El sol no brilla en la oscuridad

No sabemos muy bien cuál sería la sombra en la superficie de la luna, o en Mercunio, o Venus. Si acaso, podemos imaginar que nosotros no podríamos estar ahí, de la misma manera que estamos aquí. No sabemos por qué. No podemos ver la atmósfera congelada de la epidermis de Marte. O la que desapareció en Mercurio camino al espacio. No sabemos describir lo que no es parte de nuestra experiencia inmediata. O nuestro conocimiento aprendido. O la imaginación con la que intentamos navergar contracorriente. Nada tiene sentido. Ni siquiera lo contrario.

Me fui por un túnel para penetrar la montaña que divide el valle en el que se despliega la gran ciudad, y el valle del otro lado, en donde se redefine la otredad. Aquí me encontré a solas con el destino y nos pusimos a deliberar si lo que había acontencido tenía sentido para ambos, o sin acaso, debíamos repensar la estrategia con la cuál reencontrarnos en un futuro próximo, para sorpresa de los dos, rebasados por los imprevistos imposibles de imaginar que desbarataran nuestros planes. Dimos en el blanco porque algo de todo aquello nos hizo doblarnos de la risa sin parar, como cuando pierdes la capacidad de seguir en la vida para desvanecerte en la insolencia sin límites de una carcajada perpetua. No hay Dios que se resista, salvo aquellos que murieron de la risa.

El sentido inequívoco del dadaismo era establecer un sentido opuesto al sinsentido de la vida, en el trasncurso de una camino que no lleva a ningún sitio, por más que se proponga lo contrario. No hay razón de ser para tan impropia aventura, pero su naturaleza desborda los pragmatismos de lo divino en pleno evangelio de lo omnipresente. El vacío, ante tanta ignominia de bajó del carro y se marchó caminando por el desierto, en busca de una respuesta que nunca encontraría. La magía se plantea la ilusión al límite de nuestra obsoleta razón. No hay que hacerle caso, ni siquiera por un instante, a la siniestra intuición que sin darnos cuenta, se ha aliado con la última conspiración obstinada por hundirnos. No hay peor camino que el oculto. No sabríamos llegar ni siquiera estando ahí. La solución elude nuestro saludo. No hay vuelta atrás.

Cuando no se tiene nada que decir, de nada se habla. Y el tiempo se ocupa en la apariencia de lo cotidiano. No sería precisamente eso, ni siquiera lo contrario. Hoy no tengo más que no decir. Se me fue el impuso a ninguna parte. Me cansé de no ser. Y me fui pudriendo hasta la concepción de quién nunca fui. Aparecí desnudo sin querer, ni pudor, ni qué hacer. Se me fue desvanenciendo la entidad mientras el desagüe me filtro, por última vez, por la cañería que me devolvió al ciclo vital que nunca abandoné.

Sin saber muy bien por qué, henos aquí, reunidos hoy para enaltecer el recuerdo perdido de aquello que nunca fue. Por la melancolía de lo que no importó nunca a nadie. Por el pasar de los ratos que no significaron nada, ni tan siquiera para el expectador aleatorio de tan singular nada. No hay luto necesario ni posible ante nuestra situación, penosa y angustiante. No perdamos más el tiempo en este relato vano.

Ano, año, tiempo, espacio. En el centro de nuestro ser se expulsa, y se ingiere, la vía traversa de la noción impoluta de una transgresión a toda norma. No se exalte, no es usted, tan sólo ha revertido el sentido pedido de un olvido florido.

Inventante algo cagado

Hacer reir es lo más sútil y pleno en esta vida. Si as hienas ríen de verdad debemos reconsider la manera en la que juzgamos su carroñería. La risa de un perro nunca es carcajada, y un gato nunca ríe. Un delfín lo peta, de ahí que lo encubremos tanto, hasta el punto de creer que su cerebro, más grande, funciona de manera más intensiva que el nuestro. O más bien, que lo que la mayoría de nosotros lo utilizamos.

El cerebro humano debería ser nuestra religión. O quizás nuestra revolución. La idea de promover una fábrica de ideas. Sólo para que salgan más seguido. Para que haya más de ellas. No importa su posición social, ni siquiera su utilidad. No necesitan siquiera ser graciosas. Sólo requerimos que sean muchas. Más de las que hemos pensado y expresado hasta ahora. Una sobrepoblación de ideas hacinadas en barracones durmiendo unas al lado de otras sin poder casi respirar. Demasiadas ideas para tener sentido alguno. Todas ellas, traídas al mundo sin haberlo pedido, y ahora olvidadas, dejadas de la mano de Dios, en una especie de pecera, de parque de diversiones caduco, al que ni siquiera Chevy Chase llevaría a su familia de vacaciones. Ideas que emergieron tras un brote masivo de ideas. La pandemia de las ideas. Eso es lo que venció al coronavirus. Una mano a mano entre cada uno de los virus que se replicaban tras invadir los cuerpos invadidos y penetrados sin a penas enterarse la nave nodriza.

En cambio las ideas, que parecían vencidas tras un momento inicial de júbilo y resplandor en las que las ideas emergieron a la superficie de la fama, cuando todo el mundo presumía de tener más ideas irrelevantes que los demás, y que a su vez, generaba un sinnumero de interacciones a sus ideas que se convertían en ideas reaccionarias a su vez, haciendo de la epidemia de ideas fuera más significativa que la actual pandemia.

