La isla en medio de la nada

Estoy confinado en una isla. He dado toda la vuelta y no puedo salir. Alrededor un mar azul marino la acosa, mimando sus playas con suaves masajes y vientos cambiantes que poco alteran mi insignificacia en esta isla. Estoy solo y no puedo dejar de moverme mientras el tiempo pasa como si no fuera conmigo la cosa. Es todo más lento. Lo relativizo esto también. Quizás sea yo, pensando en otras cosas. No puedo centrarme, ni siquiera cuando paso por el centro de la isla, en donde todo debería estar en equilibrio. Acaso las cuatro ciudades del interior me explican la centralidad y sus divergencias, según el camino que opte. No hay fiestas. No hay turistas extranjeros. Tan sólo los de aquí, que no tienen trabajo. Excepto este mes. Han venido todos los que no han podido viajar en todo el año. Y nosotros. Los confinados en sus barcos. Y sus familias. El bienestar se desborda por la casa de verano. Se toman las precausiones de los años que se dedican a volver a la isla. Al lado apropiado de la isla, claro está.

No todo es permanente en la isla. Si acaso tan sólo la dualidad se confirma en todo acto social. Quizás los dos polos de la mente de este islote que supera cualquier otra alegoría mediterranea más allá de esta rosa de los vientos. Los vientos aquí soplan de otra manera. Es una orden de magnitud: playas, valles, montañas. Dos ciudades. Cuatro centros insulares en medio de la isla. Unos seis pueblos periféricos, al lado del mar, y unas 30 urbanizaciones. No hay más. La isla es lo que es, por su pasado, su presente, y su futuro, los tres reunidos y representados en la plaza de Villacarlos, como un suspiro ante la orden caduca de un general que ya no tiene ejercito.

Si acaso barbarosa como estandarte. Quizás un parque en el que se refugiaron en el centro de la capital, cuando hicieron ver que eran la flota oficial. Los piratas consiguen alegrarse la vida con las astucias de quién no tiene nada más que perder. El oficio de aguar la vida libre de los señores de la guerra. La vieja horda de líderes heteropatriarcales. Lo que en su día ha sido el eje fundamental de todo el progreso de la historia heteropatriarcal que nos contaron de pequeños. ¿Cómo dista dicha versión de la que ahora podemos contarnos a nosotros mismos, pueblo libre? Quizás el feminismo de nuestros machos alfa nos lleve a la incongruencia última que teníamos por resolver. ¿Y entonces? ¿Qué más?

Algo más habrá. De momento ya no habrá tanto simio subnormal. Pero no será porque hayamos regresado a una versión más pulcra y gris de nosotros mismos en donde el humor ha sido reprimido por la causa justa. No seamos puritanos y pecadores a la vez. Eso nunca ha sido bien visto por ningún pastor. Lo que el centro de Europa quiere es que el sur no disfrute del sol. Y que seamos todos anglicanos, como mínimo. Al menos éticamente trabajadores sin criterio. Máquinas funcionantes sin necesidad de articular más argumentos que los requeridos por el puesto de trabajo, en beneficio de la empresa. No es momento para revoluciones utópicas para los hombres blancos en la cima del imperio.

En este Imperi lo que único que vale es un llonguet de sobrassada, formatge i mel.

Hoy amenecí en Mao, crucé la isla a Ciutadella, me probé unos zapatos que me regaló mi mujer, comí un llonguet en el Bar Imperi, y volví a la capital, como aquél que vuelve al puerte de dónde zarpan los barcos con la gloria del pirata Barbarosa, sabedor de que tras la estancia en esta isla, al irte, te vas con más de lo que eras al llegar.

Seré invencible cuando calce mis botines de Menorca. Pero lo seré más, si consigo volver a enfundarme en unos botines de futbolarte.

La generación perdida

Cuando Guardiola y su equipo culminaron el cuarto año de aquél glorioso sextete la afición y la sociedad tocó un techo de cristal sublime e inolvidable. Los años de júbilo se habían ido superponiendo en un proyecto que tuvo todas las virtudes de una generación, la visión de un líder, la ejecución de un equipo, la idea de un maestro recontextualizada, el empuje de un club que se desparramaba en el mercado como algo más que un club de futbol.

Ayer el Barça perdió el partido de cuartos de final más singular de toda su historia, ante un rival que mantenía todo el empuje y criterio del último gran impulso regenerador de su historia, en la que el modelo futbolístico y competitivo se afianzó en la mentalidad de los jugadores, en el sistema del club, y en un porvenir futuro que no ha dejado de perder pistonada. El Bayern Munich. El marcador del partido no es lo de menos; quizás lo de más: 2-8.

