El sol no brilla en la oscuridad

No sabemos muy bien cuál sería la sombra en la superficie de la luna, o en Mercunio, o Venus. Si acaso, podemos imaginar que nosotros no podríamos estar ahí, de la misma manera que estamos aquí. No sabemos por qué. No podemos ver la atmósfera congelada de la epidermis de Marte. O la que desapareció en Mercurio camino al espacio. No sabemos describir lo que no es parte de nuestra experiencia inmediata. O nuestro conocimiento aprendido. O la imaginación con la que intentamos navergar contracorriente. Nada tiene sentido. Ni siquiera lo contrario.

Me fui por un túnel para penetrar la montaña que divide el valle en el que se despliega la gran ciudad, y el valle del otro lado, en donde se redefine la otredad. Aquí me encontré a solas con el destino y nos pusimos a deliberar si lo que había acontencido tenía sentido para ambos, o sin acaso, debíamos repensar la estrategia con la cuál reencontrarnos en un futuro próximo, para sorpresa de los dos, rebasados por los imprevistos imposibles de imaginar que desbarataran nuestros planes. Dimos en el blanco porque algo de todo aquello nos hizo doblarnos de la risa sin parar, como cuando pierdes la capacidad de seguir en la vida para desvanecerte en la insolencia sin límites de una carcajada perpetua. No hay Dios que se resista, salvo aquellos que murieron de la risa.

El sentido inequívoco del dadaismo era establecer un sentido opuesto al sinsentido de la vida, en el trasncurso de una camino que no lleva a ningún sitio, por más que se proponga lo contrario. No hay razón de ser para tan impropia aventura, pero su naturaleza desborda los pragmatismos de lo divino en pleno evangelio de lo omnipresente. El vacío, ante tanta ignominia de bajó del carro y se marchó caminando por el desierto, en busca de una respuesta que nunca encontraría. La magía se plantea la ilusión al límite de nuestra obsoleta razón. No hay que hacerle caso, ni siquiera por un instante, a la siniestra intuición que sin darnos cuenta, se ha aliado con la última conspiración obstinada por hundirnos. No hay peor camino que el oculto. No sabríamos llegar ni siquiera estando ahí. La solución elude nuestro saludo. No hay vuelta atrás.

Cuando no se tiene nada que decir, de nada se habla. Y el tiempo se ocupa en la apariencia de lo cotidiano. No sería precisamente eso, ni siquiera lo contrario. Hoy no tengo más que no decir. Se me fue el impuso a ninguna parte. Me cansé de no ser. Y me fui pudriendo hasta la concepción de quién nunca fui. Aparecí desnudo sin querer, ni pudor, ni qué hacer. Se me fue desvanenciendo la entidad mientras el desagüe me filtro, por última vez, por la cañería que me devolvió al ciclo vital que nunca abandoné.

Sin saber muy bien por qué, henos aquí, reunidos hoy para enaltecer el recuerdo perdido de aquello que nunca fue. Por la melancolía de lo que no importó nunca a nadie. Por el pasar de los ratos que no significaron nada, ni tan siquiera para el expectador aleatorio de tan singular nada. No hay luto necesario ni posible ante nuestra situación, penosa y angustiante. No perdamos más el tiempo en este relato vano.

Ano, año, tiempo, espacio. En el centro de nuestro ser se expulsa, y se ingiere, la vía traversa de la noción impoluta de una transgresión a toda norma. No se exalte, no es usted, tan sólo ha revertido el sentido pedido de un olvido florido.

Acorralado por las deudas

Si pides dinero prestado, un día, vienen a cobrarte. No vienen los mismos. Vendrán otros. Y te ayudarán. Más bien, te «ayudarán». Ya sabes. Siempre hay una manera para resolver cualquier conflicto, más allá de cómo tengamos que ponernos de acuerdo. Pasa el tiempo. Y el cerco se estrecha. Las fuerzas del mal están a la vuelta de la esquina. El mundo te acecha. No quedan más rincones para esconderte. Expuesto ante la esclavitud que viene a pertenecerte. Y en sus manos, caes en el hueco del olvido.

Los esclavos en las galeras tenía sus sueños y su realidad no parecía corresponder con los caminos para establecer otra situación más allá de la subsistencia. La vida a diferentes niveles del estrato en el que fuiste depositado al nacer. La surrealidad de las catacumbas están diseñadas para la subsistencia de sus moradores, y también, de paso, para asustar con el porvenir desbocado de aquellos que caen en desgracia hacia lo más profundo del precipicio, más allá de la superfecie contra la que se estrellaron, en los submundos bajo tierra que rehuyen la luz del sol, el aire puro, y la convivencia con los impolutos.

Las cicatrices de la marginalidad aparece en la epidermis con la doble función de marcar al desgraciado frente a su propia insolvencia, y como mecanismo de alerta para el resto de los mortales, que de entrada deben temer por sus vidas al estar presentes ante una de estas marcas de satanás. El miedo a caer queda simbolizado en el pavor de llevar una de esas marcas imborrables frente al resto de los seres del «bien». La fragilidad dermatológica de nuestra capa protectora nos delata y nos pone frente al riesgo más tenaz que encuentre el porvenir más a la mano para clavar la flecha de cupido. El amor puede ser muy cabrón.

