
Son las 2:23.
Me desperté súbitamente al tener la película que me vincula a Napoles en dos iteraciones de viajes transformacionales entre dos puntos del Mediterraneo no enteramente conectados.
El viaje de ida y vuelta.
Viaje en el tiempo.
Viaje literario.
Viaje vital.
Yo también tengo un sueño guajiro: quiero ser director de cine.
Y retratar mi ciudad.
O la ciudad de Diego.
Aquella que aparece en la película.
La que da nombre a la misma.
El suceso en sí que marca la relación del verano con la copa del mundo.
La relación de una humillación militar colonizadora con un gesto de Pulcinella en punto de penal del Estadio Azteca.
El estadio Azteca es un punto de referencia del sur de la Ciudad de México. Cuando Diego y yo habitamos el mismo espacio, a la ciudad le llamabamos el D.F. Y todo estaba bien. Diego llegó al mundial del 86 cuando yo tenía 9 años, un mes antes de que comenzara el mundial. La selección argentina se concentró en las instalaciones del Club América, en donde yo jugaba futbol desde hacía 3 años. A esa edad ya veía el futbol en la tele, en las dosis en la que la televisión de los ochentas, aquel cubo que ocupaba un lugar prominente en la sala de televisión, en el cuarto de mis papás, y hasta en mi propia habitación.
La dosis de futbol que un chico de 9 años de la Toriello-Guerra podía variar según lo que consideraran tus papás que un niño de esa edad estuviera expuesto a tantas horas de pantalla. Lo cierto es que los domingos el futbol empezaba a las 7 de la madrugada con el partido del Napoli de Maradona desde San Paolo, para luego a las 9 de la mañana ver el Real Madrid de Hugo Sánchez, y a las 12 del medio día, el partido del América. Eso es un domingo de futbol para un niño mexicano en 1986.
Esa fue mi dosis habitual de futbol, además de todos los partidos de la liga mexicana, que en aquél entonces se televisaban todos, en abierto, por dos cadenas que competían entre ellas: Televisa y Imevision. Dos cadenas copan la oferta televisiva: canal 2, 5 y 9 de Televisa, y el canal 7 y 13 de Imevisión. El cuatro era quizás un canal más de relleno de Televisa, y el 11 era el canal público, igual que el 22. La televisión mexicana ha sido una representación desde entonces de lo que representa un duopolio, y una representación ninguneada de la televisión pública, que sin embargo, fue fundamental para entender los espacios y la oferta que un niño, entonces, podía entender como parte de lo que la sociedad de la información, y el poder, incluido el futbol, representaba en aquel entonces.
No había visto la película de Sorrentino hasta ayer.
La intenté ver antes de ir Nápoles y no pude acabarla.
Me dormí.
No habría sido lo mismo.
Volví de Nápoles hace una semana. Hoy tengo claro los dos ciclos de ida y vuelta que representan mi historia contrapuesta con la de Paolo Sorrentino. Yo también quiero ser director de cine. Sólo que no lo pude entender hasta ahora. Hasta hace no tanto. En 1986 yo también quería ser una cosa que no tenía sentido: futbolartista.
Y esa era mi confesión a mi Patrizia: mi locura. Y también se debía por el contagio que Diego tuvo, y yo en él, en aquel verano de 1986.
La mano de Dios es un gesto que entrelaza la mano y el balón: dos cosas que en juego marcan el límite del juego. No así para el portero, el ünö, pero aquí estamos hablando del d10s.
El D10s de Sorrentino y el mío son el mismo. Y viven en una tradición que debe resolverse en el cine que debo crear, desde mi terriorialidad, y convergiendo esta historia que reconstruye mi relación con Diego, con Nápoles, con Barcelona, con el D.F., con París, con Inglaterra, con Costa Rica (y el trópico), con España, con Euskadi, con Ticataluña y con el futbol. Mi cine no sólo puede ser de aquella cuestión territorial que me condiciona, sino también del viaje a Ítaca de un griego clásico que se reconsidera mediterráneo, cuando habitante de su capital, pero desbordando más allá de las fronteras de lo que la vida entre la montaña y el mar depara a un puñado de personas que son de por aquí.
El pueblo se reconsidera a sí mismo como la partitura de un tierra singular. La multiversalidad desborda los confines de la grande y una noción de un único ser supremo que rige por encima del bien y del mal. Dios hace un gesto con cada una de sus manos para generar un espacio dual en el que se mueven dos realidades paralelas. Esta dualidad es el primer principio que esta reconsideración de D10s nos trae a la puerta de nuestra renovada condición humana.
Las diferentes governanzas de los multiples niveles que habitamos nos llevan a entender el tránsito hacia otro estado posterior. La preparación de nuestro cuerpo y de nuestra mente responden a las condiciones de ese viaje. Y el humor, la noción de lo que a la sociedad le perturba y le motiva, así como una nueva reconsideración de lo que la cultura global holística y resiliente nos ofrece en el marco de lo que hasta ahora el necrocapitalismo nos ha puesto sobre la mesa: muertos, dinero, avaricia y sálvese quien pueda, cuando el poder se percibe para lograr el escape del 1% a los confines de un mundo que no es este.
Gente que crea en este mundo, dice Naomi Klein. Para mi ese es el paradigma.
Desde la Casa Gran del Catalanisme, no hay un proyecto más cohesionador que esta visión. La voy a presentar en el Palau de la Música Catalana. Como puesta en escena. Como concierto de música. Como un coro de escolaines de Montserrat. Como un representación milenaria de nuestra montaña, frente a la representación de un coro de niños del Vesuvio. Muchos de Pompeya, y otros tantos de Ercolano.
El tránsito entre Nápoles y Sorrento.
La relación de una isla con su costas de delante.
La visión de la isla desde el continente. Y viceversa.
Ese juego de ida y vuelta entre Capri y Sorrento.
O Capri y Napoles.
Las dos cosas, como sitios distintos para habitar el verano. Un verano de mundial.
La mano de Dios no tiene una historia primigenia. Algo que pasara antes de que empezara el mundial. Algo que lige a ese niño de 9 años que habita el mismo espacio que Sorrentino, desde la tribuna del San Paolo, mirando cómo Maradona entrenaba los tiros libres. A lo que su hermano replica: perseverancia. Eso es lo que tiene Diego. Y por eso está ahí. Y por eso yo nunca podré estar ahí. Pero tú sí: que quieres ser director de cine.
¿Qué historia quiero contar?
¿Cuál es mi «No me dejaron verlos»?
A mi «No de dejaron jugar».
Esa es mi historia.
Y los ciclos entre Nápoles y Barcelona requieren la representación de Golman como Puncinella. Y del próximo mundial, el del 26, como la conexión atemporal del ciclo vital que se encierra entre estos dos polos 86-26.
La alternativa es mucho peor: dar vueltas en el ciclo antipodal: 26-86.
La simplificación numérica de una alegoría atemporal.
La reducción al absurdo de un teorema social multiversal.
El gesto de poner esta diapositiva en la Universidad Federico II, UNINA. Como quien habita en medio de un campus hospitalario que se asemeja a la Ciudad Universitaria, CU, en Copilco, en donde yo viví, años después de la Toriello-Guerra, y en donde en el 86 jugó Italia contra Argentina. Empantando a uno. Con gol de Maradona.

El otro bucle de conexión entre NEW barcino y NEWNAP es Dante Alighieri. Empecemos por el Infierno. Y la plaza Dante.


