Durante mucho tiempo escribí.

Sólo que no dije nada. No lo hice público. No siempre. No todo. Pero algunas cosas se me dejó decir. Todo pues. Excepto lo que no estaban preparados para leer. Quizás porque ni leían. Y eso está mal. Muy mal. O según qué lecturas. Qué leer. Qué pensar. Como si uno pudiera dirigirse a la labor de una persona que nos acerca las lecturas de todo el mundo. El editor. Esa es la gran pasión de una noble profesión. En la que se puede construir una gran casa nueva. Mi casa; su casa.

Yo voy a construir casas.

Y lo voy a hacer con mi relación con espacio. Pero no sólo. También el tiempo. Y sus contradicciones. Las suyas. Las mías. Las de todos. Un poquito. Solo para abrir boca. No bocas. O bocas también. Y guaro.

Mi relación con el tiempo y espacio lo quería todo. Para todos. Sin que eso nos limitara a odiar a nuestro némesis. Al que amamos odiar.

¿Acaso hay algo más?

Una vez nos deshacemos de los otros… ¿cómo los sometemos ahora?

El país irá a mejor.

¿Y si no hay países?

Piénselo.

Un poquito.

Aunque sea nueve segundos.

Lo que dura esta frase de principio a fin sin temer por nada más que la gloria eterna ahora: tómela.

Y vos pasás y te la llevas. No sólo una hostia. También la paz.

Todo en un único concepto al que se puede aspirar sentir según este nuevo rito que gozará de todas las mandangas necesarias para ser mejor y más útil que el resto de rezos por ahí. Al menos estos nueve que estas comunidades humildes de mi ciudad creen. Y estas no tan humildes. Como por consistencia de los polos opuestos bajo el manto de la virgencita de Guadalupe que nos iluminó a todos este último 12 de diciembre. Vamos a pensar en ella. Desnuda.

Fin de la pieza.

Francisco, ¿te tragas esta?

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