Salud pública al alza

La salud, divino tesoro.

En realidad pensamos poco en la salud. Tenemos la percepción de que somos invencibles. Eternos. Es curioso que esa falacia coexista en nuestra individualidad humana. Todos vivimos bajo la creencia de que no moriremos nunca. Y de pronto, un día, morimos.

Después no sabremos más. Ese día llegó y nosotros ni nos enteramos. Así va la vida. Quizás está a la vuelta de la esquina. Quizás la muerte no está lejos. Y no tenemos manera de saberlo.

Por lo pronto, nuestro cuerpo, o nuestro cerebro, en particular, tienen este mecanismo de invencibilidad que nos atrofia la perspectiva de la vida despúes de la muerte. O de la muerte, que de pronto, un día nos llama a la puerta.

Creo que la muerte es un tema trascendental. Y además creo que es un tema vital. No hay vida sin muerte. Y la muerte no nos debería doler tanto, si a fin de cuentas, no duele. Lo que duele es el duelo. La pérdida de un ser querido. De pronto, ya no está. Y no parece verdad. No parece posible. Sentimos que estaremos siempre aquí. La persona a la que amamamos. Nuestra madre. Nuestro padre. Nuestra hermana. Y un día, nomás un día, ya no.

No pensamos en ello. Lo eludimos. Quizás ese es el mecanismo de la mente para no agobiarnos la perspectiva del ahora. Pero quizás, esa ligereza con la que nos tomamos la vida es pura apariencia si no concebimos la inmensidad de lo que verdaderamente importa. Estar aquí. Estar vivos. Hoy: un día más.

Ese es el regalo. Y también el milagro. Esa carrera que pegamos un día cuando tan sólo éramos espermatozoide alfa. Quizás ni eso. Puede que hayamos sido uno más del montón que simplemente tuvo un día con suerte. Una carrera buena en toda su vida profesional. Y nunca más dar palo al agua. No vamos a juzgar ahora al espermatozoide que nos trajo aquí, cuando puede que todo el mérito de nuestra existencia resida, por completo, en la capacidad de la otra mitad, la media naranja de aquél diminuto y escurridizo malandrín, que tuvo la solvencia para competir con el resto de los macacos y ponerse enfrente de la más preciosa imagen de una DIOSA rotunda, blanca y pura, inmaculada, virgen, ella sí, y con la desdedicha de sufrir por el heteropatriarcado que desconoce todavía, un nombre masculino: óvulo.

EL óvulo nos representa. Una perla en camino de la trompa. Cuidadosamente producido por la parte fiable de la naturaleza: la mujer. Venida de un ovario en el que se formula magistralmente la obra perfecta, aunque no completa. Y como toda señorita de sociedad, llega un momento en el que está lista para dar un paso más alla. Es un momento indefinido, pero se conoce que hay unos márgenes en el tiempo. Un horizonte temporal en el que se está preparado para la trascendental llegada de la horda de malparidos machos simples y sobreexitados. Pobres hombres. Tan primarios. La lucha tenaz de la carrera les ha nublado la perspectiva y sólo uno consigue llevarse la gloria con la más elevada de las musas. La recepción de dicha dama nos desvela que no es tal, sino una artista consagrada en las artes de la comunión. Lo que sucede a partid de aquél entonces es el proceso más sagrado de la alquimia. La concepción de un ser que tiene un futuro efímero y maltrecho. Pese a todo, la vida se obsesiona con la unión de estos amantes, sin tener en cuenta apellidos, ni tragedias, inequívocamente lanzados a un desenlace multicolor de la más dócil factoria, como el primer beso que Julieta perfiló en los labios de Romeo.

La vida suele repetirse entre historias que se copian entre ellas. Siempre alguna sale victoriosa, y por tanto, se replica con más frecuencia. Y así sube y baja. La euforia incial nos deja pronto en el sabor convencional que se repite en un coro que todo el mundo canta. La pasión de un cielito lindo un día de lluvia. Unas netas de un borracho mexicano en ese momento justo de la noche en la que a pesar de no haber ligado, ahí estabas tú; carnal. El homoherotismo mexicano es un poema que todavía tiene un recorrido machín. La pulsión del chicharito.