Desasosiego. Qué más da si voy volando y acelerándome cada vez más hacia mi destino con la gravedad que me propulsa a ese último encuentro con la tierra. Gaia y yo nos abocamos nuevamente a fusionarnos en un solo gesto. El impacto final del meteorito que nos borra como humanidad de la faz del multiverso particular que solíamos habitar. Tiempo después, en otro lugar, el espacio se concentró para encontrar en el DNA desperdigado de los restos de la humanidad como conjura desde el polvo estelar de este nuevo big bang, estableciendo una emergencia cámbrica en la reunión de las especies moleculares ensimismadas en una amalgama particular de interacciones post-mortem. Algo de vida, o de información, quedó ahí, latiendo en medio de la fusión nuclear más brillante que el sol habría percibido en su corta vida.

Todavía recordaba el sol aquél otro meteorito que le privó de seguir dorando las pieles de los dinosaurios que tanto placer obtenían aquellas tardes de verano. Los ciclos de la mecánica estelar que condicona nuestra vida, esas 24 horas, esos 365 días y tantito, que ni siquiera percibimos, salvo cada cuatro años. O las 13 lunas. Lo mismo da. Los giros sobre los que nos movemos como Gaia, como quien domina el arte del hula hoop. Los condicionantes de nuestra coexistencia con la luna, en ese juego romántico entre dos amantes que no se tocan. ¿No sería más fácil que la luna se precipitara un día sobre la tierra en un arrebato de amor fatal?

Seguro, pero ese es otro cuento.

Un día dejas de pagar. Lo que debes supera lo ingresas. El trabajo se esfumó hace mucho tiempo. No había más salida que para adelante. No hubo más caminos que seguir. Yo seguí el mío, y me fui encontrando de nuevo con la vida. Pero era Oz. Y no tenía sentido alguno con lo que debía de ser. Percibí la realidad desde las afueras. Como quien se pierde por completo del chiste que ha hecho reír a una multitud entregada. No pude sucumbir en paz ni destapar la farsa. No sólo no tuve las fuerzas, sino que el espíritu me corrigió. No lo hagas; no ahora. Espera. No es el momento justo. Nunca lo es. Salvo cuando estás ahí. Metes la punta del botín, rozas la pelota, cambias la trayectoría del meteorito, y desencadenas las circunstancias del futuro… gol.

ALLS

Epitafio de mi locura

Armando Gallo Pacheco

Fue un placer, mientras duró.

Armando Gallo Pacheco

Nunca más volvió. Un día, sin más, se esfumó. No se supo más de él. Así como vino, se fue. No supe reconocer de qué manera se había convertido en la persona que dominó la superviviencia en el límite del caos. Se trató de un hemisferio posterior a lo que aquí abajo nos deja rascar la subsistencia. Las rutas que me conectan con ese pasado están de alguna manera delineadas por una Vía Augusta engalanada por los sepulcros de pueblo llano que quedó en el camino desde entonces. Podría volver a él en cualquier momento, y él venir a mi, sin que esto disturbe a los muertos que yacen plácidamente en sus tumbas. Todos los caminos llevan a él. Él. Qué ser.

No se puede estar en dos sitios a la vez. Ni tampoco ser más de una persona en un mismo instante. Eso fue lo que nunca supo entender Armando Gallo Pacheco, que continuamente se desplegaba en varias dimensiones en las que se explayaba, normalmente en una única dirección que perseguía hasta encontrarse enfilado en una catarsis sin fin. Esa es la única virtud de su desenfadado proceso de estar: seguir.

No es trivial seguir un camino. Ni tampoco seguirse a uno mismo. Especialmente cuando se sabe que por el camino se van dejando cuerpos que no siguen, inhertes estatuas que prefieren congelarse en el tiempo que no está sujeto a la potencia de la ola que finalmente se condensa en un segundo de compresión en el que el tiempo rebota, y culmina la pieza.

El performance tiene una consecusión temporal presente. Se afirma mientras se despliega en un único acto. En su día supo que eso era lo que hacía, pero que no importaba desvelar a nadie más lo que él entendía como un todo. Y en ese discurso se perdió, una vez más, sin saber si había contado lo correcto, o escondido lo cabal. Y detrás de una cortina de humo, se fue perdiendo en sí mismo, sin ser capaz de lidiar con la estructura de lo brotaba sobre la superficie de lo aparentemente real. La vida siguió su curso, y él, su obra. Y nunca había de acabar, salvo que el tiempo y el espacio conjuraran por encontrarle una temporalidad propia en la que quedara reflejado su ser. No tenía claro qué forma tendría, ya que al final de cuentas, la única manera de existir sería a partir de la circunvalación espacial dentro de la red neuronal del otro, conectada a un circuito circular que reconecta al ser con su circunstancialidad dual, uno, y todo: ALLS.

Él sabía que la perpetuidad con la que comulgaba no podía pervivir para siempre. Al menos no en este espacio-tiempo. La arquitectura de su discurso le llevaba a recorrer todos los estados de la naturaleza que había habitado en algún momento de su entelequia. De haber existido su recorrido neuronal estaba ahí. Aquí. Ahí y aquí. Mente y ser. Esas dualidades desplegadas a partir de los espejos que se crean al pensar. Una chispa electrica diminuta que alumbra un hilo de nuestra conectividad neuronal que no había sido utilizado en el pasado para nada. Ese hilo, leído, reconecta ese instante. Ese momento permite que el ser, o la red neuronal, se califique a sí misma, a partir de una etiqueta. Esa etiqueta, de alguna manera, es el significante de ese preciso momento, al menos para quién la define.

