Escribir desde Menorca

No es el mismo estado de ánimo. Ni la misma situación. Menorca representa todo: al fin y al cabo es una isla, y todo el mundo sabe lo que abarca el simbolismo de uno mismo, y por tanto, de una isla. El mar nos espera. La fuga sólo tiene una vía, si descontamos el camino de Ícaro. Pero aún así, lo que vinimos a hacer a una isla sólo lo sabemos quienes en ella nos convertimos en algo más. Aquello que devenimos es nuestro «yo» illenc.

No todas las islas son iguales. De hecho todas son distintas. Y cada una representa lo mismo. La unidad y la multiplicidad coexisten en la isla. No se trata de una metáfora de reality desgastada, por más que vivamos en una situación hipersaturada de realidad de cartón-piedra. Lo vanal es lo más, y lo demás, existenicial, no existe. Por tanto, hemos relegado los ritos más significativos a una escala elitista que construimos a partir de la cultura. Y no dejamos permear a todo el mundo. Unos pocos son los bendecidos. Y eso también queda registrado en discurso que elegimos proyectar de nuestra transformación isleña. Se trata de una inmersión sublimada por los mismos cielos, las mismas aguas, los mismos soles que en la antigüedad saciaban a los habitantes de los bosques y las urbes mediterráneas. Algo eterno subsiste en el verano que se desvela en las calas de la isla.

El baño. Bañarse, como si debiéramos bautizarnos una vez, al menos, para ser dignos de estar en la presencia de este Dios que nos ilumina con su luz. ¿Acaso, sol, no te suspiré mi último halago desde la posición de plegaria flotante? La nubes acompasaron la ilusión de estar sumergido en las aguas en las que me transformaba, otra vez, en ese último baño. La nube estaba ahí, en eterna deformación, hasta que en un momento dado se esfumó. Y mi yo anterior, con ella.

No cabe duda de que vuelvo a elegir esta vida. La contemplación de una oración que persiste pese a los intentos de banalizarlo todo. Los sentidos desde el interior de las aguas en las que mis oidos se han fundido con la experiencia subacuática, mientras los ojos mantienen su visión periférica dual azul cielo. La frontera nos lo da todo, y ahí, sobre el muro, construimos un instante de conexión incuestionable y permanente, pese a su obstinada reinvención acto seguido.

No preciso volar si puedo disolverme en los estados de mi «yo» illenc. Nomás que aquí se escribe una mutación singular sin fin ni solemnidad que valga de representación. No es lo mismo estar aquí que en otro sitio. Cualqueira que quiera ser esto, sólo puedo conseguirlo en este estado mental. Y en esta isla se aprecia dicha gracia, más que en ninguna otra. No hay duda. Y pese a ser esta la puerta correcta, todas las puertas de las otras islas conducen, a su manera, al eterno retorno que las islas prometen. Esa circularidad define la costa de la isla, como también isla es, el continente, si se tiene la suficiente paciencia para recorrer todo el perímetro de sus playas.

El agua se mece intermitente con la obsesión del latir de un corazón paciente. Escucha el latido, al ladito, dónde estás, que no te siento. Me distraigo con cosas superfluas que me aislan de mi mismo, hasta que vengo aquí y me reencuentro, en otro «yo». Vuelta a empezar. Una vez, más, y no falla. No hay más recurso que volver.

Ya no me quedan más islas para escribir desde este día. Sólo tengo un rato más antes de partir. El puerto de Mao me espera para recorrerlo, una vez más, de principio a fin. Y su manto protector, embriagado por la habanera de despedida que se perdió la noche anterior en cala Corb, desde un Cau que ruge con nostalgia de lo que aquí un día se reconfiguró, como el aliento pestilente de un poeta, o la trompeta mesiánica de un desgraciado familiar, como quien intenta suplantar con alegría la alegoría militar que nos despide entre Sant Felip y la Gola.

Una vez más arrastramos nuestra sombra por el mediterráneo, de vuelta a la capital. La urbanidad de un puerto que nos llama con los cantos de la Sirena Caballé encaramada en lo alto de una montaña desde donde se distribuyen las ondas expansivas de un campo magnético posterior que se regenera simultaneamente a nuestro devenir colectivo resultante. Otra vez la misma historia.

ensō: vuelta al origen.

ALLS

Golman listo para la próxima temporada

El futbolarte no se para. Ni siquiera con la pandemia. Hoy mismo realicé mi enémiso entrenamiento de verano para preparar la próxima temporada. En la parte física nadé hasta la boya, y en otro set de ejercicios, me sumergí en agua al menos dos metros de profundidad, al menos nueve veces. El futbolarte es así. No se sabe cómo, pero se está componiendo una pieza de autor con cada gesto. El día es mi lienzo. La noche mi sueño.

Cala Morell. Una vez más intentamos ir a la playa de la Vall, y una vez más estaba petada. Esta vez ni siquiera entramos por el camino de la muerte, sino que directamente nos fuimos a buscar al resto de la comitiva de Ciudadella que había tirado para Cala Morell. Las terrazas. O las plataformas. El primer día que fracasamos en entrar a la Vall intentamos ir a cala Morell, sin saber muy bien en qué sitio estacionar, y si valía la pena bajar. Yo nunca había estado, y Meri recordaba que la playa era muy pequeña. Dimos una vuelta por la urbanización, intentamos llegar lo más abajo posible, y no fuimos capaces de visualizarnos en ese contexto, así que redirigimos nuestro camino para la Cala Galdana, que debe ser la playa más bonita de la isla, si no hubiera sido hostilmente urbanizada por tres o cuatro hoteles de gran turismo, que el mismo Fraga dio lo permisos, y tiempo después, recriminó al responsable de haberlo hecho. Muchas veces no somos conscientes de nuestras decisiones pasadas, ni siquiera si en el futuro seremos capaces de reconocer las intenciones que tuvimos para comportarmos de la manera que no hicimos.

