De regalo: Viernes

El libro de Fernando Solana Olivares

En mi infancia México me permitió hacer un chavelo vergas. Me explico: a los seis años mi familia se mudó de San José, Costa Rica, al Distrito Federal, México. Corría el año de 1983. Era un salto cuántico que ninguno tenía previsto. Para todos significó ampliar las miras de lo que hasta ahora era el mundo.

La experiencia quedó marcada por un gesto muy simple: la despedida de un aeropuerto internacional Juan Santa María, al que se dio cita toda la familia Elizondo y toda la familia Cordero. Es posible que algún Morales o algún Trejos (Yeya, sin duda) también hicieran acto de presencia. No menos de 40 personas nos fueron a despedir a lo que sería el primer gran viaje de salida, por aire, que mi familia, y yo, emprendimos.

Al llegar a México la dimensión del aeropuerto ya marcó la pauta. Cuando se atraviesa por primera vez el valle de la Ciudad de México te cambia para siempre la perspectiva de lo que hasta entonces conocías. Sin duda, Cortés tuvo que haberlo vivido, quizás no con la misma inteligencia emocional que Bartolomé de las Casas. Instintivamente, me tira más asimilarme con Bartolomé, porque de manera natural, como lo explica de manera brillante Enrique Díaz Álvarez en su último libro, La palabra que aparece, tenemos tendencia a querer estar del lado bueno de la batalla dual. O de una manera más sesgada: queremos estar del lado del ganador. Nos gusta ganar. Así seamos acarreado por la masa espermatozoica que tira hacia la conquista de la penetración sublime del óvulo que nos trajo a todos aquí.

Para un mexicano no hay duda. Si tienes que escoger entre Hernán Cortés y Bartolomé de las Casas, ¿a quién escoges?

a) Hernán Cortés

b) Bartolomé de las Casas

c) No se quién son. (vale como No vale / No se acuerda)

La opción múltiple es una manera de aprender. Examen tipo test, le dicen en España. A veces nos llama la atención la «Madre Patria». Y la amamos/odiamos como amamos/odiamos a los gringos. México es así. Dualizado por su raza entremezclada: águila y serpiente.

Si la profecía hubiera dado lugar a una cuestión extraordinaria, la serpiente se estaría chingando al águila. Ahí sí entonces podríamos decir que los mexicas se hubieran chingado a los españolitos. Pero no. No fue así. Nuestra historia es distinta. Otra cosa es: ¿qué quieres tú creer?

Al salir del aeropuerto y dar un paso al frío invierno de 1983 percibí una magnitud que nunca antes había experimentado. Frente a mi había un mosaico de espectaculares que anunciaban todo tipo de bienes y servicios de la gran ciudad capital de nuestro continente. Aquello fue un salto a una modernidad que no había visto desde mi perspectiva tropical infantil. Metí la mano en el bolsillo de mi pantalón y saqué un puñito de maíz. Abrí la mano y lo regué tantito en la banqueta.

Mi niñez pues, se desarrolló en este nuevo concepto. Origen tropical, actualidad mexicana.

Chavela Vargas hizo un viaje semejante, años antes. Su transición la hizo en solitario, a otra edad, y sin su familia. Su familia de hecho la empujó a irse. Y el país, mi país, en parte, también. Y en México recibió la acogida de una gran urbanidad capital, en la que un ser que transita en las periferias encuentra terreno fertil para renacer. Y Chavela renació de tal manera, que se hizo mexicana. Porque los mexicanos nacemos donde se nos da la rechingada gana.

Yo también me hice mexicano. Fue sin querer queriendo. Mi primaria me define, como al resto de mis compañeros del Héroes de la Libertad. Primero, como coyoacanense. Luego como miquelangeldequevedista. Y de ahí pal real.

