NEW system, NEW estate, NEW normality, NEW capital

Se abre paso durante la pandemia un pensamiento de ilusión en el futuro reconquistado. Se abre una puerta nueva que nos lleva al paraiso. Por fin hemos llegado a la Arcadia. Le Bon Savage. Otor mundo. El mundo NEW.

No se por qué todavía no había leído a Cortazar. Estoy leyendo Rayuela, de aquella manera particular. Y también, al mismo tiempo, estoy leyendo 1984 de Orwell. Y por primera vez me atrevo a incarle el diente a Thomas Pynchon. La lectura que uno necesita para crear lo que las lecturas provocan. Más letras. Más discursos. Más poesías. Otras narrativas.

Me encuentro en el capítulo 71 de Rayuela en el que Cortazar, o el narrador, no lo se, quizá Morelli, se pregunta desde su sitio en el mundo, en París, con su argentinidad que se arrastra a otra centralidad, para desde ahí reconocerse, y poner lo más alto de su pensamiento en ese aliento de creación que nace al escribir. De pronto, yo, lector, conecto con la búsqueda personal atemporal con la que llevo años lidiando, como una quimera que se empeña en aniquilarme, por su obsesión maldita por crear un mundo nuevo.

Ya lo cree alguna vez. Al menos sus fronteras. Su esqueleto. Es ese mundo NEW. NEW como bandera de algo nuevo, que se suma a lo que antes era, y que de pronto nos damos cuenta, de poder asumir esta nueva concepción de las cosas. Con un simple gesto de sumisión nominal: otro nombre. La concatenación de NEW con lo anterior.

Podría pensarse que es una especie de Newspeak. Y eso no es del todo bueno ni malo. Cuando leemos 1984 corremos el riesgo de pretender entender lo contrario a lo que el autor hacía referencia en su distopia. Igual pretendemos ser parte del problema, y no de la solución. El lado oscuro se apodera de nosotros y entendemos todo al revés. No nos olvidemos que hay personas que lo entienden así. Sin tapujos. Los fascistas que no se avergüenzan de su postura, porque creen, a ciencia cierta, que esa es su Arcadia deseada. Y nadie los saca de su error. Adoran las armas, y mantienen el control. Se juntan entre ellos. Al sonoro rugir del cañón.

Más de una épica nacional está diseñada en el ideal de cortar las cabezas del adversario. El planteamiento histórico de España como conquistadora de un nuevo mundo, que acercó a la modernidad a uno que ya estaba ahí, y que vio truncada su progresión. Esa cultura quedó sepultada bajo la arquitectura de los nuevos dioses. Y los antiguos, estóicos, se quedaron en el submundo asumiendo los mismos roles que ya existían en esos planos existenciales en esas tierras sagradas. Y se mutó el mito. Se utilizó el arte para asimilar la creencia de un mismo Dios que ahora tenía otra historia que narrar. Pero que se hermanaba con el pasado. Con la montaña sagrada. Ese mismo cuento alrevés es el que propongo ahora asumir de vuelta a otro sitio que no sea este. Por movernos de esta postura particular en el espacio. Este status quo cansado y enfermo, que se va poco a poco por el vacio existencial de quién en nombre de todos se asume como la única verdad: el único camino.

Todo tiene riesgo. También lo tiene no hacer nada. Seguir navegando por la vida como si esta fuera a llevarnos a buen puerto, fuere este el que fuere. Y quizás sería suficiente. Lo fue para Colón y su tripulación. No importa que España, su corona, o sus coronas, hayan apostado por un ideal estratégico inexistente. Su osadía, en aquél momento, fue creerle a un loco con la convicción de que podría llegar a una puerta nueva. La búsqueda de esta puerta nueva es el camino, aunque no sepamos lo que hay detrás. Cómo se actúa tras abrir la puerta, ya es harina de otro costal. Mientras tanto, alerta.

La puerta NEW.

«Hay quizá una salida, pero esa salida debería ser una entrada. Hay quizá un reino milenario, pero no es escapando de una carga enemiga que se toma por asalto una fortaleza. Hasta ahora este siglo se escapa de montones de cosas, busca las puertas y a veces las desfonda. Lo que ocurre después no se sabe, algunos habrán alcanzado a ver y han perecido, borrados instantáneamente por el gran olvido negro, otros se han conformado con el escape chico, la casita en las afueras, la especialización literaria o científica, el turismo. Se planifican los escapes, se los tecnologiza, se los arma con el Modulor o con la Regla de Nylon. Hay imbéciles que siguen creyendo que la borrachera puede ser un método, o la mescalina o la homosexualidad, cualquier cosa magnífica o inane en sí pero estúpidamente exaltada a sistema, a llave de reino. Puede ser que haya otro mundo dentro de éste, pero no lo encontraremos recortando su silueta en el tumulto fabuloso de los días y las vidas, no lo encontraremos ni en la atrofia ni en la hipertrofia. Ese mundo no existe, hay que crearlo como el fénix.»

