El día dos del movimiento

Han pasado minutos del nuevo día; seis, a penas. Y ya siento que todo cambió. Quizás es una situación muy personal. No cabe hablar de un cambio global, y mucho menos, de una emergencia colectiva. Menos todavía si no he sido capaz de publicar mi post del primer día. ¿Por qué sigo en la sombra? Porque sigo en la sombra. Lo se, no lo discuto, pero no lo entiendo. O peor, me rebasa, sin que pueda responder a dicha contradicción. Mi acción y mi voluntad parecen estar alineadas al movimiento, pero algo me ata, todavía, a la inmovilidad del no-ser.

¿Ser o no ser? La pregunta es válida. Inclusive si no eres hijo de rey. Inclusive si tu padre conspiró para matar a su hermano. Inclusive sin te sientes en medio de una pantomima tan grande que ya has sido juzgado, una y casi mil veces, por el pueblo que debe apoyarte en tu ascenso a los cielos. Cielos que por otra parte, están limpios, o nublados, en este mismo instante, descargando con furia la poca agua que caerá este mes de septiembre.

Septiembre es un mes triplemente patrio. Es muy extraño. Mis tres patrias celebran su día en septiembre. Costa Rica, el 15 de septiembre. Ese mismo día, a la media noche, entre el 15 y el 16 se consagra el grito de la independencia de México. Hidalgo, contigo empezó todo. Un cura, quién se iba a decir a Rouco Varela, empezaría la revuelta que valdría para una independencia de gran parte de las colonias en la Nueva España. Las Américas, según la visión peninsular de lo que representa el colonialismo de un pueblo de blancos hablantes de español. Nada de gallego, euskera o catalán. En la colonía lo que se exportó fue la lengua y la cruz. Y con eso valió. Y de vuelta, como nos recuerda VOX, se trajo la patata y se dio de comer a Europa, muerta de hambre, todavía flipando con la edad media, la peste y el oscurantismo que se vendría después, cuando la gran institución española por autonomasia llegara a su cuota más alta de poder celestial: la sagrada Inquisición Española.

Poco se le hace fiesta a las tradiciones abortadas en el pasado. Como si un día se abolieran los toros y nadie más nunca se acordara de aquellos días de fiesta en las Ventas, chulapos por dorquier, o por la Maestranza, con señoritos andaluces engalanando la corrida de una manada que no peca, nunca, de falta de bravura. Quizás los españoles requieran otro tipo de alegorías para poder ensalzar sus egos marchitos por la escasez sexual de su condición de alfa. El hueco del que sale un español besando a la muerte mientras escucha la cabra dictar su próxima faena, como un verso de trap que se cuela en el extrarrio de un pensamiento sincero de la última masculinidad que quedó libre de tirar aquella piedra. Lo cierto es que Jesús se presentó entonces, ante el pobre chaval, sobrecogido por las dudas, las mismas que tentaron a su hombre en el desierto, y como hermano, le tomó de la mano y juntos desatoraron una contractura interior que finalmente se relajó con el soplo divino de un milagro. La sexualidad española necesita un poco más de homoherotismo para dejar al macho alfa depilado ante el espejo, seguro de sí mismo, de su grandeza como bestia, para el deleite de sus colegas, que ya no tienen miedo, ni apremio, de mostrar libres en público sus erecciones.

—Pero… ¿esto qué es?

—¿Sabes lo que te quiero decir?

—Más claro, azucar.

—¿Comor?

—Lo que has oido. No te hagas el mustio. Que bien que habías esperado este momento, tonturrón.

—Pero ¿de qué me estás hablando?

—Anda,… no te hagas el estrecho… no te va.

—Como me toques…

—Anda… ¿pero qué tenemos aquí?

—…¿qué me has hecho?

—¿Yo? Nada… si parece que tiene vida propia…

—Me has hechizado… ¡comunista!

—Si esto te canto un cara al sol…

—Pero ¿qué haces, joder?…

—…

—…

—…

—…no pares…anda que…oh…

—…

—Jo-der…sigue…

—…

—…sigue

—…

—…no pares…

—…

—Sigue…sigue

—…

ALLS

Fin de un ciclo persecutorio

No todos los días se puede escapar de un ciclo persecutorio, pero hoy sí. Tras diez años de rascar el fondo de los desfiladeros de la agonía, finalmente me topo con el momento justo para volver a respirar por encima de la superficie… aahhhhh…

El día es azul, como todo primero de septiembre en este país. Recuerdo muy bien el primer uno de septiembre que presencié en este país, por allá del 2002. El día anterior era cláramente un día de agosto, con un calor infernal, que me recibió con la familiaridad de quién regresa a casa, con ligeros cambios de las personas que habitan el espacio que hasta hacía 6 meses había sido mi hogar, y que ahora compartía, mirando el Tibidabo, con un francés con el que se podía compartir un instante de paz. Aquél día conocí a Olivier. Me abrió la puerta y me hizo de anfitrión de una ciudad que ya era mía, pero como él, traería nuevas dosis de aventuras. Sin duda alguna, aquél día también marcaba el inicio de otro ciclo, no se si persecutorio, pero en todo caso, de uno de los ciclos más importantes que afrontaría en mi vida.

Desde aquél día, los 1 de septiembre me parecieron siempre poseedores de una carga simbólica extremadamente potente. La renovación tras un verano que marcaba sus distancias con un descenso en las temperaturas y un apaciguamiento de lo que había sido el ciclo anterior. El verano en España es sumamente extraño, con dosis de pueblo y playa, y con una afluencia superlativa de extranjeros en busca de chiringuitos, arena y mar. Pero en septiembre, a partir del uno, todo eso se esfuma. La televisión cambia. Todo se echa a andar. También la política… oficialmente, al menos. Luego, años más tarde, me enteré de aquella tradición española de sus gobiernos de introducir cambios drásticos justo en el verano cuando las prioridades de los españoles están centradas en la calidad de la menta del mojito, o la temperatura óptima de la cerveza.

De ese 2002 a este 2020 parece que todo ha cambiado. Parece tan sólo el juego de las sillas, en el que el dos y el cero han conseguido una vez más encontrar su sitio, en la silla de al lado. Se trata de ciclos que se unen este 1º de septiembre a partir de esta historia de (re)vuelta a nacer. Los números no cambian. Podríamos estar, entonces, al menos en lo que a mi ciclo vital se refiere, a un cambio tan drástico e importante como el que en aquél entonoces afronté.

Aquél día, recuerdo tener la sensación de estar empezando la vida en un sitio diferente. Una ciudad que conocía, ya que había aterrizado un año atrás, en el 2001, también en septiembre, aunque aquella vez unos días antes de la Mercè. El ciclo había empezado. Entonces me pareció que la novedad de los septiembres en Barcelona tenía un cierto ritmo que me conquistó por completo. El clima, la vibra, el dinamismo del trabajo. Todo parecía venir de una dinámica certera, que no tenía manera de imaginar que fuera distinta un mes antes, más aun viniendo de un lugar como Ciudad de México que tiene un ciclo continuo en movimiento. Aquél primer encuentro con lo desconocido despejó todo el ciclo de iniciación que todo nouvingut que llega a Barcelona necesita para hacerse con la ciudad. Barcelona tiene una dimensión urbana que te cambia por completo, una vez que comienzas a deslizarte por una de sus fracturas, topando con las laderas de las pendientes que conducen a las cuevas sagradas en dónde se reflejan en sus paredes las sombras sagradas de la realidad, o quizás, como mínimo, el nacimiento inmaculado de la surrealidad.