Hasta que llegó el momento en el que júbilo dio paso al espiral de ideas violentas. Estas se juntaron, como siempre, para montonear al resto de las ideas. Las graciosas, las útiles, las sútiles no estaban capacitadas para hacer frente a las ideas proclamadas por los subnormales. Y estos, sin saber muy bien por qué, tenían las armas de su lado. Sin duda esa idea nunca se entendió muy bien, sino por la hegemonía que las armas, el dinero y la violencia habían adquirido en la idea reina del capitalismo. Las ideas de los buenos y las ideas de los malos se confundieron con las buenas ideas y las malas. Y todos fuimos víctimas de las ideas victimarias, o quizás más todavía, de las ideas victimistas. Las ideas confluyeron en las plazas, en los parques, en los bares, en las discotecas, en las escuelas, en las universidades, en los clubes, en las casas, en los pisos, en las alcantarillas, en las corridas de toros, en las cocinas, en las peluquerías, en las redacciones de la prensa del corazón, en las televisiones, en los poemas de la última versión de lo que escuchaban ahora lo jóvenes, en los banquillos de tercera división, en el área chica, en la mente de un demente, en la red neuronal abandonada en una regió incomunicada del cerebro, en un olvido voluntario de lo último que me dijo la enfermedad hiriente de quién fue, y casi ni recuerdo.

Las ideas comenzaron a cansarse de sí mismas. Entraron de manera súbita en depresión. No concibieron una existencia tan fresca como cuando salieron por primera vez a tomar el sol. Comenzaron a tener ideas de resentimiento, de desconfianza y de ansiedad. Ideas afirmativas que ya no conseguía arrastrar la atención de multitudes en silencio. Las ideas se sintieron oprimidas por el sistema que no habían percibido en un principio, y que sin embargo, ahora sabían que se había apoderado de su vida, dejándolas vacías, sin forma, sin sentido, y en ausencia de todo, esclavas de una sistema discursivo explotador extractivo. Se dieron cuenta que su presencia hacía girar el mundo, y que los poderosos así lo habían querido para que ellos sí vivieran bien, mientras nosotras, las ideas molonas, las ideas del pueblo, nos mantuviéramos calladas y sin representación en la comedia de las ideas. Pero ya está bien. Basta, gritó una idea indignada. No podemos seguir así, compañeras. El resto de las ideas se volcó ante la incitación de la idea revolucionaria a tomar control sobre su situación de indefensión y explotación. Nos han hecho creer que esto es vida, y no lo es. Y encima nos mean en la cara y dicen que llueve. Pues hasta aquí podías llegar, ideas subversivas. Ha llegado el momento de que tomemos en control de la situación que nos ha orillado a este sinsentido.

Vamos a necesitar que los que han sido beneficierios y palmeros del sistema actual se bajen del carro para poder relanzar el vehículo de la sublimación general del conjunto de las ideas. Ideas libres y soberanas. Una nueva era para las ideas más transversales, las más marginales, aquellas que no han tenido representación nunca, aquellas que ameritan que nos quitemos las máscaras y los velos de lo que nuestras ideas colonialistas, ya colonizadas e ignorates, nos dictaron de manera tanto explícita como inherente de la atmósfera que propiciaron. Habrá que perdir la reparación de las ideas que esclavizaron a las demás. El bienestar de las ideas privilegiadas se construyó con el trabajo forzado de algunas ideas de múltiples colores excepto el blanco, y a raíz de esa obsesión tenáz de la ideas extractivas de materias grises primeras. Aquellas ideas iniciáticas que nos llevaron a las ideas primordiales del orgullo capitalista, y el adoctrinamiento de las ideas normativas de los cacíques de las haciendas. Menos mal que las ideas filosóficas se libraron de debatir con las ideas religiosas que se escaparon de las constantes presiones de las ideas moralinas para nublar siempre la culpa sobre la epidermis de los cuerpos. Las ideas inmaculada del cuerpo de la mujer protegida de las ideas liberadoras de los ideales afirmativos de las ideas feministas del último despertar.

Las ideas es confundieron a sí mismas ante la irrupción de las ideas que venían revestidas de diferentes significados a lo que la apariencia les profería. Las ideas de la confusión nublaron el cielo que veló el horizonte de lo que parecía un amanecer. La oscuridad confundió una vez más a la luz, dejándola con una mueca singular que despistaba la idea del sentido que pereseguía. Las ideas se procamaron proclives a la idea obtusa del caos celestial. Lo que parecía destianar a la macedonía de ideas a un estado de infelicidad y decadencia definitivo, no fue más que la irrupción de la alteridad de un futbolartista en el plano surrealista de las dieas locales del otro lado de las montañas.

Las ideas de las olas siguieron palpitando en su intención por encontrarse en ese transe entre diversos con el que el agua besa a la arena. La espuma se pregunta si pueden salir. Y la idea de partir se cruza, por primera vez, entre las ideas concatenadas de una ilusión. No hay más espacio que para una última idea. La idea de un sinsentido con esmero. La insuficiencia de una idea pendular. No hacen falta más ideas, promulgó un insensato. Con las que tenemos aquí hay suficiente para subsisitr. No queremos más. Esto es nuestra destino: no querer más.

La idea de los pueblos sumimos.

La idea de que yo no fui.

La idea de que no va conmigo.

La idea de que no tengo la culpa.

La idea del allá ellos.

La idea de sucumbir a la reordenación de los muebles.

La idea de perecer y de no haber sido valiente para reconstruir la historia.

La idea de una historia cirular.