Julio Cortazar, Rayuela.

I died again just now

I swear I did. It happened again. It’s true.

I’ve save the final deed. Cause I woke up just in time.

But I has heading there.

I felt the cold hand from her.

Again in my chest and in my throat.

It’s another day I gain.

I don’t know why.

I’ve been given time.

And I’m so prone to waste.

I’ve just been going round.

Like if it’s not up to me.

To be a thing to care.

I’ve been wondering about a new post.

Maybe I’m given another chance.

A chance to help.

A chance to make a change.

A chance to be on a team.

A chance to score a goal.

A chance to be there.

A chance to make a stand.

A chance to dig my feet on sand.

A chance to dream big.

A chance to sleep.

A chance to die again.

Like I’ve just did.

I’ve just died again.

I trust you know I care.

I’ve been here long.

I’ve taken care of things.

Or really not, but hey.

I’ve got a chance today.

If I wake up again.

From this tilted scafold.

I’ve got just one more thing.

Did I say I had dream?

I’ve just scaped from death again.

I think I have some skills.

Please, note, I’ve been free.

I couldn’t charge your a fee.

But yet, again, I must survive.

Cause I’ve just cheated death.

And she ain’t too happy with me.

As I am sure she’s anxious.

To have that bite she’s been taking.

And one day she will.

But not today she wont.

Cause I’v just scaped her rod.

Still my heart is burning.

Still the beat keeps flowing.

As I’ve just fool her poorly.

Cause nothing scapes her claw.

She’s so delicate and refined.

As well as understanding with my pace.

I’ve just wasted little time.

Wondering if I am worth another life.

Doing something out of wonder.

Like writing freely in the dark.

Or yonder out there in the sky.

In which of those stars to land.

A final stand from where to see.

If you are still looking up.

Asking yourself why we are here.

If it’s not yet this the answer.

Then go and search a little more.

As the night is young before four.

But it is not ethernal.

Not tonight at least.

So keep your spirit on for this adventure.

As you’ve got the night ahead to conquer.

It is only those who wonder.

That get to suck the marrow of this bone.

Once you’ve tasted life out at the edge.

When everyone else still sleep.

You may pick up the pace one bit.

As this night is just for lovers.

Those who love in every awe.

A sigh of relief and hope.

A look into those eyes.

I sip of joy and trust.

A bust into the dancefloor.

A gentle pull around your waist.

A feeling good inside yourself.

A lockdown inside this moment.

That seems to never end again.

At least tonight we didn’t die.

Let’s give ourselves a chance.

Let’s make of this instant life.

As there’s nothing else I rather do.

Than being here.

Closer to you.

I’ve just cheathed death.

To spent this last breath with you.

I close my eyes.

You are gently here.

Within my grasp.

I’ve come to peace.

As here I am.

Out of myself.

In this.

Bliss.

Todo cambio de pronto: ¿os acordáis?

Todos estamos en este mismo proceso.

Nadie entiende entiende nada.

Todo se tergiversó.

Se traspapeló el orden.

¿Os acordáis?

Albert Pla muestra el camino.

Todo se volteó.

Todos cambiamos de sitio.

Reorganizamos el punto de vista.

De pronto ya no éramos el ombligo.

La perspectiva de lo que somos.

Nos trasladamos por virtud.

En Perú… eso no lo sabes ni tú.

El Everest en Jerusalem.

¿A dónde vamos?

¿De dónde venimos?

Parecía que teníamos claro eso.

Pero no a dónde vamos.

Alguno vimos cambiar el mundo.

Y nos reimos.

Y luego el pesimismo.

Nos juntamos para hablar.

La vanidad.

Los humanos pensaban que nos pondríamos de acuerdo.

Que dominaríamos el mundo.

Luchar juntos por dominar el mundo.

Un completo fracaso.

El mundo que era nuestro: dueños.

Seguía girando sin nuestro permiso.

Los sesos tuzodos concienzudos.

Socorro.

Un pajarinto piando.

Los líderes del mundo perdieron el mundo.

Los falsos profestas desmascarados.

No somos nada.

No. No somos nada.

Nada sale como uno desea.

Todo se puede volver en tu contra sin darte cuenta.

Nuestra querida tierra nos guardaba otra sorpresa.

La gente cambió de forma.

Ya no éramos cómo éramos.

Pito entre las cejas.

Una mano aquí, y otra en Timbuctú.

¿Qué harías tú?

Gran galimatías.

Algunos pidieron perdón a la Tierra.

