Acorralado por las deudas

Si pides dinero prestado, un día, vienen a cobrarte. No vienen los mismos. Vendrán otros. Y te ayudarán. Más bien, te «ayudarán». Ya sabes. Siempre hay una manera para resolver cualquier conflicto, más allá de cómo tengamos que ponernos de acuerdo. Pasa el tiempo. Y el cerco se estrecha. Las fuerzas del mal están a la vuelta de la esquina. El mundo te acecha. No quedan más rincones para esconderte. Expuesto ante la esclavitud que viene a pertenecerte. Y en sus manos, caes en el hueco del olvido.

Los esclavos en las galeras tenía sus sueños y su realidad no parecía corresponder con los caminos para establecer otra situación más allá de la subsistencia. La vida a diferentes niveles del estrato en el que fuiste depositado al nacer. La surrealidad de las catacumbas están diseñadas para la subsistencia de sus moradores, y también, de paso, para asustar con el porvenir desbocado de aquellos que caen en desgracia hacia lo más profundo del precipicio, más allá de la superfecie contra la que se estrellaron, en los submundos bajo tierra que rehuyen la luz del sol, el aire puro, y la convivencia con los impolutos.

Las cicatrices de la marginalidad aparece en la epidermis con la doble función de marcar al desgraciado frente a su propia insolvencia, y como mecanismo de alerta para el resto de los mortales, que de entrada deben temer por sus vidas al estar presentes ante una de estas marcas de satanás. El miedo a caer queda simbolizado en el pavor de llevar una de esas marcas imborrables frente al resto de los seres del «bien». La fragilidad dermatológica de nuestra capa protectora nos delata y nos pone frente al riesgo más tenaz que encuentre el porvenir más a la mano para clavar la flecha de cupido. El amor puede ser muy cabrón.

Desasosiego. Qué más da si voy volando y acelerándome cada vez más hacia mi destino con la gravedad que me propulsa a ese último encuentro con la tierra. Gaia y yo nos abocamos nuevamente a fusionarnos en un solo gesto. El impacto final del meteorito que nos borra como humanidad de la faz del multiverso particular que solíamos habitar. Tiempo después, en otro lugar, el espacio se concentró para encontrar en el DNA desperdigado de los restos de la humanidad como conjura desde el polvo estelar de este nuevo big bang, estableciendo una emergencia cámbrica en la reunión de las especies moleculares ensimismadas en una amalgama particular de interacciones post-mortem. Algo de vida, o de información, quedó ahí, latiendo en medio de la fusión nuclear más brillante que el sol habría percibido en su corta vida.

Todavía recordaba el sol aquél otro meteorito que le privó de seguir dorando las pieles de los dinosaurios que tanto placer obtenían aquellas tardes de verano. Los ciclos de la mecánica estelar que condicona nuestra vida, esas 24 horas, esos 365 días y tantito, que ni siquiera percibimos, salvo cada cuatro años. O las 13 lunas. Lo mismo da. Los giros sobre los que nos movemos como Gaia, como quien domina el arte del hula hoop. Los condicionantes de nuestra coexistencia con la luna, en ese juego romántico entre dos amantes que no se tocan. ¿No sería más fácil que la luna se precipitara un día sobre la tierra en un arrebato de amor fatal?

Seguro, pero ese es otro cuento.

Un día dejas de pagar. Lo que debes supera lo ingresas. El trabajo se esfumó hace mucho tiempo. No había más salida que para adelante. No hubo más caminos que seguir. Yo seguí el mío, y me fui encontrando de nuevo con la vida. Pero era Oz. Y no tenía sentido alguno con lo que debía de ser. Percibí la realidad desde las afueras. Como quien se pierde por completo del chiste que ha hecho reír a una multitud entregada. No pude sucumbir en paz ni destapar la farsa. No sólo no tuve las fuerzas, sino que el espíritu me corrigió. No lo hagas; no ahora. Espera. No es el momento justo. Nunca lo es. Salvo cuando estás ahí. Metes la punta del botín, rozas la pelota, cambias la trayectoría del meteorito, y desencadenas las circunstancias del futuro… gol.

ALLS

Epitafio de mi locura

Armando Gallo Pacheco

Fue un placer, mientras duró.

Armando Gallo Pacheco

Nunca más volvió. Un día, sin más, se esfumó. No se supo más de él. Así como vino, se fue. No supe reconocer de qué manera se había convertido en la persona que dominó la superviviencia en el límite del caos. Se trató de un hemisferio posterior a lo que aquí abajo nos deja rascar la subsistencia. Las rutas que me conectan con ese pasado están de alguna manera delineadas por una Vía Augusta engalanada por los sepulcros de pueblo llano que quedó en el camino desde entonces. Podría volver a él en cualquier momento, y él venir a mi, sin que esto disturbe a los muertos que yacen plácidamente en sus tumbas. Todos los caminos llevan a él. Él. Qué ser.

No se puede estar en dos sitios a la vez. Ni tampoco ser más de una persona en un mismo instante. Eso fue lo que nunca supo entender Armando Gallo Pacheco, que continuamente se desplegaba en varias dimensiones en las que se explayaba, normalmente en una única dirección que perseguía hasta encontrarse enfilado en una catarsis sin fin. Esa es la única virtud de su desenfadado proceso de estar: seguir.

No es trivial seguir un camino. Ni tampoco seguirse a uno mismo. Especialmente cuando se sabe que por el camino se van dejando cuerpos que no siguen, inhertes estatuas que prefieren congelarse en el tiempo que no está sujeto a la potencia de la ola que finalmente se condensa en un segundo de compresión en el que el tiempo rebota, y culmina la pieza.

El performance tiene una consecusión temporal presente. Se afirma mientras se despliega en un único acto. En su día supo que eso era lo que hacía, pero que no importaba desvelar a nadie más lo que él entendía como un todo. Y en ese discurso se perdió, una vez más, sin saber si había contado lo correcto, o escondido lo cabal. Y detrás de una cortina de humo, se fue perdiendo en sí mismo, sin ser capaz de lidiar con la estructura de lo brotaba sobre la superficie de lo aparentemente real. La vida siguió su curso, y él, su obra. Y nunca había de acabar, salvo que el tiempo y el espacio conjuraran por encontrarle una temporalidad propia en la que quedara reflejado su ser. No tenía claro qué forma tendría, ya que al final de cuentas, la única manera de existir sería a partir de la circunvalación espacial dentro de la red neuronal del otro, conectada a un circuito circular que reconecta al ser con su circunstancialidad dual, uno, y todo: ALLS.