Yo vivía en aquél entonces en el Barrio del Niño Jesús. Y mis amigos vivían en círculos concéntricos que se alejaban del Héroes hasta los límites entre calzada de Tlalpan, Insurgentes, circuito interior y la UNAM (el campus entero), ya que tenía amigos que vivían en la Villa Olímpica. Ese fue mi primer ecosistema.

Uno de mis grandes amigos, Diego, tenía dos casas. Sus padres se habían divorciado. Ambos vivían en Coyoacán. Su padre en una casa colonial, y su madre en una casa en la calle Paris, frente a un campo de futbol municipal de tierra, de esos en los que la porterías no tienen red. Coyoacán es una ciudad en sí misma. Como Tlalpan. Los pueblos de la periferia. La cultura propia de las colonias en México también acarrea lo que aquí se produjo desde que todo cambió.

Cuando eres pequeño, entre los siete y los doce años, vas conociendo los hogares de tus amigos. Esa parte formativa ha sido para mi un deleite insustituible de bondad y acogida por parte de los referentes que marcaban la vida de mis compañeros. Cada uno vivía de maneras distintas, y ninguna era exactamente como la mía. Yo venía de fuera, para empezar, y no teníamos familia. La hospitalidad mexicana, pude aprender, te abraza con sinceridad y te abre las puertas. No me extraña que Chavela haya aterrizado aquí y se haya convertido a mexicana. Quién hace este zambullido queda por siempre transformado.

Al inicio de la pandemia, justo cuando estaba en el ferry entre Barcelona y Menorca, emergió con potencia el grupo de whatssap más grande de los que tengo: el de mis compañeros de generación del Héroes de la Libertad. Nos reecontramos y saludamos en un éxtasis colectivo que fue muy particular.

Diego no estuvo en ese proceso. Hasta hace pocos meses, en los que mi gran amigo Rodrigo Santos, ilustre miembro de la palomilla, lo metió. Diego entró con ese flow potente y singular, con un humor demencial, y una tendencia deliciosa al límite del caos, y como vino, se fue. Nomás conectar, también conectamos en privado, y ahí pudimos reencontrarnos en petit comité. Pudimos reconectar rápidamente y volver a establecer la reconfiguración de cómo habíamos evolucionado, y con ello, nuestra amistad. Le compartí mi página web, cosa que no he hecho, del todo, con casi nadie (hasta el 25 de diciembre del año pasado, en el que renací con el nacimiento de esta página «en sociedad»). Su lectura me volvió en forma de un feedback muy sentido y bonito, lleno de cariño, sorpresa y gratitud, cosa que agradecí muchísimo. Y luego me pidió una cosa: ¿lo puedo compartir? Ya estaba listo para salir, así que le dije que sí. Qué claro. Y así lo hizo.

A los pocos días me contó que lo había compartido con la pareja de su madre, Fernando. Me contó que su madre y él me recordaban de aquellas veces en las que tuve la fortuna de ser invitado a su casa a jugar, comer, en los que uno pone en práctica las lecciones aprendidas que nos han dado en casa para saber cómo actuar en las casas de los demás. De ahí mi predilección por Casas, aunque por esa misma regla de tres, también podría haber tirado por Cortés, porque la cortersía en las casas de mis amigos siempre fue mayúscula.

Diego me contó que Fernando escribe una columna en Milenio cada viernes, y me la compartió con ilusión. Se ofreció a enviármela cada semana, y desde entonces así lo ha hecho. De pronto estábamos leyéndonos mutuamente. Y la conexión ha sido espectacular. Desde entonces estoy viciado a las columnas de Fernando, que me sigue enviando Diego religiosamente. Fernando le pidió a Diego que le enviara mi dirección. Y hace unos días recibí un libro suyo en el que se recopilan los artículos de su columna «Elitismo para todos».

Tras unos cuantos Viernes, el formato me tiene más que ilusionado para explorar lo que sin duda puede ser un portal multiversal a todas las dimensiones que tengo por transitar. Al menos 99.

Mil gracias, Fernando por tan entrañable dedicatoria, y tan suculento libro.

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