La muerte susurró al oido de Sabines. Un poema me lo dijo. Y entonces entendí: dónde estás muerte mía, no te escapes, que te quiero oir.

Mi madre me contó que yo lloré en su vientre.
A ella le dijeron: tendrá suerte.


Alguien me habló todos los días de mi vida
al oído, despacio, lentamente.
Me dijo: ¡vive, vive, vive!
Era la muerte.



Jaime Sabines


1. Cuarentena………

El coronavirus nos ha puesto a todos en jaque. La alerta se ha disparado. Los gobiernos han actuado como si siguieran un guión de los noventas sobre un virus descontrolado que nos ataca sin piedad. La humanidad, por una vez, se une ante la tragedia que nos comunican ya no sólo por la televisión.

Nosotros mismos somos los que hacemos del mensaje un mensaje más elaborado. Las teorías conspiranóicas son más veraces que las versiones oficiales que vemos cada día a la hora del parte de guerra. El país entero está enganchado a la noticia. El directo vuelve a tener sentido para los reporteros de calle. Las preguntas vuelven a ser trascendentales. Y se parecen cada vez más a Contacto, le peli en la que Jodi Foster canaliza sus rarezas de niña trastornada cuyas paranóias acaban teniendo una utilidad en otra dimensión interestelar que nadie habría observado útil en el sistema educativo americano de los setentas. O sesentas. Ve tú a saber.

Los sistemas educativos han recibido una noticia inédita: para casa todos. Se ha enviado a los alumnos a sus casas a que sigan aprendiendo. Ahora a distancia. Los profesores deben adaptarse en un abrir y cerrar de ojos a una nueva relación alumno-paciente. La red y los móviles ahora sí serán bienvendos en la lección. Saquen sus teléfonos. Miren al profe en el video. Vean la lección de hoy. Comuníquense con sus compañeros. Todo a distancia. Sin contagio. Ni xenofobia.

La exclusión nos lleva a todos a encerrarnos en nostros mismo. En este caso la metáfora es la incubación de un virus. Y de nuestro confinamiento obligado. No podemos salir de casa. Y lo debemos cumplir. Por un bienestar colectivo compartido. Todos a sus casas. Como las noches. Como los sueños. Excepto para aquellos inmortales que salen sin saber en qué día viven, dispuestos a revelar la noche hasta su fin. Menuda proesa en tiempos de cólera. ¿Habrá más amor que la lírica de un escritor de Macondo que publicó sus ficciones literarias con el pequeño editor del pueblo? ¿O acaso no hay editorial en Macondo?

Menudo timo.

Los pueblos mágicos no son como los pintan. Ni tampoco el realismo pseudomágico con el que se dibuja un estilo literario aparentemente costumbrista y apolítico. Como si los escritores latinoaméricanos tuvieran que encontrar en sus realidad sociales historias universales que les permitieran a ellos vivir con los blancos en los barrios en los que los blancos se congregaban, por selección natural, entre los ricos de la ciudad. Qué cosa: todos los pueblos de iberoamérica se parecen, sin importar si son aldeas, pueblos con iglesia, ciudades pequeñas, ciudades grandes, ciudades grandes, capitales, megalópolis o la gran capital.

Entendámonos: gran capital sólo hay una.

No hay espacio para ninguna más. Si debe haber más relaciones urbanas con otras polis relevantes de nuestro globo, bienenidas sean. Pero eso no quita que la capital sea aquí. Esta. Y ni una otra. ¿Entendidos?

Nuestro trabajo nos costó llegar hasta aquí. Ahora no vamos a permitir que vengan otros a decirnos que nuestra capital no es lo que es. Vamos, no si antes organizar La de Dios.