Hoy vuelvo a ser quién fui. Esa construcción de uno mismo que se encuentra en un ciclo lleno de luz, como antiguamente, en algún momento dado, como si escuchara al entrenador describir una metáfora oportuna para saltar a la cancha y disfrutar. Uno no llega a Cryuff el primer día que pisa Barcelona. Hay un largo camino por recorrer para entender la dimensión que puede provocar la irrupción de un extranjero insolente en la normalidad estandar de esta ciudad.

Barcelona es la capital de urbanidad anterior. A partir de ahora todo se precipita a una urbanidad compuesta de multiversos coexistentes es espirales que se revuelven consigo misma en un baile armónico de divergencias. El caos que delimita todas estas itinerantes posiciones en el tiempo y el espacio definen la manera de ser de una capital libre de todos los estados. Como mínimo mentales. El lugar amerita tener un sitio, al menos en la ficción, y si acaso, en el movimiento emergente de una sociedad que se encuentra constreñida por las contradicciones de sus propias afiliaciones. Los pilares de esta tierra se hunden en el lodo de un fin de ciclo persecutorio. No hay por qué temer.

Este ciclo, de momento, nos ha abierto el camino a un nuevo horizonte. El camino que nos lleva a otra nueva dimensión. Este salto que otras culturas no han sabido realizar al mismo tiempo, todas juntas, en un momento dado. El momento ha llegado. Podríamos estar frente a él. En este preciso instante. Y entonces, el devenir de la historia se concentraría en un gesto, o más bien ritual, de conclusión, y a su vez, de apertura, al reproducir en voz alta una palabra… ALLS.

Escribir desde Menorca

No es el mismo estado de ánimo. Ni la misma situación. Menorca representa todo: al fin y al cabo es una isla, y todo el mundo sabe lo que abarca el simbolismo de uno mismo, y por tanto, de una isla. El mar nos espera. La fuga sólo tiene una vía, si descontamos el camino de Ícaro. Pero aún así, lo que vinimos a hacer a una isla sólo lo sabemos quienes en ella nos convertimos en algo más. Aquello que devenimos es nuestro «yo» illenc.

No todas las islas son iguales. De hecho todas son distintas. Y cada una representa lo mismo. La unidad y la multiplicidad coexisten en la isla. No se trata de una metáfora de reality desgastada, por más que vivamos en una situación hipersaturada de realidad de cartón-piedra. Lo vanal es lo más, y lo demás, existenicial, no existe. Por tanto, hemos relegado los ritos más significativos a una escala elitista que construimos a partir de la cultura. Y no dejamos permear a todo el mundo. Unos pocos son los bendecidos. Y eso también queda registrado en discurso que elegimos proyectar de nuestra transformación isleña. Se trata de una inmersión sublimada por los mismos cielos, las mismas aguas, los mismos soles que en la antigüedad saciaban a los habitantes de los bosques y las urbes mediterráneas. Algo eterno subsiste en el verano que se desvela en las calas de la isla.

El baño. Bañarse, como si debiéramos bautizarnos una vez, al menos, para ser dignos de estar en la presencia de este Dios que nos ilumina con su luz. ¿Acaso, sol, no te suspiré mi último halago desde la posición de plegaria flotante? La nubes acompasaron la ilusión de estar sumergido en las aguas en las que me transformaba, otra vez, en ese último baño. La nube estaba ahí, en eterna deformación, hasta que en un momento dado se esfumó. Y mi yo anterior, con ella.

No cabe duda de que vuelvo a elegir esta vida. La contemplación de una oración que persiste pese a los intentos de banalizarlo todo. Los sentidos desde el interior de las aguas en las que mis oidos se han fundido con la experiencia subacuática, mientras los ojos mantienen su visión periférica dual azul cielo. La frontera nos lo da todo, y ahí, sobre el muro, construimos un instante de conexión incuestionable y permanente, pese a su obstinada reinvención acto seguido.

No preciso volar si puedo disolverme en los estados de mi «yo» illenc. Nomás que aquí se escribe una mutación singular sin fin ni solemnidad que valga de representación. No es lo mismo estar aquí que en otro sitio. Cualqueira que quiera ser esto, sólo puedo conseguirlo en este estado mental. Y en esta isla se aprecia dicha gracia, más que en ninguna otra. No hay duda. Y pese a ser esta la puerta correcta, todas las puertas de las otras islas conducen, a su manera, al eterno retorno que las islas prometen. Esa circularidad define la costa de la isla, como también isla es, el continente, si se tiene la suficiente paciencia para recorrer todo el perímetro de sus playas.

El agua se mece intermitente con la obsesión del latir de un corazón paciente. Escucha el latido, al ladito, dónde estás, que no te siento. Me distraigo con cosas superfluas que me aislan de mi mismo, hasta que vengo aquí y me reencuentro, en otro «yo». Vuelta a empezar. Una vez, más, y no falla. No hay más recurso que volver.

Ya no me quedan más islas para escribir desde este día. Sólo tengo un rato más antes de partir. El puerto de Mao me espera para recorrerlo, una vez más, de principio a fin. Y su manto protector, embriagado por la habanera de despedida que se perdió la noche anterior en cala Corb, desde un Cau que ruge con nostalgia de lo que aquí un día se reconfiguró, como el aliento pestilente de un poeta, o la trompeta mesiánica de un desgraciado familiar, como quien intenta suplantar con alegría la alegoría militar que nos despide entre Sant Felip y la Gola.

Una vez más arrastramos nuestra sombra por el mediterráneo, de vuelta a la capital. La urbanidad de un puerto que nos llama con los cantos de la Sirena Caballé encaramada en lo alto de una montaña desde donde se distribuyen las ondas expansivas de un campo magnético posterior que se regenera simultaneamente a nuestro devenir colectivo resultante. Otra vez la misma historia.

ensō: vuelta al origen.

ALLS

Políticamente correcto

Hoy en día todo debe medirse. La censura ya no tiene tan sólo una magnitud corporativa, sino que también la sociedad en la que nos sumergimos todos, sin saber muy bien cuándo, nos ha obligado a silenciar nuestra expresión más auténtica ante el miedo de ser excluidos y cancelados de la vida en general. Estar en desacuerdo con las convenciones sociales hoy en día nos lleva a posturas en las que más nos vale caer en gracia de quiénes tienen el don de la verdad absoluta.

Ante tal situación, nos obligamos a establecer unas normas de conducta que parecen ser más seguras y más normales. No debemos levantar de manera innecesaria la voz, no vaya ser que nuestra opinión llegue a oidos de alguien que se tome nuestro impulso como un gesto discriminatorio y de odio. El hecho en sí nos puede costar la vida. La vida en sociedad. O visto desde la otra perspecitva: el ostracismo. Anular nuestra expresión vagando sin que a nadie le importe por el desierto del destierro.