No olvidemos lo que somos. No olvidemos por qué estamos aquí. El camino no está escrito en ningún libro. Ni siquiera en los de texto. Las reglas con las que convivimos mutan más que nunca, dejándonos sin la estabilidad que nos brindaba la pulcra sociedad basada en la moral religiosa. Ni tampoco las leyes que nos enmarcan en un contrato social que nos permite a ser todos iguales ante la Ley, ama y dueña de todo. La ley y los suyos, como el rey y su corte. Las cortes. El pueblo en las cortes. El parlamento. Y el pueblo, con su rey puesto, el presidente, que emanan de sí mismo. La política, tan vilipendiada, es a su vez, la única salida. Pero no así su forma. En ese sentido todo es maleable. No obstante algunas estructuras de nuestro modelo actual son inelásticas. Ante la presión de rotación o traslación, quiebran. Y con ellas, las columnas vertebrales de nuestro mundo se tambalean como el imperio romano, y sus ciudades.

Al loro, que no estamos tan mal. Siempre puede volver aquél e intentar de nuevo aquello que un día vivimos. Y eso, tentación y/o desgracia, es nuestra espada de damocles.

Armando Gallo se dio cuenta de todas estas cosas, y por eso, estuvo presente, levantó la voz, escribió 999 caminos, y se fue como el viento que se llevó a Tara. No fue el fuego, sino el viento. El modelo del sur, desvirtuado una vez más, por el pecado nunca redimido de su esclavo pasado. La trampa estaba ahí, en ese agujero negro que yacía delante de él. No era un precipicio, sino un simple agujero negro. Y estaba ahí delante: as su pies. Así que tomó la decisión más dificil de su vida: caminar. Y se fue.

Algunos piensan que ahí sigue. En una paradoja del tiempo y el espacio. Quizás en un gusano temporal que lo conectará de vuelta en otro momento de la historia. Quizás la historia terminó cuando él se fue. No se sabe. Pero algo permanece. Su leyenda. Su presencia. Su ilusión. Quizás tan sólo queda un culto superpuesto sobre lo que él explicó que ya nadie tiene en cuenta, al tener encima una metaestructura posterior que lo ha acaparado todo, sin dejar espacio para el movimiento, justo al contrario de lo que en su día promulgó con su voz.

Hemos perdido un personaje, pero a cambio, ha nacido un mito. Quizás detrás de todo lo que permanece intacto es el ritual con el cual Armando Gallo Pacheco encontró la vía para afirmarse a sí mismo. Quizás ese sea el único camino tangible. Lo inasible está más cerca de lo que pensamos. Un salto al vacío y reconectamos nuestro ser con la presencia continua de un palpitar eterno.

ALLS

El día dos del movimiento

Han pasado minutos del nuevo día; seis, a penas. Y ya siento que todo cambió. Quizás es una situación muy personal. No cabe hablar de un cambio global, y mucho menos, de una emergencia colectiva. Menos todavía si no he sido capaz de publicar mi post del primer día. ¿Por qué sigo en la sombra? Porque sigo en la sombra. Lo se, no lo discuto, pero no lo entiendo. O peor, me rebasa, sin que pueda responder a dicha contradicción. Mi acción y mi voluntad parecen estar alineadas al movimiento, pero algo me ata, todavía, a la inmovilidad del no-ser.

¿Ser o no ser? La pregunta es válida. Inclusive si no eres hijo de rey. Inclusive si tu padre conspiró para matar a su hermano. Inclusive sin te sientes en medio de una pantomima tan grande que ya has sido juzgado, una y casi mil veces, por el pueblo que debe apoyarte en tu ascenso a los cielos. Cielos que por otra parte, están limpios, o nublados, en este mismo instante, descargando con furia la poca agua que caerá este mes de septiembre.

Septiembre es un mes triplemente patrio. Es muy extraño. Mis tres patrias celebran su día en septiembre. Costa Rica, el 15 de septiembre. Ese mismo día, a la media noche, entre el 15 y el 16 se consagra el grito de la independencia de México. Hidalgo, contigo empezó todo. Un cura, quién se iba a decir a Rouco Varela, empezaría la revuelta que valdría para una independencia de gran parte de las colonias en la Nueva España. Las Américas, según la visión peninsular de lo que representa el colonialismo de un pueblo de blancos hablantes de español. Nada de gallego, euskera o catalán. En la colonía lo que se exportó fue la lengua y la cruz. Y con eso valió. Y de vuelta, como nos recuerda VOX, se trajo la patata y se dio de comer a Europa, muerta de hambre, todavía flipando con la edad media, la peste y el oscurantismo que se vendría después, cuando la gran institución española por autonomasia llegara a su cuota más alta de poder celestial: la sagrada Inquisición Española.