Fuimos a ver a Carlos Cros a Es Claustre. Santi nos dijo que un amigo suyo era colega de Carlos, y que vendría desde Ciudadella. Una peña de Ciudadella cruzando la isla para asistir a un templo de la cultura de la isla. Los dos polos se tocan muy de vez en cuando. Los nobles actúan de manera singular cuando se trata de mezclarse con el pueblo en su salsa. Y en Es Claustre el pueblo de la capital está en su mercado. En su día aquí se congregaban religiosos en actividades en las que se ponían a disposición de Dios para actuar sobre las comunidades que representaban como intermediarios de algo más sagrado que el pueblo requería entender y asimilar como el alimento espiritual que marcaban los tiempos aquellos. El uso pues del espacio sigue siendo el mismo, sólo que ahora también el pueblo asiste a la congregación popular de un espectáculo musical. Un cantautor, guitarra en mano, intentando arengar a un público dividido entre los que centran su atención en el espectáculo, y aquellos que comprometido parcialmente su presencia a los alimentos y la mesa desde donde sus voces compiten con las del hombre orquesta.

Carlos Cros lo dio todo. Llegamos tarde al toquín, pero nos dejaron entrar. Nos buscaron muy amablemente un sitio, con su sana distancia, para poder desvelar nuestros rostros a la noche. La mesas de jóvenes comensales tenían la condecendencia de aplaudir, de vez en cuando, acabadas las canciones. A mi me ganó Carlos con esta canción: me aburro.

También nos deleitó con fuertes relatos de pasión que deja su piel en la tinta con la que escribió un canción, y en cada razgado de la guitarra, y cada verso interpretado frente al micrófono, con en el caso de Pretendes.

Mi cuñado Roger llega a su casa. Le digo que hemos ido a Es Claustre. ¿Quién tocó?—me pgreuntó. Carlos Cros—le contesto—otro barcelonés que vive en Maó con su pareja, que es de aquí. Las ratas de ciudad no encuentran las mismas claves de una capital como Barcelona. Mao, otra capital, como refugio a la pandemia. Y también, como registro desde otra geografía: la isla.

I am a rock, I am an island. Un guiño a Paul Simon, que debió haberle reconocido el gesto a Carlos en su tributo a Gracia: Graceland.

Barcelona y Mao. Barcelona y Menorca. Algo hay entre estos dos puertos que nos lleva más allá de lo habitual. Lo normal sería que la música nos conectara con lo alegórico de un artista. Con la sensación de comprender el momento íntimo que genera una emoción.

Al salir d’Es Claustre fuimos a tomar una cerveza. El futbol salió a la conversación. Y Santi sacó a Golman. Les expliqué que estoy listo para saltar a la cancha. Soy un futbolartista, les dije. Esgrimí mis razones. Mi apuesta. Y mis probabilidades de éxito. Quizás deba tomarme más en serio. Nunca lo he hecho. Quizás es el momento de subri al escenario. Carlos Cros me ha mostrado cómo hacerlo. Y en última instancia si nos convertimos en el Jack de Shinning, que mejor que tener una máquina de escribir para trasladar las emociones primarias de un artista conceptual.

La isla en medio de la nada

Estoy confinado en una isla. He dado toda la vuelta y no puedo salir. Alrededor un mar azul marino la acosa, mimando sus playas con suaves masajes y vientos cambiantes que poco alteran mi insignificacia en esta isla. Estoy solo y no puedo dejar de moverme mientras el tiempo pasa como si no fuera conmigo la cosa. Es todo más lento. Lo relativizo esto también. Quizás sea yo, pensando en otras cosas. No puedo centrarme, ni siquiera cuando paso por el centro de la isla, en donde todo debería estar en equilibrio. Acaso las cuatro ciudades del interior me explican la centralidad y sus divergencias, según el camino que opte. No hay fiestas. No hay turistas extranjeros. Tan sólo los de aquí, que no tienen trabajo. Excepto este mes. Han venido todos los que no han podido viajar en todo el año. Y nosotros. Los confinados en sus barcos. Y sus familias. El bienestar se desborda por la casa de verano. Se toman las precausiones de los años que se dedican a volver a la isla. Al lado apropiado de la isla, claro está.

No todo es permanente en la isla. Si acaso tan sólo la dualidad se confirma en todo acto social. Quizás los dos polos de la mente de este islote que supera cualquier otra alegoría mediterranea más allá de esta rosa de los vientos. Los vientos aquí soplan de otra manera. Es una orden de magnitud: playas, valles, montañas. Dos ciudades. Cuatro centros insulares en medio de la isla. Unos seis pueblos periféricos, al lado del mar, y unas 30 urbanizaciones. No hay más. La isla es lo que es, por su pasado, su presente, y su futuro, los tres reunidos y representados en la plaza de Villacarlos, como un suspiro ante la orden caduca de un general que ya no tiene ejercito.

