En el precipicio todo se ve más ligero

No se sabe si ya se ha perdido toda esperanza, o si no tener nada más que perder nos vuelve más amantes a ese último riesgo. Nomás queda saltar; y el recorrido hasta el final. Súbito. No será mucho más. Tan sólo la caída. Una última caída. La final.

Pero ahí en el límite todo tiene otro matiz. Quizás ya no estamos como para recibir lecciones de nada ni de nadie. Quizás el tiempo se acabó y nos acabamos congelando en una versión de nosotros mismos del pasado. Y ni eso nos satisface. O más bien, nos aligera. O quizás tan sólo a mi. Quién soy yo para hablar de nadie más. Mi situación es tan particular que nadie más podría sentirse como yo. O eso pensamos.

No sabemos si nuestra conjura maléfica nos tiene atrapados en una especie de trampa circular. Lo cierto es que no podemos salir. Y los demás no están aquí. Aquí estoy yo sólo. Y no tengo más que asir. No hay camino para volver. Ni tan sólo una salida. No hay puertas. Sólo barranco. El barranco del muerto. O la quietud. El inmovilismo. Petrificado mientras el tiempo sigue su curso. Pero no para nosotros. No para mí. Aquí el tiempo se detuvo y me congeló. Me dejó petrificado ante la incapacidad de movimiento. Salvo ese último paso posible.

El único sitio habitable en tales circunstancias en la propia mente. Ahí estamos sujetos a nuestro propio tiempo-espacio y podemos vaciarnos en todas las direcciones. Las conexiones neuronales por las cuáles habitamos el estado de ánimo que nos conecta con nosotros mismos, a pesar del mundo, a pesar de los demás, en una representación parcial que decidimos guardar para nosotros. La autorepresentación de los caminos que se entrelazan entre todas las historias posibles en las que hemos enmarcado nuestro destino. Sin más censura que la propia, que no es poca cosa.

La espada de Damocles tiene sobre nosotros, como si ser rey fuera tan fácil. Mirad al hemérito. O al supercalificado monarca que le sucedió. La historia se puede ensañar con una familia, o bien, visto al reves: la familia se puede ensañar con una historia. Ida y vuelta son verdaderas. Y nosotros testigos de la dualidad a la que se presentan algunos seres humanos dispuestos a culminar la obra por la que dicen estar aquí presentes: __________.

No me miren a mí. No tengo obra que ofrecer. Quizás tan sólo una parodia. O quizás tan sólo un espejo. O un libro. O un juego. Siempre hemos sido más dados al juego. Y ahí, entonces, puede ser que nos libremos de todas las quimeras. Últimamente todas acechan a la vez. Hitler está a la vuelta de la esquina. Y tiene muchas caras. Y no sabemos cuál es cuál. Ni quién es quién. Ni qué es verdad. Todo está patas parriba, y el pueblo unido yace vencido.

El sistema me orilló aquí. Y ya no tengo otro sitio. Mi mente me supo proteger de lo demás. Pero luego el mundo continuó con su perorata. Y su régimen. O su sistema imperfecto. Pero yo me bajé del tren. Y me fui a vivir sólo. A la montaña. Y ahí tejí una red. Mi oficio de araña me llevó de vuelta al trabajo. Y a la espera. Y a tejer. A crear con mis propios recursos. A crear una nueva casa. Una guarida en la que esperar a que pase el tiempo. Un espacio desde el cuál analizar las circunstancias de mi desgracia, de mi descalabro, y de mi vuelta.

La red creció. Y yo también. Me volví más fuerte en medio de la nada, remando sin corriente. Amasando los segundos de cada instante. Me alejé y me perdí. Pero en ese exilio me encontré. Me costó. Busqué en los rincones más produndos y me revolqué en los sitios más hediondos de mi lado oculto. Y lo vi todo. Y me sentí bien entre las migas. Rapté con los demás. Todos éramos iguales. No me dio vértigo la insignificancia. Dejé de ser. Y con ello, volví al juego. Por la puerta de atrás. Recuperé la forma. Entrené mi instinto. Revisé mis armas, las afilé y puse mi uniforme. Estaba listo para salir. Esta vez sí. Y no habría más que una única plegaria. Ser. Estar. To be, as I had already been in Not-to-be.

Di la media vuelta y el mundo seguí ahí. No era de extrañar. Tan sólo me había ido yo. Todos los demás seguían ahí. En lo mismo. Y mi camino divergió. Me derretí en las esquinas hasta convertirme en frontera. Palidecí ante el sol y su última vuelta, y me congelé con la luna acariciándome la oreja. Dejé que el viento persiguier mi angustia y me dormí tranquilo en la superficie del mar. No tuve más sitio que el que pisé en cada instante, y de ahí no me bajé ni un día. Un suspiro me acompaño discreto hasta el camino de vuelta en medio de la vereda que conduce hasta la cima del monte sagrado. Desde ahí, en medio de todo, campo y ciudad, levanté la vista y crucé el mar hasta llegar a mi destino, mi tierra, mi nido. Navegué sin pausa mientras dibujaba el contorno de las olas que llevaban mi nombre hacia el olvido. No perdí la vista el porvenir, ni tampoco el sufrimiento ajeno que se cruzaba en pateras que se dirigían al sitio del cuál yo huía. La relatividad también se aprecia en el mismo planeta compartido, según cómo pongamos la mirada en aquella cosa sobre la cuál decidimos enfocar. Quedamos fijados en la elección cuantica de nuestro destino. Esta vez sumamos lo suficiente para convertirnos en parábola. Quizás una semilla de mostaza no sea suficiente.

La isla en medio de la nada

Estoy confinado en una isla. He dado toda la vuelta y no puedo salir. Alrededor un mar azul marino la acosa, mimando sus playas con suaves masajes y vientos cambiantes que poco alteran mi insignificacia en esta isla. Estoy solo y no puedo dejar de moverme mientras el tiempo pasa como si no fuera conmigo la cosa. Es todo más lento. Lo relativizo esto también. Quizás sea yo, pensando en otras cosas. No puedo centrarme, ni siquiera cuando paso por el centro de la isla, en donde todo debería estar en equilibrio. Acaso las cuatro ciudades del interior me explican la centralidad y sus divergencias, según el camino que opte. No hay fiestas. No hay turistas extranjeros. Tan sólo los de aquí, que no tienen trabajo. Excepto este mes. Han venido todos los que no han podido viajar en todo el año. Y nosotros. Los confinados en sus barcos. Y sus familias. El bienestar se desborda por la casa de verano. Se toman las precausiones de los años que se dedican a volver a la isla. Al lado apropiado de la isla, claro está.

