Tengo un secreto que contarles

Hace tiempo que escribo y no sé muy bien por qué. Tampoco sé si tiene sentido escribir. O si alguien tendrá el más mínimo interés en leer mis textos. Lo peor es que no se tratan de historias, ni siquiera de cuentos, ni de ningún otro tipo de formato literario con el que un ávido lector se pueda sentir seguro. O segura. Probablemente atraiga antes a una lectora que a un lector. No por nada. Simplemente leen más. Eso está demostrado. Las estadísticas literarias son muy claras en ese respecto. Sólo hace falta ver la gente que trabaja en el mundo editorial. Las mujeres son mayoría. Y los hombres, ya se sabe, unos machistas. Ahgg.

En fin, si yo fuera uno de ellos rápidamente me daría asco de mi mismo. No tardaría en autoetiquetarme para estar en el grupo de lo más periférico de los autores. Quizás escogería estar con los autores que no lee nadie. Eso sí sería reconfortante. La inseguridad que nos precede, tan sólo confirmada por la helada indiferencia de mis lectoras. Ellas mismas se han conjurado a no leerme nunca. Quizás sea una frase fuera de contexto, o un párrafo en un post de hace más de 9 años, que escribí sin entender muy bien quién era la persona que decía dicha palabra. Puede que haya sido el personaje el que la escribiera, pero ese matiz no lo sabría entender esta lectora, no por una incapacidad personal, sino por mi inoperancia como escritor para sentar las bases de mis historias con las estructuras que deben, por fuerza, tener todos los textos. No se vale, insisto, despistar al lector con palabrerías que no van a ninguna parte, porque entre otras cosas, ¿qué sentido tendría?

Quizás la búsqueda del sentido no es un fin en sí mismo. O quizás algunos autores sí que lo consiguen, y con ello, sus historias brillan en las mentes de sus transformados lectores. Las lectoras ya no leen a autores insípidos que son catapultados a un olimpo de la literatura maquinado para sentar a hombres seniles en un círculo de machos alfa que sostienen la pluma con la que escriben en una mano, y con la otra la polla del escritor al que rinden pleitesia. Se trata de un ritual masónico que sirve para poner las letras en la cumbre de la civilización, justo en medio entre el poder y el dinero, como un mecanismo autónomo que aceita los engranajes del simulacro social al que pertenecemos. De no existir la literatura se romprería el cículo de los alfa. Sobrarían manos. Y no se generaría el estímulo sagrado de los esbirros lamiendo los huevos de sus amos.

Con esto no quiero desvelar uno de los secretos mejor guardados de nuestra sociedad. Sino tan sólo advertir de mi incapacidad, y quizás fuerza de voluntad, para crear una obra literaria que me acercara a la fatídica circunstancia de haber de decir que no al círculo de poder. En cuyo caso, la situación podría enmierdarse rápidamente, ya que tienen vías muy sugerentes para alisar las críticas de los autores latinoamericanos que aterrizan en la madre patria con la intención marcial de subir al olimpo de los dioses. La literatura siempre ha sido el último refugio de los soñadores que buscan en este otro simulacro el anhelo de ser aquél otro, si tan sólo hubieran nacido en el lado acertado de la pirámide.

No se trata pues de un fraude. Ni siquiera de un complot de los literatos y los editores. Ni un sistema de explotación de masas para consumir más palabras de las que tenemos capacidad de digerir. No tenemos tanto tiempo como para perder en obras insignificantes que ni siquiera han pasado el filtro de las vías formales de la edición. La imprenta marcó el camino, y ahora, los editores, pretenden marcan las mentes de sus masas de lectores que se abarrotan en las liberías como hordas de alocadas adolescentes tras los huesos de su estrella pop.