Poco se le hace fiesta a las tradiciones abortadas en el pasado. Como si un día se abolieran los toros y nadie más nunca se acordara de aquellos días de fiesta en las Ventas, chulapos por dorquier, o por la Maestranza, con señoritos andaluces engalanando la corrida de una manada que no peca, nunca, de falta de bravura. Quizás los españoles requieran otro tipo de alegorías para poder ensalzar sus egos marchitos por la escasez sexual de su condición de alfa. El hueco del que sale un español besando a la muerte mientras escucha la cabra dictar su próxima faena, como un verso de trap que se cuela en el extrarrio de un pensamiento sincero de la última masculinidad que quedó libre de tirar aquella piedra. Lo cierto es que Jesús se presentó entonces, ante el pobre chaval, sobrecogido por las dudas, las mismas que tentaron a su hombre en el desierto, y como hermano, le tomó de la mano y juntos desatoraron una contractura interior que finalmente se relajó con el soplo divino de un milagro. La sexualidad española necesita un poco más de homoherotismo para dejar al macho alfa depilado ante el espejo, seguro de sí mismo, de su grandeza como bestia, para el deleite de sus colegas, que ya no tienen miedo, ni apremio, de mostrar libres en público sus erecciones.

—Pero… ¿esto qué es?

—¿Sabes lo que te quiero decir?

—Más claro, azucar.

—¿Comor?

—Lo que has oido. No te hagas el mustio. Que bien que habías esperado este momento, tonturrón.

—Pero ¿de qué me estás hablando?

—Anda,… no te hagas el estrecho… no te va.

—Como me toques…

—Anda… ¿pero qué tenemos aquí?

—…¿qué me has hecho?

—¿Yo? Nada… si parece que tiene vida propia…

—Me has hechizado… ¡comunista!

—Si esto te canto un cara al sol…

—Pero ¿qué haces, joder?…

—…

—…

—…

—…no pares…anda que…oh…

—…

—Jo-der…sigue…

—…

—…sigue

—…

—…no pares…

—…

—Sigue…sigue

—…

ALLS

Fin de un ciclo persecutorio

No todos los días se puede escapar de un ciclo persecutorio, pero hoy sí. Tras diez años de rascar el fondo de los desfiladeros de la agonía, finalmente me topo con el momento justo para volver a respirar por encima de la superficie… aahhhhh…

El día es azul, como todo primero de septiembre en este país. Recuerdo muy bien el primer uno de septiembre que presencié en este país, por allá del 2002. El día anterior era cláramente un día de agosto, con un calor infernal, que me recibió con la familiaridad de quién regresa a casa, con ligeros cambios de las personas que habitan el espacio que hasta hacía 6 meses había sido mi hogar, y que ahora compartía, mirando el Tibidabo, con un francés con el que se podía compartir un instante de paz. Aquél día conocí a Olivier. Me abrió la puerta y me hizo de anfitrión de una ciudad que ya era mía, pero como él, traería nuevas dosis de aventuras. Sin duda alguna, aquél día también marcaba el inicio de otro ciclo, no se si persecutorio, pero en todo caso, de uno de los ciclos más importantes que afrontaría en mi vida.

Desde aquél día, los 1 de septiembre me parecieron siempre poseedores de una carga simbólica extremadamente potente. La renovación tras un verano que marcaba sus distancias con un descenso en las temperaturas y un apaciguamiento de lo que había sido el ciclo anterior. El verano en España es sumamente extraño, con dosis de pueblo y playa, y con una afluencia superlativa de extranjeros en busca de chiringuitos, arena y mar. Pero en septiembre, a partir del uno, todo eso se esfuma. La televisión cambia. Todo se echa a andar. También la política… oficialmente, al menos. Luego, años más tarde, me enteré de aquella tradición española de sus gobiernos de introducir cambios drásticos justo en el verano cuando las prioridades de los españoles están centradas en la calidad de la menta del mojito, o la temperatura óptima de la cerveza.

De ese 2002 a este 2020 parece que todo ha cambiado. Parece tan sólo el juego de las sillas, en el que el dos y el cero han conseguido una vez más encontrar su sitio, en la silla de al lado. Se trata de ciclos que se unen este 1º de septiembre a partir de esta historia de (re)vuelta a nacer. Los números no cambian. Podríamos estar, entonces, al menos en lo que a mi ciclo vital se refiere, a un cambio tan drástico e importante como el que en aquél entonoces afronté.

Aquél día, recuerdo tener la sensación de estar empezando la vida en un sitio diferente. Una ciudad que conocía, ya que había aterrizado un año atrás, en el 2001, también en septiembre, aunque aquella vez unos días antes de la Mercè. El ciclo había empezado. Entonces me pareció que la novedad de los septiembres en Barcelona tenía un cierto ritmo que me conquistó por completo. El clima, la vibra, el dinamismo del trabajo. Todo parecía venir de una dinámica certera, que no tenía manera de imaginar que fuera distinta un mes antes, más aun viniendo de un lugar como Ciudad de México que tiene un ciclo continuo en movimiento. Aquél primer encuentro con lo desconocido despejó todo el ciclo de iniciación que todo nouvingut que llega a Barcelona necesita para hacerse con la ciudad. Barcelona tiene una dimensión urbana que te cambia por completo, una vez que comienzas a deslizarte por una de sus fracturas, topando con las laderas de las pendientes que conducen a las cuevas sagradas en dónde se reflejan en sus paredes las sombras sagradas de la realidad, o quizás, como mínimo, el nacimiento inmaculado de la surrealidad.