Si acaso barbarosa como estandarte. Quizás un parque en el que se refugiaron en el centro de la capital, cuando hicieron ver que eran la flota oficial. Los piratas consiguen alegrarse la vida con las astucias de quién no tiene nada más que perder. El oficio de aguar la vida libre de los señores de la guerra. La vieja horda de líderes heteropatriarcales. Lo que en su día ha sido el eje fundamental de todo el progreso de la historia heteropatriarcal que nos contaron de pequeños. ¿Cómo dista dicha versión de la que ahora podemos contarnos a nosotros mismos, pueblo libre? Quizás el feminismo de nuestros machos alfa nos lleve a la incongruencia última que teníamos por resolver. ¿Y entonces? ¿Qué más?

Algo más habrá. De momento ya no habrá tanto simio subnormal. Pero no será porque hayamos regresado a una versión más pulcra y gris de nosotros mismos en donde el humor ha sido reprimido por la causa justa. No seamos puritanos y pecadores a la vez. Eso nunca ha sido bien visto por ningún pastor. Lo que el centro de Europa quiere es que el sur no disfrute del sol. Y que seamos todos anglicanos, como mínimo. Al menos éticamente trabajadores sin criterio. Máquinas funcionantes sin necesidad de articular más argumentos que los requeridos por el puesto de trabajo, en beneficio de la empresa. No es momento para revoluciones utópicas para los hombres blancos en la cima del imperio.

En este Imperi lo que único que vale es un llonguet de sobrassada, formatge i mel.

Hoy amenecí en Mao, crucé la isla a Ciutadella, me probé unos zapatos que me regaló mi mujer, comí un llonguet en el Bar Imperi, y volví a la capital, como aquél que vuelve al puerte de dónde zarpan los barcos con la gloria del pirata Barbarosa, sabedor de que tras la estancia en esta isla, al irte, te vas con más de lo que eras al llegar.

Seré invencible cuando calce mis botines de Menorca. Pero lo seré más, si consigo volver a enfundarme en unos botines de futbolarte.

La generación perdida

Cuando Guardiola y su equipo culminaron el cuarto año de aquél glorioso sextete la afición y la sociedad tocó un techo de cristal sublime e inolvidable. Los años de júbilo se habían ido superponiendo en un proyecto que tuvo todas las virtudes de una generación, la visión de un líder, la ejecución de un equipo, la idea de un maestro recontextualizada, el empuje de un club que se desparramaba en el mercado como algo más que un club de futbol.

Ayer el Barça perdió el partido de cuartos de final más singular de toda su historia, ante un rival que mantenía todo el empuje y criterio del último gran impulso regenerador de su historia, en la que el modelo futbolístico y competitivo se afianzó en la mentalidad de los jugadores, en el sistema del club, y en un porvenir futuro que no ha dejado de perder pistonada. El Bayern Munich. El marcador del partido no es lo de menos; quizás lo de más: 2-8.

El futbol es un espejismo social en el que en medio de la pandemia nos vemos forzados a entender nuestros viejos dioses como meros figurantes de una historia que se desconfiguró para el resto de nuestros días. Un estadio vacío en Portugal, en su hermosa capital, Lisboa, con dos equipos, once contra once, en el que al final habían de ganar los alemanes. No siempre, pero esta vez, no cabía duda. El equipo del FC Barcelona ha sido un espejismo durante ya varios años. Y se sostienen las mismas estructuras de pasiones removidas por los medios que viven de ensalzar el monotema día tras día, con la religiosidad con la que se va a misa, cada día. Lo que pasa en los entrenamientos, las tertulias de media noche, los piques con los eternos rivales, el machismo que persiste en las entrañas de la sociedad y de cada uno de los que degustan el futbol como un tema central de nuestros días. Me incluyo, evidentemente.

El heteropatriarcado es así.

El futbol, sin más, es como el niño mimado, primogénito, del heteropatriarcado. Representa todo el porvernir y toda la desgracia del orden social constituido en el que nos reflejamos cada día en el espejo. Lo que vemos nos gusta y nos da grima. Nos provoca ser lo que somos. Nos alienta a sentir emociones continuas a pesar de estar conectados a otra realidad, de facto, que nos impide volver a ser lo que un día fuimos. El futbol no escapa a la pandemia, ni a la crisis estructural de nuestro pueblo, casa, ciudad, cuarto, cuerpo o mente. Todo está condicionado por el juego, y el juego nos domina, sin que nos hayamos dado cuenta, a seguir sintiendo la vida como un proceso automatizado sin impulsos verdaderos.

Tocamos fondo. Pero no ayer. Ni siquiera hoy, cuando la sociedad vista desde el velo de un club que pretende ser un ejemplo de valores, de proyección mundial, de historia, de presente y de futuro, aquello que engloba más de lo que podemos imaginar como nuestro, pero dispuesto en un telón de acero tras el cual, como siempre, yace un enemigo iracundo al que aprendemos a odiar por las misas y la doctrina a la que hemos jurado nuestra lealtad emocional. El futbol, o quizás el Barça, sea tan sólo una última farsa detrá de una sociedad de cartón-piedra, que pese a posar inmaculada frente a la vitrina de lo que deberíamos ser ante un mundo que nos ve, continuamente, cada día, y que en cambio, hace tiempo que dejó de ser aquello que pretendía ser. Algo más que un juego. Algo más que un club. Algo más que una marca. Algo más que un ejército simbólico de jóvenes, y no tan jóvenes, millonarios con más o menos gracia para devolver una pared, o para construir un imperio empresarial camino al cielo.