Las generaciones globales siempre han buscado la satisfación, el goce, la salida. Y a la vez, el espejo en el que reflejar la imagen proyectada desde lo más profundo de sus anhelos. El deseo de poder observar, con sus propios ojos, que los sueños del querer-ser se han posado sobre la realidad asumida como un tejido de partituras en las que nos hemos colado hasta la cocina del porvenir. Y la única manera de conseguirlo es burlando todas las barreras que se nos levantan al pretender dar un paso más allá de lo que nos es permitido, según nuestros propios estándares, y según las reglas que se nos han transmitido, y que de manera singular, hemos aprendido a enmarcar nuestro ser, al mismo tiempo que intentamos dudar al máximo de su utilidad, y por tanto, nos alejamos vertiginosamente de su uso. Nuestros gestos contradictorios no consiguen la libertad, sino sellar al máximo la capacidad limitada que tenemos para entender, desde fuera, el entramado de la trampa perfecta que nos hemos articulado con nuestro hacer, pensar y dudar. No dejamos lugar a la fuga, que por otro lado, nos llevaría a asumir el viaje por el único túnel que vemos a nuestro alrededor. Y los que han bajado por es hueco se han topado con el eco indisolubre de la fragilidad desgarrada.

Un grito nos abre la piel, dándole la vuelta. Las vibraciones del aullido se cuelan en los poros y entran a los órganos que organizaron la revuelta. Se desata una reconstrucción interior de los roles de los órganos, quienes son llevados por la vía del libre albedrio, y que sin embargo, sienten la opresión de dejar sus puestos para asumir, a partir de ahora, que son algo más. El engranaje se pone en marcha sin dilación. Rápidamente se encuentran las alianzas del nuevo orden y se permite la escritura de un modulo central que rige los movimientos y las alarmas de la continuación deconstruida de nuestro ser. El cerebro sostiene las vías de deglución de los alimentos ya triturados y dispuestos a pasar por su circuito cerrado de electrocalibraciones. Los excedentes se vertirán por las tres vías de salida de los desechos: los ojos, la boca y las orejas. La disposición de estos ya no está en la cabeza, que ni siguiera tiene sentido en este contexto quimérico. La lengua se ha apoderado del circuito pensante que actúa sobre los demás órganos, con la ayuda mecánica de un corazón abierto que se ha alineado para abrirse de brazos mientras abraza el que hasta ahora era el órgano sexual de la persona. Es aquí en donde el ano y prepucio observan el exterior de nuestro ser, y se relacionan con un lenguaje sofisticado que extiende los tejidos del sistema nervioso entrelalazados con las arterias y las venas, de manera consustancial en mensajes dispuestos ante nuestros interlocutores, para reestablecer el contacto mutuo con inmediatez de las formas, los olores, y la geometría del mito que se teje en la mesa de interlocución, cuyo marco ha sido engalanado con los huesos más robustos en el esquema de proyección. Los dedos de las manos y los pies desplazan la nueva endidad con la tracción suficiente para el encuentro con nuestros semejantes. Los tejidos de los músculos se han reconfigurado para llevar una capa que dignifique al nuevo ser en su ecosistema de navegación continua. El uso de los bellos, cabellos y uñas se guarda para las alegorías sagradas de los encuentros que ameriten la ocasión. El resto de órganos se reconfiguran entre ellos para mostrar un elemento sofisticado de elegancia que va mutando en cuanto se percata del encanto y la seducción compartida con otro ser circundante. La memoria se almacena en una epidermis de genes que destellan una luz que se emite y que refleja la comunicación en las antenas receptoras de otros seres, que funcionan como repetidores involuntarios de los mensajes discontinuos del ecosistema. Las neuronas se han distribuido por doquier, sin que sea neceario, ni buscado, mantenerlas trabajando continuamente. De hecho, muchas de ellas se desprenden del organismo por el placer de marchar. Levitan pues en el ambiente, sin que nadie las condicione. Habitando las diferentes esctructuras de los nuevos cuerpos. Son los seductores portadores de las tribus nómadas en movimiento.

Es ahí, en este último éxodo, en donde encontramos al persoaje principal de esta historia: Dionisio99.

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