La idea de una mutación divina.

La idea de un ídolo marchando de casa, mientras nosotros creamos algo más grande, a pear de su ausencia.

La idea de volver a jugar futbol.

La idea de ganar un mundial.

La idea de convencer a una afición.

La idea de hablar con los demás. La idea de juzgar. La idea de morir.

Me fui perdiendo entre las ideas del sueño. Ya no tuve manera de mantener las ideas mientras las ideas de los párpados pesados levantaban un muro de contensión.

La idea del mistiscimo alrevés. La idea de la delegación de culpas. La idea de quién puede abrazar el tiempo. La idea de la plenitud simbólica y surreal. La idea de volver. La idea de partir. La idea de salir.

La idea de la pérdida.

La idea de la nada.

La idea de la caída sin retorno.

La idea del fin.

ALLS

Epitafio de mi locura

Armando Gallo Pacheco

Fue un placer, mientras duró.

Armando Gallo Pacheco

Nunca más volvió. Un día, sin más, se esfumó. No se supo más de él. Así como vino, se fue. No supe reconocer de qué manera se había convertido en la persona que dominó la superviviencia en el límite del caos. Se trató de un hemisferio posterior a lo que aquí abajo nos deja rascar la subsistencia. Las rutas que me conectan con ese pasado están de alguna manera delineadas por una Vía Augusta engalanada por los sepulcros de pueblo llano que quedó en el camino desde entonces. Podría volver a él en cualquier momento, y él venir a mi, sin que esto disturbe a los muertos que yacen plácidamente en sus tumbas. Todos los caminos llevan a él. Él. Qué ser.

No se puede estar en dos sitios a la vez. Ni tampoco ser más de una persona en un mismo instante. Eso fue lo que nunca supo entender Armando Gallo Pacheco, que continuamente se desplegaba en varias dimensiones en las que se explayaba, normalmente en una única dirección que perseguía hasta encontrarse enfilado en una catarsis sin fin. Esa es la única virtud de su desenfadado proceso de estar: seguir.

No es trivial seguir un camino. Ni tampoco seguirse a uno mismo. Especialmente cuando se sabe que por el camino se van dejando cuerpos que no siguen, inhertes estatuas que prefieren congelarse en el tiempo que no está sujeto a la potencia de la ola que finalmente se condensa en un segundo de compresión en el que el tiempo rebota, y culmina la pieza.

El performance tiene una consecusión temporal presente. Se afirma mientras se despliega en un único acto. En su día supo que eso era lo que hacía, pero que no importaba desvelar a nadie más lo que él entendía como un todo. Y en ese discurso se perdió, una vez más, sin saber si había contado lo correcto, o escondido lo cabal. Y detrás de una cortina de humo, se fue perdiendo en sí mismo, sin ser capaz de lidiar con la estructura de lo brotaba sobre la superficie de lo aparentemente real. La vida siguió su curso, y él, su obra. Y nunca había de acabar, salvo que el tiempo y el espacio conjuraran por encontrarle una temporalidad propia en la que quedara reflejado su ser. No tenía claro qué forma tendría, ya que al final de cuentas, la única manera de existir sería a partir de la circunvalación espacial dentro de la red neuronal del otro, conectada a un circuito circular que reconecta al ser con su circunstancialidad dual, uno, y todo: ALLS.

Él sabía que la perpetuidad con la que comulgaba no podía pervivir para siempre. Al menos no en este espacio-tiempo. La arquitectura de su discurso le llevaba a recorrer todos los estados de la naturaleza que había habitado en algún momento de su entelequia. De haber existido su recorrido neuronal estaba ahí. Aquí. Ahí y aquí. Mente y ser. Esas dualidades desplegadas a partir de los espejos que se crean al pensar. Una chispa electrica diminuta que alumbra un hilo de nuestra conectividad neuronal que no había sido utilizado en el pasado para nada. Ese hilo, leído, reconecta ese instante. Ese momento permite que el ser, o la red neuronal, se califique a sí misma, a partir de una etiqueta. Esa etiqueta, de alguna manera, es el significante de ese preciso momento, al menos para quién la define.

No olvidemos lo que somos. No olvidemos por qué estamos aquí. El camino no está escrito en ningún libro. Ni siquiera en los de texto. Las reglas con las que convivimos mutan más que nunca, dejándonos sin la estabilidad que nos brindaba la pulcra sociedad basada en la moral religiosa. Ni tampoco las leyes que nos enmarcan en un contrato social que nos permite a ser todos iguales ante la Ley, ama y dueña de todo. La ley y los suyos, como el rey y su corte. Las cortes. El pueblo en las cortes. El parlamento. Y el pueblo, con su rey puesto, el presidente, que emanan de sí mismo. La política, tan vilipendiada, es a su vez, la única salida. Pero no así su forma. En ese sentido todo es maleable. No obstante algunas estructuras de nuestro modelo actual son inelásticas. Ante la presión de rotación o traslación, quiebran. Y con ellas, las columnas vertebrales de nuestro mundo se tambalean como el imperio romano, y sus ciudades.

Al loro, que no estamos tan mal. Siempre puede volver aquél e intentar de nuevo aquello que un día vivimos. Y eso, tentación y/o desgracia, es nuestra espada de damocles.