No todo es permanente en la isla. Si acaso tan sólo la dualidad se confirma en todo acto social. Quizás los dos polos de la mente de este islote que supera cualquier otra alegoría mediterranea más allá de esta rosa de los vientos. Los vientos aquí soplan de otra manera. Es una orden de magnitud: playas, valles, montañas. Dos ciudades. Cuatro centros insulares en medio de la isla. Unos seis pueblos periféricos, al lado del mar, y unas 30 urbanizaciones. No hay más. La isla es lo que es, por su pasado, su presente, y su futuro, los tres reunidos y representados en la plaza de Villacarlos, como un suspiro ante la orden caduca de un general que ya no tiene ejercito.

Si acaso barbarosa como estandarte. Quizás un parque en el que se refugiaron en el centro de la capital, cuando hicieron ver que eran la flota oficial. Los piratas consiguen alegrarse la vida con las astucias de quién no tiene nada más que perder. El oficio de aguar la vida libre de los señores de la guerra. La vieja horda de líderes heteropatriarcales. Lo que en su día ha sido el eje fundamental de todo el progreso de la historia heteropatriarcal que nos contaron de pequeños. ¿Cómo dista dicha versión de la que ahora podemos contarnos a nosotros mismos, pueblo libre? Quizás el feminismo de nuestros machos alfa nos lleve a la incongruencia última que teníamos por resolver. ¿Y entonces? ¿Qué más?

Algo más habrá. De momento ya no habrá tanto simio subnormal. Pero no será porque hayamos regresado a una versión más pulcra y gris de nosotros mismos en donde el humor ha sido reprimido por la causa justa. No seamos puritanos y pecadores a la vez. Eso nunca ha sido bien visto por ningún pastor. Lo que el centro de Europa quiere es que el sur no disfrute del sol. Y que seamos todos anglicanos, como mínimo. Al menos éticamente trabajadores sin criterio. Máquinas funcionantes sin necesidad de articular más argumentos que los requeridos por el puesto de trabajo, en beneficio de la empresa. No es momento para revoluciones utópicas para los hombres blancos en la cima del imperio.

En este Imperi lo que único que vale es un llonguet de sobrassada, formatge i mel.

Hoy amenecí en Mao, crucé la isla a Ciutadella, me probé unos zapatos que me regaló mi mujer, comí un llonguet en el Bar Imperi, y volví a la capital, como aquél que vuelve al puerte de dónde zarpan los barcos con la gloria del pirata Barbarosa, sabedor de que tras la estancia en esta isla, al irte, te vas con más de lo que eras al llegar.

Seré invencible cuando calce mis botines de Menorca. Pero lo seré más, si consigo volver a enfundarme en unos botines de futbolarte.

Futuro y presente y pasado

Se mezcla todo en este preciso momento. No estoy en ninguna de las tres partes, y en cambio, me aproximo asintóticamente a las tres. Escapo de la certeza de cada una de ellas, ya no recuerdo si por la obsesión de la memoria, o su melancolía, o quizás por la reiterada proyección de un futuro que ya imaginé 99 veces. Futuro que debe plasmarse, sobre todo, ahora mismo, en este mismo momento. Aquí dentro hay una canción. Y puede que ya no estoy yo. No pasa nada, porque aún así algunas veces estoy aquí. O así. O llego tarde.

Un niño viene a recoger su juguete. Llevaba tanto tiempo pensando que ya no tenía la percepción de que debía regresarlo. Me lo había hecho propio. Y nada más lejano. Me ensimismo. Y listo. Ya estoy ahí. Otra vez. Presente.

A veces no pienso. Y me dejo llevar. Vivo en el paseo ¿Para qué?

Dormir mientras escribes. Algo me atrae del agua, pero principalme su mutación continua. Su pretenencia a todos los estados. Y la capacidad onírica del movimiento cíclico de su condensación. O volver a la escuela. A esas clases. A esas historias. Y compartirlas de nuevo con los presentes. Los que siguen ahí. En la memoria. En el presente. En el futuro.

Héroes de una libertad que no se asimila de manera convencional, sino a través de los poderes para los que hemos sido preparados: la natación, el patio, la insolencia, la risa, el desparpajo, la música, el inglés, el fracés y la revuelta. Nuestra generación marca un parteaguas del cuál somos responsables. Un puente entre cohortes. Promociones que se equilibran en un juego de espejos que los extremos confunden. Y nosotros, visagra.

No hay más sueño que el que insiste. Como este. Cierro los ojos y lo veo. Estamos ahí: aquí.

La deuda de una espada de Damocles

Quien quiera ser rey que aguante con la espada sobre su cabeza. Quizás Juan Carlos ya no podía soportar la presión. Creemos que el rey actual sabrá sortear la súbita caída del afilado metal. No se nace sin especial carisma para reinar cuando se lleva sangre azul en las venas. De hecho, la mitad de las venas son azules. O al menos así parecen en las ilustraciones que vemos en nuestras icónicas imágenes del último programa escolar. Y algunas cosas nos resultan muy nuevas. Otras muy viejas. Algunas obsoletas.

El próximo curso no sabremos cómo acabará. De hecho, de saber, no sabemos ni cómo va empezar. Las escuelas tienen autonomía de catedra. Ellos dan el modelo educativo que mejor les viene en gana. Y se asociacian según sus redes de apoyos. Y se ven explicandose frente a un grupo de jóvenes padres de familia, que apuestan por ellos, mientras desde otros ámbitos, hacen ver que siguen adelante con el mundo que un día conocimos.

Lo cierto es que el mundo cambió para siempre. El virus nos lo ha dejado claro. Paramos. Nos bajamos todos del tren. Y ahora estamos repensando qué hacer. ¿Cómo hacerlo? No hubo cupo aquí en donde nosotros nos planteamos esta disrupción social tan potente. No supimos culminar la evolución del sistema. No supimos expresar el sentido de nuestro fin. No supimos coordinar la sinfonía de una sociedad que esperaba ser la armonía que un día sentimos cuando nos vimos reflejados en la suave brisa que baila con las flores de un monte sagrado.

Nos perdimos una vez. Volvimos a salir. Y otra vez nos extraviamos. No dejamos de buscar. Y nunca encontramos lo que pensábamos que desvelaríamos. Pero algo siempre quedó de cada búsqueda. Y nos fuimos acercando a un estado de consciencia colectiva. Y esto fue lo que nos dio alas. Y nos fundimos en un suspiro. Poco antes de volver a abrazarnos, de una manera parecida a como lo hacíamos antes, pero esta vez con ligeros matices que nos ayudaron a acotar los límites de nuestra insignificacia.