El futbol es así. Un ciclo que se retroalimenta de sí mismo. La historia que se repite. Enzo. Roger me lo acaba de confirmar: «mi padre me contó mil veces cómo fue la salida de Kubala del club, tras una estrepitosa derrota que marcaba el final de un ciclo, y mal, por esa puerta de atrás que no podemos evitar recuperar, una y otra vez, como parte de nuestra identidad mezquina y sórdida». Quizás no me lo dijo así, pero la idea es esa, salpimentada con la noción actual de que las cosas habían de ser así. Porque en este club las cosas se han ido haciendo peor, de manera que el deterioro se veía acentuando mientras seguíamos la marcha hacia el abismo, cuestaabajo, cada vez más precipitadamente.

Pero alguien, un sólo hombre, era capaz de mantener la fachada de que todo seguía en su sitio. Porque el futbol a veces no necesita mucho más que un gran nombre para dar forma a un proyecto. Messi. Messi ha sido más grande que un club, que un país, e inclusive que la historia misma. Ya sea del futbol, o de la general. Aquella que tan bien conocemos, y de la cuál somos parte, ciclo tras ciclo, como un año escolar que empieza de aquí a dos días sin novedades. Un año más. Somos pienzo para cerdos en la mecánica constructiva de un imaginario de autómatas espermatozoideos. Una vez eyaculados estamos listos para el siguiente ride. De lo que sea. Ponémelo en vena. Yo hace tiempo que compré el billete todo incluido. Y dejé de pensar. Porque el anuncio me lo indicaba: acá lo tendrás todo. ¿Y ahora qué?

La sociedad que vivía aquella fachada como verdadera ahora se repugna ante la «humillación» de una derrota deportiva. La magnitud del ego dolido trasciende lo que cada jugador experimenta cuando el equipo rival les pasa por encima sin contestación alguna. El debate finamente lo ganó Neuer. No hubo partido. No había un jugador clave al que contrarrestar en el Bayern Munich que enfrentó el equipo de Setien. Había tan sólo un equipo, con una idea colectiva que no paraba de correr, de presionar, de funcionar con el talento con el que fue pensado. Un equipo que tras cuatro años de haber dejado de ser entrenados por Guardiola seguían persiguiendo los objetivos colectivos con el mismo impetu que lo hacían cuando aprendieron a repensar el modelo futbolístico de aquél innovador social. Enfrente, el equipo que inventó la conjura se desvaneció ante el reflejo de sí mismo, en una versión alemana de lo que podría haber acontencido si no se hubiera desmantelado la esencia de aquella idea transformadora que colmó el vaso en su día.

Guardiola ha muerto. Viva Guardiola.

Estar listo para salir

Antípodas y dualidad

Hoy soñe todo lo que tenía que soñar. Lo vi claramente. Sentí la necesidad de levantarme para trazar los designios mágicos de mi sueño, que resultaban ser todo lo realistas que uno requiere para ordenar aquellas ideas que desde el subconsciente propagamos para el performance más sublime al que asistimos cada noche. Si los sueños sueños son, este en particular me mostraba una serie de personajes lógicamente constituidos en los discursos que nos pertenecen de cara al despertar definitivo de la humanidad.

Suena demasiado pomposo. Quizás de una ambición que una realidad social no se puede permitir. Por tener demasiadas intencionalidades superiores. Y por no ser lo concretas que deben ser para un público incrédulo en que podremos superar la situación en la que nos encontramos. Visto lo visto. El pesimismo gana al optimismo onírico. Las palabras no sirven para dibujar las imágenes que me proporcionaban tal certeza al momento de dormir. De ahí que los sueños se escapen sin remedio.

Para salir a la luz pública y desvelar un discurso emergente que de aliento al personal hay que tener una serie de herramientas básicas. Eso era parte del mensaje de las personas que estábamos presentes. Roger estaba ahí. Y su discurso era este. Había feministas que establecían sus límites ante la parte heteropatriarcal de nuestro discurso, que no obstante, defendíamos en pro de los objetivos globales en los que se sustenta el feminismo. La igualdad en un nuevo contexto en el que todo es diferente a lo anterior. Esto, sin duda, es un buen punto por el que empezar.

El feminismo como piedra angular de cualquier cambio resulta un buen lugar desde dónde partir. Como lo podría ser el colonialismo. Y si unes los dos, quizás entonces el punto desde el cual haya que partir sería la estatua de Colón en Barcelona. No por nada. Por estar ahí. Por el simbolismo de su construcción, hace unos cien años, y lo que hoy implican, y lo que en su día fue, el navegante, el innovador, el soñador, el súbdito. El reino no era grande y uno en aquél entonces. Eran dos reinos. Y dos coronas. La dualidad que finalmente unificó, en el futuro, la integridad en un TODO, que será determinante en la mente de muchos españoles generaciones por venir. Pero no tanto en otros españoles. De ahí que no importe el punto en el que nos paremos hoy día, la discrepancia sobre los símbolos y las circunstancias de los corridos de nuestras historias, es tan sólo un espejo sobre el cual reflejar nuestra perspectiva actual, en un contexto de cambio continuo, en el que tras es suspiro del sabio (o la sabia) nos vemos reflejados en la imagen distorcinada del agua. De pronto, no sabamos si somos Zimba, Mufasa o Narciso.