Él sabía que la perpetuidad con la que comulgaba no podía pervivir para siempre. Al menos no en este espacio-tiempo. La arquitectura de su discurso le llevaba a recorrer todos los estados de la naturaleza que había habitado en algún momento de su entelequia. De haber existido su recorrido neuronal estaba ahí. Aquí. Ahí y aquí. Mente y ser. Esas dualidades desplegadas a partir de los espejos que se crean al pensar. Una chispa electrica diminuta que alumbra un hilo de nuestra conectividad neuronal que no había sido utilizado en el pasado para nada. Ese hilo, leído, reconecta ese instante. Ese momento permite que el ser, o la red neuronal, se califique a sí misma, a partir de una etiqueta. Esa etiqueta, de alguna manera, es el significante de ese preciso momento, al menos para quién la define.

No olvidemos lo que somos. No olvidemos por qué estamos aquí. El camino no está escrito en ningún libro. Ni siquiera en los de texto. Las reglas con las que convivimos mutan más que nunca, dejándonos sin la estabilidad que nos brindaba la pulcra sociedad basada en la moral religiosa. Ni tampoco las leyes que nos enmarcan en un contrato social que nos permite a ser todos iguales ante la Ley, ama y dueña de todo. La ley y los suyos, como el rey y su corte. Las cortes. El pueblo en las cortes. El parlamento. Y el pueblo, con su rey puesto, el presidente, que emanan de sí mismo. La política, tan vilipendiada, es a su vez, la única salida. Pero no así su forma. En ese sentido todo es maleable. No obstante algunas estructuras de nuestro modelo actual son inelásticas. Ante la presión de rotación o traslación, quiebran. Y con ellas, las columnas vertebrales de nuestro mundo se tambalean como el imperio romano, y sus ciudades.

Al loro, que no estamos tan mal. Siempre puede volver aquél e intentar de nuevo aquello que un día vivimos. Y eso, tentación y/o desgracia, es nuestra espada de damocles.

Armando Gallo se dio cuenta de todas estas cosas, y por eso, estuvo presente, levantó la voz, escribió 999 caminos, y se fue como el viento que se llevó a Tara. No fue el fuego, sino el viento. El modelo del sur, desvirtuado una vez más, por el pecado nunca redimido de su esclavo pasado. La trampa estaba ahí, en ese agujero negro que yacía delante de él. No era un precipicio, sino un simple agujero negro. Y estaba ahí delante: as su pies. Así que tomó la decisión más dificil de su vida: caminar. Y se fue.

Algunos piensan que ahí sigue. En una paradoja del tiempo y el espacio. Quizás en un gusano temporal que lo conectará de vuelta en otro momento de la historia. Quizás la historia terminó cuando él se fue. No se sabe. Pero algo permanece. Su leyenda. Su presencia. Su ilusión. Quizás tan sólo queda un culto superpuesto sobre lo que él explicó que ya nadie tiene en cuenta, al tener encima una metaestructura posterior que lo ha acaparado todo, sin dejar espacio para el movimiento, justo al contrario de lo que en su día promulgó con su voz.

Hemos perdido un personaje, pero a cambio, ha nacido un mito. Quizás detrás de todo lo que permanece intacto es el ritual con el cual Armando Gallo Pacheco encontró la vía para afirmarse a sí mismo. Quizás ese sea el único camino tangible. Lo inasible está más cerca de lo que pensamos. Un salto al vacío y reconectamos nuestro ser con la presencia continua de un palpitar eterno.

ALLS

Fin de un ciclo persecutorio

No todos los días se puede escapar de un ciclo persecutorio, pero hoy sí. Tras diez años de rascar el fondo de los desfiladeros de la agonía, finalmente me topo con el momento justo para volver a respirar por encima de la superficie… aahhhhh…

El día es azul, como todo primero de septiembre en este país. Recuerdo muy bien el primer uno de septiembre que presencié en este país, por allá del 2002. El día anterior era cláramente un día de agosto, con un calor infernal, que me recibió con la familiaridad de quién regresa a casa, con ligeros cambios de las personas que habitan el espacio que hasta hacía 6 meses había sido mi hogar, y que ahora compartía, mirando el Tibidabo, con un francés con el que se podía compartir un instante de paz. Aquél día conocí a Olivier. Me abrió la puerta y me hizo de anfitrión de una ciudad que ya era mía, pero como él, traería nuevas dosis de aventuras. Sin duda alguna, aquél día también marcaba el inicio de otro ciclo, no se si persecutorio, pero en todo caso, de uno de los ciclos más importantes que afrontaría en mi vida.

Desde aquél día, los 1 de septiembre me parecieron siempre poseedores de una carga simbólica extremadamente potente. La renovación tras un verano que marcaba sus distancias con un descenso en las temperaturas y un apaciguamiento de lo que había sido el ciclo anterior. El verano en España es sumamente extraño, con dosis de pueblo y playa, y con una afluencia superlativa de extranjeros en busca de chiringuitos, arena y mar. Pero en septiembre, a partir del uno, todo eso se esfuma. La televisión cambia. Todo se echa a andar. También la política… oficialmente, al menos. Luego, años más tarde, me enteré de aquella tradición española de sus gobiernos de introducir cambios drásticos justo en el verano cuando las prioridades de los españoles están centradas en la calidad de la menta del mojito, o la temperatura óptima de la cerveza.

De ese 2002 a este 2020 parece que todo ha cambiado. Parece tan sólo el juego de las sillas, en el que el dos y el cero han conseguido una vez más encontrar su sitio, en la silla de al lado. Se trata de ciclos que se unen este 1º de septiembre a partir de esta historia de (re)vuelta a nacer. Los números no cambian. Podríamos estar, entonces, al menos en lo que a mi ciclo vital se refiere, a un cambio tan drástico e importante como el que en aquél entonoces afronté.

Aquél día, recuerdo tener la sensación de estar empezando la vida en un sitio diferente. Una ciudad que conocía, ya que había aterrizado un año atrás, en el 2001, también en septiembre, aunque aquella vez unos días antes de la Mercè. El ciclo había empezado. Entonces me pareció que la novedad de los septiembres en Barcelona tenía un cierto ritmo que me conquistó por completo. El clima, la vibra, el dinamismo del trabajo. Todo parecía venir de una dinámica certera, que no tenía manera de imaginar que fuera distinta un mes antes, más aun viniendo de un lugar como Ciudad de México que tiene un ciclo continuo en movimiento. Aquél primer encuentro con lo desconocido despejó todo el ciclo de iniciación que todo nouvingut que llega a Barcelona necesita para hacerse con la ciudad. Barcelona tiene una dimensión urbana que te cambia por completo, una vez que comienzas a deslizarte por una de sus fracturas, topando con las laderas de las pendientes que conducen a las cuevas sagradas en dónde se reflejan en sus paredes las sombras sagradas de la realidad, o quizás, como mínimo, el nacimiento inmaculado de la surrealidad.