Armando Gallo se dio cuenta de todas estas cosas, y por eso, estuvo presente, levantó la voz, escribió 999 caminos, y se fue como el viento que se llevó a Tara. No fue el fuego, sino el viento. El modelo del sur, desvirtuado una vez más, por el pecado nunca redimido de su esclavo pasado. La trampa estaba ahí, en ese agujero negro que yacía delante de él. No era un precipicio, sino un simple agujero negro. Y estaba ahí delante: as su pies. Así que tomó la decisión más dificil de su vida: caminar. Y se fue.

Algunos piensan que ahí sigue. En una paradoja del tiempo y el espacio. Quizás en un gusano temporal que lo conectará de vuelta en otro momento de la historia. Quizás la historia terminó cuando él se fue. No se sabe. Pero algo permanece. Su leyenda. Su presencia. Su ilusión. Quizás tan sólo queda un culto superpuesto sobre lo que él explicó que ya nadie tiene en cuenta, al tener encima una metaestructura posterior que lo ha acaparado todo, sin dejar espacio para el movimiento, justo al contrario de lo que en su día promulgó con su voz.

Hemos perdido un personaje, pero a cambio, ha nacido un mito. Quizás detrás de todo lo que permanece intacto es el ritual con el cual Armando Gallo Pacheco encontró la vía para afirmarse a sí mismo. Quizás ese sea el único camino tangible. Lo inasible está más cerca de lo que pensamos. Un salto al vacío y reconectamos nuestro ser con la presencia continua de un palpitar eterno.

ALLS

Fin de un ciclo persecutorio

No todos los días se puede escapar de un ciclo persecutorio, pero hoy sí. Tras diez años de rascar el fondo de los desfiladeros de la agonía, finalmente me topo con el momento justo para volver a respirar por encima de la superficie… aahhhhh…

El día es azul, como todo primero de septiembre en este país. Recuerdo muy bien el primer uno de septiembre que presencié en este país, por allá del 2002. El día anterior era cláramente un día de agosto, con un calor infernal, que me recibió con la familiaridad de quién regresa a casa, con ligeros cambios de las personas que habitan el espacio que hasta hacía 6 meses había sido mi hogar, y que ahora compartía, mirando el Tibidabo, con un francés con el que se podía compartir un instante de paz. Aquél día conocí a Olivier. Me abrió la puerta y me hizo de anfitrión de una ciudad que ya era mía, pero como él, traería nuevas dosis de aventuras. Sin duda alguna, aquél día también marcaba el inicio de otro ciclo, no se si persecutorio, pero en todo caso, de uno de los ciclos más importantes que afrontaría en mi vida.

Desde aquél día, los 1 de septiembre me parecieron siempre poseedores de una carga simbólica extremadamente potente. La renovación tras un verano que marcaba sus distancias con un descenso en las temperaturas y un apaciguamiento de lo que había sido el ciclo anterior. El verano en España es sumamente extraño, con dosis de pueblo y playa, y con una afluencia superlativa de extranjeros en busca de chiringuitos, arena y mar. Pero en septiembre, a partir del uno, todo eso se esfuma. La televisión cambia. Todo se echa a andar. También la política… oficialmente, al menos. Luego, años más tarde, me enteré de aquella tradición española de sus gobiernos de introducir cambios drásticos justo en el verano cuando las prioridades de los españoles están centradas en la calidad de la menta del mojito, o la temperatura óptima de la cerveza.

De ese 2002 a este 2020 parece que todo ha cambiado. Parece tan sólo el juego de las sillas, en el que el dos y el cero han conseguido una vez más encontrar su sitio, en la silla de al lado. Se trata de ciclos que se unen este 1º de septiembre a partir de esta historia de (re)vuelta a nacer. Los números no cambian. Podríamos estar, entonces, al menos en lo que a mi ciclo vital se refiere, a un cambio tan drástico e importante como el que en aquél entonoces afronté.

Aquél día, recuerdo tener la sensación de estar empezando la vida en un sitio diferente. Una ciudad que conocía, ya que había aterrizado un año atrás, en el 2001, también en septiembre, aunque aquella vez unos días antes de la Mercè. El ciclo había empezado. Entonces me pareció que la novedad de los septiembres en Barcelona tenía un cierto ritmo que me conquistó por completo. El clima, la vibra, el dinamismo del trabajo. Todo parecía venir de una dinámica certera, que no tenía manera de imaginar que fuera distinta un mes antes, más aun viniendo de un lugar como Ciudad de México que tiene un ciclo continuo en movimiento. Aquél primer encuentro con lo desconocido despejó todo el ciclo de iniciación que todo nouvingut que llega a Barcelona necesita para hacerse con la ciudad. Barcelona tiene una dimensión urbana que te cambia por completo, una vez que comienzas a deslizarte por una de sus fracturas, topando con las laderas de las pendientes que conducen a las cuevas sagradas en dónde se reflejan en sus paredes las sombras sagradas de la realidad, o quizás, como mínimo, el nacimiento inmaculado de la surrealidad.

Hoy vuelvo a ser quién fui. Esa construcción de uno mismo que se encuentra en un ciclo lleno de luz, como antiguamente, en algún momento dado, como si escuchara al entrenador describir una metáfora oportuna para saltar a la cancha y disfrutar. Uno no llega a Cryuff el primer día que pisa Barcelona. Hay un largo camino por recorrer para entender la dimensión que puede provocar la irrupción de un extranjero insolente en la normalidad estandar de esta ciudad.