Yo vuelvo a asomarme a un precipicio. Y no pienso dejar que la espada me corte el pescuezo. Antes haré dar vueltas a los molinos. Me seguirán con la música de mi flauta, o quizás con tres trompetas que me acompañan en el performance. Ya no quedan más muertos que convocar. Somos los que estamos y los que fuimos. Los que recordamos con el ímpetu de trascender ante la situación que nos envuelve. No queda más que volver a subir la montaña con la piedra a nuestra cuesta. Imprimirla. Llevarla encima. Cruzarme con Sísifo otra vez. Replantear el mito. Absorber el rito.

Nunca tuve paciencia para la poesía. Ni prosa para la novela. Lo que yo escribo tiene un ritmo propio que se entremezcla entre los caminos neuronales de mis pérdidas fragmentadas en dosis voluntaria de perdición. La tangente sólo es una intersección más por la cuál acudir a este encuentro, a partir del cuál, todo puede continuar tal cual previsto, o bien, permitirs el deber de asumir la ortogonalidad de la otredad.

Un día fui otra cosa. No me culpo. Ni de disculpo. No llevo cargas en mi cruz. La dejé tirada en el ágora en el que una vez más preguntaron si debía ser yo el que preciera por decir lo que pensaba. La masa embrutecida tenía ganas de colgarme, pero ese día, por alguna condición divina de las estrellas, se iluminó el camino alternativo propuesto por el único anunaki presente entre la multitud. De pronto todo giró. Copérnico quedó puqueño para la transformación que en ese momento levantó el último velo de nuestra sociedad de las caretas.

Ciutadella i Mao… ensō

No puc viure mes entre dues ciutats que recelen de lo que no és s’altre. Una, capital, amb un port únic. S’altre, senyorial. Només que no es volen entendre. Sa dualitat menorquina no acaba aquí, pero potser si hi comença. Hi ha prou tela per fer-ne un vestit estiuenc.

Dues realitats que sembla que no es poden barrejar. No és pas una imposibilitat separada per tant sols 40 minuts en cotxe. Són dos pols oposats. S’est i s’oest. Cadascun amb sa seva peculiaritat. Sa superioritat d’uns envers s’altres.

Només uns són rics. Aixó exclou a s’altre des d’un principi. S’historia és així. Sa festa major. Sant Joan. O bé, la Mare de Déu de Gràcia. Qui és mes important en s’historia global? Joan… quin Joan? Bautista? Evangelista? No hi ha concreció. No es pot saber. O bé, será en la Mare de Déu? Sa verge. Sa gràcia que li dona el protagonisme a una només, encara que sigui en aquest cas, concretament, la de Gràçia (I no pas sa moreneta, o sa verge de Guadalupe,… o cap altre). Sa multiversalitat de ses verges, encara que només aquesta, i sa dualitat d’en Joan, ens obliga a mourens fora sa sobrevaluada unicitat.

Mao com primera ciutat de rebre el sol. Sol que vam veure només arrivar. Just abans de perde’l a la Mola. Mao, es port, que comença amb aquesta ciutat, que va resistir els atacs i bombardejos que d’altres ciutats no pas van poder. A s’historia d’aquesta illa hi ha violencia amb bombes, baixells, mariners, peixos, habaneres, poetes, nobles, cavalls, camins, platjes, militars, sants, un Jesús adal de tot, Joan, Jaume, Josep, un monte Toro, i la mare de Déu de Gràcia. Un brau, al mig de tot, en lo més alt. Espanya, França i el Reigne Unit. I grecs i romans. I ruminats que van arrivar per mar, i que arrivant a bon port, s’han quedat.

Tots morirem un dia. Pero haurem passat per Menorca, i ens haurem sentit que sa vida potser val sa pena, tant com un bany a S’Arenal de Son Saura, amb un mar plantxat, que t’absorveix com es glop d’aigua que tempera sa sed.

Avui he mort sobre sa sorra. Pensant que un dia no hi seré. Que potser aquest és s’ultim cop que em banyarè en aquest mar tranquil, d’un blau preciós, i gloriòs, com una abraçada d’en Jaume amb en Joan. Entre dos arenals trovem sa pau. No cal escollir. Ambdos són sa ilusió de continuitat, encara que mai s’acabin de conectar. O fins i tot, si ho aconsegueixin. No cal que tinguem festa, si es sentit de lo que sóm, trascendeix lo que ens envolta, aquí, a casa nostra.

S’equilibri d’aquest pais està justament en sa realitat que trovem a sa seva illa més eloquent: Menorca. Només cal assumir el que som. I som duals, sense por, com un obstinat ruc que sabent que no pertany al ramat de s’altre banda de s’illa, agafa el camí llarg, pels camins de cavalls, per esdevenir conscient de sa circularitat d’un tressor que no s’exaureix mai. Com un etern retorn. Ensō.

円相

Avui m’he llevat amb la conversa d’una poeta de 87 anys que des del seu mon em va compartir una petita porta cap a seu interior profund i noble. Un noi de Es Castell que va creuar s’illa per trovar-se amb la neta de s’alcalde de Ciutadella. Dos mons que es troven a cada costat de sa taula, amb un cafe, i una ensaimada.

He tornat a Mao. De camí vaig fer el rite de la immersió en les aigues mentals de s’Arenal. Vaig morir, i de cop, vaig tornar a neixer. Aquest cop més conscient. Perque avui, ha estat un dia senser. Complert. Rodó.

ALLS

Imagenes de la muerte

Lee Juan Marsè, en un programa de TV3, en el 2011. Calor bajo los árboles. Voces que gritan nombres. Juan. Joaquina. Más gente viene. Recuerdo correr. Lanzarse al agua. Noches de libertad completa. La nostalgia de puertas secretas. Desnudo y disfraz. Arbitrarias escenas. Viejos sueños eróticos de nuestra adolescencia. Carmina Labra. Asturiana simpatiquísima. Subiendo la escalera con el culo en pompa. El último verano de nuestra juventud. Fue en el coche. No en Barcelona.

Pastillas y alcohol. La muerte de Jaime Gil de Biedma. La sordina romántica de mis poemas. Vengarte de mis sueños, por covardía, corrompiéndolos.

Busco que exista una correspondencia con las imágenes. Como una colección de cromos. Contruir una historia y que construyan algo.

Tu escríbeme una novela en Paris donde tengas una aventura con una mujer moderna.