Hoy vuelvo a ser quién fui. Esa construcción de uno mismo que se encuentra en un ciclo lleno de luz, como antiguamente, en algún momento dado, como si escuchara al entrenador describir una metáfora oportuna para saltar a la cancha y disfrutar. Uno no llega a Cryuff el primer día que pisa Barcelona. Hay un largo camino por recorrer para entender la dimensión que puede provocar la irrupción de un extranjero insolente en la normalidad estandar de esta ciudad.

Barcelona es la capital de urbanidad anterior. A partir de ahora todo se precipita a una urbanidad compuesta de multiversos coexistentes es espirales que se revuelven consigo misma en un baile armónico de divergencias. El caos que delimita todas estas itinerantes posiciones en el tiempo y el espacio definen la manera de ser de una capital libre de todos los estados. Como mínimo mentales. El lugar amerita tener un sitio, al menos en la ficción, y si acaso, en el movimiento emergente de una sociedad que se encuentra constreñida por las contradicciones de sus propias afiliaciones. Los pilares de esta tierra se hunden en el lodo de un fin de ciclo persecutorio. No hay por qué temer.

Este ciclo, de momento, nos ha abierto el camino a un nuevo horizonte. El camino que nos lleva a otra nueva dimensión. Este salto que otras culturas no han sabido realizar al mismo tiempo, todas juntas, en un momento dado. El momento ha llegado. Podríamos estar frente a él. En este preciso instante. Y entonces, el devenir de la historia se concentraría en un gesto, o más bien ritual, de conclusión, y a su vez, de apertura, al reproducir en voz alta una palabra… ALLS.

Escribir desde Menorca

No es el mismo estado de ánimo. Ni la misma situación. Menorca representa todo: al fin y al cabo es una isla, y todo el mundo sabe lo que abarca el simbolismo de uno mismo, y por tanto, de una isla. El mar nos espera. La fuga sólo tiene una vía, si descontamos el camino de Ícaro. Pero aún así, lo que vinimos a hacer a una isla sólo lo sabemos quienes en ella nos convertimos en algo más. Aquello que devenimos es nuestro «yo» illenc.

No todas las islas son iguales. De hecho todas son distintas. Y cada una representa lo mismo. La unidad y la multiplicidad coexisten en la isla. No se trata de una metáfora de reality desgastada, por más que vivamos en una situación hipersaturada de realidad de cartón-piedra. Lo vanal es lo más, y lo demás, existenicial, no existe. Por tanto, hemos relegado los ritos más significativos a una escala elitista que construimos a partir de la cultura. Y no dejamos permear a todo el mundo. Unos pocos son los bendecidos. Y eso también queda registrado en discurso que elegimos proyectar de nuestra transformación isleña. Se trata de una inmersión sublimada por los mismos cielos, las mismas aguas, los mismos soles que en la antigüedad saciaban a los habitantes de los bosques y las urbes mediterráneas. Algo eterno subsiste en el verano que se desvela en las calas de la isla.

El baño. Bañarse, como si debiéramos bautizarnos una vez, al menos, para ser dignos de estar en la presencia de este Dios que nos ilumina con su luz. ¿Acaso, sol, no te suspiré mi último halago desde la posición de plegaria flotante? La nubes acompasaron la ilusión de estar sumergido en las aguas en las que me transformaba, otra vez, en ese último baño. La nube estaba ahí, en eterna deformación, hasta que en un momento dado se esfumó. Y mi yo anterior, con ella.

No cabe duda de que vuelvo a elegir esta vida. La contemplación de una oración que persiste pese a los intentos de banalizarlo todo. Los sentidos desde el interior de las aguas en las que mis oidos se han fundido con la experiencia subacuática, mientras los ojos mantienen su visión periférica dual azul cielo. La frontera nos lo da todo, y ahí, sobre el muro, construimos un instante de conexión incuestionable y permanente, pese a su obstinada reinvención acto seguido.

No preciso volar si puedo disolverme en los estados de mi «yo» illenc. Nomás que aquí se escribe una mutación singular sin fin ni solemnidad que valga de representación. No es lo mismo estar aquí que en otro sitio. Cualqueira que quiera ser esto, sólo puedo conseguirlo en este estado mental. Y en esta isla se aprecia dicha gracia, más que en ninguna otra. No hay duda. Y pese a ser esta la puerta correcta, todas las puertas de las otras islas conducen, a su manera, al eterno retorno que las islas prometen. Esa circularidad define la costa de la isla, como también isla es, el continente, si se tiene la suficiente paciencia para recorrer todo el perímetro de sus playas.

El agua se mece intermitente con la obsesión del latir de un corazón paciente. Escucha el latido, al ladito, dónde estás, que no te siento. Me distraigo con cosas superfluas que me aislan de mi mismo, hasta que vengo aquí y me reencuentro, en otro «yo». Vuelta a empezar. Una vez, más, y no falla. No hay más recurso que volver.

Ya no me quedan más islas para escribir desde este día. Sólo tengo un rato más antes de partir. El puerto de Mao me espera para recorrerlo, una vez más, de principio a fin. Y su manto protector, embriagado por la habanera de despedida que se perdió la noche anterior en cala Corb, desde un Cau que ruge con nostalgia de lo que aquí un día se reconfiguró, como el aliento pestilente de un poeta, o la trompeta mesiánica de un desgraciado familiar, como quien intenta suplantar con alegría la alegoría militar que nos despide entre Sant Felip y la Gola.

Una vez más arrastramos nuestra sombra por el mediterráneo, de vuelta a la capital. La urbanidad de un puerto que nos llama con los cantos de la Sirena Caballé encaramada en lo alto de una montaña desde donde se distribuyen las ondas expansivas de un campo magnético posterior que se regenera simultaneamente a nuestro devenir colectivo resultante. Otra vez la misma historia.

ensō: vuelta al origen.

ALLS

Ni fiscismi ni intifiscismi…mimimi

La camiseta del candidato fue la primera victoria de la alternativa surrealista en las antípodas del estatus quo el día del debate presidencial en las elecciones de otoño. No se podía preveer que los tiros irían por aquí dos días antes de que se organizara el debate televisado a todo el país. Los partidos tradicionales arengaban a sus parroquias con los mismos eslogans y lemas de campaña que han ido repitiendo campaña a campaña durante los primeros 45 años de la democracia. Era el momento de un cambio sustancial en las reglas del juego, o más bien, era el momento necesario para instaurar el nuevo juego: NEW.