Ya desde hace tiempo pensaba que un día toparía con pared. Mi manera de expresarme me convertiría en víctima de mis propias palabras. Algún día me arrepentiría de todo lo que dije, porque ya no habría más que ocultar, y si bien algo quedaría entonces en pie, no sería yo, sino la construcción de otra persona que se me impuso, quizás en el sentido inverso de la imposición de lo políticamente correcto. Ese ser políticamente incorrecto que se forma fuera del sistema para reestablecer los límites de quién dice ser, una vez que se ha librado de la espada de damocles que se postró como amenaza continua ante el más mínimo descuido.

Disentir, gustar, repeler. Hater. Esclavo. Thought police. Ya no sabemos si Orwell nos mandó directamente al sitio en el que nosotros mismos perfeccionaríamos la persecusión de lo bueno y lo malo, sin apenas discutir, por el hecho de salir del rebaño, y arriesgarse a afirmar sin tapujos nuestra disidencia. No es un buen momento para los revolucionarios. O quizás, por el contrario, sea este el momento. Lo que debemos es admitir que nuestras palabras tendrán siempre el apoyo de quiénes comparten, en este caso en concreto, nuestra postura, misma que a su vez indigna, hasta niveles insospechados, a ciertas personas que se lo han tomado como la expresión exacta de la medida opuesta de lo que ellos representan. No hay manera de evitar que la masa deje de asumir su postura políticamente correcta a partir de los nuevos tiempos de nuestra era, pero quizás, deberíamos plantear la obligatoriedad de asumir las posturas opuestas a aquellas que han forjado nuestra identidad intelectual respecto a un determinado número de temas. ¿Cuántos temas? Pongamos, por no quedarnos cortos, 99.

99 temas escenciales que determinan la manera en la que debemos pensar. Y antipensar. 99 posturas problemáticas que deberán encontrar una colisión segura en las antípodas de lo que dos polos opuestos están dispuestos respaldar. Las trincheras están ahí y los postulados, de uno y otro lado, consisten en el juego al que vamos a dirigir nuestra atención, durante los próximos 99 días.

Se trata de un ejerecicio de recapitulación del sistema complejo social al que estamos intentando dar una nueva forma. Vamos a asumir nuestra insignificacia como seres humanos, dentro del marco de una colmena que cambia de reina, y se propone construir una sociedad, que pese a sus disparidades físicas, logísticas, intelectuales, funcionales, conseguimos trazar un futuro para la supervivencia de nuestra especie. Quizás nos pasamos muy rápidamente por le filtro de que debemos competir entre nosotros mismos para que aquellos que prueben su darwinismo social con el éxito. Vidas perfectas sin distorció aparente. Los casos de éxito. Como si eso fuera a representar algo más que la aspiración de los demás: en anhelo de un ideal inalcanzable. Lo cierto es que ese darwinismo no nos explica la colmena del mundo de las abejas. La cooperación de los humanos en un contexto social global tendría que valorarse como una opción a la que al menos ahora, podemos poner sobre la mesa. Quizás este sea tan sólo uno de los temas quedebamos discutir. Y así, con todo.

¿Quién decide los temas? Pues quién más… yo. Por eso este juego tiene esta denominación de origen. Haberlo pensado vosotros mismos. Ahora, esto tiene que ver con la manera en la que vamos a descifrar aquello que somos, respecto a nosotros mismos, respecto a nuestro cuerpo, respecto a nuestra familia, respecto a nuestro planeta, respecto a nuestro prójimo, respecto al pasado, respecto al futuro. Repecto al presente. Ahora.

Demos pues comienzo a esta comedia humana.

Bienvenidos al día del inicio de la emergencia.

La deuda de una espada de Damocles

Quien quiera ser rey que aguante con la espada sobre su cabeza. Quizás Juan Carlos ya no podía soportar la presión. Creemos que el rey actual sabrá sortear la súbita caída del afilado metal. No se nace sin especial carisma para reinar cuando se lleva sangre azul en las venas. De hecho, la mitad de las venas son azules. O al menos así parecen en las ilustraciones que vemos en nuestras icónicas imágenes del último programa escolar. Y algunas cosas nos resultan muy nuevas. Otras muy viejas. Algunas obsoletas.

El próximo curso no sabremos cómo acabará. De hecho, de saber, no sabemos ni cómo va empezar. Las escuelas tienen autonomía de catedra. Ellos dan el modelo educativo que mejor les viene en gana. Y se asociacian según sus redes de apoyos. Y se ven explicandose frente a un grupo de jóvenes padres de familia, que apuestan por ellos, mientras desde otros ámbitos, hacen ver que siguen adelante con el mundo que un día conocimos.

Lo cierto es que el mundo cambió para siempre. El virus nos lo ha dejado claro. Paramos. Nos bajamos todos del tren. Y ahora estamos repensando qué hacer. ¿Cómo hacerlo? No hubo cupo aquí en donde nosotros nos planteamos esta disrupción social tan potente. No supimos culminar la evolución del sistema. No supimos expresar el sentido de nuestro fin. No supimos coordinar la sinfonía de una sociedad que esperaba ser la armonía que un día sentimos cuando nos vimos reflejados en la suave brisa que baila con las flores de un monte sagrado.

Nos perdimos una vez. Volvimos a salir. Y otra vez nos extraviamos. No dejamos de buscar. Y nunca encontramos lo que pensábamos que desvelaríamos. Pero algo siempre quedó de cada búsqueda. Y nos fuimos acercando a un estado de consciencia colectiva. Y esto fue lo que nos dio alas. Y nos fundimos en un suspiro. Poco antes de volver a abrazarnos, de una manera parecida a como lo hacíamos antes, pero esta vez con ligeros matices que nos ayudaron a acotar los límites de nuestra insignificacia.

Yo vuelvo a asomarme a un precipicio. Y no pienso dejar que la espada me corte el pescuezo. Antes haré dar vueltas a los molinos. Me seguirán con la música de mi flauta, o quizás con tres trompetas que me acompañan en el performance. Ya no quedan más muertos que convocar. Somos los que estamos y los que fuimos. Los que recordamos con el ímpetu de trascender ante la situación que nos envuelve. No queda más que volver a subir la montaña con la piedra a nuestra cuesta. Imprimirla. Llevarla encima. Cruzarme con Sísifo otra vez. Replantear el mito. Absorber el rito.

Nunca tuve paciencia para la poesía. Ni prosa para la novela. Lo que yo escribo tiene un ritmo propio que se entremezcla entre los caminos neuronales de mis pérdidas fragmentadas en dosis voluntaria de perdición. La tangente sólo es una intersección más por la cuál acudir a este encuentro, a partir del cuál, todo puede continuar tal cual previsto, o bien, permitirs el deber de asumir la ortogonalidad de la otredad.