Una novel sobre París. Algo que explicar. No se puede crear de la nada. Juan Marsé murió hoy. Y ahora le escucho hablar de sus años en Paris. La última tarde con Juan Marsé, desde el barrio del Carmelo, con la noción clara de ser la versión actualizada de un Pijoaparte que vino a esta ciudad a superar sus condicionantes sociales.

Chaval: espavila. De la misa has entendido la mitad.

¿Quién me abre la puerta?

No es moco de pavo.

Lo saco del taller.

Aquél muchacho, esta sombra.

Yo fui aquél muchacho, pero ahora solo tengo sombras. Un día yo también moriré, como hoy Marsé.

La cuina está plena de fums. Olors de refritos. El lector es tafaner, de mena. El tall del ganivet. Els autors a una certa distancia. Llegir-los. Alla està tot.

Últimas tardes con Teresa es el libro con el cual un tipo como yo puede soñar con tener un día la aventura de Manolo, el Pijoaparte, o bien, si se quiere soñar un poco más allá, elegir ser como aquél otro especimen de Barcelona: un escritor de ficción.

Gracias Juan. La literatura de la periferia se abre camino. Me inundan las dudas, pero me alumbra tu literatura.

La espada de Damocles me oprime

Ya no tengo salida. La espada se acerca a mi piel mientras ya no tengo más espacio para recular. El éxito de mi fracaso está consumado. Mi historia me arrincona en la huida hacia el final. No hay más. Un último respiro. Un suspiro.

De alguna manera los griegos de la antigüedad tenían el referente presente de lo que les arrinconaba a ellos a salir de un pozo oscuro en el que sus vidas habían escalado en espiral decadente. No es un tema nuevo. La humanidad se topa consigo misma en la inmesidad del abandono que cada individuo perpetua con su angustia. Y ¿cómo salir de sí mismo? ¿A dónde huir? ¿Cómo escapar?

Mi única salida para evitar que la espada me acabe decapitando es tener fe en esa alternativa, por poco probable que resulte, que despeja todas las tormentas. El alivio de los mares tranquilos en los que navego hacia la isla en la que finalmente encontraré mi destino. Alguien se ocupará de amenazar mi porvenir, inclusive en ese último trayecto. Satanás está ahí para asumirse antagonista de nuestra biografía, como un par de Dios Padre, que tiene el poder inmaculado de asistir como contrapeso al desafío del héroe que debe librar la batalla más épica de su existencia. Ese es el destino de nuestro periplo.

La espada de Damocles me amenaza y cada vez más le pierdo el miedo. Si me vas a matar, hazlo de una vez. Hijo de la gran puta. ¿Quién te crees que eres? No puedes conmigo. Ni podrás apagar el espíritu de mi destino. La batalla se libra en la oscuridad del duelo continuo de nuestra psique.


La paciencia sigue obsesionada con su tránsito lento y pausado, a pesar de las palpitaciones extremas que intentan desacreditar su tenacidad.

La perseverancia tercamente se aferra a esa idea en la que nadie cree. Sin duda el fracaso no es una opción, pese a encontranos de cara en cada esquina que doblamos.

La resistencia ha seguido sumida en un estado fuera de sí por mantener viva la pulsión de la pasión con la que se arremete una cima sin temor. Las piernas cansadas ya no saben si aguantarán el próximo reto, pero se aferran a no claudicar.

La prudencia sostiene el mundo sobre sus hombros. Y no saltamos ante la injusticia que escupe en nuestra cara un aliento fétido de recores, envidias y desidias. Quizás no sea el momento.

La concentración se inhibe para dar paso a la locura, que se planta en todas las esquinas que nada tienen que ver con el objetivo central de nuestra esencia. Pero a ratos vuelve, como quién sabe que tan sólo aquí se abonará esta tierra en la que sembramos hace tiempo nuestro porvenir. No olvidemos… ¿qué objetivo? ¿Qué sentido tiene? Anda, vuelve, aterriza una vez más. Enfoca tu espíritu con la pulsión última de crear un espacio dual en el que encontraré lo que intuí un día que sería el puerto al que llegar.

Los pensamientos reflexivos me nublan la consciencia con la ilusión de alcanzar el objeto exacto que buscaba en una metáfora impecable que no deja lugar a esa única esencia desnuda y poderosa que ilumina todo en este punto. Es un espacio al que se accede con la llave de quién cosecha con el tiempo a su favor aquellas preguntas que algún día debía desvelarse ante un yo futuro que no estaba ya alerta de tal periferia. Escribir sin duda ayuda a que esas derivas encuentren su sitio, en este mismo instante, pero más allá, en otros multiversos, y en otros espacios temporales que ni tan sólo nos planteamos controlar. Pero vuelve, y se revuelven con otras que a penas han visto la luz del día, y se confunden, y se funden, con renovados espíritus que se explican, por sorpresa, en el otro. La revelación de nosotros mismos en un acto reflejo que nos aproxima a otra unidad fuera de nosotros. Y todo, de pronto, se asienta en un sentido emergente.

La capacidad de análisis se reciente. De pronto no tenemos más maneras de explicar lo que tenemos enfrente. La vida. La estrategia. Nos vaciamos hace años. Y ya no queda nada. Nada tiene sentido. No hay más vueltas. No hay visión alguna. Ni misión. Ni tan sólo valores. No hay mapa. Ni análisis interno. Menos externo. Todo se perdió cuando volvimos al sitio del que pensamos que nunca debimos haber partido. Pero ya no era lo mismo. Ni había nadie ahí. La vida cambió y nosotros nos quedamos anclados en un pasado que ya a nadie interesa. Nos comió el mandado un ser inferior que no supimos espantar. Záquese. Se nos coló la sanguijuela. Nos arruinó la fiesta un colado. Yo un día pensé que sabía cómo hacer esto. De manera pragmática. Lejos de cualquier floritura futil. Pura síntesis de un proceso contrastado que estudié durante años para extraer la resina del licor más útil de cualquier gesta. Pero un día decidí no hacerlo más. Caí en el fondo del abismo. Y de ahí no me moví. No arrastré mi sombra, ni maldije mi fortuna. Abracé el infierno que las plantas de mis pies lamían. Dejé el otro mundo muy lejos, y desde abajo reconstruí mi vuelta. Mi capacidad de análisis se convirtió en un camino alejado de la luz, en la armonía en la que tan sólo yo podría concebir para volver a aportar otra perspectiva colectiva de la última emergencia necesaria de nuestro sistema complejo social. Me perdí en mi mismo. Me absorbí debajo la piel succionado por los latidos inertes de mi organos vitales. Me convertí en todo lo contrario de lo que habría definido construir, por la simple idea de asistir a lo contrario de lo que habría de ser. Al ser lo que tenía justo aquí para construir con ello algo con sustancia. Me enfermé en la reiteración de las mismas historias que me habían llevado hasta aquí, convecido obstinadamente que no tenía otra alternativa. Me convertí en un camino que se cerró todas las salidas, y me condujo al tunes del cuál todavía hoy no he conseguido salir. Porque un parto dura nueve años. No se deja atrás un paradigma contrastado con un bufido de lobo feroz. Es alrevés. Las historias que conducirán a otros paradigmas serán las que consigan afianzar literariamente la posibilidad de trascender a toda la mierda acumulada que dejamos que se enquistara en el proceso evolutivo de nuestra sociedad, mientras abrimos los canales de comunicación, y las transmisiones de radio, y el entretenimiento de masas, y le tuvimos miedo a las mismas pollardadas que nos inocularon en el esquema educativo en el que decidimos creer y crecer. No fue una elección. Ni tan sólo una democracia. Fue un simulacro perfecto. Y nos llevó a todos un proceso largo hasta llegar a darnos cuenta el sitio en el que nos encontramos con Big Brother. Y resulta que al final, las ideas que contruyen quienes somos están fermentadas con las falacias necesarias para que nos demos cuenta de su existencia, tan sólo para confirmar que preferimos estas a las que los otros, aquellos, nuestros némesis, adhieren sin pensar ni un segundo a los pilares sagrados de su liturgia: su lucha.