Lo cierto es que nos enamoramos de nosotros mismos. Las palabras que nos contamos intentan darnos la seguridad de que estamos en lo correcto. Formamos parte del equipo ganador. Del equipo que sostiene la razón histórica como estandarte. El blasón de nuestros pueblos. La unión de las luchar por nuestras libertades. La sangre de los nuestros. La conquista ante los némesis del pasado. Toda la retórica de las naciones se contruye en parte de las leyendas oficiales que ensanchan, por instantes, lo ancho de nuestro pecho. Como aquellos pechos al aire frente a la estatua de Colón. Senos varoniles henchidos, pezones firmes y glorisos, las manos en posición perfectamente recta, con ligeros roces con los machos alfas de al lado, en esa expresión tan nuestra de nuestra voluntad de gustar al macho ibérico. Al más fuerte. Al más galán. Al más viril. Oh, hombre español. Eso suspiró Dios Padre al crear al primer hombre español de la historia. Porque Dios y la historia de España están escritas con la misma pluma. El acento español de Dios Padre es incontestable. No hay debate alguno frente a cualqueir otro pseudocatálico que ose sospechar que dicha verdad sea sagrada, única e irrevocable. Hasta el Papa Francisco podría corroborar que Dios Padre habla español, pero no cualquiera, el del centro de España, en donde lo español se convierte en águila patria, en un vuelo sagrado sobre la tierra que tus subditos poblamos, oh Dios Español.

España sobre los hombros de Buñuel. España en el exilio. El exilio de un rey. El exilio de un republicano. El exilio de un navengante. El exilio de la mitad del pueblo. El exilio de los ancianos. El exilio de los dementes. Exilio de los iguales. El exilio de los distintos.

No hay salida. La dualidad nos aboca al campo de batalla. Hay algo iniciático en el encuentro de dos culturas que nos pone en una situación de ventaja/desventaja. La competición prevalece en el sentimiento de que el más fuerte sobrevivirá. Y ganará. Frente al cadaver del enemigo. Por la propia superviviencia: muerte. Esta metáfora nos es, de alguna manera, natural. Pensamos que las cosas son así. Porque en algún punto de nuestra historia nos creimos esta historia. Nos la vendieron bien, y la asumimos en todas sus dimensiones. Socialmente estamos condicionados a pensar de esta manera, para temer al rival, y estar preparados para la defensa. El ataque es inminente. Espera, mejor ataquemos nosotros. El léxico lo indica. Somos bélicos por la naturaleza que asumimos como imperativa. Por una orden.

Atención: firmes ya.

Descansen: ya.

Reinicien: ya.

El pais ya no funciona

Nada es igual. Todo cambió. No nos dimos cuenta. Quizás no lo quisimos ver. Pero de pronto la dimensión de lo que nos revolcó fue una ola demasiado grande para nuestro intento de pato. No tuvimos más alternativa que asumir el revolcón. Y bailar en la lavadora. Mantenerse tranquilo mientras la espuma te impedía dar brazadas hacia ningún lado. Arriba, abajo, al medio… no sabías dónde ir. Estabas en medio del vacio existencial del posíble último gesto de tu existencia.

La sociedad, ahora mismo, está en este preciso momento. La pandemia nos retrató a todos frente al mismo fotógrafo. Cambió el sentido de nuestra narrativa, y de pronto, fuimos otra ecuación. No cuadraba el círculo. Ni cerraba. Algo no pasó página. Nos quedamos obsoletos. De la noche a la mañana. Y no teníamos dónde caernos muertos. La vida se convirtió en vértigo continuo. El desazón de la existencia nos colmó, una vez más, como aquellos aullidos de otros lobos. La asfixia nos conmovió.

Supimos crecer antes de morir. De pronto sentimos que la vida no tenía más sentido que estar aquí. Un día más. En un plano demencial. Como quién lucha contra un dragón. Un día especial. Con una rosa y un libro. O un cuento. O un rey que se va del reino porque cuatro peones rojos le increpan en el puerto. No son tiempos para alegorías, sino más bien, es tiempo de semidioses corrigiendo el rumbo de nuestro fallido intento de resurección.

Tafiti está enfermo. Y necesitamos un Maui que alimente el espírtu de Vaiana. ¿O será Moana? No se sabe. Son dos personas distintas. Disney tiene muy claro sus temas estratégicos de segmentación de mercados. Y cuánto cuesta una u otra cosa. Y el retorno de la inversión. Ya se hicieron películas de todas las princesas. También de las indígenas. Aunque la historia no sea así. La apropiación cultural completa está a punto de desvelarse. Sólo nos queda estafar a unos pocos pueblos más. Nos falta leerlos. No habíamos tenido interés hasta que se nos acabaron las mentiras. O más bien, las ficciones. O los mitos. O lo ritos. Ya ni sabemos dónde metimos la pata. O la mano. O el fusil.

Alfonsito, ¿estás muerto?

Nunca se sabe con qué te puede salir un rey campechano. Lo cierto es que al ser hemérito todavía está cumpliendo los designios que nuestra carta magna le otorgó. A ese hemeritazgo de tal gallardía. Nos queda claro que nuestro reino es uno. Es este. Y quizás, al hundirse, deje un hueco tan grande en los corazones de los niños y las niñas del barrio de Salamanca, que succionará todo lo que encuentre en su paso. Como la nada sin el auxilio de Atreyu. Esta gente no lee. O no lee estas aventuras de poca monta. Aquí se lee al Lazarillo de Tormes. Y a Góngora. De toda la vida. Cervantes, para los cultos, aunque dicen que viviendo en Barcelona les pilló el tranquillo… será que era «rarito». No se equivoquen. Valle Inclán. Noches de bohemia. Eso es lo que necesita este país. Aún no lo sabemos. La vida continúa con sus cuatro coordenadas y sus tres pijoteras dando por el culo. Madrid es muy ancha, cual Castilla. No se olviden que de aquí al cielo. Como si los nobles entendieran de múltiples sentidos, o los chistes de los lacayos. Lo que no se entiende es que la gente no calce más esos zapatos sin calcetín que tan bien se llevan en el verano. Spain is diferent.