El futbol es un espejismo social en el que en medio de la pandemia nos vemos forzados a entender nuestros viejos dioses como meros figurantes de una historia que se desconfiguró para el resto de nuestros días. Un estadio vacío en Portugal, en su hermosa capital, Lisboa, con dos equipos, once contra once, en el que al final habían de ganar los alemanes. No siempre, pero esta vez, no cabía duda. El equipo del FC Barcelona ha sido un espejismo durante ya varios años. Y se sostienen las mismas estructuras de pasiones removidas por los medios que viven de ensalzar el monotema día tras día, con la religiosidad con la que se va a misa, cada día. Lo que pasa en los entrenamientos, las tertulias de media noche, los piques con los eternos rivales, el machismo que persiste en las entrañas de la sociedad y de cada uno de los que degustan el futbol como un tema central de nuestros días. Me incluyo, evidentemente.

El heteropatriarcado es así.

El futbol, sin más, es como el niño mimado, primogénito, del heteropatriarcado. Representa todo el porvernir y toda la desgracia del orden social constituido en el que nos reflejamos cada día en el espejo. Lo que vemos nos gusta y nos da grima. Nos provoca ser lo que somos. Nos alienta a sentir emociones continuas a pesar de estar conectados a otra realidad, de facto, que nos impide volver a ser lo que un día fuimos. El futbol no escapa a la pandemia, ni a la crisis estructural de nuestro pueblo, casa, ciudad, cuarto, cuerpo o mente. Todo está condicionado por el juego, y el juego nos domina, sin que nos hayamos dado cuenta, a seguir sintiendo la vida como un proceso automatizado sin impulsos verdaderos.

Tocamos fondo. Pero no ayer. Ni siquiera hoy, cuando la sociedad vista desde el velo de un club que pretende ser un ejemplo de valores, de proyección mundial, de historia, de presente y de futuro, aquello que engloba más de lo que podemos imaginar como nuestro, pero dispuesto en un telón de acero tras el cual, como siempre, yace un enemigo iracundo al que aprendemos a odiar por las misas y la doctrina a la que hemos jurado nuestra lealtad emocional. El futbol, o quizás el Barça, sea tan sólo una última farsa detrá de una sociedad de cartón-piedra, que pese a posar inmaculada frente a la vitrina de lo que deberíamos ser ante un mundo que nos ve, continuamente, cada día, y que en cambio, hace tiempo que dejó de ser aquello que pretendía ser. Algo más que un juego. Algo más que un club. Algo más que una marca. Algo más que un ejército simbólico de jóvenes, y no tan jóvenes, millonarios con más o menos gracia para devolver una pared, o para construir un imperio empresarial camino al cielo.

El futbol es así. Un ciclo que se retroalimenta de sí mismo. La historia que se repite. Enzo. Roger me lo acaba de confirmar: «mi padre me contó mil veces cómo fue la salida de Kubala del club, tras una estrepitosa derrota que marcaba el final de un ciclo, y mal, por esa puerta de atrás que no podemos evitar recuperar, una y otra vez, como parte de nuestra identidad mezquina y sórdida». Quizás no me lo dijo así, pero la idea es esa, salpimentada con la noción actual de que las cosas habían de ser así. Porque en este club las cosas se han ido haciendo peor, de manera que el deterioro se veía acentuando mientras seguíamos la marcha hacia el abismo, cuestaabajo, cada vez más precipitadamente.

Pero alguien, un sólo hombre, era capaz de mantener la fachada de que todo seguía en su sitio. Porque el futbol a veces no necesita mucho más que un gran nombre para dar forma a un proyecto. Messi. Messi ha sido más grande que un club, que un país, e inclusive que la historia misma. Ya sea del futbol, o de la general. Aquella que tan bien conocemos, y de la cuál somos parte, ciclo tras ciclo, como un año escolar que empieza de aquí a dos días sin novedades. Un año más. Somos pienzo para cerdos en la mecánica constructiva de un imaginario de autómatas espermatozoideos. Una vez eyaculados estamos listos para el siguiente ride. De lo que sea. Ponémelo en vena. Yo hace tiempo que compré el billete todo incluido. Y dejé de pensar. Porque el anuncio me lo indicaba: acá lo tendrás todo. ¿Y ahora qué?

La sociedad que vivía aquella fachada como verdadera ahora se repugna ante la «humillación» de una derrota deportiva. La magnitud del ego dolido trasciende lo que cada jugador experimenta cuando el equipo rival les pasa por encima sin contestación alguna. El debate finamente lo ganó Neuer. No hubo partido. No había un jugador clave al que contrarrestar en el Bayern Munich que enfrentó el equipo de Setien. Había tan sólo un equipo, con una idea colectiva que no paraba de correr, de presionar, de funcionar con el talento con el que fue pensado. Un equipo que tras cuatro años de haber dejado de ser entrenados por Guardiola seguían persiguiendo los objetivos colectivos con el mismo impetu que lo hacían cuando aprendieron a repensar el modelo futbolístico de aquél innovador social. Enfrente, el equipo que inventó la conjura se desvaneció ante el reflejo de sí mismo, en una versión alemana de lo que podría haber acontencido si no se hubiera desmantelado la esencia de aquella idea transformadora que colmó el vaso en su día.