El partido de Golman Elizondo Pacheco tenía un plan que se conjugaba en un nuevo idioma, un nuevo estado y un nuevo modelo social: NEW. NEW, ene, e, doble u. Eran tres palabras que se leían así: niu. Así de fácil. Así de complejo. Así de simple. Así de utópico.

Toda campaña se construye sobre una única idea: cambio. Todos los partidos han hecho la misma campaña. Una detrás de otra. Y el sistema se ha visto beneficiado/perjudicado por el mecanismo mediante el cuál los ciudadanos simplemente ya no prestan atención al plan que se propone de gobierno. Lo que interesa, sobre todo, es la naturaleza humana en una contienda a guante limpio frente a los némesis sociales que cada uno de los partidos representa. La democracia había demostrado ser una foto muy bien trazada de cada una de las sociedades que enarbolaban la posibilidad de ser/estar en una nación distina al resto de las naciones. Los estados nación nos habían otorgado la titularidad humana suscrita a un tipo de gobierno, que nosotros mismos, o nuestros antepasados, habían confeccionado en un libro sagrado inmaculado: la constitución.

Si nos detenemos a pensar hay al menos 198 libros sagrados de este tipo. 188 constituciones que repesentan todas las maneras de ser el mundo, con sus más y sus menos, con sus derechos y obligaciones. Todos estos libros, en el fondo, parten de no más de 9 libros sagrados iniciáticos que sentaron las bases para que el resto de los estados se sentaran a plagiar dichos libros sagrados. Cartas magnas. Ámonos. Qué bonito. Somos la repolla.

Cada nación estado piensa lo más alto de sí mismos. Y por eso que tenemos la necesidad de refrendar nuestro deber patriótico cada vez que se nos convoca a las urnas. Y lo hacemos con la alegría con la que el más catalán de los insolente, don Pepe Rubianes, anotaba que los trabajadores iban a trabajar cada día por la mañana en el metro o el autobus. Esa cara de ilusión es la que nos queda cuando nos convocan a unas elecciones más en las que decidimos a quién le damos la llave de mando de nuestro trastocado sistema.

En en el minuto cero del debate, la camiseta del candidato Golman, había ganado a las redes para siempre. #nifiscisminifiminismimimimi

Eterno confinamiento

De pronto no sale nadie a la calle. La idea no es nueva. Pero eso no es lo peor. Lo peor es que no es vieja. No se hace vieja, pues. Sigue aquí presente. Es la actualidad de nuestra vida en pausa. Y mientras tanto nos preguntamos qué es la vida, sino aquello que vivíamos. O quizás esto, en dónde ya estamos a la merced de las conspiraciones más ridículas de la historia, impulsadas por las mentes más diminutas de la barriada.

La vida en sociedad está en manos de nuestros políticos y de la economía. Los narradores de la actualidad nos pintan las cosas como creen que son, o bien, como mejor se vende un bacalao que da igual si existe o no. No hay más realidad que la que la gente replica con temor en las redes sociales. El tiempo se ha disuelto, y lo único entero que queda es la paranoía.

Los lazos fraternales con los seres humanos se han debilitado, al tiempo que se han destrozado todos los canales de prosperidad de un plan global para el bienestar y el desarrollo. La agenda universal está plagada de virus que se infiltran con troyanos que pretenden espiarnos a toda costa, en todo momento, con ningún propósito en particular, y todos en general. La vida pues se ha convertido en una bazofia de historias nimias que dan pena leer. Los opinadores son más célebres, en este nuevo contexto, que los escritores con cara y ojos. Ya nadie tiene cara. Puras banderas.

La tela ha vuelto. La tenemos en la cara. Ya sabemos lo que representan los vecinos con su presencia o con su ausencia en un balcón. Nos queda la duda de lo que será esto cuando todo cambié. Lo que sigue no está escrito, pero quienes tienen el control tienen dos ideas centrales peligrosas. Y ninguna de ellas persigue un bien común, más allá de la acumulación del poder, por vicio. Porque el poder se ha colocado en un sitio en el que ya no nos gusta lo que sale representado por el pueblo. Y el pueblo, ajeno a la verdad, se tira a la contienda con los ojos vendados para asomarse a la ignoracia compartida que se despliega en plaza pública como quien mira a los ojos a un toro de lidia.

La tradición muere y el porvenir ha suplantado el futuro con una especie de régimen eterno del 78. No hay acuerdo ni pactos. Ni siquiera queda estado para repartir. No queda impulso vital que nos permita seguir siendo lo que un día fuimos, porque todo eso ha quedado enterrado en las tierras de regadío abandonadas en el campo vacío. Montañas desoladas con paseantes que no quieren aire fresco, ni veredas, ni estar aquí. La voluntad más grande es la de marchar de aquí. Pero no hay a dónde ir. El despojo de lo que un día fue se utiliza como grieta para espantar la noción absurda de un porvenir sostenible de una hipotética economía circular. Nunca fue cierto nada. Y ahora, de cara al cambio, tampoco el pasado encuentra sustancia en lo que nos queda de razón. No quedan neuronas buenas. Las hemos dejado atrás en la pandemia. Se nos escapa lo poco que se cuela por las alcantarillas. Allá, el el submundo, se entierra un tiempo que no será nunca más lo que un día pareció ser. Y enterrados estaremos unidos en la perpetuidad de lo que nunca fuimos. Nos perdimos en un pasillo eterno de paso doble, mientras el tango que salía de los megáfonos nos anunciaba el final de un sufrimiento que se estiraba sin fin entre la angustia compartida con la persona más cercana a dos metros de distancia. La corrida seguía su tercio sin que nadie permitiera que volteáramos a otro escneario. No quedaban más permisos ni grados de libertad en la conciencia que se esfumó con el último luthier.

No hay más baile que escuchar mientras se pierde la conciencia de quien uno es en medio de una playa cuya arena ha sido sustituida por espinas. Los faquires han tenido su verano con la cama de espinas que se tiende entre la toalla y el baño. Al sumergirnos en su inmensidad, tras el calvario de las espinas, nos encontramos con el chapopote y las miserias que flotan a su alrededor, que nos dejan la piel lisa, y en aparencia nos queda un piel más tersa y brillante. Lo que prometían los cosméticos ahora lo tenemos a nuestro alcance, como el maná de un tiempo de reconstrucción facial. Nuestro gesto de alegría mutó al anhelo eterno del final. Pero esto ya no se le espera. El rey ha dispuesto sus recursos para que la caridad esté presente fuera de palacio por la gracia eterna de los nobles, que no han perdido ni un segundo administrando las migajas de lo que donarán el domingo al salir de misa tras el sermón que satanás pronunciará en el púlpito de la columna montado en el toro alado ante la mirada resentida del toro alado.