Barcelona es la capital de urbanidad anterior. A partir de ahora todo se precipita a una urbanidad compuesta de multiversos coexistentes es espirales que se revuelven consigo misma en un baile armónico de divergencias. El caos que delimita todas estas itinerantes posiciones en el tiempo y el espacio definen la manera de ser de una capital libre de todos los estados. Como mínimo mentales. El lugar amerita tener un sitio, al menos en la ficción, y si acaso, en el movimiento emergente de una sociedad que se encuentra constreñida por las contradicciones de sus propias afiliaciones. Los pilares de esta tierra se hunden en el lodo de un fin de ciclo persecutorio. No hay por qué temer.

Este ciclo, de momento, nos ha abierto el camino a un nuevo horizonte. El camino que nos lleva a otra nueva dimensión. Este salto que otras culturas no han sabido realizar al mismo tiempo, todas juntas, en un momento dado. El momento ha llegado. Podríamos estar frente a él. En este preciso instante. Y entonces, el devenir de la historia se concentraría en un gesto, o más bien ritual, de conclusión, y a su vez, de apertura, al reproducir en voz alta una palabra… ALLS.

En el precipicio todo se ve más ligero

No se sabe si ya se ha perdido toda esperanza, o si no tener nada más que perder nos vuelve más amantes a ese último riesgo. Nomás queda saltar; y el recorrido hasta el final. Súbito. No será mucho más. Tan sólo la caída. Una última caída. La final.

Pero ahí en el límite todo tiene otro matiz. Quizás ya no estamos como para recibir lecciones de nada ni de nadie. Quizás el tiempo se acabó y nos acabamos congelando en una versión de nosotros mismos del pasado. Y ni eso nos satisface. O más bien, nos aligera. O quizás tan sólo a mi. Quién soy yo para hablar de nadie más. Mi situación es tan particular que nadie más podría sentirse como yo. O eso pensamos.

No sabemos si nuestra conjura maléfica nos tiene atrapados en una especie de trampa circular. Lo cierto es que no podemos salir. Y los demás no están aquí. Aquí estoy yo sólo. Y no tengo más que asir. No hay camino para volver. Ni tan sólo una salida. No hay puertas. Sólo barranco. El barranco del muerto. O la quietud. El inmovilismo. Petrificado mientras el tiempo sigue su curso. Pero no para nosotros. No para mí. Aquí el tiempo se detuvo y me congeló. Me dejó petrificado ante la incapacidad de movimiento. Salvo ese último paso posible.

El único sitio habitable en tales circunstancias en la propia mente. Ahí estamos sujetos a nuestro propio tiempo-espacio y podemos vaciarnos en todas las direcciones. Las conexiones neuronales por las cuáles habitamos el estado de ánimo que nos conecta con nosotros mismos, a pesar del mundo, a pesar de los demás, en una representación parcial que decidimos guardar para nosotros. La autorepresentación de los caminos que se entrelazan entre todas las historias posibles en las que hemos enmarcado nuestro destino. Sin más censura que la propia, que no es poca cosa.

La espada de Damocles tiene sobre nosotros, como si ser rey fuera tan fácil. Mirad al hemérito. O al supercalificado monarca que le sucedió. La historia se puede ensañar con una familia, o bien, visto al reves: la familia se puede ensañar con una historia. Ida y vuelta son verdaderas. Y nosotros testigos de la dualidad a la que se presentan algunos seres humanos dispuestos a culminar la obra por la que dicen estar aquí presentes: __________.

No me miren a mí. No tengo obra que ofrecer. Quizás tan sólo una parodia. O quizás tan sólo un espejo. O un libro. O un juego. Siempre hemos sido más dados al juego. Y ahí, entonces, puede ser que nos libremos de todas las quimeras. Últimamente todas acechan a la vez. Hitler está a la vuelta de la esquina. Y tiene muchas caras. Y no sabemos cuál es cuál. Ni quién es quién. Ni qué es verdad. Todo está patas parriba, y el pueblo unido yace vencido.

El sistema me orilló aquí. Y ya no tengo otro sitio. Mi mente me supo proteger de lo demás. Pero luego el mundo continuó con su perorata. Y su régimen. O su sistema imperfecto. Pero yo me bajé del tren. Y me fui a vivir sólo. A la montaña. Y ahí tejí una red. Mi oficio de araña me llevó de vuelta al trabajo. Y a la espera. Y a tejer. A crear con mis propios recursos. A crear una nueva casa. Una guarida en la que esperar a que pase el tiempo. Un espacio desde el cuál analizar las circunstancias de mi desgracia, de mi descalabro, y de mi vuelta.

La red creció. Y yo también. Me volví más fuerte en medio de la nada, remando sin corriente. Amasando los segundos de cada instante. Me alejé y me perdí. Pero en ese exilio me encontré. Me costó. Busqué en los rincones más produndos y me revolqué en los sitios más hediondos de mi lado oculto. Y lo vi todo. Y me sentí bien entre las migas. Rapté con los demás. Todos éramos iguales. No me dio vértigo la insignificancia. Dejé de ser. Y con ello, volví al juego. Por la puerta de atrás. Recuperé la forma. Entrené mi instinto. Revisé mis armas, las afilé y puse mi uniforme. Estaba listo para salir. Esta vez sí. Y no habría más que una única plegaria. Ser. Estar. To be, as I had already been in Not-to-be.