Guardiola ha muerto. Viva Guardiola.

El pais ya no funciona

Nada es igual. Todo cambió. No nos dimos cuenta. Quizás no lo quisimos ver. Pero de pronto la dimensión de lo que nos revolcó fue una ola demasiado grande para nuestro intento de pato. No tuvimos más alternativa que asumir el revolcón. Y bailar en la lavadora. Mantenerse tranquilo mientras la espuma te impedía dar brazadas hacia ningún lado. Arriba, abajo, al medio… no sabías dónde ir. Estabas en medio del vacio existencial del posíble último gesto de tu existencia.

La sociedad, ahora mismo, está en este preciso momento. La pandemia nos retrató a todos frente al mismo fotógrafo. Cambió el sentido de nuestra narrativa, y de pronto, fuimos otra ecuación. No cuadraba el círculo. Ni cerraba. Algo no pasó página. Nos quedamos obsoletos. De la noche a la mañana. Y no teníamos dónde caernos muertos. La vida se convirtió en vértigo continuo. El desazón de la existencia nos colmó, una vez más, como aquellos aullidos de otros lobos. La asfixia nos conmovió.

Supimos crecer antes de morir. De pronto sentimos que la vida no tenía más sentido que estar aquí. Un día más. En un plano demencial. Como quién lucha contra un dragón. Un día especial. Con una rosa y un libro. O un cuento. O un rey que se va del reino porque cuatro peones rojos le increpan en el puerto. No son tiempos para alegorías, sino más bien, es tiempo de semidioses corrigiendo el rumbo de nuestro fallido intento de resurección.

Tafiti está enfermo. Y necesitamos un Maui que alimente el espírtu de Vaiana. ¿O será Moana? No se sabe. Son dos personas distintas. Disney tiene muy claro sus temas estratégicos de segmentación de mercados. Y cuánto cuesta una u otra cosa. Y el retorno de la inversión. Ya se hicieron películas de todas las princesas. También de las indígenas. Aunque la historia no sea así. La apropiación cultural completa está a punto de desvelarse. Sólo nos queda estafar a unos pocos pueblos más. Nos falta leerlos. No habíamos tenido interés hasta que se nos acabaron las mentiras. O más bien, las ficciones. O los mitos. O lo ritos. Ya ni sabemos dónde metimos la pata. O la mano. O el fusil.

Alfonsito, ¿estás muerto?

Nunca se sabe con qué te puede salir un rey campechano. Lo cierto es que al ser hemérito todavía está cumpliendo los designios que nuestra carta magna le otorgó. A ese hemeritazgo de tal gallardía. Nos queda claro que nuestro reino es uno. Es este. Y quizás, al hundirse, deje un hueco tan grande en los corazones de los niños y las niñas del barrio de Salamanca, que succionará todo lo que encuentre en su paso. Como la nada sin el auxilio de Atreyu. Esta gente no lee. O no lee estas aventuras de poca monta. Aquí se lee al Lazarillo de Tormes. Y a Góngora. De toda la vida. Cervantes, para los cultos, aunque dicen que viviendo en Barcelona les pilló el tranquillo… será que era «rarito». No se equivoquen. Valle Inclán. Noches de bohemia. Eso es lo que necesita este país. Aún no lo sabemos. La vida continúa con sus cuatro coordenadas y sus tres pijoteras dando por el culo. Madrid es muy ancha, cual Castilla. No se olviden que de aquí al cielo. Como si los nobles entendieran de múltiples sentidos, o los chistes de los lacayos. Lo que no se entiende es que la gente no calce más esos zapatos sin calcetín que tan bien se llevan en el verano. Spain is diferent.

En la fiesta de bienvenida del Rey en la que será su nueva República, unas mozas dominicanas fueron convocadas para agasajar los múltiples gustos de su majestad, que en ocasiones como esta enseña su lado más humano y virtuoso, con ese característico aplomo de galán que siempre le ha acompañado, herencia de su padre, y de su tatarabuelo, y de su tataratatarabuelo. Una familia de patriotas. Una familia real surrealista. Un momento como el actual no lo habíamos vivido nunca. Octava potencia mundial, gracias al jefe de nuestras fuerzas armadas. O al hombre en la cima de nuestra representación interncional. Porque somos una monarquía, en este caso constitucional y parlamentaria, valgan las redundancias. No sabíamos cómo equilibrar bien los poderes de varios sistemas incongruentes, y nos dimos la licencia de asumir un senado inoperante para demostrar a nuestros pares que nosotros vamos de otro palo. Y nuestros pares flipan. FLI-PAN. Nos lo dicen así. Con un conocimiento impecable de nuestras costumbres casposas de telerrealidad. La televisión nos educó; no podemos escapar.