Otros la culparon.

Vaya mierda de planeta.

La tierra está enferma.

Planeta con sus propios problemas.

Cómo estaba el planeta: majareta.

Cuidado que esto se acaba.

Se acaba.

9 minutos para una historia completa

Tengo que crear algo. Es un imposición que me impongo. Porque creo que aleatoriamente podemos encontrar los caminos que necesitamos transitar. Entonces no hace falta nada más. Simplemente lo que nos topamos se convierte en lo que somos. Y lo que somos es lo mismo que lo que escribimos. O lo que pensamos. Y a veces pensamos y no escribimos, podría decir cualquier persona malpensante. Es verdad. Así es. Y en ese instante estamos siendo, pasajeramente, desapercibidos. Por nosotros mismos. A no ser que consigamos blindar esa memoria para siempre. Quizás explicando ese pensamiento en el formato de una historia. Contando un cuento. Todos tenemos cuentos que contar. Quizás esa es mi máxima perversión: no contarlos. Quizás debería poder escribir más cosas convencionales. Cosas que se entiendan. Cosas que vayan a alguna parte. Y entonces tendría en mis manos todos los cuentos que me han cruzado por la cabeza. Que no son pocos. Y mi vida tampoco es tan interesante. Pero en cambio, voy tomando de cada cosa lo que puedo para luego escribirla, por un mal hábito, o vicio, que tengo. Escribir como manera vivir. Escribir porque sí. Por lo que dicen que ayuda a centrar las ideas. La cabeza. Para escapar de ellas. Para no volverme loco por completo. Quizás para hacerlo. Quizás por asumir las contradicciones que dictan mi pesar. Y por eso, para ser infeliz, procuro la felicidad que gozo ante un teclado. No de aquellos duros Olivetti. Puach. Escupitajo en verso. Mentira. Todo es mentira. Y ficción. Y un cuento. Pero no amo la escritura. Ella me posee. Y no tengo salida. Ni perdón. Quizás esa es mi cruz. Jesús, escucha: ¿tú qué sabes de escribir?

Jesús medita el mensaje que recién le llega.
Al menos sabe leer.
Escribir, dice.
Hum...
Eso es para los mortales.
No se dan cuenta que no yo soy del todo mortal.
Yo no soy del todo humano.
Al ser algo más que humano, hermanos, no soy como ustedes.
Hermanas, no hablo con vosotras.
Vosotras estáis exentas.
No: esto no saldrá en el examen.
De haber dado clase lo hubiera petado.
Cada sermón fue una lección.
Cada parábola una liturgia.
¿Por qué escribir cuando oralmente puedo explicar el cuento?
De haber escrito se habría manipulado en sentido por construir.
No todo lo que dije quedó grabado.
Ni todos los que me escribieron captaron el sentido.
Pero lo que quedó se mantuvo por los siglos de los siglos.
Gracias a los que escribieron.
Yo podría haber escrito.
Pero opté por no hacerlo.
Escribir, en esas circunstancias, habría maniatado mi performance.
El directo llega más a según qué audiencias.
Mi verso era pobre, y por eso di paso a Mohammed.
Él sabría entender el lazo y la poesía.
Y Dios Padre así lo quiso.
Por eso me abandonó.
Yo no entendí.
Al tercer día se lo dije.
No lo entenderías —me dijo.
Y nunca lo entendí.
Hasta el día de hoy.
Que escribo por primer vez.

Una cosa: ¿puedes parar de hablar?

No me gusta cuando hablas mucho tiempo sobre una misma cosa.

Mi hija de ocho años me acaba de pedir esto. Y paré. Yo entiendo que a veces, cuando un tema en particular me interesa, y tengo algo que decir, lo digo. Y puede ser que encadene en el transcurso de una idea, múltiples ideas más, que se van amontonando para tener voz en una sala de espera que se empieza a saturar. El mensaje va saliendo más o menos ordenado. Al menos sólo hay una voz. No como en nuestra mente. Quizás en nuestra mente también hay un sólo hilo de pensamiento. Pero va rápido. Y puede concatenar ideas que vienen de diferentes puntos de nuestra mente. Pero podemos adiestrar para que en ese vagón de pensamiento tengamos varias cosas en espera para salir. En ese vagón previo al del locutor del discurso mental que tiene en estos momentos el micrófono.

Ese vagón es un hervidero de buenas ideas que están debatiendo abiertamente sobre lo que dice la idea que está en el micrófono. Ellas creen que son mejores y más trascendentales que la que está ahora en el show, con todos los reflectores. A fin de cuentas, quieren dar con el clavo. Entre ellas se debate abiertamente quién de ellas va a tomar la palabra cuando acabe el pensamiento completo de la idea vocalizada en ese momento.