Di la media vuelta y el mundo seguí ahí. No era de extrañar. Tan sólo me había ido yo. Todos los demás seguían ahí. En lo mismo. Y mi camino divergió. Me derretí en las esquinas hasta convertirme en frontera. Palidecí ante el sol y su última vuelta, y me congelé con la luna acariciándome la oreja. Dejé que el viento persiguier mi angustia y me dormí tranquilo en la superficie del mar. No tuve más sitio que el que pisé en cada instante, y de ahí no me bajé ni un día. Un suspiro me acompaño discreto hasta el camino de vuelta en medio de la vereda que conduce hasta la cima del monte sagrado. Desde ahí, en medio de todo, campo y ciudad, levanté la vista y crucé el mar hasta llegar a mi destino, mi tierra, mi nido. Navegué sin pausa mientras dibujaba el contorno de las olas que llevaban mi nombre hacia el olvido. No perdí la vista el porvenir, ni tampoco el sufrimiento ajeno que se cruzaba en pateras que se dirigían al sitio del cuál yo huía. La relatividad también se aprecia en el mismo planeta compartido, según cómo pongamos la mirada en aquella cosa sobre la cuál decidimos enfocar. Quedamos fijados en la elección cuantica de nuestro destino. Esta vez sumamos lo suficiente para convertirnos en parábola. Quizás una semilla de mostaza no sea suficiente.

La isla en medio de la nada

Estoy confinado en una isla. He dado toda la vuelta y no puedo salir. Alrededor un mar azul marino la acosa, mimando sus playas con suaves masajes y vientos cambiantes que poco alteran mi insignificacia en esta isla. Estoy solo y no puedo dejar de moverme mientras el tiempo pasa como si no fuera conmigo la cosa. Es todo más lento. Lo relativizo esto también. Quizás sea yo, pensando en otras cosas. No puedo centrarme, ni siquiera cuando paso por el centro de la isla, en donde todo debería estar en equilibrio. Acaso las cuatro ciudades del interior me explican la centralidad y sus divergencias, según el camino que opte. No hay fiestas. No hay turistas extranjeros. Tan sólo los de aquí, que no tienen trabajo. Excepto este mes. Han venido todos los que no han podido viajar en todo el año. Y nosotros. Los confinados en sus barcos. Y sus familias. El bienestar se desborda por la casa de verano. Se toman las precausiones de los años que se dedican a volver a la isla. Al lado apropiado de la isla, claro está.

No todo es permanente en la isla. Si acaso tan sólo la dualidad se confirma en todo acto social. Quizás los dos polos de la mente de este islote que supera cualquier otra alegoría mediterranea más allá de esta rosa de los vientos. Los vientos aquí soplan de otra manera. Es una orden de magnitud: playas, valles, montañas. Dos ciudades. Cuatro centros insulares en medio de la isla. Unos seis pueblos periféricos, al lado del mar, y unas 30 urbanizaciones. No hay más. La isla es lo que es, por su pasado, su presente, y su futuro, los tres reunidos y representados en la plaza de Villacarlos, como un suspiro ante la orden caduca de un general que ya no tiene ejercito.

Si acaso barbarosa como estandarte. Quizás un parque en el que se refugiaron en el centro de la capital, cuando hicieron ver que eran la flota oficial. Los piratas consiguen alegrarse la vida con las astucias de quién no tiene nada más que perder. El oficio de aguar la vida libre de los señores de la guerra. La vieja horda de líderes heteropatriarcales. Lo que en su día ha sido el eje fundamental de todo el progreso de la historia heteropatriarcal que nos contaron de pequeños. ¿Cómo dista dicha versión de la que ahora podemos contarnos a nosotros mismos, pueblo libre? Quizás el feminismo de nuestros machos alfa nos lleve a la incongruencia última que teníamos por resolver. ¿Y entonces? ¿Qué más?

Algo más habrá. De momento ya no habrá tanto simio subnormal. Pero no será porque hayamos regresado a una versión más pulcra y gris de nosotros mismos en donde el humor ha sido reprimido por la causa justa. No seamos puritanos y pecadores a la vez. Eso nunca ha sido bien visto por ningún pastor. Lo que el centro de Europa quiere es que el sur no disfrute del sol. Y que seamos todos anglicanos, como mínimo. Al menos éticamente trabajadores sin criterio. Máquinas funcionantes sin necesidad de articular más argumentos que los requeridos por el puesto de trabajo, en beneficio de la empresa. No es momento para revoluciones utópicas para los hombres blancos en la cima del imperio.

En este Imperi lo que único que vale es un llonguet de sobrassada, formatge i mel.

Hoy amenecí en Mao, crucé la isla a Ciutadella, me probé unos zapatos que me regaló mi mujer, comí un llonguet en el Bar Imperi, y volví a la capital, como aquél que vuelve al puerte de dónde zarpan los barcos con la gloria del pirata Barbarosa, sabedor de que tras la estancia en esta isla, al irte, te vas con más de lo que eras al llegar.

Seré invencible cuando calce mis botines de Menorca. Pero lo seré más, si consigo volver a enfundarme en unos botines de futbolarte.

Futuro y presente y pasado

Se mezcla todo en este preciso momento. No estoy en ninguna de las tres partes, y en cambio, me aproximo asintóticamente a las tres. Escapo de la certeza de cada una de ellas, ya no recuerdo si por la obsesión de la memoria, o su melancolía, o quizás por la reiterada proyección de un futuro que ya imaginé 99 veces. Futuro que debe plasmarse, sobre todo, ahora mismo, en este mismo momento. Aquí dentro hay una canción. Y puede que ya no estoy yo. No pasa nada, porque aún así algunas veces estoy aquí. O así. O llego tarde.