El sentido práctico, no se cuando, lo perdí. El surrealismo español me pareció el único proceso creativo que valía la pena rescatar de las cenizas en las que se quemaba toda la añeja tradición de una de las naciones más ancestrales y demenciales de la historia de los reinos de los cielos. Nunca antes una fogata de Sant Joan había llegado a acumular tanta mierda para quemar en una misma noche. La gente se dio cuenta de que valía la pensa que lo abandonáramos todo en este acto final de gratitud. Por la relación que el Altísimo guarda, aún hoy, con el dictador Francisco Franco, sentado a la derecha del padre, habiendo arrinconado a Jesús a su lugar: a la izquierda. El orden sacramental acaba de contruirse con un último grande de España que subió al cielo por la gracia de Dios, en un hospital que llevaba su nombre, y cuyos nobles profesionales de la salud, tuvieron a bien dejar que la providencia invadiera, una vez más, de la mano del Espíritu Santo que tan bien se siente en su capital en la tierra, Madrid, para culminar el acto más alto de la fe católica, apostólica y romana: que un español señalado por Dios Padre acuidiera a su presencia en la asunción del espíritu, y cuerpo, del caudillo. Fue días después. Ya en el valle, uniendo para siempre, la grandeza de España con la comunión del Caudillo con Dios Padre, a su derecha, por los siglos de los siglos…

La objetividad me fue erosionada con tan elocuentes velos por doquier. Fui víctima de la alteración de la consciencia por vías voluntarias, forzosas y perentorias. Me obligué a comulgar con las antípodas de mis posturas. Sentí la necesidad de transitar al otro lado de la luz. Y llegué a fundirme en el infierno con lo que quedaba de Satanás, que tuvo paciencia conmigo. Y despúes, de la mano de Jesús, conspiré por construir una alternativa a la que un hijo usurpador había venido a construir con falsos testimonios que nublaron la consciencia de mi padre, quien, en medio de la demencia que sufría, suplantó el sitio que tenía mi hermanillo en las cortes que adornaban la eternidad de los cielos. Dios Padre había adoptado a un hijo facha, aunque a él no le gustaba asignarnos etiquetas los unos a los otros, a pesar de que el nuevo se atrevió de llamar a Jesús… rojo. Y ahí no le pareció tan granve a Dios Padre. Como si la eternidad no fuera suficiente, ahora debemos aguntar al hijo usurpador facha, y a un Dios Padre que le ha comprado toda la basura de mentiras con las que papá finalmente ha perdido el curso de lo que significa realmente la comedia humana. Jesús y yo lo hablamos muchas veces: Él no lo entiende: no es humano. Nosotros sí. Conocemos a los Franciscos Francos de nuestros tiempos. Los hemos visto mil veces en los lugares más cotidianos de nuestra surrealidad española. Nos los metieron hasta en la sopa y ahora lo hemos visto claro. Nuestra simple presencia les ofuzca. Nos quieren en la cuneta. Los rojos se borraron de la faz de la tierra, porque a sus ojos, Franco los desterró. Somos lo Caines que una vez más Dios Padre ha asumido que no merecemos ser parte de su rebaño. Hasta aquí llegamos, Papá. No hace falta que lo volvamos a debatir en la cena de navidad. Ya sabemos que le has tocado su cojón sagrado a tu nuevo hijo predilecto. Nosotros ya no tenemos nada más que hacer aquí. Por eso volvemos a la Tierra. Allá a dónde tú no has vuelto. Fuimos nosotros, Papá. Te lo recuerdo. Y es nuestra humanidad, esa mitad, la que tú nunca podrás palpar. Tú no eres como Zeus. Con Él me entiendo mejor. Tú no puedes alcanzar las contradicciones de nuestra construcción social, por más que tu omnipresencia te lleve a dictarle los textos a los escritores de derechas que aún quedan en el sector editorial español. Oh, Papá… ya no me importa que nos hayas abandonado. Al final, no te tengo ningún tipo de resentimiento. Pura gratitud. Y eterno retorno. Porque un día te darás cuenta que él hijo predilecto al que ahora atiendes con tesón, no es más que aquél becerro de oro, convertido en toro Osborne, con un par de cojones. O quizás, por un destino sagrado de su providencia, con uno sólo, por la fijación inmaculada que su piedad le llevó a cargar con esa cruz para levantar el reino de tu santificada y endiosada unidad del reino de los cielos: España. Si un día me extrañas, me encontrarás con el resto de las divinidades fusionadas en la risa eterna con la idea que nos alienó: que eras tú el único.

La disciplina se desmuestra en los entrenamientos. Se juega como se entrena—dice un tribunero. Ni puta idea. A esta gente no se les puede permitir seguir mandando como si de ellos fuera el coto de caza. Su cinismo es inmortal. Y no tiene fronteras. Me ofrezco como ofrenda a los dioses de la pirámide. Si con esto salimos del atolladero, me doy por bien servido. Prometo someterme a un escrutinio del desempeño de mi obra. Y mis resultados hablarán por mi. Usaré el mismo racero con el que medimos a los demás, y servirá, para que nosotros mismos nos demos cuenta de qué manera somos parte de la reconstrucción de un mundo nuevo: un mundo NEW. New Barcino.