Un día fui otra cosa. No me culpo. Ni de disculpo. No llevo cargas en mi cruz. La dejé tirada en el ágora en el que una vez más preguntaron si debía ser yo el que preciera por decir lo que pensaba. La masa embrutecida tenía ganas de colgarme, pero ese día, por alguna condición divina de las estrellas, se iluminó el camino alternativo propuesto por el único anunaki presente entre la multitud. De pronto todo giró. Copérnico quedó puqueño para la transformación que en ese momento levantó el último velo de nuestra sociedad de las caretas.

Ciutadella i Mao… ensō

No puc viure mes entre dues ciutats que recelen de lo que no és s’altre. Una, capital, amb un port únic. S’altre, senyorial. Només que no es volen entendre. Sa dualitat menorquina no acaba aquí, pero potser si hi comença. Hi ha prou tela per fer-ne un vestit estiuenc.

Dues realitats que sembla que no es poden barrejar. No és pas una imposibilitat separada per tant sols 40 minuts en cotxe. Són dos pols oposats. S’est i s’oest. Cadascun amb sa seva peculiaritat. Sa superioritat d’uns envers s’altres.

Només uns són rics. Aixó exclou a s’altre des d’un principi. S’historia és així. Sa festa major. Sant Joan. O bé, la Mare de Déu de Gràcia. Qui és mes important en s’historia global? Joan… quin Joan? Bautista? Evangelista? No hi ha concreció. No es pot saber. O bé, será en la Mare de Déu? Sa verge. Sa gràcia que li dona el protagonisme a una només, encara que sigui en aquest cas, concretament, la de Gràçia (I no pas sa moreneta, o sa verge de Guadalupe,… o cap altre). Sa multiversalitat de ses verges, encara que només aquesta, i sa dualitat d’en Joan, ens obliga a mourens fora sa sobrevaluada unicitat.

Mao com primera ciutat de rebre el sol. Sol que vam veure només arrivar. Just abans de perde’l a la Mola. Mao, es port, que comença amb aquesta ciutat, que va resistir els atacs i bombardejos que d’altres ciutats no pas van poder. A s’historia d’aquesta illa hi ha violencia amb bombes, baixells, mariners, peixos, habaneres, poetes, nobles, cavalls, camins, platjes, militars, sants, un Jesús adal de tot, Joan, Jaume, Josep, un monte Toro, i la mare de Déu de Gràcia. Un brau, al mig de tot, en lo més alt. Espanya, França i el Reigne Unit. I grecs i romans. I ruminats que van arrivar per mar, i que arrivant a bon port, s’han quedat.

Tots morirem un dia. Pero haurem passat per Menorca, i ens haurem sentit que sa vida potser val sa pena, tant com un bany a S’Arenal de Son Saura, amb un mar plantxat, que t’absorveix com es glop d’aigua que tempera sa sed.

Avui he mort sobre sa sorra. Pensant que un dia no hi seré. Que potser aquest és s’ultim cop que em banyarè en aquest mar tranquil, d’un blau preciós, i gloriòs, com una abraçada d’en Jaume amb en Joan. Entre dos arenals trovem sa pau. No cal escollir. Ambdos són sa ilusió de continuitat, encara que mai s’acabin de conectar. O fins i tot, si ho aconsegueixin. No cal que tinguem festa, si es sentit de lo que sóm, trascendeix lo que ens envolta, aquí, a casa nostra.

S’equilibri d’aquest pais està justament en sa realitat que trovem a sa seva illa més eloquent: Menorca. Només cal assumir el que som. I som duals, sense por, com un obstinat ruc que sabent que no pertany al ramat de s’altre banda de s’illa, agafa el camí llarg, pels camins de cavalls, per esdevenir conscient de sa circularitat d’un tressor que no s’exaureix mai. Com un etern retorn. Ensō.

円相

Avui m’he llevat amb la conversa d’una poeta de 87 anys que des del seu mon em va compartir una petita porta cap a seu interior profund i noble. Un noi de Es Castell que va creuar s’illa per trovar-se amb la neta de s’alcalde de Ciutadella. Dos mons que es troven a cada costat de sa taula, amb un cafe, i una ensaimada.

He tornat a Mao. De camí vaig fer el rite de la immersió en les aigues mentals de s’Arenal. Vaig morir, i de cop, vaig tornar a neixer. Aquest cop més conscient. Perque avui, ha estat un dia senser. Complert. Rodó.

ALLS

La espada de Damocles me oprime

Ya no tengo salida. La espada se acerca a mi piel mientras ya no tengo más espacio para recular. El éxito de mi fracaso está consumado. Mi historia me arrincona en la huida hacia el final. No hay más. Un último respiro. Un suspiro.

De alguna manera los griegos de la antigüedad tenían el referente presente de lo que les arrinconaba a ellos a salir de un pozo oscuro en el que sus vidas habían escalado en espiral decadente. No es un tema nuevo. La humanidad se topa consigo misma en la inmesidad del abandono que cada individuo perpetua con su angustia. Y ¿cómo salir de sí mismo? ¿A dónde huir? ¿Cómo escapar?

Mi única salida para evitar que la espada me acabe decapitando es tener fe en esa alternativa, por poco probable que resulte, que despeja todas las tormentas. El alivio de los mares tranquilos en los que navego hacia la isla en la que finalmente encontraré mi destino. Alguien se ocupará de amenazar mi porvenir, inclusive en ese último trayecto. Satanás está ahí para asumirse antagonista de nuestra biografía, como un par de Dios Padre, que tiene el poder inmaculado de asistir como contrapeso al desafío del héroe que debe librar la batalla más épica de su existencia. Ese es el destino de nuestro periplo.

La espada de Damocles me amenaza y cada vez más le pierdo el miedo. Si me vas a matar, hazlo de una vez. Hijo de la gran puta. ¿Quién te crees que eres? No puedes conmigo. Ni podrás apagar el espíritu de mi destino. La batalla se libra en la oscuridad del duelo continuo de nuestra psique.


La paciencia sigue obsesionada con su tránsito lento y pausado, a pesar de las palpitaciones extremas que intentan desacreditar su tenacidad.

La perseverancia tercamente se aferra a esa idea en la que nadie cree. Sin duda el fracaso no es una opción, pese a encontranos de cara en cada esquina que doblamos.

La resistencia ha seguido sumida en un estado fuera de sí por mantener viva la pulsión de la pasión con la que se arremete una cima sin temor. Las piernas cansadas ya no saben si aguantarán el próximo reto, pero se aferran a no claudicar.

La prudencia sostiene el mundo sobre sus hombros. Y no saltamos ante la injusticia que escupe en nuestra cara un aliento fétido de recores, envidias y desidias. Quizás no sea el momento.

La concentración se inhibe para dar paso a la locura, que se planta en todas las esquinas que nada tienen que ver con el objetivo central de nuestra esencia. Pero a ratos vuelve, como quién sabe que tan sólo aquí se abonará esta tierra en la que sembramos hace tiempo nuestro porvenir. No olvidemos… ¿qué objetivo? ¿Qué sentido tiene? Anda, vuelve, aterriza una vez más. Enfoca tu espíritu con la pulsión última de crear un espacio dual en el que encontraré lo que intuí un día que sería el puerto al que llegar.