En la fiesta de bienvenida del Rey en la que será su nueva República, unas mozas dominicanas fueron convocadas para agasajar los múltiples gustos de su majestad, que en ocasiones como esta enseña su lado más humano y virtuoso, con ese característico aplomo de galán que siempre le ha acompañado, herencia de su padre, y de su tatarabuelo, y de su tataratatarabuelo. Una familia de patriotas. Una familia real surrealista. Un momento como el actual no lo habíamos vivido nunca. Octava potencia mundial, gracias al jefe de nuestras fuerzas armadas. O al hombre en la cima de nuestra representación interncional. Porque somos una monarquía, en este caso constitucional y parlamentaria, valgan las redundancias. No sabíamos cómo equilibrar bien los poderes de varios sistemas incongruentes, y nos dimos la licencia de asumir un senado inoperante para demostrar a nuestros pares que nosotros vamos de otro palo. Y nuestros pares flipan. FLI-PAN. Nos lo dicen así. Con un conocimiento impecable de nuestras costumbres casposas de telerrealidad. La televisión nos educó; no podemos escapar.

Somos el Lazarillo de Tormes quinientos años después. Es mentira. Nunca lo leí. No tendría la gracia que en su día tuvo. Somos Marcelino, el del pan y el vino. O la navaja de Buñuel. Acaso el ojo, que en realidad era luna. O un pensamiento de Dalí. El poemario inacabado de Lorca. Un falangista amigo de la familia. Un hombre sin un cojón. Un pueblo con un par de cojones. Unas franjas amarillas. Un lazo, quizás. Una estrofa de Pablo Hesse. Una blasfemia de Valtonic. «Tu problema es que eres muy alemana». No se rían, esto cada vez se vuelve más completo. La sociedad no llegó aquí de repente. Somos un pueblo listo. Somos, como mínimo, un pueblucho de listillos. Que no es poca cosa. Anda. Vete a tomar por culo. ¿Agua?

Si yo fuera español sería surrealista. Sería el único sentido que mi vida podría considerar digno de resaltar. Más allá de nuestras virtudes inoperantes. Más allá de lo henchido de mi pecho en medio de la plaza Colón. Más allá de las regatas en las que el Bribón, el Bandido, el capellán, Avellán, Billy el Niño, y el resto de la pandilla, coordinados como una tripulación engrasada de puros tornillos, macizos, fuertes, con la vena exaltada, como el miembro viril que sostienen en su mano, amazando con firmeza el coso del camarada del costado, en ese gesto colectivo homoerótico que tanto conmociona al heteropatriarcado tradicional hasta el día en el que se ve metido en fregado, disfrutando como un enano. Tras un abrir y cerrar de ojos, pajaro en mano, oh sorpresa, el mismo miebro que sostiene, de envergadura colosal, resulta ser un hombre pequeño. Little people. Se trata de la última ocurrencia de la izquierda para dar por culo a los elegantes dandis del barrio de Salamanca: amor sincero entre parejas mixtas.

El suicidio de aquél ya no parece tan mala opción. Algo parece cobrar sentido cuando se desenfoca la consciencia. Nada pasó. Nadie nos cortó el cable. Quizás sí, junto con todo lo demás. Quizás fue culpa de unos y no de otras. Las escuelas y las maestras, sin sensación real de saber a dónde vamos, como el resto. Perdidos todos, ante una quimera que nos carcome, cada día igual. Y seguimos aquí, en espera de la muerte. O de la vacuna. Las dos vinieron. Se presentaron sin vergüenza. La sabiduría que denota en el gol fallado que parecía cantado. La mentalidad sostiene a un jugador, sobre todo ante el fallo irremediable. La conciliación con la afición pasa a segundo término. Uno es primero. Hay que reencontrar el balance. Y eso te lleva a lo demás.

Hoy creo haber recuparado parte de ese balance. Y lo hice conectando con mis dos mundos. La polaridad de mi establedimiento representa un péndulo en uno de sus dos matices. Yo no vine a… ya ni se.

Me estoy durmiendo otra vez. Quizás esta vez sea la última.

O al revés: la primera.

El periplo de la fuga del rey

Juan Carlos primero. Luego lo demás. El exilio de la familia. La griega en Egipto y Sudafrica. Hermano exiliado en Londres. La reina emérita sufrió el exilio. El rey emérito ya lo vivió de niño. Y después se posará familiarmente, porque la institución va antes que las personas. Las agendas reales. Las instituciones. El rey sigue siendo rey. Su cargo sigue siendo emérito. No hay destierro. Una república bananera. Dominicana. Ahí se está bien, si se es blanco. Como en casi toda la urbe. Los que tienen memoria. Los que tienen cara. Los que tienen respaldo social. Los que tienen respaldo divino. Las vacaciones en Palma de Mallorca, del siete al diecisiete.

Unas obras pendientes en Zarzuela. Habrá gente dentro. Son unas obras en las habitaciones de las niñas. Durante el mes de agosto. Este año tendréis gente dentro. Las vacaciones de los reyes en las islas Baleares. Mallorca is not Spain. Han anulado sus vacaciones privadas. Las vacaciones de los reyes no se organizan 15 días antes. Seguridad, y tal y cual. La situación ha motivado los cambios. El Covid 19. Se están acercando a las familias españolas. Muy unidos con nosotros. Se acercarán a Menorca e Ibiza. Harán turismo español. En Madrid en algunos actos privados. Las niñas entrando en sociedad.