Hoy vuelvo a ser quién fui. Esa construcción de uno mismo que se encuentra en un ciclo lleno de luz, como antiguamente, en algún momento dado, como si escuchara al entrenador describir una metáfora oportuna para saltar a la cancha y disfrutar. Uno no llega a Cryuff el primer día que pisa Barcelona. Hay un largo camino por recorrer para entender la dimensión que puede provocar la irrupción de un extranjero insolente en la normalidad estandar de esta ciudad.

Barcelona es la capital de urbanidad anterior. A partir de ahora todo se precipita a una urbanidad compuesta de multiversos coexistentes es espirales que se revuelven consigo misma en un baile armónico de divergencias. El caos que delimita todas estas itinerantes posiciones en el tiempo y el espacio definen la manera de ser de una capital libre de todos los estados. Como mínimo mentales. El lugar amerita tener un sitio, al menos en la ficción, y si acaso, en el movimiento emergente de una sociedad que se encuentra constreñida por las contradicciones de sus propias afiliaciones. Los pilares de esta tierra se hunden en el lodo de un fin de ciclo persecutorio. No hay por qué temer.

Este ciclo, de momento, nos ha abierto el camino a un nuevo horizonte. El camino que nos lleva a otra nueva dimensión. Este salto que otras culturas no han sabido realizar al mismo tiempo, todas juntas, en un momento dado. El momento ha llegado. Podríamos estar frente a él. En este preciso instante. Y entonces, el devenir de la historia se concentraría en un gesto, o más bien ritual, de conclusión, y a su vez, de apertura, al reproducir en voz alta una palabra… ALLS.

Imagenes de la muerte

Lee Juan Marsè, en un programa de TV3, en el 2011. Calor bajo los árboles. Voces que gritan nombres. Juan. Joaquina. Más gente viene. Recuerdo correr. Lanzarse al agua. Noches de libertad completa. La nostalgia de puertas secretas. Desnudo y disfraz. Arbitrarias escenas. Viejos sueños eróticos de nuestra adolescencia. Carmina Labra. Asturiana simpatiquísima. Subiendo la escalera con el culo en pompa. El último verano de nuestra juventud. Fue en el coche. No en Barcelona.

Pastillas y alcohol. La muerte de Jaime Gil de Biedma. La sordina romántica de mis poemas. Vengarte de mis sueños, por covardía, corrompiéndolos.

Busco que exista una correspondencia con las imágenes. Como una colección de cromos. Contruir una historia y que construyan algo.

Tu escríbeme una novela en Paris donde tengas una aventura con una mujer moderna.

Una novel sobre París. Algo que explicar. No se puede crear de la nada. Juan Marsé murió hoy. Y ahora le escucho hablar de sus años en Paris. La última tarde con Juan Marsé, desde el barrio del Carmelo, con la noción clara de ser la versión actualizada de un Pijoaparte que vino a esta ciudad a superar sus condicionantes sociales.

Chaval: espavila. De la misa has entendido la mitad.

¿Quién me abre la puerta?

No es moco de pavo.

Lo saco del taller.

Aquél muchacho, esta sombra.

Yo fui aquél muchacho, pero ahora solo tengo sombras. Un día yo también moriré, como hoy Marsé.

La cuina está plena de fums. Olors de refritos. El lector es tafaner, de mena. El tall del ganivet. Els autors a una certa distancia. Llegir-los. Alla està tot.

Últimas tardes con Teresa es el libro con el cual un tipo como yo puede soñar con tener un día la aventura de Manolo, el Pijoaparte, o bien, si se quiere soñar un poco más allá, elegir ser como aquél otro especimen de Barcelona: un escritor de ficción.

Gracias Juan. La literatura de la periferia se abre camino. Me inundan las dudas, pero me alumbra tu literatura.

Eterno confinamiento

De pronto no sale nadie a la calle. La idea no es nueva. Pero eso no es lo peor. Lo peor es que no es vieja. No se hace vieja, pues. Sigue aquí presente. Es la actualidad de nuestra vida en pausa. Y mientras tanto nos preguntamos qué es la vida, sino aquello que vivíamos. O quizás esto, en dónde ya estamos a la merced de las conspiraciones más ridículas de la historia, impulsadas por las mentes más diminutas de la barriada.

La vida en sociedad está en manos de nuestros políticos y de la economía. Los narradores de la actualidad nos pintan las cosas como creen que son, o bien, como mejor se vende un bacalao que da igual si existe o no. No hay más realidad que la que la gente replica con temor en las redes sociales. El tiempo se ha disuelto, y lo único entero que queda es la paranoía.

Los lazos fraternales con los seres humanos se han debilitado, al tiempo que se han destrozado todos los canales de prosperidad de un plan global para el bienestar y el desarrollo. La agenda universal está plagada de virus que se infiltran con troyanos que pretenden espiarnos a toda costa, en todo momento, con ningún propósito en particular, y todos en general. La vida pues se ha convertido en una bazofia de historias nimias que dan pena leer. Los opinadores son más célebres, en este nuevo contexto, que los escritores con cara y ojos. Ya nadie tiene cara. Puras banderas.

La tela ha vuelto. La tenemos en la cara. Ya sabemos lo que representan los vecinos con su presencia o con su ausencia en un balcón. Nos queda la duda de lo que será esto cuando todo cambié. Lo que sigue no está escrito, pero quienes tienen el control tienen dos ideas centrales peligrosas. Y ninguna de ellas persigue un bien común, más allá de la acumulación del poder, por vicio. Porque el poder se ha colocado en un sitio en el que ya no nos gusta lo que sale representado por el pueblo. Y el pueblo, ajeno a la verdad, se tira a la contienda con los ojos vendados para asomarse a la ignoracia compartida que se despliega en plaza pública como quien mira a los ojos a un toro de lidia.