Un niño viene a recoger su juguete. Llevaba tanto tiempo pensando que ya no tenía la percepción de que debía regresarlo. Me lo había hecho propio. Y nada más lejano. Me ensimismo. Y listo. Ya estoy ahí. Otra vez. Presente.

A veces no pienso. Y me dejo llevar. Vivo en el paseo ¿Para qué?

Dormir mientras escribes. Algo me atrae del agua, pero principalme su mutación continua. Su pretenencia a todos los estados. Y la capacidad onírica del movimiento cíclico de su condensación. O volver a la escuela. A esas clases. A esas historias. Y compartirlas de nuevo con los presentes. Los que siguen ahí. En la memoria. En el presente. En el futuro.

Héroes de una libertad que no se asimila de manera convencional, sino a través de los poderes para los que hemos sido preparados: la natación, el patio, la insolencia, la risa, el desparpajo, la música, el inglés, el fracés y la revuelta. Nuestra generación marca un parteaguas del cuál somos responsables. Un puente entre cohortes. Promociones que se equilibran en un juego de espejos que los extremos confunden. Y nosotros, visagra.

No hay más sueño que el que insiste. Como este. Cierro los ojos y lo veo. Estamos ahí: aquí.

La deuda de una espada de Damocles

Quien quiera ser rey que aguante con la espada sobre su cabeza. Quizás Juan Carlos ya no podía soportar la presión. Creemos que el rey actual sabrá sortear la súbita caída del afilado metal. No se nace sin especial carisma para reinar cuando se lleva sangre azul en las venas. De hecho, la mitad de las venas son azules. O al menos así parecen en las ilustraciones que vemos en nuestras icónicas imágenes del último programa escolar. Y algunas cosas nos resultan muy nuevas. Otras muy viejas. Algunas obsoletas.

El próximo curso no sabremos cómo acabará. De hecho, de saber, no sabemos ni cómo va empezar. Las escuelas tienen autonomía de catedra. Ellos dan el modelo educativo que mejor les viene en gana. Y se asociacian según sus redes de apoyos. Y se ven explicandose frente a un grupo de jóvenes padres de familia, que apuestan por ellos, mientras desde otros ámbitos, hacen ver que siguen adelante con el mundo que un día conocimos.

Lo cierto es que el mundo cambió para siempre. El virus nos lo ha dejado claro. Paramos. Nos bajamos todos del tren. Y ahora estamos repensando qué hacer. ¿Cómo hacerlo? No hubo cupo aquí en donde nosotros nos planteamos esta disrupción social tan potente. No supimos culminar la evolución del sistema. No supimos expresar el sentido de nuestro fin. No supimos coordinar la sinfonía de una sociedad que esperaba ser la armonía que un día sentimos cuando nos vimos reflejados en la suave brisa que baila con las flores de un monte sagrado.

Nos perdimos una vez. Volvimos a salir. Y otra vez nos extraviamos. No dejamos de buscar. Y nunca encontramos lo que pensábamos que desvelaríamos. Pero algo siempre quedó de cada búsqueda. Y nos fuimos acercando a un estado de consciencia colectiva. Y esto fue lo que nos dio alas. Y nos fundimos en un suspiro. Poco antes de volver a abrazarnos, de una manera parecida a como lo hacíamos antes, pero esta vez con ligeros matices que nos ayudaron a acotar los límites de nuestra insignificacia.

Yo vuelvo a asomarme a un precipicio. Y no pienso dejar que la espada me corte el pescuezo. Antes haré dar vueltas a los molinos. Me seguirán con la música de mi flauta, o quizás con tres trompetas que me acompañan en el performance. Ya no quedan más muertos que convocar. Somos los que estamos y los que fuimos. Los que recordamos con el ímpetu de trascender ante la situación que nos envuelve. No queda más que volver a subir la montaña con la piedra a nuestra cuesta. Imprimirla. Llevarla encima. Cruzarme con Sísifo otra vez. Replantear el mito. Absorber el rito.

Nunca tuve paciencia para la poesía. Ni prosa para la novela. Lo que yo escribo tiene un ritmo propio que se entremezcla entre los caminos neuronales de mis pérdidas fragmentadas en dosis voluntaria de perdición. La tangente sólo es una intersección más por la cuál acudir a este encuentro, a partir del cuál, todo puede continuar tal cual previsto, o bien, permitirs el deber de asumir la ortogonalidad de la otredad.

Un día fui otra cosa. No me culpo. Ni de disculpo. No llevo cargas en mi cruz. La dejé tirada en el ágora en el que una vez más preguntaron si debía ser yo el que preciera por decir lo que pensaba. La masa embrutecida tenía ganas de colgarme, pero ese día, por alguna condición divina de las estrellas, se iluminó el camino alternativo propuesto por el único anunaki presente entre la multitud. De pronto todo giró. Copérnico quedó puqueño para la transformación que en ese momento levantó el último velo de nuestra sociedad de las caretas.

Ciutadella i Mao… ensō

No puc viure mes entre dues ciutats que recelen de lo que no és s’altre. Una, capital, amb un port únic. S’altre, senyorial. Només que no es volen entendre. Sa dualitat menorquina no acaba aquí, pero potser si hi comença. Hi ha prou tela per fer-ne un vestit estiuenc.

Dues realitats que sembla que no es poden barrejar. No és pas una imposibilitat separada per tant sols 40 minuts en cotxe. Són dos pols oposats. S’est i s’oest. Cadascun amb sa seva peculiaritat. Sa superioritat d’uns envers s’altres.