La idea termina.

Hay dos escenarios. La otra persona habla. Entonces se queda libre el micrófono. Y todas escuchan. Aunque siguen balbucenado su argumento unidimensional. Es posible que en el vagón de las ideas en espera se puedan juntar dos ideas afines que se convierten en un argumento más completo. Y en un momento dado se pueden ordenar ellas mismas para plasmar un pensamiento complejo que ya tiene un orden narrativo coherente. Y se ponen en fila. Esa fila toma el control sobre el caos que hasta ahora aparecía reinar en el vagón previo al habla. Y entonces tenemos una línea temporal de ideas que saldrá a hacer el mejor discurso que tenemos disponible para este tema que nos ha traido aquí. Esa espera finalmente termina cuando podemos salir a expresar nuestro show. Las ideas autorganizadas dan su recital y se pasa a otro nivel de comunicación.

Mientras tanto el vagón no pierde ese ambinte de bulliocioso bar en el que las intelectuales ideas se abrasan las unas a las otras con el ímpetu de los borrachos sincerados por la desinhibición elocuente de los insolentes. Ese espíritu en el que los debates se dan sin mesura ni insultos, tan sólo el goce de ideas dispares que se tercian en un mano a mano que tiene como expectadores al resto de las ideas. Y a un ser superior que de alguna manera está presente en el debate, y que tercia por algunas de ellas, y se posiciona, pero deja que el flujo libre de la palabra se celebre como quién accede a que su omnipresencia sea puesta en duda para dejar que las ideas libres tomen sus propias decisiones ante el momento presente.

Le habría podido contar esta historia a mi hija pero no habría venido a cuento. Ella me pidió antes que no le dijera durante esta semana una palabra que no le gusta, que le hace sentir mal, y que considera un insulto. Chingá. Me explicó que a ella le suena a chincheta, y que cuando la escucha le parece que le estoy diciendo que es una chincheta. Cuando me lo contó se me desmoronó el corazón. Y al mismo tiempo, mi cerebro detectó un impulso que me hizo sonreir, de esa manera en la que ocultamos que lo estamos haciendo, para que la persona que nos está contando su desgarradora historia, no vea que hemos dibujado una sonrisa en medio del drama. Nada menos oportuno.

Pero en cambio me dio paso a explicarle lo que significa esa palabra en el contexto en el que la estaba utilizando. Después de pedirle varias veces que se metiera a bañar para que podamos salir a tiempo para ir a comer a casa de su avia, sin éxito, le espeté un «órale, chingá», que en mexicano quiere decir: vamos, va…ya estuvo bueno de tantas pamplinas, ponte las pilas en este mismo instante que ya no hay más margen de ir por las buenas.

Le dije que en inglés sería como decirle: common, hurry up. Pero en todo caso, ella se siente ofendida al escucharme decir esas palabras. Y le duele.

Al explicarle el contexto y el origen mexicano del mismo, me dijo: pero no estamos en México: estamos en Barcelona. Yo no quiero que me cambies. Yo quiero ser de aquí. Y aquí no se dice. Así que quiero que no lo uses.

Entramos en un debate en el que quizás ella me estaba intentando cambiar a mí para que fuera más como la gente de aquí. También me dijo que no quería que le forzara a cambiar. Le parecía que al explicarle el contexto del lenguaje con los parámetros de otros territorios y culturas, ella podría acabar perdiendo lo que realmente significa ser de aquí. Y eso le daba miedo. Me dijo que no quería ser diferente a su prima. Que si yo le forzaba a entender todas estas cosas de otras culturas, que un día ella sería diferente de su prima y que eso no lo soportaría. Le expliqué que el cambio no se lo estaba imponiendo yo, de ninguna manera. Simplemente le estaba explicando otros contextos de mi manera espontánea de hablar, sobre todo para que entendiera que su padre no le estaba intentando llamar chincheta, y mucho menos, ofenderla con una grocería como la que podría parecerle a cualquier otra persona que nos escuchara, una persona que únicamente hablara en «cristiano» y que no fuera capaz de discenir los matices de otras relaciones verbales del nuevo mundo. Pero le advertí: los cambios son innevitables. Cambiarás muchas veces de ahora en adelante, y eso no es malo. Debes aprender de cada cambio y también debes tener la sensibilidad para eschuchar a personas que vienen de otras culturas y de otras contextos distintos al tuyo, ya que a partir de lo que ellos te puedan explicar, y lo que tú les puedas replicar, seguramente aprenderás que unos y otros te pueden influenciar a cambiar. Y eso no es malo. Cambiar de opinión es pertinente, si te llegan a convecer de que un sistema de pensamiento establecido se basaba en fundamentos erroneos o falaces. Y también, es posible que alguien con una idea contraria a la tuya, pueda expresarla junto con sus argumentos, y que aún así, una vez expuestos tus puntos de vista, no consigan cambiar sus posturas. Esto también pasará. Y no pasa nada. Saltas de tema. O quizás, según la dimensión del debate, puedes despedirte y marchar.