La tradición muere y el porvenir ha suplantado el futuro con una especie de régimen eterno del 78. No hay acuerdo ni pactos. Ni siquiera queda estado para repartir. No queda impulso vital que nos permita seguir siendo lo que un día fuimos, porque todo eso ha quedado enterrado en las tierras de regadío abandonadas en el campo vacío. Montañas desoladas con paseantes que no quieren aire fresco, ni veredas, ni estar aquí. La voluntad más grande es la de marchar de aquí. Pero no hay a dónde ir. El despojo de lo que un día fue se utiliza como grieta para espantar la noción absurda de un porvenir sostenible de una hipotética economía circular. Nunca fue cierto nada. Y ahora, de cara al cambio, tampoco el pasado encuentra sustancia en lo que nos queda de razón. No quedan neuronas buenas. Las hemos dejado atrás en la pandemia. Se nos escapa lo poco que se cuela por las alcantarillas. Allá, el el submundo, se entierra un tiempo que no será nunca más lo que un día pareció ser. Y enterrados estaremos unidos en la perpetuidad de lo que nunca fuimos. Nos perdimos en un pasillo eterno de paso doble, mientras el tango que salía de los megáfonos nos anunciaba el final de un sufrimiento que se estiraba sin fin entre la angustia compartida con la persona más cercana a dos metros de distancia. La corrida seguía su tercio sin que nadie permitiera que volteáramos a otro escneario. No quedaban más permisos ni grados de libertad en la conciencia que se esfumó con el último luthier.

No hay más baile que escuchar mientras se pierde la conciencia de quien uno es en medio de una playa cuya arena ha sido sustituida por espinas. Los faquires han tenido su verano con la cama de espinas que se tiende entre la toalla y el baño. Al sumergirnos en su inmensidad, tras el calvario de las espinas, nos encontramos con el chapopote y las miserias que flotan a su alrededor, que nos dejan la piel lisa, y en aparencia nos queda un piel más tersa y brillante. Lo que prometían los cosméticos ahora lo tenemos a nuestro alcance, como el maná de un tiempo de reconstrucción facial. Nuestro gesto de alegría mutó al anhelo eterno del final. Pero esto ya no se le espera. El rey ha dispuesto sus recursos para que la caridad esté presente fuera de palacio por la gracia eterna de los nobles, que no han perdido ni un segundo administrando las migajas de lo que donarán el domingo al salir de misa tras el sermón que satanás pronunciará en el púlpito de la columna montado en el toro alado ante la mirada resentida del toro alado.

La comunión de la diversidad se fundió en un pozo que excabó el último recurso que una multinacional expropió de los últimos dueños legítimos de la propiedad. La Tierra ya no tiene vuelta a la normalidad. Nos estancamos en la cárcel de nuestra vanidad. No supimos cuándo nos engañaron por última vez. Ni tampoco recordamos la primera. Lo que es cierto es que ya no queda fe en ningún sitio. Ni dioses que asistan prestos a la plegaria de los santos inocentes. No hay niños, ni niñas en el alfabeto. La posteridad tiene fecha de caducidad. Hemos decidido abandonar el barco mientra los músicos mantienen esclavizados a sus instrumentos ante el desplome matutino de la bolsa. Los ecos de la entrada de los jinetes se retransmite por las redes sociales con los memes de sus caras de verdad. Cada facción ha elegido los sospechosos habituales de nuestra percepción, cada vez más precisa, de nuestra última neurona. El último sitio seguro en el que finalmente encontramos la paz.

La persecusión no cesa. El tiempo en pausa nos obliga a consumir cualquier basura que se presente en un timeline que nos posee. No tenemos tiempo para contrastar. Ni siquiera lo deaseamos. Ya ni vemos quién lo manda. Si asusta cuenta. Todo por ceder a nuestro impulso de que todo esto termine. Hay un movimiento que alimenta la ilusión de que todo esto que un día fuimos volverá. Que recuperaremos la gloria de tiempos pasados. Un pretérito perfecto. La sombra de lo que un día fuimos. Algo que nos permita arrastrarnos de vuelta a nuestras complicidades con los añorados amos. La salvaje situación de los temporeros que encima ahora se quejan de que les demos la oportunidad de sacar la cabeza de las aguas negras mentales que los cortejan. El olor intenso de los restos de pescados dejados al sol para ambientar el desconsuelo funciona a las mil maravillas y atrae todo tipo de criaturas, desde zopilotes venidos desde África hasta larvas novicias que se estrenan en la luz para asombro de los chiquillos que relamen el suelo con su inocencia socavada.