La comunión de la diversidad se fundió en un pozo que excabó el último recurso que una multinacional expropió de los últimos dueños legítimos de la propiedad. La Tierra ya no tiene vuelta a la normalidad. Nos estancamos en la cárcel de nuestra vanidad. No supimos cuándo nos engañaron por última vez. Ni tampoco recordamos la primera. Lo que es cierto es que ya no queda fe en ningún sitio. Ni dioses que asistan prestos a la plegaria de los santos inocentes. No hay niños, ni niñas en el alfabeto. La posteridad tiene fecha de caducidad. Hemos decidido abandonar el barco mientra los músicos mantienen esclavizados a sus instrumentos ante el desplome matutino de la bolsa. Los ecos de la entrada de los jinetes se retransmite por las redes sociales con los memes de sus caras de verdad. Cada facción ha elegido los sospechosos habituales de nuestra percepción, cada vez más precisa, de nuestra última neurona. El último sitio seguro en el que finalmente encontramos la paz.

La persecusión no cesa. El tiempo en pausa nos obliga a consumir cualquier basura que se presente en un timeline que nos posee. No tenemos tiempo para contrastar. Ni siquiera lo deaseamos. Ya ni vemos quién lo manda. Si asusta cuenta. Todo por ceder a nuestro impulso de que todo esto termine. Hay un movimiento que alimenta la ilusión de que todo esto que un día fuimos volverá. Que recuperaremos la gloria de tiempos pasados. Un pretérito perfecto. La sombra de lo que un día fuimos. Algo que nos permita arrastrarnos de vuelta a nuestras complicidades con los añorados amos. La salvaje situación de los temporeros que encima ahora se quejan de que les demos la oportunidad de sacar la cabeza de las aguas negras mentales que los cortejan. El olor intenso de los restos de pescados dejados al sol para ambientar el desconsuelo funciona a las mil maravillas y atrae todo tipo de criaturas, desde zopilotes venidos desde África hasta larvas novicias que se estrenan en la luz para asombro de los chiquillos que relamen el suelo con su inocencia socavada.

Si acaso no quedan ganas de entretenernos con el último augurio de un centauro que se ha puesto a escribir, o replicar, la misa del domingo del Belcebú. Los mensajes son muy parecidos entre sí en todas las barriadas. La consigna viene del altísimo que tiene todo tan claro que decidió ponerlo todo, esta vez, en memes que reflejan con transparencia aquello que debía ser combatido. El comunismo no tendrá ni un respiro en el contexto decimonónico de la revuela apocalíptica. Los tiempos de disfraces sociales y máscaras virtuales se ha convertido desgraciadamente en el vulgar esfuerzo por escoger un filtro que nos oculte, a nosotros mismos, quien realmente somos. Hace tiempo que lo olvidamos, de tan bien elegimos los impulsos de tiempos esclavizados de un amanecer desprovisto de risas. El humor quedó sepultado tras las sentencias concatenadas de los controladores de la moral. El espacio de recogida de las almas se materializó en las nuevas estatuas que se erigieron para nublar nuestra cultura. No hubo sitio para nada más. Nunca más nadie confió. Finalmente sucumbimos al zumbido de la luz. Nos fuimos directo al matadero. El flautista nos lo advirtió. Algo sabría.


Golman llevaba cuarenta años de cuarentena. No se había presentado aún a la contienda. Había decidido esperar hasta entender por completo las consecuencias de sus elecciones particulares. No sabía cuál de todos los juegos debía preceder en su narrativa reconsturctora. Siempre cabía la duda. Dudar más siempre ha sido la manera que encontrar nuevos perfiles sobre los que dibujar el último mapa. Sus libretas le habían proporcionado todos los ejercicios necesarios, los 99, para estar preparado para un único despliegue definitivo de su revelación descomunal. El presente, finalmente, había llegado aquí para quedarse—pensó.

Vivir en el presente tiene varias implicaciones. No sabemos si esto durará más allá de esta mañana. Como el trabajo. Ya hace tiempo que dejamos de creer que esta será la falacia sobre la cuál podremos reestablecer el sentido de nuestra existencia. Se destruyó el cielo que sostenía nuestra fragilidad, y de pronto, sin esperarlo ni buscarlo, estamos en medio de la escena que despliega las trombas de un alud que se aproximan a mi entierro. El tiempo de un inmortal que baja a la vida de los mortales está marcado por su intrascendencia en nuestros términos finitos. Ni siquiera Jesús podía confiar que estaría ahí por siempre, sino que debía volcarse sobre los sucesos que se fueran dando para el devenir resultante de su performance de reconversión. Los hechos hablan de sus andares por el reducido mundo que pudo recorrer a pie. La dimensió de su mensaje debía constar como metáfora para que fuera más elocuente que la fuerza acumulada de los tiempos. La normalidad siempre está en la tranquila siesta que el león se permite en la sabana mientras todo sigue igual. No hay contienda sin la pulsión de un mesías que pretenda poner todo patas parriba.

La rebelión pues seduce las mentes de nuestros detractores. Cualquiera que esté en la cima tendrá un sequito de conspiradores en búsqueda del poder. El proceso de sostener los intereses de quienes ganas a pesar de la farsa que decidamos encumbrar. Lo mismo da, a no ser que nos esforcemos por encontrar un balance sobre las desigualdades sistémicas de todos los tiempos, hasta el inicio de los mismos. No econtraremos tiempo entonces para saber cómo actuar en sistema nuevo si debemos revisar todos los expedientes pendientes en los juzgados. Todos somos culpables de este desvario. Y también de la incapacidad de este sistema por presentar vías más frescas para matizar las diferencias y las injusticias, para vivir más allá de lo que nos pretenden vender, para saber estar a pesar de cualquier desajuste estructural del último plan que nos imaginamos posible, antes de la última debacle. Todo está a punto de caer. Y no nos queda fuerza para volver a empezar.

—¿Será este el momento?—Golman sopesó. Podría ser. Solo bastaba poner la máquina a andar. Darle un sentido a perspectiva desde la cuál el cambio se procura asimilable. Como nuestro respirar. Como fundirnos en un abrazo. Como despertar acompañado.

El día de la anunciación finalmente se desveló. Y por fin nos encontramos en la cuenta atrás. La reconstrucción social de una estructura mental que nos traspasa. Hay una puerta que cada uno debe traspasar por su propia cuenta. Y tras ella, todo. ALLS.