Debatir y discrepar es parte de nuestro proceso humano para plantear los temas comunes. Cada individuo es parte de un contexto de estructuras y de ideas marcadas por su entorno, su comunidad, su familia y sus relaciones. Y también por lo que ha podido aprender, lo que ha conseguido leer, y lo que ha podido ordenar dentro de su esquema mental, social y personal. Cada quien tiene su punto de vista único e irrepetible. Y somos parte de una escena social que dan vida a una humanidad alerta, de pronto, a un porvenir común. La pandemia nos ha llevado a compartir un mismo vagón previo al discurso de la nueva normalidad. Y aquí estamos, encerrados, hablando del tema con nuestra mochila en las espaldas, defendiendo la posibilidad de poder mejorar el sistema colectivo social que podemos permitirnos, como hermanos, y obvio, hermanas, para dar paso a un cambio de tercio, que erradique por siempre la violencia, la ceguera emocional y la intolerancia al otro.

Algo bueno saldrá de todo esto. No me cabe la menor duda. Pero hay que saber que tenemos que renunciar a algunos aspectos que nos parecen pilares de nuestra cultura. En mi caso, por el momento, deberé aceptar que mi hija me quiere cambiar, y no le volveré a entonar ese: chingá.

¡ÍNGUE!

En medio de la pandemia

La sensación global se armoniza en torno a un evento disruptivo que nos ha cambiado para siempre: la pandemia. No podemos escapar de ella por más que mucho insensatos sientan la necesidad de cuestionar la autoridad sanitaria por creerla parte de un bulo mastodóntico para instaurar la conspiración final. Evidentemente la conspiración final siempre atenta sobre nosotros. Sobre el que teme. Sobre uno mismo viéndose aplastado por los ministros del a conspiración. Y esto, así en abstracto, aplica para cualquier estructura de poder que en estos momentos esté en funcionamiento. Por lo tanto, es un arma que desde la masa manipulable y sensible, algunos incautos encuentran fácilmente utilizable para establecer la agenda del apocalipsis.

No es algo nuevo. La paranoía siempre está presente, especialmente cuando algunos poderes que antes merodeaban por debajo de la estructura social como una especie de underground oscuro de los intereses estratégicos de los organismos de control de la seguridad de cada estado, y de las entidades globales. Es decir, la era de los espías de postguerra, entreguerras, o en tiempos de los zares, o revolucionarios, si prefieren, para tener las dos perspectivas, los dos polos opuestos, el poder arriba en manos de los de siempre, y el oscuro poder de los comunistas una vez llegaron al poder. La historia tal y como la conocemos hoy en día nos pone a los comunistas como los perdedores, justo a partir de la caída del muro de Berlín. El imperio contendiente colapsó. Y el capitalismo de occidente ganó la batalla global. Desde entonces, el contrapeso se difuminó. Pensamos que todos éramos felices y plenos. Que habían llegado los tiempos de las vacas gordas. Y no fue del todo así.

El capitalismo, o más bien, su principal impulsor y contendiente en la pirámide mundial, los Estados Unidos, marcó la pauta de los años en los que el capitalismo nos llegó a todos en todas las esquinas del planeta. De pronto todos vimos en su entretenimiento, en sus productos, en su estilo de vida, el nuestro. Todos quisimos tener un sueño americano. Y de alguna manera, algo globalizó nuestra consciencia. No es del todo malo. Algo común tenemos como humanidad, pero en el paquete en el que se nos vendió este progreso, nos encontramos rápidamente consumidores de un producto mundial: el marketing. Y debajo, un sistema económico que nos prometió que tras la apertura de todos los mercados la mano invisible lo pondría todo en su lugar. Y aquí estamos. Con todo en el lugar que le dio la gana a nuestro sistema.

Han pasado cosas en medio de todo esto. Cosas grandes. Como las torres gemelas; o su ausencia. Todos recordamos ese momento y también al comander in chief. Y también los análisis de inteligencia que un Colin Powell presentó en un power point en el que se nos enseñaba las pruebas. Actos de fe que creyeron como amenzas reales los presidentes de tres países más. Y entonces cuatro países fueron a la guerra contra el terror. Épico. Y se hicieron una foto. A uno de ellos no le gustó el lugar que tendría en la foto, así que le pidió al único país, de los cuatro, al que podía menospreciar, que se hiciera a un lado. Es el momento de los señores, muchacho. Y el muchacho se corrió. Y la foto nos dejó el nuevo talante de un mundo que se precipitaba hacia un abismo al que todavía hoy no le hemos encontrado el fondo.