Los pensamientos reflexivos me nublan la consciencia con la ilusión de alcanzar el objeto exacto que buscaba en una metáfora impecable que no deja lugar a esa única esencia desnuda y poderosa que ilumina todo en este punto. Es un espacio al que se accede con la llave de quién cosecha con el tiempo a su favor aquellas preguntas que algún día debía desvelarse ante un yo futuro que no estaba ya alerta de tal periferia. Escribir sin duda ayuda a que esas derivas encuentren su sitio, en este mismo instante, pero más allá, en otros multiversos, y en otros espacios temporales que ni tan sólo nos planteamos controlar. Pero vuelve, y se revuelven con otras que a penas han visto la luz del día, y se confunden, y se funden, con renovados espíritus que se explican, por sorpresa, en el otro. La revelación de nosotros mismos en un acto reflejo que nos aproxima a otra unidad fuera de nosotros. Y todo, de pronto, se asienta en un sentido emergente.

La capacidad de análisis se reciente. De pronto no tenemos más maneras de explicar lo que tenemos enfrente. La vida. La estrategia. Nos vaciamos hace años. Y ya no queda nada. Nada tiene sentido. No hay más vueltas. No hay visión alguna. Ni misión. Ni tan sólo valores. No hay mapa. Ni análisis interno. Menos externo. Todo se perdió cuando volvimos al sitio del que pensamos que nunca debimos haber partido. Pero ya no era lo mismo. Ni había nadie ahí. La vida cambió y nosotros nos quedamos anclados en un pasado que ya a nadie interesa. Nos comió el mandado un ser inferior que no supimos espantar. Záquese. Se nos coló la sanguijuela. Nos arruinó la fiesta un colado. Yo un día pensé que sabía cómo hacer esto. De manera pragmática. Lejos de cualquier floritura futil. Pura síntesis de un proceso contrastado que estudié durante años para extraer la resina del licor más útil de cualquier gesta. Pero un día decidí no hacerlo más. Caí en el fondo del abismo. Y de ahí no me moví. No arrastré mi sombra, ni maldije mi fortuna. Abracé el infierno que las plantas de mis pies lamían. Dejé el otro mundo muy lejos, y desde abajo reconstruí mi vuelta. Mi capacidad de análisis se convirtió en un camino alejado de la luz, en la armonía en la que tan sólo yo podría concebir para volver a aportar otra perspectiva colectiva de la última emergencia necesaria de nuestro sistema complejo social. Me perdí en mi mismo. Me absorbí debajo la piel succionado por los latidos inertes de mi organos vitales. Me convertí en todo lo contrario de lo que habría definido construir, por la simple idea de asistir a lo contrario de lo que habría de ser. Al ser lo que tenía justo aquí para construir con ello algo con sustancia. Me enfermé en la reiteración de las mismas historias que me habían llevado hasta aquí, convecido obstinadamente que no tenía otra alternativa. Me convertí en un camino que se cerró todas las salidas, y me condujo al tunes del cuál todavía hoy no he conseguido salir. Porque un parto dura nueve años. No se deja atrás un paradigma contrastado con un bufido de lobo feroz. Es alrevés. Las historias que conducirán a otros paradigmas serán las que consigan afianzar literariamente la posibilidad de trascender a toda la mierda acumulada que dejamos que se enquistara en el proceso evolutivo de nuestra sociedad, mientras abrimos los canales de comunicación, y las transmisiones de radio, y el entretenimiento de masas, y le tuvimos miedo a las mismas pollardadas que nos inocularon en el esquema educativo en el que decidimos creer y crecer. No fue una elección. Ni tan sólo una democracia. Fue un simulacro perfecto. Y nos llevó a todos un proceso largo hasta llegar a darnos cuenta el sitio en el que nos encontramos con Big Brother. Y resulta que al final, las ideas que contruyen quienes somos están fermentadas con las falacias necesarias para que nos demos cuenta de su existencia, tan sólo para confirmar que preferimos estas a las que los otros, aquellos, nuestros némesis, adhieren sin pensar ni un segundo a los pilares sagrados de su liturgia: su lucha.

El sentido práctico, no se cuando, lo perdí. El surrealismo español me pareció el único proceso creativo que valía la pena rescatar de las cenizas en las que se quemaba toda la añeja tradición de una de las naciones más ancestrales y demenciales de la historia de los reinos de los cielos. Nunca antes una fogata de Sant Joan había llegado a acumular tanta mierda para quemar en una misma noche. La gente se dio cuenta de que valía la pensa que lo abandonáramos todo en este acto final de gratitud. Por la relación que el Altísimo guarda, aún hoy, con el dictador Francisco Franco, sentado a la derecha del padre, habiendo arrinconado a Jesús a su lugar: a la izquierda. El orden sacramental acaba de contruirse con un último grande de España que subió al cielo por la gracia de Dios, en un hospital que llevaba su nombre, y cuyos nobles profesionales de la salud, tuvieron a bien dejar que la providencia invadiera, una vez más, de la mano del Espíritu Santo que tan bien se siente en su capital en la tierra, Madrid, para culminar el acto más alto de la fe católica, apostólica y romana: que un español señalado por Dios Padre acuidiera a su presencia en la asunción del espíritu, y cuerpo, del caudillo. Fue días después. Ya en el valle, uniendo para siempre, la grandeza de España con la comunión del Caudillo con Dios Padre, a su derecha, por los siglos de los siglos…