La de Dios

Es evidente que Dios tiene que estar en la ecuación. Hay más creyentes que infectados por el coronavirus. Pero este domingo estarán por un día en competencia. Y puede que la batalla la gane, de largo, el nuevo virus. El Domingo, día que Dios guardó para que no se hablara de nada más que de Él. Uno de siete días para que se le alabe al señor que tiene todos los exoplanetas que pidió en su lista a los Reyes. Los «reyes». Yatusabes. Si vives en una monarquía ya sabes de qué va esto de tener un rey. Y una reina; obvio. Y algunas monarquías superiores ya saben desde hace casi un siglo lo que es tener una reina. La mujer frente a la corona. Algo así como la duquesa de Alba con reconocimiento político. Más allá de su músculo patrimonial y el peso de sus insignias nobiliarias. Ni que Güell y Comillas se juntaran para intentar hacerle sombra al sol.

Dios y España van de la mano. Son como coronavirus y VOX. Hay algo muy fuerte. Un núcleo y su repulsión. Esa fuerza en tensión. Como alguien se atreva a alterar el orden la cosa se va a tomar por culo. Como que algún sociopata tenga acceso al botón rojo. Y le de por sus cosas. Las causas encuentran a sus paladines. Y estos se erigen en esclavos de la causa: caudillos. Cegueras de poca monta que sirven para algo mucho más mundano que la escritura del Quijote. Pero hay que dejar que los Migueles escriban. Y algunos Manueles. Y algunas Milenas.

Dios está tras el virus. O quizás es una prueba que nos envía para cambiar radicalmente nuestro camino. Quizás es una señar del cambio de tercio. Como se estila en una plaza de toros con orquesta y un buen juez de plaza. Que no se ve todos los días, está claro. Pero oiga, en España, hoy día… pocas cosas puras quedan. La fiesta; una.

Si la fiesta hubiera ganado estaríamos de nuevo en Ibiza en verano. En una disco nueva de moda. Y un concepto de lujo para el que no estamos preparados. La cosa va para otros públicos. Otras vías. Otros circuitos exclusivos. Aquellas cosas para las que hay que tener una entrada especial. Hay que pasar por los filtros del capitalismo. Harvey tiene los boletos. Ahí está. Pídelo uno. Tiene sus métodos. Pero al final, acabas entrando. O te retiras. Y cierras el pico. No cuentas. ¿Quieres triunfar en este mundo, chiquita? Pues ya sabes.

Dios los elige. Ellos se juntan. El club de los elegidos tiene una connotación de testosterona que se niega a pensar en el homoerotismo que desprenden con su camaradería puramente heteropatriarcal. Es la creme de la creme. Aquí sólo cuenta quién es tu papá. Lo demás no cuenta. Y sin esa carta no eres nadie. Es un arribista más que intenta llegar a con la nobleza de otras culturas. Otras esferas. Otro linaje. Dinero viejo. Dinero nuevo.

El dinero viejo y el nuevo no son lo mismo. Pero pronto encuentran sus caminos para llevarse bien. Las relaciones a las que puede importar llegar a estar presentes en las oportunidades de negocio que podamos dibujar en nuestro futuro. Vamos a ser socios. Vamos a ser más ricos de lo que somos. Porque tenemos el acceso a las oportunidades. Y el capital ocioso. Y menos capacidad para gastarlo de horas al día para administrar los movimientos estratégicos para el crecimiento sostenido que requiere nuestro sistema. Yo no inventé el sistema. Los del dinero viejo sí. Pero no se asusten. Aquí no hay ningún comunista.

¿A qué teme más un americano?

a) Dios en cólera

b) Un virus

c) Comunistas

d) El Estado metiendo la mano en sus buchacas

e) El desnudo femenino

f) Penetración anal

g) Mexicanos al grito de guerra

h) ISIS

i) El Infierno

Que Dios nos coja confesados.

El Violador eres Tú.

Acting

What is acting?

Pretending. Making believe. What is really happening?

The actor is playing God.