La reina Sofía, educadísima, se acuerda de la vez anterior en la que nos vimos, muy cercana, por qué no escribe usted sus memorias, una vida interesantísima. Ya lo sabéis todo. No tendría tanto interés. Muy educada. Marca distancias. La reina perfecta. Ser cercana. Soy la reina. Otro tipo de calibre. Ser rey no es delito.

El delito es otro. La ley es igual para todos. Sostengan las risas. No es exactamente así, pero no tenga usted cuidado. La cosa no va con usted, hasta que se le ocurra asomar la cabeza. Y de pronto podría suceder que se encuentre en la mira. Y sin ser poderoso, podría econtrarse en la mira de según qué poderes ocultos.

El rey en una república.

Al final todos somos republicanos.

Las reacciones:

PP y C’s: Respeto. Ponemos en valor el poder del monarca en España.

Torra: Estupefacto. Pide la abdicación del hijo.

El rey emérito ya no está en su reino. La república es su nueva casa. Quizás se esa la premonición de su hijo. Está a disposición judicial. La Reina doña Sofía está en el palacia de Marivent, en Mallorca. Sus motivos tendría. Tres párrafos firmados como padre. Decisión tomada con serenidad, y meditada. Estoy disponible para ayudarte en el ejercicio de tus funciones. Las grabaciones de Corinna… cosas del pasado, y de su vida privada. La mejor forma de prestar mis servicios al país, y a vos, rey.

La fórmula: publicando directamente la misiva. En menos de cinco líneas remarca el rey actual el impacto de su padre. La ley, la constitución y la nación. Y tal.

El gobierno ha sido partícipe en la salida. Pactada con el rey. Casa Real y gobierno. Unidas Podemos no sabían. La contradicción saldrá en la rueda de prensa del presidente. Balance del curso político. Y el traslado del rey. Huida del rey, según el otro lado del gobierno. Eludir la justicia. Ni más impunidad, ni más corrupción. Deja a la monarquía en una situación muy comprometida y muy delicada, dijo la ministra.

Todos los partidos políticos han reaccionado. Digna de respeto. Huida para esquerra. PSOE elogia la transparencia. El PNV falta de transparencia. VOX destaca su papel. Otros dicen que elude a la justicia. Gracias, rey. Los catalanes piden que abdique.

En momentos históricos como lo estamos viviendo el gobierno de España debe tener una única posición. Grande y una. El PP pide que una única opinión. La de Dios.

Con las grabaciones de Corinna empezó todo. Ahh… you are so german!

Inviolabilidad del rey. Suiza investiga. Las cuentas de la fundación panameña Lucum. 65 millones de euros del rey Saudí. AVE a la Meca. Los 65 millons a Bahamas. Regalo del rey por cariño. Blanqueo de capitales. Dinero en maletas. Va a los países árabes y se trae el dinero en efectivo, en maletas.

Hasta 2014 inviolable. Después… también. Todos iguales ante la ley.

Don Felipe está tranquilo.

El rey fugado

En un mundo paralelo algunas personas todavía viven en un reino de hadas en el que los monarcas tienen el control, ante el goce y satisfacción de su pueblo, leal y súbdito, para hacer y deshacer a su merced. La espada de Damocles resulta una pesada loza para cualquier hijo de vecina que quiera ahora venir a ponerse en el lugar del rey. Y el rey lo sabe. O más bien: los reyes lo saben.

El rey, padre, le escribe una carta al rey, hijo. Hijo, blablaba, tu padre. El padre toma nota, ensalza el juicio social y político de su antecesor, no vaya ser Él el que ponga en juicio la dinastía del cuál ahora es cabecilla. Los privilegios se forjan por la gracia, o bien de Dios, o bien, de un rey con dotes de liderazgo campechano, o natural. O quizás, por la buena formación, la mejor de las mejores, que un rey pueda recibir desde muy temprana edad, corriendo por los pasillos del palacete del generalísimo.

El rey se va de su reinado. Se lleva lo puesto. Ni un duro tiene ya. Los duros ya no valen nada. Sólo tiene lo poco que le quede en las cuentas. ¿Cuáles? Ay, no sea metiche. ¿A usted qué le importa? Siempre metiéndose con los grandes de España. España Grande y Una, preferida de Dios Padre. Los reyes hablan de tú con Dios Padre. No así con Jesús, al que consideran un rojo. No es lo mismo el orden que el desorden que imponía Jesús con sus revueltas en los templos repletos de mercaderes. Aquí cambió todo, y de ahí que los reyes siempre se hayan sentido muy apegados a su fe en el Dios de los cristianos, y bien bien, más cerca del Dios de los católicos, apostólicos y romanos.

No tanto así de la Church of England. Ya se sabe que los reyes españoles y los reyes de Inglaterra no tienen las mejores de las relaciones. Al menos no a lo largo de las historias familiares. Y lo que nosotros, como pueblos, podamos atribuir a nuestro estatus históricos frente a las narrativas colonialistas hegemónicas que nos pintan en los libros de texto. La educación para los nobles no va consentir que se manchen los nombres de las familias que tanto han luchado en el caciquismo que hemos implantado desde que tomamos el control de los territorios que conquistamos con nuestras expediciones valientes, dando lugar a la ilustración de los pueblos bárbaros. El peso de la historia de los reinos europeos es lo que está en el centro de ombligo de occidente en el que postramos nuestra obsesiva mirada para autoreconocernos. Y Disney sólo hizo el trabajo de recapturarlo en pequeñas historias que podemos sostener como la columna vertebral de los recuerdos que pasarán a ser los mitos de nuestro vida adulta.

