Le escuché esa frase a Mercè Estrem cuando llegué a trabajar en una consultoría en la que había aterrizado en el 2001 como fruto de una alianza estratégica que cuadraba iberoamérica con una triangulación Barcelona-Madrid-México D.F. (como en aquél entonces se llamaba la Ciudad de México, marca actual de la capital más importante de toda Lationamérica, si consideramos el bloque continental al sur del Rio Grande (o Bravo, según desde que lado de tendido se miran los toros). Aquello que Bad Bunny ubicó para la masa americana, que y de alguna manera, refleja la dualidad continental entre dos bloques que responden a naturalezas históricas entremezcladas y contrapuestas de una historia colonial ineludible.
A nivel de urbanidad, si las organizamos por tamaño, la relación entre estas tres ciudades debería responder al siguiente orden: México D.F. (D.F. para tener una referencia corta que identifique la ciudad, como hasta en aquél entonces había sido la costumbre en la que hasta entonces había sido mi escuela urbana primordial)-Madrid-Barcelona.
Si en cambio nos guiáramos por la primordial jerarquía del Reino, Madrid-Barcelona (Ciudad Condal al fin y al cabo)-D.F. sería el orden más idóneo. Mientras que si pusiéramos la termporalidad histórica como cuidad el orden justo sería Barcelona-D.F.-Madrid, ya que según narra la leyenda de Tenochtitlán, los primeros pobladores de la ciudad vinieron de Aztlán hasta encontrar el símbolo que la profecía marcaba para la refundación sobre la que dicho pueblo migrante habría de levantar su ciudad: el águila devorando la serpiente sobre un nopal. Pocos escudos más poéticos que el de la bandera mexicana.
Pero suficiente de nacionalismos. En realidad yo vengo de más al sur todavía. De una capital menor en cuyo nombre se da tributo a un padre, o más bien padrastro, que tiene poca o nula relevancia en imaginario de los habitantes de Madrid, Barcelona y DF en su conjunto: San José. No fue exactamente ahí dónde nací, ya que por circunstancialidades ajenas a mi persona, y cómo cada hijo de vecino, uno no nace dónde quiere, sino allí en dónde sus padres tienen a bien procrear y dar a luz a un cachorro que vino tras tres cartuchos femeninos: mis hermanas Laura, Adriana y Alejandra. Es decir, en términos bíblicos, el Benjamín de la familia. Y para redondear la profecía vine a nacer, por voluntad y gracia de Dios Padre, en San Salvador; El Salvador.
¿De dónde eres? San Salvador, El Salvador.
Nunca ha sido esa mi respuesta, cuando claramente tiene un toque peliculero inigualable: Bond, James Bond.
Podría derivarse de esa profecía particular que responde a biografía particular que cada uno de nosotros se monta para dar respuesta a las expectativas que la sociedad en la que vivimos pone sobre nuestras espaldas. Y peor aún, que nosotros mismos construimos para saber quiénes somos, qué hacemos aquí, y si merecemos o no vivir y estar tranquilos con aquello que hacemos. Vivir en paz. En paz con nostros mismos. En paz con nuestro entorno. En paz con los demás.
Hace rato hice referencia al escudo de México, pero de pronto me fijo en el escudo de El Salvador, y por primera vez presto atención a detalles que me habían pasado por alto durante toda mi vida. Detalles que quizás formulan de una manera subliminal el mensaje que está dibujado en mi camino de trascendencia hasta llegar al lugar desde dónde pueda emitir la luz que he venido a proyectar aquí.

Conocí a Salvador Benito años después en Sant Pau. Una referencia en el modelo de atención de pacientes urgentes, y en el diseño del drenaje asistencial que une urgencias, con semicríticos con la unidad de críticos. Esto es lo que hace que un hospital sea capaz de absorber la complejidad clínica que entra por urgencias, y que se drena a sociosanitarios, a las plantas de hospitalización, o centros derivados, o a casa.
Ya lo decía Benito: a ti esto se te quedó pequeño.
Ya lo decía Benito: entre las naciones, como entre las personas, el respeto al derecho ajeno es la paz.
Ya lo decía Benito: el amor puede más que el odio.

