Si entra la pelotita

Al final la vida, y el deporte, depende de según qué resultados. En el futbolarte el gol es una premisa ineludible. En un juego de equipo, los resultados del conjunto se reflejan en la suerte de vida después de cada determinado torneo en el que se exponen los equipos y los jugadores a una escala más allá del plano local. El contexto de dónde venimos nos define, pero la exposición global en el escenario mundial que la copa del mundo cosifica, entre la excelencia del juego, y la servidumbre al modelo capitalista del espectáculo de masas. El balón se manchó hace tiempo, pero el juego, de alguna manera, subsiste.

Estamos conectados a un máquina que nos oprime. Y pronto, las máquinas nos acorralarán, como fieles perros guardianes de los tipos más nefastos del planeta: el grupito de tecnofacistas, y su masa acrítica, embobada a la dinámica continua de impulsos de consumo. Somos consumidores, como mantra social de la política doctrinaria de un relato que nadie escogió, y del cuál parece que no podemos evadirnos.

Mentira.

El futuro no existe. Menos esa distopia sobre la que los vulgares impulsos primarios de una serie de machos alfa blancos, que se dan por bien servidos en la mesa del privilegio que ven «acorralado» por un discurso liberador que promueve la humanidad frente a la barbarie y la violencia institucional de mecanismos de control y vigilancia promovidos por aquellos contratistas de ciberseguridad, armas y paramilitares, que forman la base cohersitiva de las sociedades modernas al borde de caer bajo las manos del totalitarismo.

El discurso se distribuye por barrios, y lo que unos viven de cerca les parece más atroz que la idea de que estamos siendo llevados al matadero con la consciencia tranquila por pertenecer al bando correcto. Creemos que esto tiene que ver con el ganar o perder. Lo cierto es que en el caso de que esto se nos vaya de las manos, al final perderemos todos. Y todas, sin duda alguna.

Lo macho falaz atermorizado, y de alguna manera excluido, a la merced de lo que unos que sufren como él, reclutan jóvenes insatisfechos, adictos a la satisfacción inmediata de una pornografía de contenidos adulterados que no necesitan, si quiera, ser reales. Ya se encargarán de vivir las emociones de vida que les permitirán construir relaciones interpresonales más allá de lo que puedan percibir dentro de la conlectivización, y la indivlidad, de un videojuego, o de un juego del rol, en el que ni siquiera son conscientes del servicio que prestan al amo de la plataforma.

El futbol, como tal, está bajo la tutela de la FIFA de Infantino. El futbolarte, en cambio, forma parte de una concepción propia de una apropiación cultural, cuasi religiosa, sobre la que he asumido que puedo construir una narrativa alternativa al estatus quo que se abre debajo de las tierras movedizas sobre las que intento caminar antes del colapso absoluto todo lo que hasta ahora habíamos conocido.

De alguna manera las narrativas evangélicas apocalipticas también se han visto reflejada (¿por casualidad?) en aquellas películas de Hollywood que nos han explicado el fin del mundo y el colapso violento de nuestra civilización. Mientras tanto, la literatura y su reinterpretación en gran pantalla de otro tipo de distopias nos han revelado la capacidad del arte, de los creadores, de hacer visibles los mecanismos de poder que existen actualmente en nuestras sociedades, y que de alguna manera, nos encaminan a los oscuros caminos de la dominación de los pocos del resto de la sociedad. La inequidad, la desigualdad y la infamia han servido al discurso nacionalista, oligarca y servil, con el capitalismo como bandera, y la construcción de un historia vainilla que no hace más que servir a los intereses cada vez más expuestos de los miserables machos alfas al poder de nuestras sociedades.

En medio de todo esto, el juego sigue su curso. Y nosotros, ahí, aquí, también somos parte del espectáculo. Del siniestro espectáculo. Pero no tiene por qué ser así. No debemos caer en el desasosiego al que nos vuelca el propio sistema para hacernos ver que estamos solos, aislados, anulado de cualquier alternativa más humana de subsistir, de persistir, de apoyo mutuo, colectivo, resiliente.

El gol es una simplificación del rito. El gol es un significante de éxito que decide el porvenir de lo que la colectividad tanto busca: la victoria. Como si esta fuera la única manera de salir reforzado de una competición que simula la contienda de las naciones. ¿No es acaso el momento de replantear, una vez que Trump haya desarticulado las bases de acuerdo común al que había llegado el planeta, tras la segunda guerra mundial, al fundar las Naciones Unidas? La voz totalitaria, y a veces absurda, con la que Don T. ha abordado el espectáculo siniestro del égolatra que se ve capaz de utiliza el poder absoluto que le viene dado por la hegemonía militar y económica que le da ser el lider de la nación más poderosa del mundo, hasta el momento, con la certeza de que nunca nadie había hecho el gesto tiránico de fraguar una cruzada totalitaria basadas en las reglas del necrocapitalismo que ejerce su control sobre la guerra, el comercio, la especulación, la tecnología al servicio del individualismo que nos aleja, como mantra ideológico, de la construcción alternativa de un procomún más justo, equitativo, fraternal e igualitario, para todo el mundo, para toda la humanidad, para todas las especies.

Yo me puedo identificar con el gol. Me puedo identificar con el juego. Puedo comulgar de lo que la euforia crear a partir de una interpretación masculinizada de aquello que podría llegar a ser esto mismo, justo en las antípodas de un escenario alternativo que nos queda por construir. Esta es la dirección a la que me dirijo. Es mi destinación. O más bien, son mis destinaciones alternativas. Un acto de rebeldía y co-responsabilidad.

El gol transformado ligeramente: göl.

El göl hecho hombre: gölman.

Servidor.

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