My first story

I’ve written many stories over the years. But I have been keeping them from you. I’ve been hiding behind my mind, just to come up with an excuse not to show up. I’m back here, and I see the world passing by. I feel alone, and somehow, safe. But alert: I also feel quite the opposite. A fraud. A misguided soul. A hasbeen who’s neverbeen. I’ve been just out here selling a sad story for myself that nobody believes. Not even me. That’s why I’m doomed. My worthless effort to confront my fears lay me down gently into the realms of nothing. I’ve acomplished nothing, yet I feel I deserve to have a place. Somewhere. Somehow. I just can’t handle how this could turn out to be a good story. So I keep thinking. So I keep trying. So I keep writing.

Nonetheless, I figure out I have a way out. Just one shot. This one shot is the story that’s going to safe my life. And this one story is the only one that I could tell. The true story I’ve been trying to be honest to. Because nothing else is anymore. And thus I fail in everything else as well. As it soons becomes a fraud. My fraud. Just like I see it. Like a see the fraud around me. And how it evolves and hunts you down. How it’s going to boomerang behind my back once I feel the releif of having thrown that stone at the right deamon. Pum!

I’m knocked down. My life is fear. I can sense it in my spirit-lost. I used to have it. Now I don’t. I told you already. I am not here for help. I am not here for therapy. I’m just here struggling, like the rest. And my story has been seldom told. So why again? Why me? Oh, lord, send me a sign…

Despair. Don’t show it. They’ll know. You are not supposed to be like this. This is dangerous to the system. They will soon come after me. And they’ll take me down. Like any other outlier that sits in the path of the system-dwelling smocks. Dull-faced hero’s of our time. Or jailmasters, or slavetraders. Murderers working for killers. Explotaition of the human kind working within the networks of our current LIFE. The underground connections to the dark forces within. The mafia culture. The moral doublethink that allows guns and drugs to be both the devil and the glory. And yet, we find the excuse to let it all sit in the same sort of frame. Our circus. And we, the agora, exploit the fact that we are not the evil one(s). Or so we think. But some fingers point at your direction. It’s not me. Like that’s a proof of anything. It’s people like you who brought us here. It’s entirely my fault. Now I know. Forgive me. Fellas, I’m the last sin. And I take pride on it; one last time.

I’ve only got one story. I’ve told it a million times. Or that’s what I figure. That’s what I’ve told myself. I have no proof. Just texts, documents, drawings, schemes. Babling. Over and over, the same story I’ve always told. It’s just it I need. Just this one tale. At point I will release the pain. The struggle will finally come to the end. And we shall still believe what surreality stands for in a leap outside yourself. It’s just that quest I’ve lead. And somehow, it’s still my cross. A holy one indeed. I must carry it on. Alas, here we are at last: ALLS.

I tried to find myself in Google

That’s me: Golman, servidor.
I’ve become a search for the definitive moment in time and space that will reverse the course of the final IT.

It like something bigger than anything else. THE thing. YOU know what I mean. Right. Right.

A question without a question mark would be a debate on English courses on native Literature from mexicans living in their ancient lands. I teach that in local University. I always get 99 online students from this location. That’s how I ended up coming to New América. I didn’t need to actually go. But I wanted to. So I tour the 99 spots in 99 days. Right in election times. I was the old América antiChrist. Finally. We’ve been expecting you. Ever since the firsts callers of the judgement day.

No fear.

Everyone take a sit.

The show will begin shortly.

Please leave your wallets on the fundraising purse that’s going around to collect your free fee.

#freefee

How much are you willing to pay?

That’s been the case.

A case study.

An structural framework.

A piece of art that turns us into a new society.

The final day.

As we march into the place the knights have been wanting to march in for the longest time. Alas, we are here.

A new humanity rising.

That other way.

Leave your shit behind.

You ain’t need it.

It’s going to rock in a new beat.

Writers will write the fantasia land that overcomes the nothing. Like if you were Atreyu. Only this time for real. Or rather: for surreal.

Surreality wins.

As no one predicted.

Till now.

ALLS.

La muerte del futbol

Si el juego tuviera fecha de caducidad quizás al tercer día renacería. No sabemos si el futbol… sí sabemos. El futbol es la nueva religión. No hay nada más grande a nivel global que lo que mueve el futbol como deporte: juego, entretenimiento, afición y negocio. El bucle está demasiado montado como para que venga ahora… un virus, y lo desmonté. No señor, dijo un caballero.

«El futbol es un juego de hombres.» Esta frase se lleva diciendo toda la vida. Hay dos implicaciones en la misma. Una voluntaria y la otra «no tanto». La connotación más honesta tiene que ver con la singularidad de un deporte de contacto en el que en un momento determinado hay que meter la pierna con fuerza. La otra, la «involuntaria» es la acepción de que el futbol sólo existe para ser jugado por hombres. El futbol «de verdad». Ese tufo machista heteropatriarcal en el que hemos sido criados. Casi todos.

¿Cómo? Otra que viene a intentar manchar al futbol con una retórica feminista, dirá nadie. Todos sabemos que es así. Y lo peor: en los vestuarios masculinos se habla de una determinada manera que crea un gregarismo muy antiguo de nuestra biología: hombres hablando de sexo y mujeres. No siempre de manera poética. Ni siquiera elocuente. Es una realidad de nuestro modelo social en crisis. Algunos querrán que no se sepa lo que ahí se dice. O que no se les exponga. Pierde la gracia. Si todos reímos… sigue la fiesta.

Y la cosa queda ahí. Las mujeres saben de lo que hablamos. Ellas mismas deben lidiar con cada uno de esos pequeños machos que habitan en la cabeza del tipo que tienen delante, intentando ligar. El hombre entonces se torna frágil. O subnormal. O lo Weinstein. Pero puede ser mucho peor. Manadesco. Lo fácil es violar. El cuerpo de otra que quiere ser violada por todos los colegas. Un pensamiento que recorre la cabeza de varios subnormales a la vez.

El subnormal machista no se ve a sí mismo así. En su historia familiar todos los hombres de verdad han sido, de alguna manera, violadores. Los momentos de afirmar el machismo en la sociedad colonizadora queda pantente en casi cualquier rincón del mundo desde dónde decidamos estirar de este hilo. Lo digo por intuición. Como si los turistas que van a Bangkok no vinieran de Europa. O de cualquier otro lugar del mundo. El abandono del macho alfa en su decadencia final. Los machos mayores en su clarividencia sin castigo. Violar porque se puede. El negocio está montado. Y uno, capitalista, es tan sólo un consumidor. Con dinero baila el «perro».