Somos el Lazarillo de Tormes quinientos años después. Es mentira. Nunca lo leí. No tendría la gracia que en su día tuvo. Somos Marcelino, el del pan y el vino. O la navaja de Buñuel. Acaso el ojo, que en realidad era luna. O un pensamiento de Dalí. El poemario inacabado de Lorca. Un falangista amigo de la familia. Un hombre sin un cojón. Un pueblo con un par de cojones. Unas franjas amarillas. Un lazo, quizás. Una estrofa de Pablo Hesse. Una blasfemia de Valtonic. «Tu problema es que eres muy alemana». No se rían, esto cada vez se vuelve más completo. La sociedad no llegó aquí de repente. Somos un pueblo listo. Somos, como mínimo, un pueblucho de listillos. Que no es poca cosa. Anda. Vete a tomar por culo. ¿Agua?

Si yo fuera español sería surrealista. Sería el único sentido que mi vida podría considerar digno de resaltar. Más allá de nuestras virtudes inoperantes. Más allá de lo henchido de mi pecho en medio de la plaza Colón. Más allá de las regatas en las que el Bribón, el Bandido, el capellán, Avellán, Billy el Niño, y el resto de la pandilla, coordinados como una tripulación engrasada de puros tornillos, macizos, fuertes, con la vena exaltada, como el miembro viril que sostienen en su mano, amazando con firmeza el coso del camarada del costado, en ese gesto colectivo homoerótico que tanto conmociona al heteropatriarcado tradicional hasta el día en el que se ve metido en fregado, disfrutando como un enano. Tras un abrir y cerrar de ojos, pajaro en mano, oh sorpresa, el mismo miebro que sostiene, de envergadura colosal, resulta ser un hombre pequeño. Little people. Se trata de la última ocurrencia de la izquierda para dar por culo a los elegantes dandis del barrio de Salamanca: amor sincero entre parejas mixtas.

El suicidio de aquél ya no parece tan mala opción. Algo parece cobrar sentido cuando se desenfoca la consciencia. Nada pasó. Nadie nos cortó el cable. Quizás sí, junto con todo lo demás. Quizás fue culpa de unos y no de otras. Las escuelas y las maestras, sin sensación real de saber a dónde vamos, como el resto. Perdidos todos, ante una quimera que nos carcome, cada día igual. Y seguimos aquí, en espera de la muerte. O de la vacuna. Las dos vinieron. Se presentaron sin vergüenza. La sabiduría que denota en el gol fallado que parecía cantado. La mentalidad sostiene a un jugador, sobre todo ante el fallo irremediable. La conciliación con la afición pasa a segundo término. Uno es primero. Hay que reencontrar el balance. Y eso te lleva a lo demás.

Hoy creo haber recuparado parte de ese balance. Y lo hice conectando con mis dos mundos. La polaridad de mi establedimiento representa un péndulo en uno de sus dos matices. Yo no vine a… ya ni se.

Me estoy durmiendo otra vez. Quizás esta vez sea la última.

O al revés: la primera.

Futuro y presente y pasado

Se mezcla todo en este preciso momento. No estoy en ninguna de las tres partes, y en cambio, me aproximo asintóticamente a las tres. Escapo de la certeza de cada una de ellas, ya no recuerdo si por la obsesión de la memoria, o su melancolía, o quizás por la reiterada proyección de un futuro que ya imaginé 99 veces. Futuro que debe plasmarse, sobre todo, ahora mismo, en este mismo momento. Aquí dentro hay una canción. Y puede que ya no estoy yo. No pasa nada, porque aún así algunas veces estoy aquí. O así. O llego tarde.

Un niño viene a recoger su juguete. Llevaba tanto tiempo pensando que ya no tenía la percepción de que debía regresarlo. Me lo había hecho propio. Y nada más lejano. Me ensimismo. Y listo. Ya estoy ahí. Otra vez. Presente.

A veces no pienso. Y me dejo llevar. Vivo en el paseo ¿Para qué?

Dormir mientras escribes. Algo me atrae del agua, pero principalme su mutación continua. Su pretenencia a todos los estados. Y la capacidad onírica del movimiento cíclico de su condensación. O volver a la escuela. A esas clases. A esas historias. Y compartirlas de nuevo con los presentes. Los que siguen ahí. En la memoria. En el presente. En el futuro.