Símbolos. Imágenes. Todo había cambiado. Desde la caída del muro, las imágenes nos llegaron en directo. Pero las torres fueron más dramáticas. Y lo vimos todos. El mundo había cambiado para siempre. El shock nos fue inoculado con ese imagen para siempre. Nunca más lo olvidaríamos. Algo primario permitió que el mundo entero dejara a estos cuatro hombres liderar, pese a las protestas de muchos de sus ciudadanos, a ir a una guerra fuera de lo establecido a partir del acuerdo colectivo que nos propusimos en el marco de las Naciones Unidas. Algo había saltado. Las reglas. El acuerdo. El sistema. Un mal menor/mayor.

La cultura de la guerra se impuso sobre lo demás. Sobre todo. Todoso debimos observar como los señores de la guerra, esta vez por su cuenta, se alineaban en torno a un enemigo común, algo difuso, y sobre todo reemplazable, de tal manera que fuimos testigos de su evolución, sus resultados y sus incongruencias. Pese a todo, seguimos bajo ese sistema que nos avisa ahora de más y mayores riesgos. Riesgos a combatir con el ejercito, inclusive si lo que tenemos es una crisis de salud pública. Porque siempre hay personas a las que contener. Y el ejercito, o la militarización de la policia, está ahí para utilizar los recursos que les hemos dado para garantizar la hegemonía de la violencia. O de las armas. O del control. O del pánico. O todas juntas. En ese ente al servicio del poder. Y el dinero que genera. Ese revulsivo económico que inyecta optimismo en los mercados. Una vez entra por los conductos de reciclaje de sus aires de progreso.

Corporate finance. El mundo del dinero sabe que todo es momentaneo. Y que las cosas cambian de repente. Y si el mundo se para y toma otra dirección, habrá que estar atentos. Y mientras tanto los que tienen las armas ¿qué haran?. Sacarlas. Usarlas. Luchar por su superviviencia. Y entonces tendremos guerra. Guerra a guerra. El círculo virtuoso del cinismo armamentístico en el que vivimos.

Brotherhoods of fighters. Ellos se saben en control de los ejercitos. Al comando de los de arriba. A quienes les susurran posiciones. El hombre del dinero y el hombre militar tienen un mismo código: ganar más. Y seguir. A toda costa. Y todo crisis es oportunidad. Y porvenir. Dios está con nosotros. Y con tu espíritu.

Sin duda los cuatro de la foto (¿o eran tres?) se sabían en la cima del mundo. Independientemente de la ONU. Que les den a los demás. Vamos a salvar el puto mundo, oigan. ¿Qué no lo ven? Cowboys. Boys be boys.

Corbatas azules sí; roja no.

Los tres de la foto dejaron al anfitrión fuera de la fiesta. Así son de chulos. O quizás fueron sus medios. Independientes. En sus países creyeron innecesario sumar a dueño de la pelota. Porque tres queda mejor que cuatro. O por lo que sea. Algo en ese gesto de exclusión quedó reconocido en el ímpetu del macho bravo que se come el mundo con su aliento a cigarro y alcohol. No hemos venido a hacer amigos, amigo—le dijo el único con bigote al anfitrión de la isla. La historia necesita tan solo tres. Ya se sabe. Como estos héroes que lucharon por «nuestra» libertad—el hombre del bigote dudó entonces, al no estar seguro que fuera del todo cierta su constantación.

Ellos se vieron así:

En el centro, el americano, a un lado el caballero inglés (estos días recordado por sus proclamas esclavistas) y del otro lado, el del bigote. Los tres tenores de la foto moderna tenían su alegoría del pasado.

Golman Elizondo Pacheco

GOLman es un sitio sagrado más allá del mundo que conocemos hoy día.

Nunca aprendimos muy bien la lección de todas las civilizaciones prehispánicas que dan origen a lo que somos más allá de lo que nos han venido a decir en los libros de historia. Una cosa nos quedó clara a todos: el nombre de la tierra que dió nombre a los olmecas: Olman.

Por ello, mi nacimiento como mito del futbolarte dentro de este nuevo sistema va más allá de una creencia, de una lección, de un culto, o de un performance. Se trata de un rito. Recuperamos pues lo primigenio que nuestros antepasados intuyeron con su vida. Más allá de lo que el desarrollo de nuestros compañeros de las antípodas vinieron a aportar a lo que hoy somos, en sintonía multiversal.

Repetimos todos: ALLS.