Mi psique se desdobló. No tuve manera de detenerla. Tomó las riendas y se desbocó. No la culpo. Todo lo contrario. A partir de hoy, estamos más unidas. Es más, estamos más unidas con Cristo… para siempre.

Se escuchan las risas del resto de los Dioses. De todos los tiempos. De todas las latitudes. De todas las culturas. De todas las presentes…

ALLS

El freno de mano

De pronto todo se paró. Y nos quedamos inmóviles pensando que quizás esto podría alterar aquello que nuestro planeta sufría. Como si la pausa por un virus que nos mataba nos iba a dar la posibilidad de luchar conjuntamente contra las lacras que marginan nuestras posibilidades por un mundo más igualitario y justo. Quizás desde la desigualdad nos vemos destinados a perpetuar las diferencias que nos marcan al nacer. O no. Siempre podemos caer un poco más. Y revertir, para mal, el privilegio que nos fue dado. El despedicio de los talentos.

¿Qué habría pasado si Jesús no hubiera hecho caso a su llamado? Un Jesús indolente, todo poderoso, por su mitad sagrada, asumiendose al 99% como humano. Y en esa decisión, deja de lado la responsabilidad que le fue otorgada por la voluntad omnipresente de Dios Padre de reconstituir su reino. Jesús, como hasta entonces, sigue con sus parábolas mentales, y en cambio, no las externaliza. Todavía no es momento. Barrabás sigue en la cárcel. Poncio Pilato tiene cede el poder al siguiente regente romano, y la vida en Judea sigue judía y sin mutar. No hay católicos a los que perseguir. ¿Qué es un católico? Los pescadores Pedro, Judas, blablabla,… siguen con su vida de pecadores. Sus redes siguen trayendo sardinas para las fiestas de San Juan. ¿Quién es Juan? Pablo, sin que Jesús haya mencionado ninguno de los hechos de los apóstoles, comienza a hablar con Dios Padre, directamente, y Dios Padre le cuenta la insubordinación de su hijo, que no ha hecho nada. La impaciencia de Dios Padre es tal que le ofrece el trabajito a Pablo. Y este, actúa en consecuencia. Pablo se convierte, por así decirlo, en el siguiente profeta, pero está vez, es reconocido por San Juan Bautista, que le valida ante las multitudes, para empezar a crear el reino de Dios en la tierra. Se activa el plan B.

Pablo no recluta a los mismos discipulos. De hecho los que estaban a ser llamados por Jesús no tienen el más mínimo interés en las palabras de Pablo. Las escrituras se escribirán sobre otro montaje. Otras parábolas distintas son dictadas por la gracia divina a las redes neuronales de Pablo, que esta vez decide escribirlas él mismo, en unas cartas que envía a otros pueblos. En sus charlas con la muchedumbre saca sus manuscritos y les interpela directamente. Son discursos políticos y fundacionales. Nace la iglesia de Pablo.

La vagancia de Jesús le pasa factura. La revolución que debía provocar, de pronto, está en curso, pero no gracias a él. Su depresión es mayúscula. Su padre, José, no tiene manera de ayudarlo. Y María… pobre. Segura de que le habían anunciado otra cosa, no acaba de ver claro qué será de la vida de su único Hijo. Jesús escribe libretas en las que interpreta los sueños, o más bien pesadillas, que sufre cada noche. Durante cuarenta noches es masacrado por el demonio para pincharlo por su incapacidad para hacerle frente. Lucifer ha ganado la batalla, y tan es así, que ahora se retira a lidiar la batalla que verdaderamente importa: en frente de San Pablo. El apoyo de Dios Padre a Pablo acabó de doblegar la confianza de Jesús en sí mismo.

Una noche en el monte más cercano de se casa, triste y sólo, el viejo Jesús suspiró por última vez: ¿por qué me has abandonado?

Eterno confinamiento

De pronto no sale nadie a la calle. La idea no es nueva. Pero eso no es lo peor. Lo peor es que no es vieja. No se hace vieja, pues. Sigue aquí presente. Es la actualidad de nuestra vida en pausa. Y mientras tanto nos preguntamos qué es la vida, sino aquello que vivíamos. O quizás esto, en dónde ya estamos a la merced de las conspiraciones más ridículas de la historia, impulsadas por las mentes más diminutas de la barriada.

La vida en sociedad está en manos de nuestros políticos y de la economía. Los narradores de la actualidad nos pintan las cosas como creen que son, o bien, como mejor se vende un bacalao que da igual si existe o no. No hay más realidad que la que la gente replica con temor en las redes sociales. El tiempo se ha disuelto, y lo único entero que queda es la paranoía.

Los lazos fraternales con los seres humanos se han debilitado, al tiempo que se han destrozado todos los canales de prosperidad de un plan global para el bienestar y el desarrollo. La agenda universal está plagada de virus que se infiltran con troyanos que pretenden espiarnos a toda costa, en todo momento, con ningún propósito en particular, y todos en general. La vida pues se ha convertido en una bazofia de historias nimias que dan pena leer. Los opinadores son más célebres, en este nuevo contexto, que los escritores con cara y ojos. Ya nadie tiene cara. Puras banderas.

La tela ha vuelto. La tenemos en la cara. Ya sabemos lo que representan los vecinos con su presencia o con su ausencia en un balcón. Nos queda la duda de lo que será esto cuando todo cambié. Lo que sigue no está escrito, pero quienes tienen el control tienen dos ideas centrales peligrosas. Y ninguna de ellas persigue un bien común, más allá de la acumulación del poder, por vicio. Porque el poder se ha colocado en un sitio en el que ya no nos gusta lo que sale representado por el pueblo. Y el pueblo, ajeno a la verdad, se tira a la contienda con los ojos vendados para asomarse a la ignoracia compartida que se despliega en plaza pública como quien mira a los ojos a un toro de lidia.