Si acaso no quedan ganas de entretenernos con el último augurio de un centauro que se ha puesto a escribir, o replicar, la misa del domingo del Belcebú. Los mensajes son muy parecidos entre sí en todas las barriadas. La consigna viene del altísimo que tiene todo tan claro que decidió ponerlo todo, esta vez, en memes que reflejan con transparencia aquello que debía ser combatido. El comunismo no tendrá ni un respiro en el contexto decimonónico de la revuela apocalíptica. Los tiempos de disfraces sociales y máscaras virtuales se ha convertido desgraciadamente en el vulgar esfuerzo por escoger un filtro que nos oculte, a nosotros mismos, quien realmente somos. Hace tiempo que lo olvidamos, de tan bien elegimos los impulsos de tiempos esclavizados de un amanecer desprovisto de risas. El humor quedó sepultado tras las sentencias concatenadas de los controladores de la moral. El espacio de recogida de las almas se materializó en las nuevas estatuas que se erigieron para nublar nuestra cultura. No hubo sitio para nada más. Nunca más nadie confió. Finalmente sucumbimos al zumbido de la luz. Nos fuimos directo al matadero. El flautista nos lo advirtió. Algo sabría.


Golman llevaba cuarenta años de cuarentena. No se había presentado aún a la contienda. Había decidido esperar hasta entender por completo las consecuencias de sus elecciones particulares. No sabía cuál de todos los juegos debía preceder en su narrativa reconsturctora. Siempre cabía la duda. Dudar más siempre ha sido la manera que encontrar nuevos perfiles sobre los que dibujar el último mapa. Sus libretas le habían proporcionado todos los ejercicios necesarios, los 99, para estar preparado para un único despliegue definitivo de su revelación descomunal. El presente, finalmente, había llegado aquí para quedarse—pensó.

Vivir en el presente tiene varias implicaciones. No sabemos si esto durará más allá de esta mañana. Como el trabajo. Ya hace tiempo que dejamos de creer que esta será la falacia sobre la cuál podremos reestablecer el sentido de nuestra existencia. Se destruyó el cielo que sostenía nuestra fragilidad, y de pronto, sin esperarlo ni buscarlo, estamos en medio de la escena que despliega las trombas de un alud que se aproximan a mi entierro. El tiempo de un inmortal que baja a la vida de los mortales está marcado por su intrascendencia en nuestros términos finitos. Ni siquiera Jesús podía confiar que estaría ahí por siempre, sino que debía volcarse sobre los sucesos que se fueran dando para el devenir resultante de su performance de reconversión. Los hechos hablan de sus andares por el reducido mundo que pudo recorrer a pie. La dimensió de su mensaje debía constar como metáfora para que fuera más elocuente que la fuerza acumulada de los tiempos. La normalidad siempre está en la tranquila siesta que el león se permite en la sabana mientras todo sigue igual. No hay contienda sin la pulsión de un mesías que pretenda poner todo patas parriba.

La rebelión pues seduce las mentes de nuestros detractores. Cualquiera que esté en la cima tendrá un sequito de conspiradores en búsqueda del poder. El proceso de sostener los intereses de quienes ganas a pesar de la farsa que decidamos encumbrar. Lo mismo da, a no ser que nos esforcemos por encontrar un balance sobre las desigualdades sistémicas de todos los tiempos, hasta el inicio de los mismos. No econtraremos tiempo entonces para saber cómo actuar en sistema nuevo si debemos revisar todos los expedientes pendientes en los juzgados. Todos somos culpables de este desvario. Y también de la incapacidad de este sistema por presentar vías más frescas para matizar las diferencias y las injusticias, para vivir más allá de lo que nos pretenden vender, para saber estar a pesar de cualquier desajuste estructural del último plan que nos imaginamos posible, antes de la última debacle. Todo está a punto de caer. Y no nos queda fuerza para volver a empezar.

—¿Será este el momento?—Golman sopesó. Podría ser. Solo bastaba poner la máquina a andar. Darle un sentido a perspectiva desde la cuál el cambio se procura asimilable. Como nuestro respirar. Como fundirnos en un abrazo. Como despertar acompañado.

El día de la anunciación finalmente se desveló. Y por fin nos encontramos en la cuenta atrás. La reconstrucción social de una estructura mental que nos traspasa. Hay una puerta que cada uno debe traspasar por su propia cuenta. Y tras ella, todo. ALLS.

My first story

I’ve written many stories over the years. But I have been keeping them from you. I’ve been hiding behind my mind, just to come up with an excuse not to show up. I’m back here, and I see the world passing by. I feel alone, and somehow, safe. But alert: I also feel quite the opposite. A fraud. A misguided soul. A hasbeen who’s neverbeen. I’ve been just out here selling a sad story for myself that nobody believes. Not even me. That’s why I’m doomed. My worthless effort to confront my fears lay me down gently into the realms of nothing. I’ve acomplished nothing, yet I feel I deserve to have a place. Somewhere. Somehow. I just can’t handle how this could turn out to be a good story. So I keep thinking. So I keep trying. So I keep writing.

Nonetheless, I figure out I have a way out. Just one shot. This one shot is the story that’s going to safe my life. And this one story is the only one that I could tell. The true story I’ve been trying to be honest to. Because nothing else is anymore. And thus I fail in everything else as well. As it soons becomes a fraud. My fraud. Just like I see it. Like a see the fraud around me. And how it evolves and hunts you down. How it’s going to boomerang behind my back once I feel the releif of having thrown that stone at the right deamon. Pum!