Héroes de una libertad que no se asimila de manera convencional, sino a través de los poderes para los que hemos sido preparados: la natación, el patio, la insolencia, la risa, el desparpajo, la música, el inglés, el fracés y la revuelta. Nuestra generación marca un parteaguas del cuál somos responsables. Un puente entre cohortes. Promociones que se equilibran en un juego de espejos que los extremos confunden. Y nosotros, visagra.

No hay más sueño que el que insiste. Como este. Cierro los ojos y lo veo. Estamos ahí: aquí.

My first story

I’ve written many stories over the years. But I have been keeping them from you. I’ve been hiding behind my mind, just to come up with an excuse not to show up. I’m back here, and I see the world passing by. I feel alone, and somehow, safe. But alert: I also feel quite the opposite. A fraud. A misguided soul. A hasbeen who’s neverbeen. I’ve been just out here selling a sad story for myself that nobody believes. Not even me. That’s why I’m doomed. My worthless effort to confront my fears lay me down gently into the realms of nothing. I’ve acomplished nothing, yet I feel I deserve to have a place. Somewhere. Somehow. I just can’t handle how this could turn out to be a good story. So I keep thinking. So I keep trying. So I keep writing.

Nonetheless, I figure out I have a way out. Just one shot. This one shot is the story that’s going to safe my life. And this one story is the only one that I could tell. The true story I’ve been trying to be honest to. Because nothing else is anymore. And thus I fail in everything else as well. As it soons becomes a fraud. My fraud. Just like I see it. Like a see the fraud around me. And how it evolves and hunts you down. How it’s going to boomerang behind my back once I feel the releif of having thrown that stone at the right deamon. Pum!

I’m knocked down. My life is fear. I can sense it in my spirit-lost. I used to have it. Now I don’t. I told you already. I am not here for help. I am not here for therapy. I’m just here struggling, like the rest. And my story has been seldom told. So why again? Why me? Oh, lord, send me a sign…

Despair. Don’t show it. They’ll know. You are not supposed to be like this. This is dangerous to the system. They will soon come after me. And they’ll take me down. Like any other outlier that sits in the path of the system-dwelling smocks. Dull-faced hero’s of our time. Or jailmasters, or slavetraders. Murderers working for killers. Explotaition of the human kind working within the networks of our current LIFE. The underground connections to the dark forces within. The mafia culture. The moral doublethink that allows guns and drugs to be both the devil and the glory. And yet, we find the excuse to let it all sit in the same sort of frame. Our circus. And we, the agora, exploit the fact that we are not the evil one(s). Or so we think. But some fingers point at your direction. It’s not me. Like that’s a proof of anything. It’s people like you who brought us here. It’s entirely my fault. Now I know. Forgive me. Fellas, I’m the last sin. And I take pride on it; one last time.

I’ve only got one story. I’ve told it a million times. Or that’s what I figure. That’s what I’ve told myself. I have no proof. Just texts, documents, drawings, schemes. Babling. Over and over, the same story I’ve always told. It’s just it I need. Just this one tale. At point I will release the pain. The struggle will finally come to the end. And we shall still believe what surreality stands for in a leap outside yourself. It’s just that quest I’ve lead. And somehow, it’s still my cross. A holy one indeed. I must carry it on. Alas, here we are at last: ALLS.

Quedar fuera de juego

En la sociedad llegas a un punto en el que, tal y como está montado el juego, tu posición te deja a las afueras de la normalidad, excluido. Quizás vivir en la periferia de las reglas establecidas conlleve una doble racionalidad: empujar las fronteras más allá de donde está estipulado el campo de juego, y verificar las andanzas de los que deciden transgredir las reglas: para bien y para mal.

El hecho en sí no debería ser causante de la anulación de nuestra entidad como ciudadanos dentro de un marco legal que asumimos como común. De alguna manera asumimos que el juego limpio es la condición que se establece para que todos podamos participar en las mismas condiciones. Pero resulta que no es así. No es así del todo. Porque el terreno está inclinado y algunos tienen más tracción para ir cuesta arriba, pero lo peor, es que algunos sólo tienen que correr cuesta abajo, y anotar en la portería sur. El equipo de los «Sísifos» continuamente deben pillar su esférica y trasladarla, cual salmón, a contracorriente. Y encima el árbitro, marca las faltas que le apetece ver, ya que de alguna manera los colegiados tienen más afiliación a los que más beneficios otorgan en el lado negro de la sociedad.

Por lo tanto, ¿qué salida podríamos dibujar para un esquema como este? Sin duda, nos han pintado la necesidad de ser una sociedad de mentes puras, ya que los némesis se encuentran en el otro lado de la balanza, dando por el culo. Y puede que sea así. Dar por el culo es un ejercicio de patriotismo, sobre todo, español. No se puede ser sin dar por el culo. Es ontológico. Los españoles continuamente estamos removiendo el foco de nuestra ontología, porque somos culos inquietos, además de gilipollas.