La objetividad me fue erosionada con tan elocuentes velos por doquier. Fui víctima de la alteración de la consciencia por vías voluntarias, forzosas y perentorias. Me obligué a comulgar con las antípodas de mis posturas. Sentí la necesidad de transitar al otro lado de la luz. Y llegué a fundirme en el infierno con lo que quedaba de Satanás, que tuvo paciencia conmigo. Y despúes, de la mano de Jesús, conspiré por construir una alternativa a la que un hijo usurpador había venido a construir con falsos testimonios que nublaron la consciencia de mi padre, quien, en medio de la demencia que sufría, suplantó el sitio que tenía mi hermanillo en las cortes que adornaban la eternidad de los cielos. Dios Padre había adoptado a un hijo facha, aunque a él no le gustaba asignarnos etiquetas los unos a los otros, a pesar de que el nuevo se atrevió de llamar a Jesús… rojo. Y ahí no le pareció tan granve a Dios Padre. Como si la eternidad no fuera suficiente, ahora debemos aguntar al hijo usurpador facha, y a un Dios Padre que le ha comprado toda la basura de mentiras con las que papá finalmente ha perdido el curso de lo que significa realmente la comedia humana. Jesús y yo lo hablamos muchas veces: Él no lo entiende: no es humano. Nosotros sí. Conocemos a los Franciscos Francos de nuestros tiempos. Los hemos visto mil veces en los lugares más cotidianos de nuestra surrealidad española. Nos los metieron hasta en la sopa y ahora lo hemos visto claro. Nuestra simple presencia les ofuzca. Nos quieren en la cuneta. Los rojos se borraron de la faz de la tierra, porque a sus ojos, Franco los desterró. Somos lo Caines que una vez más Dios Padre ha asumido que no merecemos ser parte de su rebaño. Hasta aquí llegamos, Papá. No hace falta que lo volvamos a debatir en la cena de navidad. Ya sabemos que le has tocado su cojón sagrado a tu nuevo hijo predilecto. Nosotros ya no tenemos nada más que hacer aquí. Por eso volvemos a la Tierra. Allá a dónde tú no has vuelto. Fuimos nosotros, Papá. Te lo recuerdo. Y es nuestra humanidad, esa mitad, la que tú nunca podrás palpar. Tú no eres como Zeus. Con Él me entiendo mejor. Tú no puedes alcanzar las contradicciones de nuestra construcción social, por más que tu omnipresencia te lleve a dictarle los textos a los escritores de derechas que aún quedan en el sector editorial español. Oh, Papá… ya no me importa que nos hayas abandonado. Al final, no te tengo ningún tipo de resentimiento. Pura gratitud. Y eterno retorno. Porque un día te darás cuenta que él hijo predilecto al que ahora atiendes con tesón, no es más que aquél becerro de oro, convertido en toro Osborne, con un par de cojones. O quizás, por un destino sagrado de su providencia, con uno sólo, por la fijación inmaculada que su piedad le llevó a cargar con esa cruz para levantar el reino de tu santificada y endiosada unidad del reino de los cielos: España. Si un día me extrañas, me encontrarás con el resto de las divinidades fusionadas en la risa eterna con la idea que nos alienó: que eras tú el único.

La disciplina se desmuestra en los entrenamientos. Se juega como se entrena—dice un tribunero. Ni puta idea. A esta gente no se les puede permitir seguir mandando como si de ellos fuera el coto de caza. Su cinismo es inmortal. Y no tiene fronteras. Me ofrezco como ofrenda a los dioses de la pirámide. Si con esto salimos del atolladero, me doy por bien servido. Prometo someterme a un escrutinio del desempeño de mi obra. Y mis resultados hablarán por mi. Usaré el mismo racero con el que medimos a los demás, y servirá, para que nosotros mismos nos demos cuenta de qué manera somos parte de la reconstrucción de un mundo nuevo: un mundo NEW. New Barcino.


Mi psique se desdobló. No tuve manera de detenerla. Tomó las riendas y se desbocó. No la culpo. Todo lo contrario. A partir de hoy, estamos más unidas. Es más, estamos más unidas con Cristo… para siempre.

Se escuchan las risas del resto de los Dioses. De todos los tiempos. De todas las latitudes. De todas las culturas. De todas las presentes…

ALLS

Eterno confinamiento

De pronto no sale nadie a la calle. La idea no es nueva. Pero eso no es lo peor. Lo peor es que no es vieja. No se hace vieja, pues. Sigue aquí presente. Es la actualidad de nuestra vida en pausa. Y mientras tanto nos preguntamos qué es la vida, sino aquello que vivíamos. O quizás esto, en dónde ya estamos a la merced de las conspiraciones más ridículas de la historia, impulsadas por las mentes más diminutas de la barriada.

La vida en sociedad está en manos de nuestros políticos y de la economía. Los narradores de la actualidad nos pintan las cosas como creen que son, o bien, como mejor se vende un bacalao que da igual si existe o no. No hay más realidad que la que la gente replica con temor en las redes sociales. El tiempo se ha disuelto, y lo único entero que queda es la paranoía.

Los lazos fraternales con los seres humanos se han debilitado, al tiempo que se han destrozado todos los canales de prosperidad de un plan global para el bienestar y el desarrollo. La agenda universal está plagada de virus que se infiltran con troyanos que pretenden espiarnos a toda costa, en todo momento, con ningún propósito en particular, y todos en general. La vida pues se ha convertido en una bazofia de historias nimias que dan pena leer. Los opinadores son más célebres, en este nuevo contexto, que los escritores con cara y ojos. Ya nadie tiene cara. Puras banderas.

La tela ha vuelto. La tenemos en la cara. Ya sabemos lo que representan los vecinos con su presencia o con su ausencia en un balcón. Nos queda la duda de lo que será esto cuando todo cambié. Lo que sigue no está escrito, pero quienes tienen el control tienen dos ideas centrales peligrosas. Y ninguna de ellas persigue un bien común, más allá de la acumulación del poder, por vicio. Porque el poder se ha colocado en un sitio en el que ya no nos gusta lo que sale representado por el pueblo. Y el pueblo, ajeno a la verdad, se tira a la contienda con los ojos vendados para asomarse a la ignoracia compartida que se despliega en plaza pública como quien mira a los ojos a un toro de lidia.

La tradición muere y el porvenir ha suplantado el futuro con una especie de régimen eterno del 78. No hay acuerdo ni pactos. Ni siquiera queda estado para repartir. No queda impulso vital que nos permita seguir siendo lo que un día fuimos, porque todo eso ha quedado enterrado en las tierras de regadío abandonadas en el campo vacío. Montañas desoladas con paseantes que no quieren aire fresco, ni veredas, ni estar aquí. La voluntad más grande es la de marchar de aquí. Pero no hay a dónde ir. El despojo de lo que un día fue se utiliza como grieta para espantar la noción absurda de un porvenir sostenible de una hipotética economía circular. Nunca fue cierto nada. Y ahora, de cara al cambio, tampoco el pasado encuentra sustancia en lo que nos queda de razón. No quedan neuronas buenas. Las hemos dejado atrás en la pandemia. Se nos escapa lo poco que se cuela por las alcantarillas. Allá, el el submundo, se entierra un tiempo que no será nunca más lo que un día pareció ser. Y enterrados estaremos unidos en la perpetuidad de lo que nunca fuimos. Nos perdimos en un pasillo eterno de paso doble, mientras el tango que salía de los megáfonos nos anunciaba el final de un sufrimiento que se estiraba sin fin entre la angustia compartida con la persona más cercana a dos metros de distancia. La corrida seguía su tercio sin que nadie permitiera que volteáramos a otro escneario. No quedaban más permisos ni grados de libertad en la conciencia que se esfumó con el último luthier.

No hay más baile que escuchar mientras se pierde la conciencia de quien uno es en medio de una playa cuya arena ha sido sustituida por espinas. Los faquires han tenido su verano con la cama de espinas que se tiende entre la toalla y el baño. Al sumergirnos en su inmensidad, tras el calvario de las espinas, nos encontramos con el chapopote y las miserias que flotan a su alrededor, que nos dejan la piel lisa, y en aparencia nos queda un piel más tersa y brillante. Lo que prometían los cosméticos ahora lo tenemos a nuestro alcance, como el maná de un tiempo de reconstrucción facial. Nuestro gesto de alegría mutó al anhelo eterno del final. Pero esto ya no se le espera. El rey ha dispuesto sus recursos para que la caridad esté presente fuera de palacio por la gracia eterna de los nobles, que no han perdido ni un segundo administrando las migajas de lo que donarán el domingo al salir de misa tras el sermón que satanás pronunciará en el púlpito de la columna montado en el toro alado ante la mirada resentida del toro alado.