I’m knocked down. My life is fear. I can sense it in my spirit-lost. I used to have it. Now I don’t. I told you already. I am not here for help. I am not here for therapy. I’m just here struggling, like the rest. And my story has been seldom told. So why again? Why me? Oh, lord, send me a sign…

Despair. Don’t show it. They’ll know. You are not supposed to be like this. This is dangerous to the system. They will soon come after me. And they’ll take me down. Like any other outlier that sits in the path of the system-dwelling smocks. Dull-faced hero’s of our time. Or jailmasters, or slavetraders. Murderers working for killers. Explotaition of the human kind working within the networks of our current LIFE. The underground connections to the dark forces within. The mafia culture. The moral doublethink that allows guns and drugs to be both the devil and the glory. And yet, we find the excuse to let it all sit in the same sort of frame. Our circus. And we, the agora, exploit the fact that we are not the evil one(s). Or so we think. But some fingers point at your direction. It’s not me. Like that’s a proof of anything. It’s people like you who brought us here. It’s entirely my fault. Now I know. Forgive me. Fellas, I’m the last sin. And I take pride on it; one last time.

I’ve only got one story. I’ve told it a million times. Or that’s what I figure. That’s what I’ve told myself. I have no proof. Just texts, documents, drawings, schemes. Babling. Over and over, the same story I’ve always told. It’s just it I need. Just this one tale. At point I will release the pain. The struggle will finally come to the end. And we shall still believe what surreality stands for in a leap outside yourself. It’s just that quest I’ve lead. And somehow, it’s still my cross. A holy one indeed. I must carry it on. Alas, here we are at last: ALLS.

Quedar fuera de juego

En la sociedad llegas a un punto en el que, tal y como está montado el juego, tu posición te deja a las afueras de la normalidad, excluido. Quizás vivir en la periferia de las reglas establecidas conlleve una doble racionalidad: empujar las fronteras más allá de donde está estipulado el campo de juego, y verificar las andanzas de los que deciden transgredir las reglas: para bien y para mal.

El hecho en sí no debería ser causante de la anulación de nuestra entidad como ciudadanos dentro de un marco legal que asumimos como común. De alguna manera asumimos que el juego limpio es la condición que se establece para que todos podamos participar en las mismas condiciones. Pero resulta que no es así. No es así del todo. Porque el terreno está inclinado y algunos tienen más tracción para ir cuesta arriba, pero lo peor, es que algunos sólo tienen que correr cuesta abajo, y anotar en la portería sur. El equipo de los «Sísifos» continuamente deben pillar su esférica y trasladarla, cual salmón, a contracorriente. Y encima el árbitro, marca las faltas que le apetece ver, ya que de alguna manera los colegiados tienen más afiliación a los que más beneficios otorgan en el lado negro de la sociedad.

Por lo tanto, ¿qué salida podríamos dibujar para un esquema como este? Sin duda, nos han pintado la necesidad de ser una sociedad de mentes puras, ya que los némesis se encuentran en el otro lado de la balanza, dando por el culo. Y puede que sea así. Dar por el culo es un ejercicio de patriotismo, sobre todo, español. No se puede ser sin dar por el culo. Es ontológico. Los españoles continuamente estamos removiendo el foco de nuestra ontología, porque somos culos inquietos, además de gilipollas.

Este tipo de afirmaciones quedarían muy mal si vinieran de un «no español». No es mi caso. Soy español, español, español. Mi pasaporte lo constata. Pero no se flagelen, todavía, que esto apenas comienza. Si les urge darme por el culo, apuntaros a la lista de sodomías y gomorradas por venir, que os aseguro que encontraréis que los 99€ de tarifa plana están más que amortizados. Si es que las mentes infinitesimales tienen un debilidad por el cuerpo sagrado de la imagen consagrada en el espejo. Selfie.

No quedan ya títeres con cabeza en este país. Pero no es momento del desánimo ni el desasosiego. Haremos con nuestros cuerpos inertes lo mismo que en su día hicimos para asumir nuestra transición como pueblo a la antesala de los marcados por la providencia para restituir el orden sagrado de humanidad sin culpa, gloria, o purgatorio.

Un viejo ángel de la guarda que tuvo relación con el ángel caído, siendo buen amigo, supo que había una especie de injusticia en el juicio de Dios Padre. Algo similar, le pareció al mismo Ángel, la mala prensa que se le ha dado a Judas «el elegido» cuando estaba dentro de su papel, acercar a Jesús a la gloria de Dios Padre, por los siglos de los siglos. ALLS.

Golman: fichaje olmeca

El club ha fichado a un futbolartista que rompe con todos los moldes.

Golman llega al club con su carta de libertad, la cual es inalienable, y trae consigo un nuevo contraro social que busca el bienestar colectivo de su comunidad. Sin duda, se trata del fichaje más estrambótico de la temporada.

L’Esportiu local, en un article escrit per la periodista Laia Pau.

La afición no sabía muy bien cómo tomar este último fichaje. Pero como siempre, la reacción dividió al público entre detractores inmediatos que enarbolaron una serie de críticas nada más enterarse de su contratación.

«No es un jugador para nuestra liga. Necesitábamos otra cosa. Un nueve puro. Pero siempre estamos igual. Será una decepción más. Qué le vamos a hacer. Este club está se va… ¿se puede decir mierda en una entrevista?»

Paco Delbar, socio 253

Mientras que otros tenían una visión más abierta a contar con un perfil diferente en la delantera.

«He visto algunos de sus videos de youtube, y creo que puede cuajar. Se trata de un futbolartista, según él. Esto, al menos,… bueno, no sé, me llama la atención. ¿Qué coño es el futbolarte?»

Marcial Domínguez, socio 321.