Este tipo de afirmaciones quedarían muy mal si vinieran de un «no español». No es mi caso. Soy español, español, español. Mi pasaporte lo constata. Pero no se flagelen, todavía, que esto apenas comienza. Si les urge darme por el culo, apuntaros a la lista de sodomías y gomorradas por venir, que os aseguro que encontraréis que los 99€ de tarifa plana están más que amortizados. Si es que las mentes infinitesimales tienen un debilidad por el cuerpo sagrado de la imagen consagrada en el espejo. Selfie.

No quedan ya títeres con cabeza en este país. Pero no es momento del desánimo ni el desasosiego. Haremos con nuestros cuerpos inertes lo mismo que en su día hicimos para asumir nuestra transición como pueblo a la antesala de los marcados por la providencia para restituir el orden sagrado de humanidad sin culpa, gloria, o purgatorio.

Un viejo ángel de la guarda que tuvo relación con el ángel caído, siendo buen amigo, supo que había una especie de injusticia en el juicio de Dios Padre. Algo similar, le pareció al mismo Ángel, la mala prensa que se le ha dado a Judas «el elegido» cuando estaba dentro de su papel, acercar a Jesús a la gloria de Dios Padre, por los siglos de los siglos. ALLS.

Los 6 ejes de las dualidades de Golman

El trabajo de un futbolartista tiene todos los matices que caben el un único y gran multiverso particular: el propio. El derecho postpandémico nos otorga al menos ese nivel de libertad: la multiversalidad en su conjunto, pero un único espacio-tiempo para cada individuo, en el que se pueden plantear los principios básicos de un multiverso particular adaptado a nuestra conveniencia. Esta sociedad no sería capaz de aceptar menos que eso. Lo otro, la unidad nacional, la vida eterna, la moral represiva, el sistema heteropatriarcal, la violencia explícita e implicita, el machismo cínico, … ya lo ha vivido en el status quo del que estamos alejándonos.

Pero se mantiene la noción de una unidad particular a la que todos tenemos acceso. El multiverso propio. Es decir, tenemos la noción abierta de lo múltiple, que nos ayuda a conocer los sistemas abiertos y los niveles de libertad, y también, rescatamos la unidad impoluta que se centra en el individuo. En un mismo. Esta vez, transformado por un renovada gracia divina, de la cual formamos parte, y a la que podemos acceder, con la misma facilidad con la que hasta ahora podíamos acceder al diálogo directo con el Dios al que solíamos rezar.

Así que no se asusten. Puede que usted tenga la voluntad de cambiar con este sistema. Pues esa capacidad le será dada. Igualmente, el resto lo podrán hacer. Quizás nos basemos en derechos adquiridos y esas cosas para trazar una línea en el pasado que deseamos rescatar. O quizás esa línea sea la que tracemos todos juntos al dar un salto colectivo cámbrico a un nuevo máximo local al que nuestra emergencia nos porte. Suena bien. Vamos a ello.

Durante varios años he querido simplificar estos proyectos de una manera en la que fueran sistematizados y organizados para que cualquier pueda no tan sólo acceder a ellos, sino que también les permitan transformarse a sí mismos. Y es esta transformación, que viene de las ideas, de los libros, de la creación, la que creo que debemos asumir todos (y con eso me refiero a todas, ojo, pero inclusive si asumo el lenguaje inclusivo feminizado se entenderá que puede ser que sea todo un artificio para colarla, para estar de moda, para no quedar fuera de lo que la masa en su conjunto está consiguiendo. No se azoten, es tan sólo una provocación más, que hago por picar la cresta, pero no por afiliación al lado oscuro de la fueraza. Y quizás en algún momento, el lado oscuro de la fuerza me seducirá y caeré en sus manos. Y en ese momento, saldré de fiesta con lucifer y tomaremos la noche por sorpresa, sin que eso quiera decir que nos tiremos al lío a propagar el mal por doquier sin ton ni son. Nosotros no somos así. Bueno, yo no pongo la mano en el fuego por Lucifer… yo no soy así. Pero nos podemos llegar a entender en según qué coordenadas) ya que a partir de crear nos curamos. Algo más aprendemos al escribir. Algo más sabemos de nosotros mismos cuando trasladamos nuestros pensamientos al papel. Algo más sabemos cuando escribimos nuestras ideas en un ensayo. Algo más sale a relucir en el debate público de este nuevo sistema social emergente. Esa es la idea.