La tradición muere y el porvenir ha suplantado el futuro con una especie de régimen eterno del 78. No hay acuerdo ni pactos. Ni siquiera queda estado para repartir. No queda impulso vital que nos permita seguir siendo lo que un día fuimos, porque todo eso ha quedado enterrado en las tierras de regadío abandonadas en el campo vacío. Montañas desoladas con paseantes que no quieren aire fresco, ni veredas, ni estar aquí. La voluntad más grande es la de marchar de aquí. Pero no hay a dónde ir. El despojo de lo que un día fue se utiliza como grieta para espantar la noción absurda de un porvenir sostenible de una hipotética economía circular. Nunca fue cierto nada. Y ahora, de cara al cambio, tampoco el pasado encuentra sustancia en lo que nos queda de razón. No quedan neuronas buenas. Las hemos dejado atrás en la pandemia. Se nos escapa lo poco que se cuela por las alcantarillas. Allá, el el submundo, se entierra un tiempo que no será nunca más lo que un día pareció ser. Y enterrados estaremos unidos en la perpetuidad de lo que nunca fuimos. Nos perdimos en un pasillo eterno de paso doble, mientras el tango que salía de los megáfonos nos anunciaba el final de un sufrimiento que se estiraba sin fin entre la angustia compartida con la persona más cercana a dos metros de distancia. La corrida seguía su tercio sin que nadie permitiera que volteáramos a otro escneario. No quedaban más permisos ni grados de libertad en la conciencia que se esfumó con el último luthier.

No hay más baile que escuchar mientras se pierde la conciencia de quien uno es en medio de una playa cuya arena ha sido sustituida por espinas. Los faquires han tenido su verano con la cama de espinas que se tiende entre la toalla y el baño. Al sumergirnos en su inmensidad, tras el calvario de las espinas, nos encontramos con el chapopote y las miserias que flotan a su alrededor, que nos dejan la piel lisa, y en aparencia nos queda un piel más tersa y brillante. Lo que prometían los cosméticos ahora lo tenemos a nuestro alcance, como el maná de un tiempo de reconstrucción facial. Nuestro gesto de alegría mutó al anhelo eterno del final. Pero esto ya no se le espera. El rey ha dispuesto sus recursos para que la caridad esté presente fuera de palacio por la gracia eterna de los nobles, que no han perdido ni un segundo administrando las migajas de lo que donarán el domingo al salir de misa tras el sermón que satanás pronunciará en el púlpito de la columna montado en el toro alado ante la mirada resentida del toro alado.

La comunión de la diversidad se fundió en un pozo que excabó el último recurso que una multinacional expropió de los últimos dueños legítimos de la propiedad. La Tierra ya no tiene vuelta a la normalidad. Nos estancamos en la cárcel de nuestra vanidad. No supimos cuándo nos engañaron por última vez. Ni tampoco recordamos la primera. Lo que es cierto es que ya no queda fe en ningún sitio. Ni dioses que asistan prestos a la plegaria de los santos inocentes. No hay niños, ni niñas en el alfabeto. La posteridad tiene fecha de caducidad. Hemos decidido abandonar el barco mientra los músicos mantienen esclavizados a sus instrumentos ante el desplome matutino de la bolsa. Los ecos de la entrada de los jinetes se retransmite por las redes sociales con los memes de sus caras de verdad. Cada facción ha elegido los sospechosos habituales de nuestra percepción, cada vez más precisa, de nuestra última neurona. El último sitio seguro en el que finalmente encontramos la paz.

La persecusión no cesa. El tiempo en pausa nos obliga a consumir cualquier basura que se presente en un timeline que nos posee. No tenemos tiempo para contrastar. Ni siquiera lo deaseamos. Ya ni vemos quién lo manda. Si asusta cuenta. Todo por ceder a nuestro impulso de que todo esto termine. Hay un movimiento que alimenta la ilusión de que todo esto que un día fuimos volverá. Que recuperaremos la gloria de tiempos pasados. Un pretérito perfecto. La sombra de lo que un día fuimos. Algo que nos permita arrastrarnos de vuelta a nuestras complicidades con los añorados amos. La salvaje situación de los temporeros que encima ahora se quejan de que les demos la oportunidad de sacar la cabeza de las aguas negras mentales que los cortejan. El olor intenso de los restos de pescados dejados al sol para ambientar el desconsuelo funciona a las mil maravillas y atrae todo tipo de criaturas, desde zopilotes venidos desde África hasta larvas novicias que se estrenan en la luz para asombro de los chiquillos que relamen el suelo con su inocencia socavada.

Si acaso no quedan ganas de entretenernos con el último augurio de un centauro que se ha puesto a escribir, o replicar, la misa del domingo del Belcebú. Los mensajes son muy parecidos entre sí en todas las barriadas. La consigna viene del altísimo que tiene todo tan claro que decidió ponerlo todo, esta vez, en memes que reflejan con transparencia aquello que debía ser combatido. El comunismo no tendrá ni un respiro en el contexto decimonónico de la revuela apocalíptica. Los tiempos de disfraces sociales y máscaras virtuales se ha convertido desgraciadamente en el vulgar esfuerzo por escoger un filtro que nos oculte, a nosotros mismos, quien realmente somos. Hace tiempo que lo olvidamos, de tan bien elegimos los impulsos de tiempos esclavizados de un amanecer desprovisto de risas. El humor quedó sepultado tras las sentencias concatenadas de los controladores de la moral. El espacio de recogida de las almas se materializó en las nuevas estatuas que se erigieron para nublar nuestra cultura. No hubo sitio para nada más. Nunca más nadie confió. Finalmente sucumbimos al zumbido de la luz. Nos fuimos directo al matadero. El flautista nos lo advirtió. Algo sabría.


Golman llevaba cuarenta años de cuarentena. No se había presentado aún a la contienda. Había decidido esperar hasta entender por completo las consecuencias de sus elecciones particulares. No sabía cuál de todos los juegos debía preceder en su narrativa reconsturctora. Siempre cabía la duda. Dudar más siempre ha sido la manera que encontrar nuevos perfiles sobre los que dibujar el último mapa. Sus libretas le habían proporcionado todos los ejercicios necesarios, los 99, para estar preparado para un único despliegue definitivo de su revelación descomunal. El presente, finalmente, había llegado aquí para quedarse—pensó.

Vivir en el presente tiene varias implicaciones. No sabemos si esto durará más allá de esta mañana. Como el trabajo. Ya hace tiempo que dejamos de creer que esta será la falacia sobre la cuál podremos reestablecer el sentido de nuestra existencia. Se destruyó el cielo que sostenía nuestra fragilidad, y de pronto, sin esperarlo ni buscarlo, estamos en medio de la escena que despliega las trombas de un alud que se aproximan a mi entierro. El tiempo de un inmortal que baja a la vida de los mortales está marcado por su intrascendencia en nuestros términos finitos. Ni siquiera Jesús podía confiar que estaría ahí por siempre, sino que debía volcarse sobre los sucesos que se fueran dando para el devenir resultante de su performance de reconversión. Los hechos hablan de sus andares por el reducido mundo que pudo recorrer a pie. La dimensió de su mensaje debía constar como metáfora para que fuera más elocuente que la fuerza acumulada de los tiempos. La normalidad siempre está en la tranquila siesta que el león se permite en la sabana mientras todo sigue igual. No hay contienda sin la pulsión de un mesías que pretenda poner todo patas parriba.