After all God creates. Here’s life: life happens. Here’s death: boom. Darkness.

How do take this information and take it into work. We must love our creations. And then let them go. True love is letting go.

Love of character.

The Kominsky Method.

I’m going to be an actor. I just need to watch this series.

Proof your parents wrong.

Fear of failure.


Coronavirus

La pandemia está suelta.

Miedo.

Incertidumbre.

¿Y si me toca?

¿Y si se mueren las personas a las que quiero?

¿Y si no salimos de esta?

¿El fin del mundo?

¿Escuchan las trompetas?

No tenemos llenadera. El temor nos moviliza. Mucho más que el amor. El amor es para instantes sumblimes que desaparecen. El miedo se queda en el cuerpo. Es más prevalente. Nos deja atónitos. Oh, temor, cuánto te añoraba.

Temes, luego existes.

Y se dan cuenta. Nos manipulan a su antojo. ¿Quién? ¿Quién está detrás de todo miedo? ¿Quién se beneficia? ¿Quién se aprovecha? ¿Acaso Dios Padre juega juegos de azar? ¿Libre albedrio? ¿Predestinados?

Me tocó el boleto premiado.

Ya llegó la muerte. Ha tocado el tiembre. ¿Quién es? Tu adorada amiga, contesta. Y la vida se petrifica. Esperamos que suba el ascensor. Nos costó mucho llegar a dónde estamos. Y ahora hay que dejar nuestra casa. El edificio en el que vivimos se hará eco de nuestra partida. ¿Sabes lo que pasó con el del ático? Se fue con la más flaca. Y nunca más va volver…

El tiempo nos susurra el canto sagrado que se consume… tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac…

Bienvenida muerte, no te estaba esperando. Pero pasa. Ya que estás aquí te voy a recibir como he recibido siempre a mis invitados. Soy un anfitrión que sabe asumir su rol. Siéntate. Ponte cómoda. Pongo un poco de música, algo de Leonard Cohen, quizá, y déjame te preparo un dry martini.


ALLS

La metáfora recurrente de la montaña

Escribir en la montaña, o nomás hablar de ella, como un sitio en el que se asciende por la voluntad propia de llegar a una cima, es en realidad un ejercicio de afirmación de nuestra especie ante el resto, que simplemente no les interesa hacerlo. No es que seamos superiores al pájaro que canta. Somos los mismo que el pájaro que silva por la alegría de ver el sol. Hay algo más primario en la montaña que nos acomoda a su grandiosa elocuencia natural. Y en ese contexto tampoco somos extraños.

Nuestra simbiosis dentro de ecosistemas urbanos que se han transformado con el paso del tiempo, y de nuestros migrantes, nos lleva a una urbanidad interconectada en todo momento con todos los miedos universales. Incluidos el miedo a perderlo todo. Y eso nos inmobiliza.

No queremos saber más. Nos encerramos en nosotros mismos. O en casa. O en nuestra rutina imperfecta.

Salimos de casa cada día. Victoria uno.

En la calle, buscamos nuestro camino a nuestro destino. En medio del despertar social, se escucha nuestro barullo matutino, como esos pájaros que cantan, para acudir al sitio en el que desempeñamos nuestro rol social. Y ahí interactuamos con la sociedad. Ese es el pacto social. Estamos programados para esa liturgia. Y convenimos que podemos realizar esa tarea a cambio de una remuneración con la que podamos costearnos vivir. Algo así, más o menos, es la economía. A nivel micro.

Un economista pone el grito en cielo, ceteris paribus.

No se asusten. Los modelos son nuestra manera de establecer el orden dentro de caos. Así la llevamos. Pretendemos alcanzar objetivos más altos. Resolver los probelmas que nos acosan. Restituir el sentido de nuestra simbiosis biológica. Acercarnos científicamente a una versión de Gaia que nos comprometa con la vía transformadora de nuestro Estado de Bienestar.

De ahí que busque un trabajo estable. De vuelta al sistema. Para aportar lo que se dentro de un equipo que tiene un objetivo determinado. Y esto listo para ello.