Sin embargo, mi idea es aterrizar la búsqueda expansiva de mis piezas en un esfuerzo sintético de autoorganización, basado en etiquetas que permitan agrupar aquello que comparte elementos comunes. Es un trabajo indispensable de labeling, que resulta que es una de las tareas indispensables para la autoorganización de cualquier sistema complejo.

Se trata de seis ejes duales, es decir, de dualidades que sintentizan la unidad proveniente de dos polos independientes, y que en este ejercicio de creación personal, uno en un nuevo eje. Se trata de crear etiquetas nuevas que no existen en el panorama social, artístico, informacional, con el único objetivo de probar ampliar las fronteras de lo que conocemos a partir de un matrimonio simple entre dos sustantivos. Veámos qué queda de eso.

Los seis ejes de las dualidades de Golman, servidor, son:

  • Artístico-narrativo
  • Futbolístico-documental
  • Táctico-estratégico
  • Social-político
  • Colectivo-emergente
  • Onírico-experimental

Cada una de estas categorías, que por sí misma podría ser un categoría propia, es la base del proyecto creativo performativo que he definido para alinear la persona que soy y aquella que imagino ser. Es decir, el plano de la ficción me permite en este caso asumirme como un personaje que tiene todas estas dimensiones. Y en ese plano, me sirve establecer esta nomenclatura para asociar las piezas que tengan ese tipo de exploraciones, y también, para definir un marco conceptual a partir del cual elaborar una lectura propia de mi surrealidad, y sus antípodas, la realidad. O bien, el mentado status quo.

bty

Golman: fichaje olmeca

El club ha fichado a un futbolartista que rompe con todos los moldes.

Golman llega al club con su carta de libertad, la cual es inalienable, y trae consigo un nuevo contraro social que busca el bienestar colectivo de su comunidad. Sin duda, se trata del fichaje más estrambótico de la temporada.

L’Esportiu local, en un article escrit per la periodista Laia Pau.

La afición no sabía muy bien cómo tomar este último fichaje. Pero como siempre, la reacción dividió al público entre detractores inmediatos que enarbolaron una serie de críticas nada más enterarse de su contratación.

«No es un jugador para nuestra liga. Necesitábamos otra cosa. Un nueve puro. Pero siempre estamos igual. Será una decepción más. Qué le vamos a hacer. Este club está se va… ¿se puede decir mierda en una entrevista?»

Paco Delbar, socio 253

Mientras que otros tenían una visión más abierta a contar con un perfil diferente en la delantera.

«He visto algunos de sus videos de youtube, y creo que puede cuajar. Se trata de un futbolartista, según él. Esto, al menos,… bueno, no sé, me llama la atención. ¿Qué coño es el futbolarte?»

Marcial Domínguez, socio 321.

I literally ran

I was free when running towards the goal. The space where I develop the highest sense of belonging. The true artist must perform in the local scenarios as well as in the greatest theater of dreams. And light will shine on. As only a local boy would be able to unluck. For the greater good: ALLS.

La muerte del futbol

Si el juego tuviera fecha de caducidad quizás al tercer día renacería. No sabemos si el futbol… sí sabemos. El futbol es la nueva religión. No hay nada más grande a nivel global que lo que mueve el futbol como deporte: juego, entretenimiento, afición y negocio. El bucle está demasiado montado como para que venga ahora… un virus, y lo desmonté. No señor, dijo un caballero.

«El futbol es un juego de hombres.» Esta frase se lleva diciendo toda la vida. Hay dos implicaciones en la misma. Una voluntaria y la otra «no tanto». La connotación más honesta tiene que ver con la singularidad de un deporte de contacto en el que en un momento determinado hay que meter la pierna con fuerza. La otra, la «involuntaria» es la acepción de que el futbol sólo existe para ser jugado por hombres. El futbol «de verdad». Ese tufo machista heteropatriarcal en el que hemos sido criados. Casi todos.

¿Cómo? Otra que viene a intentar manchar al futbol con una retórica feminista, dirá nadie. Todos sabemos que es así. Y lo peor: en los vestuarios masculinos se habla de una determinada manera que crea un gregarismo muy antiguo de nuestra biología: hombres hablando de sexo y mujeres. No siempre de manera poética. Ni siquiera elocuente. Es una realidad de nuestro modelo social en crisis. Algunos querrán que no se sepa lo que ahí se dice. O que no se les exponga. Pierde la gracia. Si todos reímos… sigue la fiesta.

Y la cosa queda ahí. Las mujeres saben de lo que hablamos. Ellas mismas deben lidiar con cada uno de esos pequeños machos que habitan en la cabeza del tipo que tienen delante, intentando ligar. El hombre entonces se torna frágil. O subnormal. O lo Weinstein. Pero puede ser mucho peor. Manadesco. Lo fácil es violar. El cuerpo de otra que quiere ser violada por todos los colegas. Un pensamiento que recorre la cabeza de varios subnormales a la vez.