My first story

I’ve written many stories over the years. But I have been keeping them from you. I’ve been hiding behind my mind, just to come up with an excuse not to show up. I’m back here, and I see the world passing by. I feel alone, and somehow, safe. But alert: I also feel quite the opposite. A fraud. A misguided soul. A hasbeen who’s neverbeen. I’ve been just out here selling a sad story for myself that nobody believes. Not even me. That’s why I’m doomed. My worthless effort to confront my fears lay me down gently into the realms of nothing. I’ve acomplished nothing, yet I feel I deserve to have a place. Somewhere. Somehow. I just can’t handle how this could turn out to be a good story. So I keep thinking. So I keep trying. So I keep writing.

Nonetheless, I figure out I have a way out. Just one shot. This one shot is the story that’s going to safe my life. And this one story is the only one that I could tell. The true story I’ve been trying to be honest to. Because nothing else is anymore. And thus I fail in everything else as well. As it soons becomes a fraud. My fraud. Just like I see it. Like a see the fraud around me. And how it evolves and hunts you down. How it’s going to boomerang behind my back once I feel the releif of having thrown that stone at the right deamon. Pum!

I’m knocked down. My life is fear. I can sense it in my spirit-lost. I used to have it. Now I don’t. I told you already. I am not here for help. I am not here for therapy. I’m just here struggling, like the rest. And my story has been seldom told. So why again? Why me? Oh, lord, send me a sign…

Despair. Don’t show it. They’ll know. You are not supposed to be like this. This is dangerous to the system. They will soon come after me. And they’ll take me down. Like any other outlier that sits in the path of the system-dwelling smocks. Dull-faced hero’s of our time. Or jailmasters, or slavetraders. Murderers working for killers. Explotaition of the human kind working within the networks of our current LIFE. The underground connections to the dark forces within. The mafia culture. The moral doublethink that allows guns and drugs to be both the devil and the glory. And yet, we find the excuse to let it all sit in the same sort of frame. Our circus. And we, the agora, exploit the fact that we are not the evil one(s). Or so we think. But some fingers point at your direction. It’s not me. Like that’s a proof of anything. It’s people like you who brought us here. It’s entirely my fault. Now I know. Forgive me. Fellas, I’m the last sin. And I take pride on it; one last time.

I’ve only got one story. I’ve told it a million times. Or that’s what I figure. That’s what I’ve told myself. I have no proof. Just texts, documents, drawings, schemes. Babling. Over and over, the same story I’ve always told. It’s just it I need. Just this one tale. At point I will release the pain. The struggle will finally come to the end. And we shall still believe what surreality stands for in a leap outside yourself. It’s just that quest I’ve lead. And somehow, it’s still my cross. A holy one indeed. I must carry it on. Alas, here we are at last: ALLS.

Newspeak, double think and the mutability of the past

The principles of INGSOC

Come to think: George Orwell was pointing out a future in which the current beast of absolute power, in power, would act like. As they’ve proven to long for no more than this one way to live without dissonance. The end of rebelion. The magnitude of enough tools to manipulate a gray life of survival.

It’s an authoritarian regime. War far away our little island, with our common enemies. Euroasians. Be that east or west. They are the others. And we are continuosly at war. So we live for war, speaking as if it was peace. I am not sure if that’s newspeak or double think. Or maybe, I am just mutating the past once again through the loophole of this one book set in the course of a futuristic society in 1984: the past.

One could say that the warning on 1984 is very clear. And that distopias are an effort to install in the mind of a reader what things could be like if we turn all controls into one big facist regime. But the thing is, in double think spirit, everyone may point into a facist and yell: you are the facist. The real facist too. So we are radicalized with the intention of finding nazis in every nemesis we hate. And man, oh man, plenty of nemesis out there. If there’s something nowadays is people you can consider your life antagonist at the edge of the cliff. So you quickly jump to the conclusion: elimitate. Before he/she eliminates you.

And it all depends on how much privilege you bear. The higher up, the more peculiar results we see of people afraid. The lutters, oh, they say. People are coming to get us. The barbarians have won. Europe always knew they were there. And somehow the fear is on us. It somehow has prevailed as the sort of fearful society that just can’t get enough. So he constantly fear the other. And there are plenty of others to fear. And if not, you will be guided to fear the correct ones. God forbid you pick your own nemesis. It just doesn’t work that way. You are not suppose to think on your own. Or read books. Just stick with oficial propaganda. Like-minded crowds. The «us» we hold dearest. The true civilized humans. The ones that deserve to rule the world. Again.

People in power. People searching to be that power. That’s the old game of politics. Or maybe the game is really the power shit. Money gets close to that influence. People who seek power are into money. And people who are into power and don’t have the means to move up the pyramyd with their own enterprises, choose politics. Some parties are there for people to be part of the political players that touch power. In representation of the rest. So we can all go about our life. With the same sort of critical attitude that we can hold from our couch, or through our digital platforms. Our social persona is now an activist posting shit online. Like this piece of crap you are reading. I thank you for thy patience. You are trully a good and loyal reader. I sherish you. And wonder if you want to read some… well, serve yourself. You’ve made my day. Maybe even my life. For the rest of my lives.