La comunión de la diversidad se fundió en un pozo que excabó el último recurso que una multinacional expropió de los últimos dueños legítimos de la propiedad. La Tierra ya no tiene vuelta a la normalidad. Nos estancamos en la cárcel de nuestra vanidad. No supimos cuándo nos engañaron por última vez. Ni tampoco recordamos la primera. Lo que es cierto es que ya no queda fe en ningún sitio. Ni dioses que asistan prestos a la plegaria de los santos inocentes. No hay niños, ni niñas en el alfabeto. La posteridad tiene fecha de caducidad. Hemos decidido abandonar el barco mientra los músicos mantienen esclavizados a sus instrumentos ante el desplome matutino de la bolsa. Los ecos de la entrada de los jinetes se retransmite por las redes sociales con los memes de sus caras de verdad. Cada facción ha elegido los sospechosos habituales de nuestra percepción, cada vez más precisa, de nuestra última neurona. El último sitio seguro en el que finalmente encontramos la paz.

La persecusión no cesa. El tiempo en pausa nos obliga a consumir cualquier basura que se presente en un timeline que nos posee. No tenemos tiempo para contrastar. Ni siquiera lo deaseamos. Ya ni vemos quién lo manda. Si asusta cuenta. Todo por ceder a nuestro impulso de que todo esto termine. Hay un movimiento que alimenta la ilusión de que todo esto que un día fuimos volverá. Que recuperaremos la gloria de tiempos pasados. Un pretérito perfecto. La sombra de lo que un día fuimos. Algo que nos permita arrastrarnos de vuelta a nuestras complicidades con los añorados amos. La salvaje situación de los temporeros que encima ahora se quejan de que les demos la oportunidad de sacar la cabeza de las aguas negras mentales que los cortejan. El olor intenso de los restos de pescados dejados al sol para ambientar el desconsuelo funciona a las mil maravillas y atrae todo tipo de criaturas, desde zopilotes venidos desde África hasta larvas novicias que se estrenan en la luz para asombro de los chiquillos que relamen el suelo con su inocencia socavada.

Si acaso no quedan ganas de entretenernos con el último augurio de un centauro que se ha puesto a escribir, o replicar, la misa del domingo del Belcebú. Los mensajes son muy parecidos entre sí en todas las barriadas. La consigna viene del altísimo que tiene todo tan claro que decidió ponerlo todo, esta vez, en memes que reflejan con transparencia aquello que debía ser combatido. El comunismo no tendrá ni un respiro en el contexto decimonónico de la revuela apocalíptica. Los tiempos de disfraces sociales y máscaras virtuales se ha convertido desgraciadamente en el vulgar esfuerzo por escoger un filtro que nos oculte, a nosotros mismos, quien realmente somos. Hace tiempo que lo olvidamos, de tan bien elegimos los impulsos de tiempos esclavizados de un amanecer desprovisto de risas. El humor quedó sepultado tras las sentencias concatenadas de los controladores de la moral. El espacio de recogida de las almas se materializó en las nuevas estatuas que se erigieron para nublar nuestra cultura. No hubo sitio para nada más. Nunca más nadie confió. Finalmente sucumbimos al zumbido de la luz. Nos fuimos directo al matadero. El flautista nos lo advirtió. Algo sabría.


Golman llevaba cuarenta años de cuarentena. No se había presentado aún a la contienda. Había decidido esperar hasta entender por completo las consecuencias de sus elecciones particulares. No sabía cuál de todos los juegos debía preceder en su narrativa reconsturctora. Siempre cabía la duda. Dudar más siempre ha sido la manera que encontrar nuevos perfiles sobre los que dibujar el último mapa. Sus libretas le habían proporcionado todos los ejercicios necesarios, los 99, para estar preparado para un único despliegue definitivo de su revelación descomunal. El presente, finalmente, había llegado aquí para quedarse—pensó.

Vivir en el presente tiene varias implicaciones. No sabemos si esto durará más allá de esta mañana. Como el trabajo. Ya hace tiempo que dejamos de creer que esta será la falacia sobre la cuál podremos reestablecer el sentido de nuestra existencia. Se destruyó el cielo que sostenía nuestra fragilidad, y de pronto, sin esperarlo ni buscarlo, estamos en medio de la escena que despliega las trombas de un alud que se aproximan a mi entierro. El tiempo de un inmortal que baja a la vida de los mortales está marcado por su intrascendencia en nuestros términos finitos. Ni siquiera Jesús podía confiar que estaría ahí por siempre, sino que debía volcarse sobre los sucesos que se fueran dando para el devenir resultante de su performance de reconversión. Los hechos hablan de sus andares por el reducido mundo que pudo recorrer a pie. La dimensió de su mensaje debía constar como metáfora para que fuera más elocuente que la fuerza acumulada de los tiempos. La normalidad siempre está en la tranquila siesta que el león se permite en la sabana mientras todo sigue igual. No hay contienda sin la pulsión de un mesías que pretenda poner todo patas parriba.

La rebelión pues seduce las mentes de nuestros detractores. Cualquiera que esté en la cima tendrá un sequito de conspiradores en búsqueda del poder. El proceso de sostener los intereses de quienes ganas a pesar de la farsa que decidamos encumbrar. Lo mismo da, a no ser que nos esforcemos por encontrar un balance sobre las desigualdades sistémicas de todos los tiempos, hasta el inicio de los mismos. No econtraremos tiempo entonces para saber cómo actuar en sistema nuevo si debemos revisar todos los expedientes pendientes en los juzgados. Todos somos culpables de este desvario. Y también de la incapacidad de este sistema por presentar vías más frescas para matizar las diferencias y las injusticias, para vivir más allá de lo que nos pretenden vender, para saber estar a pesar de cualquier desajuste estructural del último plan que nos imaginamos posible, antes de la última debacle. Todo está a punto de caer. Y no nos queda fuerza para volver a empezar.

—¿Será este el momento?—Golman sopesó. Podría ser. Solo bastaba poner la máquina a andar. Darle un sentido a perspectiva desde la cuál el cambio se procura asimilable. Como nuestro respirar. Como fundirnos en un abrazo. Como despertar acompañado.

El día de la anunciación finalmente se desveló. Y por fin nos encontramos en la cuenta atrás. La reconstrucción social de una estructura mental que nos traspasa. Hay una puerta que cada uno debe traspasar por su propia cuenta. Y tras ella, todo. ALLS.

Tengo la sensación de…

…pertenecer a una oculta raza humana.

…estar en medio de la nada.

…perder una oportunidad invaluable.

…temer por mi propia vida.

…no dar el paso adecuado.

…estar inmovil en el lodo.

…no tener nada que aportar.

…no tener nada que decir.

…no poder más.

…asistir a un triste desenlace.

…formar parte de la nada.

…flotar en medio del espacio.

…silenciar las voces en mi mente.

…escuchar la tierra que me llama.

…hablar con otros espectros inmortales.

…leer justo lo que toca.

…leer menos de lo que debería.