El subnormal machista no se ve a sí mismo así. En su historia familiar todos los hombres de verdad han sido, de alguna manera, violadores. Los momentos de afirmar el machismo en la sociedad colonizadora queda pantente en casi cualquier rincón del mundo desde dónde decidamos estirar de este hilo. Lo digo por intuición. Como si los turistas que van a Bangkok no vinieran de Europa. O de cualquier otro lugar del mundo. El abandono del macho alfa en su decadencia final. Los machos mayores en su clarividencia sin castigo. Violar porque se puede. El negocio está montado. Y uno, capitalista, es tan sólo un consumidor. Con dinero baila el «perro».

Lo cierto es que el inframundo sigue su curso. Y las vidas que se lleva por delante son extraídas de su sueño americano. Los ascensores sociales no bajan hasta estos niveles del lumpen. Y el monstruo de la violencia, escencialmente contra la mujer, no para ahí. La violencia que nos pega a todas. En ese todas estamos todos. Todas>todos. No sé si se entiende. Hay quién se ve afectado por el desdoblamiento de la lengua. Lo considera un acto que corrompe la sagrada lengua española. En realidad esta es muy flexible. Y sería capaz de asumir un giro copernicano. Un salto cámbrico. No importa lo importante que resulte la resistencia. La emergencia se hace su camino. Incluso ante los pilares de la sociedad más solemnes.

La violencia nos pega a todos. Se cuentan más muertos hombres. Las armas matan. ¿Por qué armas? ¿Por qué tantas? ¿Por qué guerras? El comercio de armas mantiene vivo el proceso de impás. La reconstrucción social que viene de la mano de nuestra retórica de la instauración de la democracia. La libertad siempre está en boca de toda guerra. Tiempos mejores. Sólo deje que esta guerra lo solucione. Y siempre hay otra más.

En tiempos de coronavirus… ¿qué guerra sigue en pie? ¿Quiénes no renuncian a su inversión? ¿Cuáles son los boletos que se juegan en la siguiente rifa a la que queremos asistir con un proyecto ganador?

El futbol y la guerra. El futbol y la iglesia. El futbol y la lengua. El futbol y la democracia. El futbol y el arte. Quizás estas cosas no se mezclan. No mezcles, te dicen. Están intentando manchar nuestra diversión con tus alegatos fuera de lugar. La situación no es la que dices. Nuestra sociedad está en otro punto. En otra retórica. Mucho más pura. Mucho más sutil. Estás enmierdando la paella. ¿Quién invitó a hijo de la gran puta que se está meando en el ponche?

Agriar la fiesta no ha sido bien visto. Si la gente se lo pasa bien, no es bienvenido un aguafiestas. Tiene que ver con la sintonía. Y con la capacidad para el debate. Incluso borrachos. Buscapleitos. Verdaderos especialistas. No siempre opacos y perversos. Las mentes más clarividentes son aquellas capaces de saber cuándo ejercer su línea argumental. Depende de la situación y de la necesidad de ese histrionismo. Un descaro no apto para tibiezas. Ya en este punto se ha levantado una muralla. Y la gente se posiciona con uno u otra contendiente. No va de géneros. Ni de clases sociales. Quizás sí de subnormales. Y de un justiciero insolente dispuesto a jugarse la noche por ese momento ineludible. ¡Vamos!

Lo siguiente es un careo entre dos corrientes filosóficas. Dos maneras contrapuestas de ver la vida. Dos fuerzas que se repelen. Electromagnética. Es un tema físico. Pero mejor aún: es un tema oral. Una disputa de caracter figurado. Cada argumento tiene su razón de ser y su contrargumentación. La velocidad es vital para mantener al oponente en ralla. Es un acto de vandalismo a cara descubierta a los pilares de la doctrina del némesis. Lo más parecido a una de esas cosas que hacen los raperos frente a un público frenético que aupa la contienda. Es cultura de la calle. Pero esta vez, en círculos de poder más bien tradicionales. Bares, discotecas, salones de clase.

La vida está en esos debates. Y en la manera de posicionarnos ante dos opciones antagónicas. Como ha sido siempre. Bien/mal. Cielo/Infierno. Derecha/Izquierda. Arriba/abajo. Rico/pobre. Justo/injusto. Legal/ilegal. Público/privado. Comunista/capitalista.

Quizás con esas dualidades tengamos sufiente campo de acción para dibujar todas nuestras afiliaciones. Y no importa cuál elijamos. Nos encontraremos compartimentados en medio de decisiones contradictorias de impulso básicos que no sabremos expresar. Pero en medio de la masa, la nuestra, seremos un canto único a la figuración colectiva de los monjes tiresianos.

Ya nos quedan más ojos.

Ni modo.