Multiple lives matter. But let’s focus on the black ones.

Current affairs are smelling like 1984. People don’t read books, on one side. And on the other, they just read one book. Or is it the other way around? In any case, I’ve just felt the need to go about my way into the wrong way to read the play. And end up in the loosing end of this senseless battle. I’d be in this sort of situation. We can be persecuted up to a point in which we piss off the wrong dude. There’s two ways you do that. You piss of a boss of a mafia-like structure, be it one of the good guys, or one of the bad guys, and he, or she (let’s open the posibilities of feminism in the struggle to impersonate the evil characters from the heteropatriarchy power roles on the top of the scheme) sends a squad to hunt you down. In either case, you are a sitting duck. And you will be terminated. Cause the Big Brother is watching you. In every coin. In every camara. In your own phone. In your profiling stamp across the Internet. You think «they» don’t know? Oh, sure they know. They are on to you. Maybe even reading this as we «speak». The creepiest system ever is here, installed in the open areas of public and private space, expect for that little bit of brain left without Thought-police on your ass.

«He wondered again for whom he was writing the diary. For the future, for the past–for an age that may be imaginary. And in front of him there lay not death but annihilation. The diary would be reduced to ashes and himself to vapor. Only the Thought Police would read what he had written, before they wiped it out of existence and out of memory. How could you make appeal to the future when not a trace of you, not even an annonumous word scribbled on a piece of paper, could physically survive?

Winston, 1984. Or maybe, Orwell, 1941. Or maybe Golman, 2020.

Quedar fuera de juego

En la sociedad llegas a un punto en el que, tal y como está montado el juego, tu posición te deja a las afueras de la normalidad, excluido. Quizás vivir en la periferia de las reglas establecidas conlleve una doble racionalidad: empujar las fronteras más allá de donde está estipulado el campo de juego, y verificar las andanzas de los que deciden transgredir las reglas: para bien y para mal.

El hecho en sí no debería ser causante de la anulación de nuestra entidad como ciudadanos dentro de un marco legal que asumimos como común. De alguna manera asumimos que el juego limpio es la condición que se establece para que todos podamos participar en las mismas condiciones. Pero resulta que no es así. No es así del todo. Porque el terreno está inclinado y algunos tienen más tracción para ir cuesta arriba, pero lo peor, es que algunos sólo tienen que correr cuesta abajo, y anotar en la portería sur. El equipo de los «Sísifos» continuamente deben pillar su esférica y trasladarla, cual salmón, a contracorriente. Y encima el árbitro, marca las faltas que le apetece ver, ya que de alguna manera los colegiados tienen más afiliación a los que más beneficios otorgan en el lado negro de la sociedad.

Por lo tanto, ¿qué salida podríamos dibujar para un esquema como este? Sin duda, nos han pintado la necesidad de ser una sociedad de mentes puras, ya que los némesis se encuentran en el otro lado de la balanza, dando por el culo. Y puede que sea así. Dar por el culo es un ejercicio de patriotismo, sobre todo, español. No se puede ser sin dar por el culo. Es ontológico. Los españoles continuamente estamos removiendo el foco de nuestra ontología, porque somos culos inquietos, además de gilipollas.

Este tipo de afirmaciones quedarían muy mal si vinieran de un «no español». No es mi caso. Soy español, español, español. Mi pasaporte lo constata. Pero no se flagelen, todavía, que esto apenas comienza. Si les urge darme por el culo, apuntaros a la lista de sodomías y gomorradas por venir, que os aseguro que encontraréis que los 99€ de tarifa plana están más que amortizados. Si es que las mentes infinitesimales tienen un debilidad por el cuerpo sagrado de la imagen consagrada en el espejo. Selfie.

No quedan ya títeres con cabeza en este país. Pero no es momento del desánimo ni el desasosiego. Haremos con nuestros cuerpos inertes lo mismo que en su día hicimos para asumir nuestra transición como pueblo a la antesala de los marcados por la providencia para restituir el orden sagrado de humanidad sin culpa, gloria, o purgatorio.

Un viejo ángel de la guarda que tuvo relación con el ángel caído, siendo buen amigo, supo que había una especie de injusticia en el juicio de Dios Padre. Algo similar, le pareció al mismo Ángel, la mala prensa que se le ha dado a Judas «el elegido» cuando estaba dentro de su papel, acercar a Jesús a la gloria de Dios Padre, por los siglos de los siglos. ALLS.