantear el mito. Absorber el rito.

Nunca tuve paciencia para la poesía. Ni prosa para la novela. Lo que yo escribo tiene un ritmo propio que se entremezcla entre los caminos neuronales de mis pérdidas fragmentadas en dosis voluntaria de perdición. La tangente sólo es una intersección más por la cuál acudir a este encuentro, a partir del cuál, todo puede continuar tal cual previsto, o bien, permitirs el deber de asumir la ortogonalidad de la otredad.

Un día fui otra cosa. No me culpo. Ni de disculpo. No llevo cargas en mi cruz. La dejé tirada en el ágora en el que una vez más preguntaron si debía ser yo el que preciera por decir lo que pensaba. La masa embrutecida tenía ganas de colgarme, pero ese día, por alguna condición divina de las estrellas, se iluminó el camino alternativo propuesto por el único anunaki presente entre la multitud. De pronto todo giró. Copérnico quedó puqueño para la transformación que en ese momento levantó el último velo de nuestra sociedad de las caretas.