La vida te puede cambiar un día de repente. Quizás por alguna cosa que digas. Quizás por la acción que te lleva a moverte a otra posición en la que hasta ahora no vivías. Y entonces todo adquiere otro matiz. Otro color. El pasado se llena trampas a las que ya no podemos volver. Bribones que escapan al juicio social y a la verdad periodística de una historia informal. Será como un verano por las islas. Un verano distinto. Una vez más los reyes seducen a la población de las islas que Jaume I afianzó con su capacidad de gobierno. Pero fue Alfonso III el que hizo el trabajo fundacional. Y ahora, los herederos actuales de la continuidad histórica de nuestro reinado, nos pone en esta situación particular única e irrepetible del verano de 2020: un rey que se va del reino por no ensuciar más el nombre de sí mismo, ni el de la institución que hasta hace poco representaba, al menos a título hemérito. Y por no cagarle el reino al hijo. Ya se sabe que rey muerto, rey puesto. Pero este no murió. Y su calvario llevó al hijo a su cruz. Reinar habiendo de excluir al padre de todo acto oficial. Serás como Caín, le dijo Felipe a Juan Carlos. No se primero, o depués: segundo.

Los reyes son personajes de otros días. Como señores feudales que todavía admiten el diezmo y la recolección de sus privilegios por el bien de la sociedad a la que admiten proteger. Con su sagacidad y su saber hacer. ¿O era saber comer? No importa. El rey, si no es un grande de España, está muy cerca de ser el más grande. Y si muere, sin duda estará a la derecha del que está a la derecha del Padre. A la derecha de don Francisco Franco. Por la gracia de Dios Padre, que vive y reina, por los siglos de los siglos: ay, men.

Jordi Évole lazó un chiste: y si el rey acaba en una república. Sería una ironía muy posmoderna. O quizás, el inicio del reina de otros tiempos.

Alfonsito… ¿eres tú el que está jalando las sábanas?

Futuro y presente y pasado

Se mezcla todo en este preciso momento. No estoy en ninguna de las tres partes, y en cambio, me aproximo asintóticamente a las tres. Escapo de la certeza de cada una de ellas, ya no recuerdo si por la obsesión de la memoria, o su melancolía, o quizás por la reiterada proyección de un futuro que ya imaginé 99 veces. Futuro que debe plasmarse, sobre todo, ahora mismo, en este mismo momento. Aquí dentro hay una canción. Y puede que ya no estoy yo. No pasa nada, porque aún así algunas veces estoy aquí. O así. O llego tarde.

Un niño viene a recoger su juguete. Llevaba tanto tiempo pensando que ya no tenía la percepción de que debía regresarlo. Me lo había hecho propio. Y nada más lejano. Me ensimismo. Y listo. Ya estoy ahí. Otra vez. Presente.

A veces no pienso. Y me dejo llevar. Vivo en el paseo ¿Para qué?

Dormir mientras escribes. Algo me atrae del agua, pero principalme su mutación continua. Su pretenencia a todos los estados. Y la capacidad onírica del movimiento cíclico de su condensación. O volver a la escuela. A esas clases. A esas historias. Y compartirlas de nuevo con los presentes. Los que siguen ahí. En la memoria. En el presente. En el futuro.

Héroes de una libertad que no se asimila de manera convencional, sino a través de los poderes para los que hemos sido preparados: la natación, el patio, la insolencia, la risa, el desparpajo, la música, el inglés, el fracés y la revuelta. Nuestra generación marca un parteaguas del cuál somos responsables. Un puente entre cohortes. Promociones que se equilibran en un juego de espejos que los extremos confunden. Y nosotros, visagra.

No hay más sueño que el que insiste. Como este. Cierro los ojos y lo veo. Estamos ahí: aquí.

Menorca como pulsión

Ya no estoy aquí. Tampoco importa dónde estoy. Hace tiempo que me fui y al volver, nada está ahí. El recuerdo alimenta una memoria que me miente. Y de pronto se contruye otro capítulo familiar de un tránsito que une Barcelona, Girona, Madrid, Ciutadella y Mao.

Lo mio no está atado a estas ciudades en particular, o sí, y quizás no tenga la perspectiva anterior para saber que desde este horizonte deberíamos abrir una última pugna individual. ¿Quiénes? ¿Dices «deberíamos»? Quizás deberías. ; no yo. No soy capaz de alinear ni siquiera esas personas que represento en el ahora. No se quién soy. Me perdí en una apuesta en la que no se sabe bien cuál fue la disputa, ni lo que me jugaba, ni contra quién. No hay nadie siguiendo la disputa, y en cambio, la maldición se mantiene, por un mandato burocrático que eleva mi situación a la excepción necesaria para que el mundo resista una última vuelta. Despúes ya veremos.

La víctima que llevo dentro no tiene capacidad de superar ningún otro dilema. Una crítica me destruiría. Ya no tengo cabida en ningún círculo esencial. Ni pretexto. Fui yo. Lo admito. Necesito ser culpable en algún juicio que me admita a trámite. Y fracasar de verdad, porque en esta situación impostada en la que mi desgracia no sabe a nada, ya no se permite deambular los espíritus al aire libre, por temor al contagio.

No obstante, estoy dispuesto a un último duelo. Por ver si eso cambia algo. Y asumiré el fracaso que salga de esta construcción imposible. Como si el fracaso sea la solución a mi «calvario». Ya no hay otro camino, mas que la cruz.