…estar perdiendo el tiempo.

…oler una revuelta.

…estar a punto de llegar.

…sonar un poco cursi.

…repetir ideas ya dichas.

…repetirme más que el ajo.

…soñar más de lo debido.

…romper el molde en cada gesto.

…mamarmela continuamente.

…estar en el sitio en el que debo estar.

…sentirme inutil.

…fracasar continuamente otra vez.

…estirar la cuerda hasta el punto de romperse.

…luchar en vano conmigo mismo.

…esperar algo que nunca llega.

…saber que es imposible lo que quiero.

…arruinar la vida de los que quiero.

…no saber seguir por otro camino.

…todas las puertas se me cierran.

…que no hay camino alternativo.

…que es momento de algo nuevo.

…ya pensé lo que hay que hacer.

…ya lo dije alguna vez.

…perder el tren de aquél anhelo.

…no tener más que decir.

…no saber por dónde ir.

…no poder aguantar un día más.

…trascender a mi voluntad de actuar.

…contradecirme en cada paso que doy.

…acumular sin fin.

…escribir como un gesto simple inevitabe.

…desnudarme en cada texto.

…exhibir un estado que me altera.

…asustar con lo que hago.

…no llegar nunca a ningún sitio.

…no saber qué más hacer.

…no tener ningún sentido.

…no valer la pena.

…no escuchar lo sufiente.

…haberlo oido todo.

…no contender a nada más.

…estar en buen camino.

…estar errado.

…estar aburriendo.

…estar perdiendo.

…estar muriendo.

…estar viviendo.

…estar aislado.

…estar solo.

…estar aquí.

…estar atento.

…estar contento.

…estar consciente.

…estar presente.

…estar ausente.

…estar de vuelta.

…estar en paz.

…estar de más.

…tocar los huevos.

…aburrir con mis discursos.

…repeler a quién un día creyó en mí.

…no saber por donde ir.

…no buscar nada más.

…no tener necesidad.

…no tener validez.

…no poder participar.

…no tener control.

…poder marcar el gol.

…ser pieza clave para el título.

…pertenecer a la revolución.

…saber que es sueño.

…que esto es una ilusión.

…que la ficción es el camino.

…que nosotros somos el destino.

…no hay más allá a dónde ir.

…tan sólo hay que mirarnos al espejo.

…y respirar una vez más sin darnos cuenta.

…mirar adentro de mi cuerpo.

…sentir mis latidos atentamente.

…seguir el camino de mi destino.

…volver al sitio del que partí.

…nacer tras un parto natural.

…respirar por primera vez en la placenta.

…latir sin más.

…sentir la vida.

…sentir el ser.

…sentirme bien.

…escuchar a Dios.

…referirme a Adorno.

…volver atrás.

…fallar de nuevo.

…estar listo.

…volver al centro del campo.

…conseguirlo la próxima vez.

…estar atento al rival.

…saber que esta es la ocasión.

…fintar aquí que voy allá.

…estar de cara a portería.

…tener opciones de marcar.

…voy a ganar este último duelo.

…haber marcado un gol.

…sentir el grito de un estadio.

…fundirme en un todo pleno de gloria.

…ser euforia en un abrazo.

…no necesitar nada más.

…estar aquí tiene sentido.

…presente ante el ritual.

…necesitar el rival que nos contiende.

…aspirar un aire libre de violencia.

…asumir un tránsito a otro discurso.

…vivir en una trampa cíclica del mal.

…que está a punto de caer.

…estar más cerca de ese punto de no retorno.

…ser optimista en nuestra capacidad de realizar el traslado.

…estar a punto de transgredir la norma.

…tocar los huevos al status quo.

…volar a la chingada.

…marchar lo más lejos del presente.

…unir las voces del presente.

…que la masa anhela otra liturgia.

…que sin un juego nuevo no hay cambio.

…no necesitamos nada del pasado.

…que no pretendo dar lecciones.

…no puedo evitar sentir cierto asco hacía mi mismo.

…negarme el hecho de ser libre.

…no ser por temor a algo que no existe.

…saber lo vulnerables que ya somos.

…no tener salida ni perdón.

…no tener un juicio justo.

…adelantarme a los hechos.

…no querer el camino dibujado por mi voluntad.

…no merecer el privilegio..

…no asumirme en ese rol.

…no saber venderme.

…no poder ser un producto.

…no tener otra salida.

…no tener ni idea.

…no saber hacerlo.

…no querer sufrir.

…sufrir en vano.

…vivir bien y mal al mismo tiempo.

…alimentar las contradicciones de mis actos.

…ir en contra de mis palabras.

…boicotear la salida de mi única salida.

…ser un idiota más en la comedia.

…tener más vergüenza que valor.

…no contar en lo más mínimo.

…tener un cierto halo de duda.

…saber que si ya fui lo que había dicho ser.

…no tener más quecir.

…poder vivir bajo mínimos.

…saber estar en cualquier sitio.

…poder subir cualquier montaña.

…saber surfear la próxima ola.

…volver al sitio justo de mi pasado.

…estar cerrando un círculo repleto de familias.

…ser un legado de valientes seres que vivieron en su tiempo.

…sufrir lo mismo que todo Dios.

…que no hay Dios que se precie de ser el único.

…no tiene sentido estar en comunión con el más allá con antagónicos creyentes de otros mitos.

…ser parte del problema.

…pedir perdón cuando no toca.

…estar meando fuera.

…perderme algo de la película.

…no estar al día con lo que vibra.

…estar conectado con Bob Marley.

…haber vibrado con Morrison en Paris.

…poder bailar un tango en París y no violar a nadie.

…que el macho alfa es una bazofia que no concuerda con la especie.

…que el machismo está latiendo por última vez y pone cara de maldito.

…que el heteropatriarcado no tiene todas las culpas.

…caer mal a todo el mundo.

…saberme sentenciado por algo que yo dije.

…estar en medio de un ridículo debate en torno a algo que me incumbe.

…dejarlo todo por el tedio de una cancelación absoluta del resto de puntos de mi obra.

…no tener obra.

…no tener forma.

…no alcanzar a ser.

…no querer pretender.

…no querer estar.

…no querer sobrar.

…no querer molestar.

…no saber más.

…no poder.

…no ser.

…ser.

…ALLS

Golman Elizondo Pacheco

GOLman es un sitio sagrado más allá del mundo que conocemos hoy día.

Nunca aprendimos muy bien la lección de todas las civilizaciones prehispánicas que dan origen a lo que somos más allá de lo que nos han venido a decir en los libros de historia. Una cosa nos quedó clara a todos: el nombre de la tierra que dió nombre a los olmecas: Olman.

Por ello, mi nacimiento como mito del futbolarte dentro de este nuevo sistema va más allá de una creencia, de una lección, de un culto, o de un performance. Se trata de un rito. Recuperamos pues lo primigenio que nuestros antepasados intuyeron con su vida. Más allá de lo que el desarrollo de nuestros compañeros de las antípodas vinieron a aportar a lo que hoy somos, en sintonía multiversal.

Repetimos todos: ALLS.