Lo cierto es que el inframundo sigue su curso. Y las vidas que se lleva por delante son extraídas de su sueño americano. Los ascensores sociales no bajan hasta estos niveles del lumpen. Y el monstruo de la violencia, escencialmente contra la mujer, no para ahí. La violencia que nos pega a todas. En ese todas estamos todos. Todas>todos. No sé si se entiende. Hay quién se ve afectado por el desdoblamiento de la lengua. Lo considera un acto que corrompe la sagrada lengua española. En realidad esta es muy flexible. Y sería capaz de asumir un giro copernicano. Un salto cámbrico. No importa lo importante que resulte la resistencia. La emergencia se hace su camino. Incluso ante los pilares de la sociedad más solemnes.

La violencia nos pega a todos. Se cuentan más muertos hombres. Las armas matan. ¿Por qué armas? ¿Por qué tantas? ¿Por qué guerras? El comercio de armas mantiene vivo el proceso de impás. La reconstrucción social que viene de la mano de nuestra retórica de la instauración de la democracia. La libertad siempre está en boca de toda guerra. Tiempos mejores. Sólo deje que esta guerra lo solucione. Y siempre hay otra más.

En tiempos de coronavirus… ¿qué guerra sigue en pie? ¿Quiénes no renuncian a su inversión? ¿Cuáles son los boletos que se juegan en la siguiente rifa a la que queremos asistir con un proyecto ganador?

El futbol y la guerra. El futbol y la iglesia. El futbol y la lengua. El futbol y la democracia. El futbol y el arte. Quizás estas cosas no se mezclan. No mezcles, te dicen. Están intentando manchar nuestra diversión con tus alegatos fuera de lugar. La situación no es la que dices. Nuestra sociedad está en otro punto. En otra retórica. Mucho más pura. Mucho más sutil. Estás enmierdando la paella. ¿Quién invitó a hijo de la gran puta que se está meando en el ponche?

Agriar la fiesta no ha sido bien visto. Si la gente se lo pasa bien, no es bienvenido un aguafiestas. Tiene que ver con la sintonía. Y con la capacidad para el debate. Incluso borrachos. Buscapleitos. Verdaderos especialistas. No siempre opacos y perversos. Las mentes más clarividentes son aquellas capaces de saber cuándo ejercer su línea argumental. Depende de la situación y de la necesidad de ese histrionismo. Un descaro no apto para tibiezas. Ya en este punto se ha levantado una muralla. Y la gente se posiciona con uno u otra contendiente. No va de géneros. Ni de clases sociales. Quizás sí de subnormales. Y de un justiciero insolente dispuesto a jugarse la noche por ese momento ineludible. ¡Vamos!

Lo siguiente es un careo entre dos corrientes filosóficas. Dos maneras contrapuestas de ver la vida. Dos fuerzas que se repelen. Electromagnética. Es un tema físico. Pero mejor aún: es un tema oral. Una disputa de caracter figurado. Cada argumento tiene su razón de ser y su contrargumentación. La velocidad es vital para mantener al oponente en ralla. Es un acto de vandalismo a cara descubierta a los pilares de la doctrina del némesis. Lo más parecido a una de esas cosas que hacen los raperos frente a un público frenético que aupa la contienda. Es cultura de la calle. Pero esta vez, en círculos de poder más bien tradicionales. Bares, discotecas, salones de clase.

La vida está en esos debates. Y en la manera de posicionarnos ante dos opciones antagónicas. Como ha sido siempre. Bien/mal. Cielo/Infierno. Derecha/Izquierda. Arriba/abajo. Rico/pobre. Justo/injusto. Legal/ilegal. Público/privado. Comunista/capitalista.

Quizás con esas dualidades tengamos sufiente campo de acción para dibujar todas nuestras afiliaciones. Y no importa cuál elijamos. Nos encontraremos compartimentados en medio de decisiones contradictorias de impulso básicos que no sabremos expresar. Pero en medio de la masa, la nuestra, seremos un canto único a la figuración colectiva de los monjes tiresianos.

Ya nos quedan más ojos.

Ni modo.

La confesión del padrecito de Comala

Finalmente nos encontramos, Pedro Páramo. Me había estado esperando toda la vida. El libro estaba ahí. Juan Rulfo no tiene prisa. Ni yo tampoco. De ahí que no nos hayamos dirigido palabras agrias para redondear nuestra indiferencia mutua. Pero yo sabía que tenía algo pendiente. Que ahí había algo para mí. Y no me equivoqué.

Leyendo una edición de Seix Barral de Obras Maestras de la literatura Contemporánea, de tapa dura, no me atrevo a escribir en sus entrañas. Ni siquiera a doblar sus páginas. Tengo una especie de pudor al leer por primera vez a Rulfo. Y al objeto en sí. Tan bien parido, con esas páginas amarillentas que parecen uno de esos libros de una biblioteca de abogado, que nunca se han leído. O lo contrario, un libro de una bilblioteca pública, novecientas noventa y nueve veces leído. Como una personalidad tan fuerte que su aura impide que nadie se atreva a alterara esa fuerza.

«Todo esto que sucede es por mi culpa -se dijo-. El temor de ofender a quienes me sostienen. Porque ésta es la verdad; ellos me dan mi mantenimiento. De los pobres no consigo nada; las oraciones no llenan el estómago. Así ha sido hasta ahora. Y éstas son las consecuencias. Mi culpa. He traicionado a aquellos que me quieren y que me han dado su fe y me buscan para que yo inteceda por ellos para con Dios. ¿Pero qué han logrado con su fe? ¿La ganancia del cielo? ¿O la purificación de sus almas? Y para qué purifican su alma, si en el último momento… Todavía tengo tengo frente a mis ojos la mira de María Dyada, que vino a pedirme que salvara a su hermana Eduviges:»

Padre Rentería, Pedro Paramo. Juan Rulfo.

No le dio la gana abrirle la puerta a Eduviges por suicida. Todos sus activos se caen. Él, hombre, intermediario de las personas de fe y Dios Padre, dice no. No le perdono ese pecado. El Señor tampoco lo haría. Todo viene a cuenta de la carga moral que lleva encima el padre por haberle concedido la bendición al muerto que violó a su sobrina. No es poca cosa. Se trataba de un reconocido hijo de la chingada, al parecer. Y además le tocaba cerca. Entonces hace lo que hacen muchos padres: dudar de la víctima. Más aún, si se trata de alguien de los que pagan su diezmo. Los pobres no pagan. Son fieles, eso sí. Pero no tienen mucho que dar a la iglesia. Que a su vez, les da lo que puede. Dentro del margen humano de la institución.