«Este es el candidato que buscamos»

Para. Avisa a la jefatura: lo hemos encontrado.

O mejor, ponte una medalla: lo encontré.

No busquen más. Estoy aquí para contruir.

Aarón: la estrella

No es que cuando te mueres te conviertes en una estrella. Tú, que te quedas, ves el cielo la noche en que te fuiste y observas una estrella en particular. Esa es tu estrella. La estrella del que se fue. Ahí se comunica contigo. Para que la veas siempre.

Esto no le pasa a todo el mundo. Solo las personas con estrella dejan una estrella en el firmamento para toda la eternidad. O al menos hasta la vida de esa estrella, que quizás ya murió, y todavía nos llega su luz, con algo de rezago estelar. Cosas de la relatividad y de la velocidad de la luz.

La velocidad con la que viaja Aarón es sublimada por nuestra incapacidad de enteneder dichas dimensiones. Nos rebasa nuestro entendimiento capilar. Y lo dejamos estar. No vaya ser que nos multiversemos de pronto. Como un gesto transformador.

¿Sí creo en Dios?

-A tí, qué más te da. O como decimos en México: a tí qué chingaos te importa.

La cosa está así. Todos los sistemas están en crisis. Y la vaina va explotar en cualquier momento. Nos están metiendo el pánico por los huesos. No porque se va venir la verga. Ni porque nos va a cargar la verga. Ni por la verga misma. Es otra verga. Qué vergas. Ni a vergas. Pura verga. Ma-ma-me-la-ver-ga.

Vease la expresión: mámame la verga.

En sí misma no es machista. Ni heteropatriarcal. Podría ser bien puto. Y bien. Tampoco se me malentienda por ahí. No quisiera parecer yo intolerante. A mi me gustan todos los moles. No vamos ahora a hacernos los fresitas. Los pinches mochos. Bien que te gusta la verga. Ni te hagas.

El hombre hetero blanco español se retuerce tantito cuando esos pensamientos le invaden el orto. La frontera ortogonal del astro DIOS. Ortogonalmente nos la clavan a todos. Como Dios poseyendo a su pueblo, que es Él mismo, recordemos. No se nos vaya ahora el catecismo. Las sentencias que marcan la doctrina por la cual defendemos creer o no lo mismo en esta religión que estamos organizando. O reorganizando. Si no queremos añadir a ningún otro credo espontáneo.

Imaginaros un nuevo credo. Uno que sea capaz de arrasar con todo. Con todos. La plenitud espiritual de un tiempo colectivo que nos llena individualmente, al mismo tiempo, a todas las especies. En una especie de armonía sólo experimentada por los monges europeos del siglo XV. Quince siglos después de Jesús, finalmente alguien sintió lo que María Magdalena.

La iglesia, Francisco el primero, se indigesta. Felipe VI no puede evitar un tic en el labio inferior, que luego se traslada a un ojo que se le va de vacaciones. Luego vuelve. Y se repite el trance. La madre Teresa de Calcuta, a unos sitios a la derecha de Jesús, en la zona noble del Liceu, observa con detenimiento la reacción del propio Jesús, para saber ella luego como proceder; en contra, como acostumbra, o quizás, está vez, deslumbra al incrédulo auditorio de ateos, purgatorios y condenados a las llamas eternas de los primos del PP. La derecha española copaba todos los asientos del Infierno, del Purgatorio y del Paraíso, y en todos ellos cobraba un sobreprecio por las sillas mejor ubicadas en la zona en la que se sentaban también el Pequeño Nicolás, que ya se había hecho mayor, y Jose María Aznar, que seguía un figurín. La llama de conservadurimos de la España orgullosamente casposa, sin que nadie se ofenda, ni que quisiéramos de pronto convertirnos a la enfermedad degenerativa de los rojos subnormales socios de separatistas venezolanos combatientes en Irak, Irán o Afganistán. La guerra lo trastoca todo. Lo que pensamos hoy nos ha sido traido por el superbowl, por el etretenimiento que ponemos en el intermedio, y por el mercado que responde a los estímulos de las marcas, y se regocija con las retóricas encontradas de los bandos opuetos que se pasean por la política con la cretina actitud de aniquilar a un rival al que desprecian y odian a muerte. Muerte. Guerra. Sangre. Vida.