La rebelión pues seduce las mentes de nuestros detractores. Cualquiera que esté en la cima tendrá un sequito de conspiradores en búsqueda del poder. El proceso de sostener los intereses de quienes ganas a pesar de la farsa que decidamos encumbrar. Lo mismo da, a no ser que nos esforcemos por encontrar un balance sobre las desigualdades sistémicas de todos los tiempos, hasta el inicio de los mismos. No econtraremos tiempo entonces para saber cómo actuar en sistema nuevo si debemos revisar todos los expedientes pendientes en los juzgados. Todos somos culpables de este desvario. Y también de la incapacidad de este sistema por presentar vías más frescas para matizar las diferencias y las injusticias, para vivir más allá de lo que nos pretenden vender, para saber estar a pesar de cualquier desajuste estructural del último plan que nos imaginamos posible, antes de la última debacle. Todo está a punto de caer. Y no nos queda fuerza para volver a empezar.

—¿Será este el momento?—Golman sopesó. Podría ser. Solo bastaba poner la máquina a andar. Darle un sentido a perspectiva desde la cuál el cambio se procura asimilable. Como nuestro respirar. Como fundirnos en un abrazo. Como despertar acompañado.

El día de la anunciación finalmente se desveló. Y por fin nos encontramos en la cuenta atrás. La reconstrucción social de una estructura mental que nos traspasa. Hay una puerta que cada uno debe traspasar por su propia cuenta. Y tras ella, todo. ALLS.

NEW system, NEW estate, NEW normality, NEW capital

Se abre paso durante la pandemia un pensamiento de ilusión en el futuro reconquistado. Se abre una puerta nueva que nos lleva al paraiso. Por fin hemos llegado a la Arcadia. Le Bon Savage. Otor mundo. El mundo NEW.

No se por qué todavía no había leído a Cortazar. Estoy leyendo Rayuela, de aquella manera particular. Y también, al mismo tiempo, estoy leyendo 1984 de Orwell. Y por primera vez me atrevo a incarle el diente a Thomas Pynchon. La lectura que uno necesita para crear lo que las lecturas provocan. Más letras. Más discursos. Más poesías. Otras narrativas.

Me encuentro en el capítulo 71 de Rayuela en el que Cortazar, o el narrador, no lo se, quizá Morelli, se pregunta desde su sitio en el mundo, en París, con su argentinidad que se arrastra a otra centralidad, para desde ahí reconocerse, y poner lo más alto de su pensamiento en ese aliento de creación que nace al escribir. De pronto, yo, lector, conecto con la búsqueda personal atemporal con la que llevo años lidiando, como una quimera que se empeña en aniquilarme, por su obsesión maldita por crear un mundo nuevo.

Ya lo cree alguna vez. Al menos sus fronteras. Su esqueleto. Es ese mundo NEW. NEW como bandera de algo nuevo, que se suma a lo que antes era, y que de pronto nos damos cuenta, de poder asumir esta nueva concepción de las cosas. Con un simple gesto de sumisión nominal: otro nombre. La concatenación de NEW con lo anterior.

Podría pensarse que es una especie de Newspeak. Y eso no es del todo bueno ni malo. Cuando leemos 1984 corremos el riesgo de pretender entender lo contrario a lo que el autor hacía referencia en su distopia. Igual pretendemos ser parte del problema, y no de la solución. El lado oscuro se apodera de nosotros y entendemos todo al revés. No nos olvidemos que hay personas que lo entienden así. Sin tapujos. Los fascistas que no se avergüenzan de su postura, porque creen, a ciencia cierta, que esa es su Arcadia deseada. Y nadie los saca de su error. Adoran las armas, y mantienen el control. Se juntan entre ellos. Al sonoro rugir del cañón.

Más de una épica nacional está diseñada en el ideal de cortar las cabezas del adversario. El planteamiento histórico de España como conquistadora de un nuevo mundo, que acercó a la modernidad a uno que ya estaba ahí, y que vio truncada su progresión. Esa cultura quedó sepultada bajo la arquitectura de los nuevos dioses. Y los antiguos, estóicos, se quedaron en el submundo asumiendo los mismos roles que ya existían en esos planos existenciales en esas tierras sagradas. Y se mutó el mito. Se utilizó el arte para asimilar la creencia de un mismo Dios que ahora tenía otra historia que narrar. Pero que se hermanaba con el pasado. Con la montaña sagrada. Ese mismo cuento alrevés es el que propongo ahora asumir de vuelta a otro sitio que no sea este. Por movernos de esta postura particular en el espacio. Este status quo cansado y enfermo, que se va poco a poco por el vacio existencial de quién en nombre de todos se asume como la única verdad: el único camino.

Todo tiene riesgo. También lo tiene no hacer nada. Seguir navegando por la vida como si esta fuera a llevarnos a buen puerto, fuere este el que fuere. Y quizás sería suficiente. Lo fue para Colón y su tripulación. No importa que España, su corona, o sus coronas, hayan apostado por un ideal estratégico inexistente. Su osadía, en aquél momento, fue creerle a un loco con la convicción de que podría llegar a una puerta nueva. La búsqueda de esta puerta nueva es el camino, aunque no sepamos lo que hay detrás. Cómo se actúa tras abrir la puerta, ya es harina de otro costal. Mientras tanto, alerta.

La puerta NEW.

«Hay quizá una salida, pero esa salida debería ser una entrada. Hay quizá un reino milenario, pero no es escapando de una carga enemiga que se toma por asalto una fortaleza. Hasta ahora este siglo se escapa de montones de cosas, busca las puertas y a veces las desfonda. Lo que ocurre después no se sabe, algunos habrán alcanzado a ver y han perecido, borrados instantáneamente por el gran olvido negro, otros se han conformado con el escape chico, la casita en las afueras, la especialización literaria o científica, el turismo. Se planifican los escapes, se los tecnologiza, se los arma con el Modulor o con la Regla de Nylon. Hay imbéciles que siguen creyendo que la borrachera puede ser un método, o la mescalina o la homosexualidad, cualquier cosa magnífica o inane en sí pero estúpidamente exaltada a sistema, a llave de reino. Puede ser que haya otro mundo dentro de éste, pero no lo encontraremos recortando su silueta en el tumulto fabuloso de los días y las vidas, no lo encontraremos ni en la atrofia ni en la hipertrofia. Ese mundo no existe, hay que crearlo como el fénix.»

Julio Cortazar, Rayuela.