Los votos dan un estatus. Hablar con Dios directamente es cosa de los que estudian para ello. Y se preparan para el ministerio del evangelio. Se convierten en los que llevan la palabra de Dios. Y lo repiten al final de cada lectura: palabra de Dios. El libro, la Biblia, está en el centro. Un libro que perdura en el tiempo. Pero también perduran los libros de filosofía griega. Esfuerzos manuales previso a Guttemberg, que industrializa el libro. Antes, pergaminos y códices nos definen las culturas de otras geografías. Otras perspectivas. Más allá de lo divino. Lo social de aquellas sociedades queda relegado a la retórica de las colonizaciones. La cultura superior que aplasta a la inferior. Como si no hubiera habido sincretismo alguno. Si las montañas son lo sagrado, vestimos a la montaña de virgen, y listo. Contamos la historia en retablos. Y las metáforas que interesen de la Biblia se plasman a partir del arte. Los pueblos iniciados, entonces, entran en el camino de la salvación. ¿Qué salvación?

Volvemos a explicar nuestra historia. Ahora con un contexto que incluya el resto de las opiniones. Una vez que te embarcas en nuestro camino, el resto ya no interesan. Todas las religiones exigen exclusividad. Y eso les hace competir por la fe, más allá de los cimientos culturales que hay han ganado con el paso de los siglos. Especialmente las cuatro grandes: cristianismo, judaismo, islam y budismo.

Pensé lo siguiente: necesito una tarta de religiones para visualizar los estados de la naturaleza en términos de creencias globales. Religiones, si adoptamos el calificativo bajo el cual muchas personas deciden definirse como parte de ese colectivo antes de una especie humana mucho más grande, plural y libre, por encima del espacio de a quién creer o no. Creer o no es la diferencia entre un religioso y un ateo. Y puedes tener a dos tipos muy apegados a su perspectiva, lanzando las mejores hipótesis que cada uno de los grupo de interés ha fabricado para sí: para su pespectiva. Únicamente eso importa. El enemigo, señoras, está presente.

Dijo señoras, ¿viste?

El juicio social.

Ya estamos aquí.

Ustedes me van a juzgar a mi.

A mi corresponsabilidad con todo este desmadre.

A quién colgar la letra A roja.

The Scarlett Letter. You know what I mean. Really, we all read the same authors before we leave school. Nobody teaches us to real properly. Until we ramdombly approach the powerful edge of books. More than one. A bible readers reads one book. Not even that often. He/she rather wait for it to come as a surprise on Sunday at noon, to meet the sun. Catholic young boys, in their all boys schools, go to church to actually get to meet a chic, other than her sister. The problem comes with the ones who don’t have sisters. Seriously: this is not profiling. Nor charging the weight on all machos on the shoulders of these few all male childhood experience. Seriously: it’s all here. It’s this way. And I don’t plan to take a step back from my current position, which in fact allows your way of looking at it, which may still be forever the same perspective that you already hold dearest. The thruth. Your own personal truth. Why not you be God? You be HIM?

Only one of these selected group of machos will actually get the grace to be named oficially by the authorities of our assembly to bow upon you the glory of the Almighty Father, as Father shall rule over other possibilities like Mothers taking over. Shouldn’t they? Don’t they already? Oh, God: I’m all confused………

I am only fucking with your mind. You’ll excuse my body belongs to no one, but me. As I am the true bearer of my will, in continuos search for affirmation. Best case scenario I’m at this point affirmatively as I am, there, in the mighty NEW truth, the power of a wonderful place never before been told, as the scripture of a futuristic collective goal to fall into. A thing that comes from the acceptance of one’s incompleteness completenessness. Is a that a thing? Really? I don’t know anymore.

I never closed the door. Only nobody came. I told you it was gone. The world as we knew it. Way back when. It all started by being forced into a group of insolent readers of Friederich Nietzsche with a university teacher some of them already worshiped. Look at what this guy has read. And then you start to read. And play the game. Like a true poet. A true voice. A reader. Oh, man. That’s it. To read: firsth NEW right.

Obligation book culture. We must teach our children to have the level of servitude needed for my business endevours. To be good factory workers. A look inside the Brexit space to evaluate their last 9 months of personal circumstances. We are antagonist of colonial global model. We ought this one talk out loud. Gather around your nine nine team. Behold a public debate like this NEW world has ever seen.

Rules: pick your nine boys and girls to represents your smartest answer to the NEW Commons deal. A deal I’m pushing through in literaure nonesense.

I am a true artcraftman. That’s as much as I am going to plead guilty of. The rest you can come find me at my home. As you know where I live: in Dante Alighieri. Literally.

Ever since I move into Dante my literature has matured. I am a NEW person. I have been transformed already. Do not be afraid. You too can bear this passage. Only, I am here this time to tell you how it went. Nine years ago.

It’s a like of course. It happen in the year 9. That much is true. We can help it. It’s the numerical logic of our time. As a demographic population pyramyd. What else do you need? What else do you want? I am one of those trying to help. I can bring this world to a END. This is the end. And also the beginning.

Are we ready for that?

I believe we are. It’s all in the search. It’s all in the details. It’s all in making sure you can try to reach the sun, like Icarus did.

You get it, right?

Always unsure.

That way feels right.

You doubt your own luck.

You doubt your own priviledge.

You question your happiness.

You dance with lonelyness.

You tickle with death.

You doubt your chances of scoring tonight.

You digg into altered states of consciousness.

Like this.

You allow yourself the passage to the other end.

Welcome.

You notice you don’t feel the discompfort.

This shit ain’t real.

It’s been spinning in my head.

I was keep it locked in.

Purposely.

As if waiting has it’s odds.

And so it’s time to cash in.

Long term investment pays off.

That’s what I please myself to plan for.

I sets me off away from this shit.

Together, this status quo couldn’t be any lamer.

We’ve reached the highest point in the graph.

We are back to demographics.

And I feel the responsability to come back.

So my actuarialart Hipocrates Nietzschean pledge forced me into action: become your superlative being to pursuit the ultimate global NEW system. And design think, whatever that is (by way fuck you all who represent the last trend in your business school teacher theory: chasing a Golman nine dimensions away. So there. I said it. This is it. This is my shit. If you like your stupid series, from whichever outlet you get from, go back to that page. I’ll only keep you glueded to my NEW webpage: double you doblu you dobliu dot golman dot net. Fuck com. FUCKOM.

A NEW city. FUCKOM. The place they went.

At the other edge of duality, you are way the fuck away from them fools.

Duality is dearest. Religion takes a hike.

Science rules. The minds of the collective free souls. We are gathered here today to aknowledge the edge of multiversial minds all linked into a single beat: ALLS………