La muerte en campaña. Temas espinosos que no solían estar en las campañas políticas, más dadas a actos de escapismo. La surrealidad nunca ha mezclado bien con la gesta de que te tomen en serio. O lo contrario: que te voten. Las elecciones de un pueblo que conoce bien a los que opinan que pueden determinar mejores opciones para la cosa común. Más allá de los últimos cretinos. O de las partes. O de cómo nos llevávamos cuando éramos pequeños. En el idioma en el que nos besábamos. O los orgasmos que nos regalamos. La idea de eludir toda responsabilidad. O de asumirla de pronto, sin temor a tomar las riendas del país y determinar el vaciado de todos los sentidos. Por un efecto purga. Como si pudiéramos limpiar la política con una buena diarrea. Una gran caca. Como si esta caca catalana fuera a ser la salvación para el resto de España. Esta vez constreñida. El pudor de cierta España le inhibie ser escatológica. O faltar a la moral. ¿Qué tienen que ver los toros en esto? Vamos. Clásico argumento que utilizan los proetarras bolivarianos. ¿Alguien dudaba que el Chavismo se iba a instalar en todas las iglesias intervenidas por Iglesias?

Los teólogos de liberación ya se habían infiltrado entre los inmigrantes latinoamericanos que llegaron en a principos del milenio. Todo estaba preparado por Dios padre para provocar el último cisma de las religiones. El profeta que vino con la última versión del libro sagrado que nos debía procurar un texto inequivoco esta vez. El sincretismo de todas las culturas que magnifiquemos en este contexto en el que en un futuro se nos juzgará por cómo retomamos la idea de algo más que el hombre. De entrada: la mujer. Y tras sus reflexiones femeninas y feministas, enganchamos hacia las antípodas de este heteropatriarcado de mierda que se puede ir a tomar por culo, con la gracia de Dios Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos… ALLS.

La estrella me ha escogido. Aaron en mi cabeza. Y ahí estará siempre. Mira Marcel, es esa.

Yo tenía banda autóctona

Quizás nadie me crea que el presidente y yo venimos del mismo conjunto habitacional de clase media copilqueña. Copilco el bajo. Un ecosistema ilustre de la ciudad. Entre otras cosas, la gente de la UNAM es de aquí. Los que de aquí somos. Es la universidad pública de nuestro barrio. Y por tanto, aquí viven los estudiantes que se rifan en esta magna casa del saber multicolor.

México es mucho más que una fé. Quién no lo tenga claro que se retire.

La verdad es que con muchas personas compensa más hablar claramente de lo que podemos alcanzar juntas. En un hito de subida al ente de la felicidad plena: ALLS.

Hoy ha sido uno de esos días. Un día en el que jugamos a basket y salimos a comer pizza con los colegas del basket. Y luego una copa. Y el bailoteo. Y te encuentras con padres de tu escuela. Con otros grupos del barrio. Otras cenas. En la copa. El cumpleaños de María. Isma saludando a su peña de basket. La fusión de tres escuelas que pretenden unir puentes de revolución: el Reina Elisenda, el Baldiri y el Fructuós. En esa trinidad hay un mismo objetivo procomún.

Let’s become it.

New Barcino.

La propuesta del Reina Elisenda a las escuelas hermanas.

Por una hermandad feminista y afirmativa.

Un nuevo modelo social.

Pleno y ya soberano de su voluntad y su itinerante felicidad: on, off, on, off, on, off, on, off, on, off, on, off, on, off, on, off, on, off.

La vida son esas nueve reactivaciones nuevas.

Nou.

9.

Una dimensión in crecendo.