Només uns són rics. Aixó exclou a s’altre des d’un principi. S’historia és així. Sa festa major. Sant Joan. O bé, la Mare de Déu de Gràcia. Qui és mes important en s’historia global? Joan… quin Joan? Bautista? Evangelista? No hi ha concreció. No es pot saber. O bé, será en la Mare de Déu? Sa verge. Sa gràcia que li dona el protagonisme a una només, encara que sigui en aquest cas, concretament, la de Gràçia (I no pas sa moreneta, o sa verge de Guadalupe,… o cap altre). Sa multiversalitat de ses verges, encara que només aquesta, i sa dualitat d’en Joan, ens obliga a mourens fora sa sobrevaluada unicitat.

Mao com primera ciutat de rebre el sol. Sol que vam veure només arrivar. Just abans de perde’l a la Mola. Mao, es port, que comença amb aquesta ciutat, que va resistir els atacs i bombardejos que d’altres ciutats no pas van poder. A s’historia d’aquesta illa hi ha violencia amb bombes, baixells, mariners, peixos, habaneres, poetes, nobles, cavalls, camins, platjes, militars, sants, un Jesús adal de tot, Joan, Jaume, Josep, un monte Toro, i la mare de Déu de Gràcia. Un brau, al mig de tot, en lo més alt. Espanya, França i el Reigne Unit. I grecs i romans. I ruminats que van arrivar per mar, i que arrivant a bon port, s’han quedat.

Tots morirem un dia. Pero haurem passat per Menorca, i ens haurem sentit que sa vida potser val sa pena, tant com un bany a S’Arenal de Son Saura, amb un mar plantxat, que t’absorveix com es glop d’aigua que tempera sa sed.

Avui he mort sobre sa sorra. Pensant que un dia no hi seré. Que potser aquest és s’ultim cop que em banyarè en aquest mar tranquil, d’un blau preciós, i gloriòs, com una abraçada d’en Jaume amb en Joan. Entre dos arenals trovem sa pau. No cal escollir. Ambdos són sa ilusió de continuitat, encara que mai s’acabin de conectar. O fins i tot, si ho aconsegueixin. No cal que tinguem festa, si es sentit de lo que sóm, trascendeix lo que ens envolta, aquí, a casa nostra.

S’equilibri d’aquest pais està justament en sa realitat que trovem a sa seva illa més eloquent: Menorca. Només cal assumir el que som. I som duals, sense por, com un obstinat ruc que sabent que no pertany al ramat de s’altre banda de s’illa, agafa el camí llarg, pels camins de cavalls, per esdevenir conscient de sa circularitat d’un tressor que no s’exaureix mai. Com un etern retorn. Ensō.

円相

Avui m’he llevat amb la conversa d’una poeta de 87 anys que des del seu mon em va compartir una petita porta cap a seu interior profund i noble. Un noi de Es Castell que va creuar s’illa per trovar-se amb la neta de s’alcalde de Ciutadella. Dos mons que es troven a cada costat de sa taula, amb un cafe, i una ensaimada.

He tornat a Mao. De camí vaig fer el rite de la immersió en les aigues mentals de s’Arenal. Vaig morir, i de cop, vaig tornar a neixer. Aquest cop més conscient. Perque avui, ha estat un dia senser. Complert. Rodó.

ALLS

Imagenes de la muerte

Lee Juan Marsè, en un programa de TV3, en el 2011. Calor bajo los árboles. Voces que gritan nombres. Juan. Joaquina. Más gente viene. Recuerdo correr. Lanzarse al agua. Noches de libertad completa. La nostalgia de puertas secretas. Desnudo y disfraz. Arbitrarias escenas. Viejos sueños eróticos de nuestra adolescencia. Carmina Labra. Asturiana simpatiquísima. Subiendo la escalera con el culo en pompa. El último verano de nuestra juventud. Fue en el coche. No en Barcelona.

Pastillas y alcohol. La muerte de Jaime Gil de Biedma. La sordina romántica de mis poemas. Vengarte de mis sueños, por covardía, corrompiéndolos.

Busco que exista una correspondencia con las imágenes. Como una colección de cromos. Contruir una historia y que construyan algo.

Tu escríbeme una novela en Paris donde tengas una aventura con una mujer moderna.

Una novel sobre París. Algo que explicar. No se puede crear de la nada. Juan Marsé murió hoy. Y ahora le escucho hablar de sus años en Paris. La última tarde con Juan Marsé, desde el barrio del Carmelo, con la noción clara de ser la versión actualizada de un Pijoaparte que vino a esta ciudad a superar sus condicionantes sociales.

Chaval: espavila. De la misa has entendido la mitad.

¿Quién me abre la puerta?

No es moco de pavo.

Lo saco del taller.

Aquél muchacho, esta sombra.

Yo fui aquél muchacho, pero ahora solo tengo sombras. Un día yo también moriré, como hoy Marsé.

La cuina está plena de fums. Olors de refritos. El lector es tafaner, de mena. El tall del ganivet. Els autors a una certa distancia. Llegir-los. Alla està tot.

Últimas tardes con Teresa es el libro con el cual un tipo como yo puede soñar con tener un día la aventura de Manolo, el Pijoaparte, o bien, si se quiere soñar un poco más allá, elegir ser como aquél otro especimen de Barcelona: un escritor de ficción.

Gracias Juan. La literatura de la periferia se abre camino. Me inundan las dudas, pero me alumbra tu literatura.