De una en una vas subiendo las escaleras de la pirámide.

En la cúspide te encuentras con un chamán olmeca.

Ella/El/Inverso te guía.

La santidad está con ella/él/inverso.

Y con tu espí-ri-tu…

El espíritu, pasmado, se sacia a lo más…

La plenitud se siente bien… y se eterniza.

La vida es un juego de basket.

Y una película de acción.

Vamos a jugar.

Vamos a tirar.

Vamos bailar.

Vamos a beber.

Vamos a pachequear.

Vamos a vibrar.

La vida es simple, si sabes bailar.

Y sentir en la música todas las influencias.

Y sentirte en control de la pista.

Desbordando los límites.

Como una entrada con una recomposición en el aire.

Como un gesto imposible.

De pronto ahí.

Perpetuo.

Eterno.

Fugaz.

Sutil.

Perill vs Danger.

L’últim partit.

El dia d’una cistella solidaria.

D’un sopar d’empresa.

D’un Ronaldinho desactivat.

D’una nit de ball.

D’un estat plé de glories.

ALLS

Estructura creadora GOlman.

Golman, servidor.

No tengo nada que enseñar, lo se. Soy un gesto inacabado de una iteración que ha dado 999 vueltas.

Mi proceso creativo está vinculado a la trayectoría hacia el límite del caos. La expedición me ha llevado a buscar los confines alejados del núcleos centrales. En esa búsqueda he llegado, cada vez, a la más infinita y asumible de la condición humana: la noción plena de ser feliz en ese breve instante en el que asumes esa verdad. El presente que se escapa, y que requiere de nuestra atención y significación para obtener ese grado máximo de ser/estar. To be. Or not to be.

Parecería que el dilema de Hamlet es ser o no ser. Y creemos siempre que deberemos elegir el ser. Es la vía de la afirmación. Dar el paso hacia el vacío. Saltar.

Como el mono de sexto piso:

La afirmación del último decenso. Un último ride.

Nomen est omen.

GOOlman.

So here I GOlman.


La ocupación del espacio hasta llenarlo. Esta es la base de mi obra. Ocupar el espacio representa la acción sobre la cual intervengo. Hasta coparlo.

La Tiranía del Encuadre (LTE) representa un performance en el cual asumo la documentación del tiempo y el espacio, a través de mi fusión con una herramienta tecnológica que me permite grabar un video. Una vez iniciada la pieza asumo un riesgo irrenunciable: no parar hasta que se acaba la batería o la memoria. Ese momento llegará, eventualmente, pero no hay que estar preocupándose en todo momento cuál sería el sitio exacto en el que se podría cerrar esa determinada pieza que se desvela ante mi(s) ojo(s).

Armando Gallo Pacheco

En ese formato, la cámara capta lo que el ojo establece como marco referencial rectangular: el encuadre. La narrativa es aquella del tiempo-espacio que se muestra. La vida en su transcurso natural. Documentalismo del tiempo-espacio. Y con una noción particular por parte del artista: la plenitud misma de lo que ahí observo mientras asumo la ocupación y mi transformación particular en el artista que realiza el acto. El arte transcurre en mi interior, al saber, consciente, de que lo que estoy realizando me lleva al nivel más sublime al que podemos aspirar: crear. Y ser/estar.

Para Armando Gallo Pacheco la gracia está en el acto mismo del cual es juez y parte. Como autor, documenta el tiempo-espacio que con su tiránica mirada decide incluir dentro de esa perspecitva; dentro de esa máquina. La fusión máquina-persona muta en ese acto. Y a su vez, permite una libertad particular en este caso, al no estar sujeta a la tensión de la interrupción de un final autoimpuesto. La gracia sigue su curso porque así está definido el formato. Me esclavitud es autoimpuesta, y me obliga a lidiar con la máxima responsabilidad del feedbackloopper: asumir la tiranía del encuadre hasta las últimas consecuencias. Hasta este final, que llegará, pero no se sabe muy bien cuándo.